Miralles Contijoch, Frances.
El lector de... Franz Kafka.
Barcelona, Océano Grupo Editorial, 2000
"El lector de Kafka" es un viaje guiado a los escenarios de "El proceso" y "El castillo", con sus sórdidas cancillerías y antes alas. Su lenguaje sencillo y clarificador, junto a los numerosos recuadros explicativos, tiene un único objetivo: acercar al lector la vida y la obra del escritor de Praga de manera concisa y dinámica. En este manual se incluye:
*) Un retrato íntimo del autor y su contexto.
*) Numerosas curiosidades biográficas.
*) La génesis de sus obras y su recepción.
*) Análisis detallado de sus principales narraciones.
*) Cronología de Kafka y su época.
Para (re)leer a Kafka
La Marabunta enero 30, 2017

Por A. Estián
En el terreno literario, los relatos de Kafka figuran entre los más negros, entre los más apegados a un desastre absoluto.
M. Blanchot
Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando como material único la basura de la realidad.
T. W. Adorno
I
Partiré de una observación preliminar: Kafka no sólo se lee: Kafka se estudia. Pues sólo estudiándolo es posible ingresar, provistos con el fino hilo de Ariadna, al enredado laberinto; pues sólo estudiándolo podremos hallar, sin riesgo a extraviarnos, al fiero, al indomable Minotauro. Mas cuando por fin avizoramos en Kafka al Minotauro, cuando, con la espada de bronce en la mano, nos enfrentamos a la bestia solitaria, ésta no luce, oh desilusión, como la imaginábamos: sus belfos sangrientos no dibujan sino una afable sonrisa serena; el infierno centelleante de sus ojos no manifiesta la agitación de la cólera, sino la dulce pasividad del ensueño; su envergadura colosal no es sino la grácil figura de un sabio artesano de Creta. Sólo en ese momento comprendemos que estudiar, que releer a Kafka, no es sólo el requisito para entrar al intrincado laberinto, sino una de las condiciones para poder interrogar al Minotauro, para establecer un diálogo con él, para entenderlo…
Teseo
Preguntas vanamente. No sé nada de ti: eso da fuerza a mi mano.
Minotauro
¿Cómo podrías golpear? Sin saber a quién, a qué. (Cortázar)
Seré más claro: el Minotauro, es decir, el vasto corpus de la obra kafkiana, es tanto más revelador cuanto más se le somete a interrogatorio. Su naturaleza, en apariencia hostil, confusa o contradictoria, revela la fecundidad de un pensamiento que ha recorrido las madrigueras, las alcantarillas, los sótanos de la azarosa condición humana. Por eso mismo el arte de Franz Kafka requiere de un lector sagaz, de un lector que no se reduzca a la fácil canonización de un escritor que ha trastocado el rumbo no sólo de la literatura del siglo XX, sino de la literatura de todas las épocas, así como de todas las regiones: bástenos recordar el notable trabajo de Borges sobre los precursores de Kafka. El lector perfecto de Kafka —si se puede hablar de un lector perfecto— es aquel que, no conforme con las interpretaciones simplistas o “neuróticas” de su obra, vislumbra en cada frase, en cada párrafo, en cada libro, una transliteración (subjetiva) de un conflicto sociopolítico de la vida cotidiana.[1] ¿No revela el injusto proceso impuesto a Josef K. una circunstancia con la que tenemos que convivir todos los días, es decir, la arbitrariedad, la irracionalidad del sistema de justicia penal en la era del capitalismo empresarial, vale decir, en la era de las terribles sociedades de encierro? ¿No augura el hormiguero burocrático de El Castillo el advenimiento de una burocratización —mecanización— ontológica del individuo en favor de los intereses exclusivamente económicos del Estado (fascista) neoliberal? [2] En uno de sus admirables estudios sobre literatura moderna, Georg Lukács indica que Kafka “desgarra la unidad real del mundo” para presentar su visión subjetiva como la “esencia de la realidad objetiva” (66). En la misma línea de análisis, Elias Canetti señala: “Si reflexionamos con un poco de valor, reconoceremos que nuestro mundo está dominado por el miedo y la indiferencia. Así pues, al expresarse sin miramientos, Kafka ha sido el primero en retratar a este mundo” (87). Desde este punto de vista, resulta necesario, casi imprescindible, desechar toda suerte de hermenéutica que intente mixtificar, teologizar o hipostasiar al conjunto de las narraciones kafkianas. Digámoslo abiertamente: Kafka es un escritor realista; tal vez uno de los escritores más realistas de todos los tiempos.
II
Theodor Adorno propone una regla para comenzar a leer a Kafka: “tomarlo todo literalmente, sin recubrirlo desde arriba con conceptos” (263). Gregor Samsa no se ha convertido metafórica, imaginariamente, en insecto; se ha convertido literal, objetivamente, en insecto. La metamorfosis no es el signo de una enfermedad; es la objetivación de una situación corriente. Si el ser humano es tratado como insecto por la sociedad, por el Estado, por la familia o por la empresa, ¿por qué no habría de convertirse en uno? El hombre, que ha sido explotado, coaccionado o reprimido por las distintas instituciones culturales de la humanidad, aparece en la obra de Kafka bajo la apariencia de su significante zoológico: ora un escarabajo, ora un ratón, ora un simio. Cuando se refiere a las técnicas de composición kafkianas, Roland Barthes hace hincapié en la íntima relación que un hombre singular (Kafka) mantiene con un lenguaje común (el alemán); así pues, la técnica de Kafka es una técnica de significación: “basta con hacer del término metafórico el objeto pleno del relato, remitiendo la subjetividad al dominio alusivo, para que el hombre insultado sea verdaderamente un perro: el hombre tratado como un perro es un perro.
La técnica de Kafka implica pues, en primer lugar un acuerdo con el mundo, una sumisión al lenguaje usual, pero inmediatamente después una reserva, una duda, un temor ante la letra de los signos propuestos por el mundo” (191). Según Barthes, el arte de Kafka consiste, en esencia, en una subrogación de significantes; Samsa, el significante humano, es trocado (literalmente) por el escarabajo, el significante animal. De este modo, es absurdo hablar de una alegoría, de una metáfora, de una licencia poética. O bien, según Deleuze-Guattari: “Kafka elimina deliberadamente cualquier metáfora, cualquier simbolismo, cualquier significación, así como elimina cualquier designación. La metamorfosis es lo contrario de la metáfora” (37). Posiblemente una observación (aunque un tanto descontextualizada) de Jean-Luc Godard nos facilite la aprehensión del universo del discurso kafkiano: “La imagen de la realidad es la realidad de la imagen”. La imagen, que es el mapeo de un campo determinado de la realidad efectiva, representa al mismo tiempo la realidad efectiva de esa imagen. Kafka —como indica Lukács más arriba— impone su visión subjetiva del mundo como “esencia de la realidad objetiva”. Gregor Samsa (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Pedro el Rojo (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Josefina (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real. En consecuencia, es necesario abandonar, en cualquier exégesis de Kafka, la noción insostenible de un “subjetivismo fantástico” tan simple como inconsecuente.[3]
III
No me propongo, con lo anterior, establecer un método de lectura definitivo de la obra kafkiana. Después de todo, Kafka es Kafka en su multiplicidad, en su flujo inagotable de contradicciones. ¿Será Kafka —lector de Kierkegaard— un escritor piadoso o será Kafka —lector de Nietzsche— un escritor político? ¿Será lícito trazar una línea de demarcación entre ambas posibilidades? ¿O acaso todas las interpretaciones —existencialistas, materialistas o psicoanalíticas— poseen, como afirma Blanchot, la misma validez, que es la validez del vacío? ¿Acaso no existe una luz, por tenue, por desesperanzada que sea, que señale la línea de escape de la húmeda e insondable madriguera? Probablemente exista, sin embargo. Al abordar los componentes de la expresión kafkiana, Deleuze y Guattari sitúan —no sin justificación— las cartas por encima de las narraciones, pues las epístolas de Kafka, al igual que las páginas de los diarios, configuran la arcilla espiritual de su profusa e inquietante labor literaria. En ellas se encuentra, dolorosa, brutalmente esparcido, el rastro sangriento de las escaramuzas interiores que el autor de Praga, a lo largo de los últimos doce años de su vida, libró contra sí mismo. El proceso, novela en primera estancia inaprehensible gracias a su tratamiento técnico-dramático, se vuelve más clara, más asequible, menos confusa, cuando se verifica el infierno —latente en el epistolario— de la relación que Franz Kafka sostuvo con Felice Bauer a partir de su encuentro en la casa de los Brod el 13 de agosto de 1912.
Elias Canetti ha recuperado admirablemente la conexión prevaleciente entre la intriga de El proceso y el otro “enjuiciamiento”, es decir, el compromiso nupcial con Felice Bauer, en el que tanto la berlinesa como los parientes más cercanos de su familia fungieron como los miembros del aciago “tribunal”. Se sabe que la relación con Felice culminó de manera desastrosa; no sorprende, por tanto, que el Tribunal dictamine a Josef K. una sentencia asaz desfavorable. A través del análisis de Canetti es posible darse cuenta, no obstante, de un hecho cardinal: que la literatura de Kafka está casi siempre referida, consciente o inconscientemente, a una determinada realidad sociopolítica, a un determinado entorno familiar. En este sentido, la pugna contra el padre se traduce, en la maravillosa pluma de Kafka, en narraciones como La condena, Un fogonero o La metamorfosis; su condición de artista (que por lo demás Kafka siempre contempló con reticencia) remite a relatos como “Un artista del hambre“ o “Un artista del trapecio“; El Castillo —¿hace falta acentuarlo?— está directamente emparentado con su empleo burocrático en la compañía de seguros aunque, no está de más decirlo, Maurice Blanchot ha querido entrever en el argumento de la novela rasgos de su breve pero vertiginoso amorío con Milena Jesenska (202-222).
¿Leer a Kafka desde Kafka o leer a Kafka desde otras disciplinas? No es sencillo decantarse por un solo camino. Lo que debe quedar claro, sin embargo, es nuestra inquina hacia las lecturas piadosas, hacia las interpretaciones que quieran, a fuerza de arbitrariedad, hacer de Kafka un profeta de la ilusoria Divinidad supraterrena. ¿No era Kafka, después de todo, admirador de Gustave Flaubert, suspicaz preceptor suspicaz de los naturalistas?[4]
IV
¿Por qué no admitir el supuesto carácter mítico, el supuesto carácter religioso de la literatura kafkiana? Porque hacerlo sería negar a Kafka; sería colocarlo junto a los escritores dogmáticos, situarlo en el escaparate de los escritores burgueses. Sería admitir que la literatura de Kafka es un refugio, una evasión, una ruta de escape. Sería entregar una de las obras más sensibles (pero al mismo tiempo más brutales) de la literatura universal al “más allá” del mito hebraico: al mundo de las entidades etéreas, al paraíso de las ilusiones estériles. Sería recusar, transgredir, devastar la concepción foucaultiana de la literatura: “Más que cualquier otra forma de lenguaje, la literatura sigue siendo el discurso de la «infamia», a ella le corresponde decir lo más indecible, lo peor, lo más secreto, lo más intolerable, lo desvergonzado” (406). Kafka no es ningún poeta lírico; Kafka no acaricia, no seduce a la realidad. Aun por el contrario: la desgarra; la descompone en sus detalles más ínfimos para presentarla en su desnudez más vergonzosa, en su condición más vulnerable, en los delirios agonizantes de su enfermedad. «Por eso resulta tan burdo, tan grotesco, oponer la vida y la escritura en Kafka; suponer que se refugia en la literatura por carencia, por debilidad, impotencia frente al vida. Un rizoma, una madriguera, sí; pero no una torre de marfil. Una línea de fuga, sí, pero de ninguna manera un refugio” (Deleuze y Guattari 63).
Como amanuense de la infame realidad, como antipoeta del desastre, Kafka quebranta cada una de las normas de la creación artística burguesa: el embellecimiento, el recubrimiento obstinado de las pestilentes inmundicias de la humanidad; la afirmación de un mundo que no corresponde a este mundo, de un mundo en el que tanto la felicidad como la libertad son asequibles por medio del trabajo asalariado, de la sumisión deliberada, de la alienación contumaz del individuo; la glorificación de l’art pour l’art, el desprendimiento del artista de la praxis política, el desinterés por los mecanismos de control que asedian la verdadera autonomía del ser humano. Ni decadente, ni depresivo, ni simbolista, ni fantasioso, Kafka pertenece a la nómina de los rebeldes que no soportan, que no toleran los estragos de la autoridad, los excesos del poder, la heteronomía que degrada a cada instante al individuo. ¿Un sollozo o una denuncia? ¿Un triste lamento en la oscuridad o un grito para desafiar al opresor, para despertar de nuestra negligente somnolencia? ¿Cómo leer, pues, a Kafka? Como un apóstata, como un inconforme, como un incendiario. En otras palabras, como un subversivo que se rebeló contra el sistema de dominación, contra los objetivos socialmente establecidos, haciendo, pese a cualquier circunstancia, lo que él más amaba: escribiendo.
Notas
[1] “Llamamos interpretación inferior, o neurótica, a toda lectura que convierta al genio en angustia, en trágico, en ‘problema individual’. Por ejemplo, Nietzsche, Kafka, Beckett, no importa quién: aquellos que no los lean con muchas risas involuntarias y con escalofríos políticos lo deforman todo” (Deleuze y Guattari 65).
[2] En el estudio que dedica al Mal en la literatura, George Bataille ha advertido el carácter profundamente escéptico de la narrativa kafkiana. Desde su perspectiva, Kafka no sólo pone en tela de juicio a la sociedad capitalista, sino a toda formación social que pretenda imponer su “razón” y su “justicia” como fuentes de “verdad” inobjetables.
[3] Dice Roger Garaudy: “Una idea, por más abstracta que sea, no tiene sentido ni valor sino por referencia a lo real: si no revela ningún vínculo interno de la realidad, si no tiene relación alguna con la realidad, no es propiamente una idea” (“Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista).
[4] “A la vida terrena no puede seguir un Más Allá, porque el Más Allá es eterno, de manera que no puede estar en contacto temporal con la vida terrena” (Cuadernos en octava). Borges ha señalado un hecho curioso al respecto: “[Kafka] Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra”.
Bibliografía
Adorno, T. W. “Apuntes sobre Kafka”. En Prismas. Ediciones Ariel: Barcelona, 1962.
Barthes, Roland. “La respuesta de Kafka”. En Ensayos críticos. Seix Barral: Buenos Aires, 2002.
Blanchot, Maurice. “El fracaso de Milena”. En De Kafka a Kafka. FCE: México, 1991.
Canetti, Elias. El otro proceso de Kafka. Muchnik Editores: Barcelona, 1981.
Cortázar, Julio. Los Reyes.
Deleuze, Gilles y Felix Guattari. Kafka. Por una literatura menor. Ediciones Era: México, 1978.
Foucault, Michel. “La vida de los hombres infames”. En Estrategias de poder. Paidós: Barcelona, 1999.
Garaudy, Roger. “Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista, 1964.
Lukács, Georg. “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”. En Significación actual del realismo crítico. Ediciones Era: México, 1984.
EL LECTOR DE KAFKA
Marco Antonio de la Parra
https://www.academia.edu/91070578/El_lector_de_Kafka
Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Ilumina- Leer a Kafka
Leer a Kafka por Enrique Lihn ( En la revsita del diario Granma, La Habana, 3 de junio de 1967) I Leer a Kafka es someterse a una de las experiencias más extraordinarias, por su intensidad y por su complejidad, que nos pueda proporcionar la literatura moderna; y no porque se trate de un autor que se haya propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente porque penetra en ella tan profundamente, de tal modo que "hay pocos escritores -escribe Georg Luckács- que hayan podido plasmar con tanta fuerza como él, la originalidad y la elementabilidad de la concepción y representación de este mundo, y el asombro ante lo que jamás ha sido todavía". La sinceridad es de todas las cualidades kafkianas la que, paradójicamente, se relaciona más estrechamente con la dificultad que debe vencer el lector para familiarizarse con el carácter difícil, "anormal" del genial escritor, pero los especialistas de la misma tampoco se han distinguido siempre- como lo ha puesto de relieve Roger Garaudy en De un realismo sin riberas, colección Arte y Sociedad, UNEAC- por la corrección de sus interpretaciones de áquella, en general unilaterales. Un amigo personal de Kafka, Max Brodt, pudo equivocarse -Ernst Fischer insiste en ello-, al presentar erróneamente el mundo de Kafka "como una especie de cábala, un registro misterioso de experiencia e iluminación religiosas". Ha sido necesario comprender que el judaísmo de Kafka nada tiene que ver con la religión judía o con la fe en un sistema cualquiera de creencias, y que es justamente "la búsqueda de una verdad que no se encuentra en ninguna parte" -La de la ley en El proceso- la que movió a Kafka a asumir, como él mismo lo dice, la negatividad de su época a la que no se sentía con derecho a combatir pero a la que representó poniendo en evidencia su decrepitud. "Con el mundo, contra el mundo, por el mundo", así entendió su misión de escritor. "Kafka -explica Garaudy- se agota en una interminable lucha contra la alienación dentro de la alienación misma"; por la ley dentro de un mundo absurdo que en El proceso aparece regido por un tribunal que ignora la ley; por la humanidad dentro de un mundo deshumanizado como al que Kafka le tocó vivir, en que "el capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma". Un mundo en que "un solo verdugo puede reemplazar a todo el tribunal" como ocurrió en la Alemania nazi de la que, como se ha repetido, Kafka presentó una imagen anticipada en su obra.
El lector cubano de El proceso dispone de varios de los textos esclarecedores con que la crítica literaria marxista ha situado, en estos últimos años, la obra de Kafka, rescatándola del "sociologismo y esquematismo vulgares" en que la hundieron los teóricos de un realismo -socialista mal entendido. Este público puede consultar las obras de Roger Garaudy, Ernst Fischer y del profesor alemán Helmut Richter, del que trae la edición cubana de El proceso un magnífico ensayo. Todos ellos participaron en el "Encuentro de Franz Kafka" celebrado en Liblice, una reunión de los especialistas de Kafka procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria (Fischer) y Francia (Garaudy) en 1963. La conclusión a que se llegó en esa oportunidad puede expresarse así: Kafka no fue ni un revolucionario ni un autor de vanguardia decadente, nihilista, tesis ésta que expuso en el encuentro el profesor Luckács, para el cual sólo cuenta "la conciencia de la totalidad de la sociedad en su dinamismo, en su orientación y en sus etapas más importantes" como aporte positivo de un escritor a la transformación del mundo. La actitud general fue en cambio no sólo la de celebrar la indisputable genialidad del autor de El proceso, sino la de presentar la obra de Kafka -como lo hace Richter- bajo la especie de "un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir". II ( En la revista Bohemia, La Habana, año 59, número 31, 1967) El Instituto del Libro, con la reciente publicación de El proceso, propone al lector cubano una tarea especial: la lectura de Kafka a través de una de sus obras más fascinantes y enigmáticas; o simplemente absurdas, desde el punto de vista de un lector desprevenido.
Tarea que se le propone al pueblo -de ahí su novedad- pues si bien Kafka es, desde hace largo tiempo, uno de "los grandes soñadores de la literatura mundial", hubo un periódo en que la crítica seudomarxista lo consideró un autor decadente; y en Latinoamérica, contra ese prejuicio superado, Cuba es, obviamente, el primer país que intenta socializar su lectura. La edición de El proceso trae la ficha bibliográfica de Kafka y una reseña de los acontecimientos más importantes de la época que le tocó vivir; un prólogo de Adolfo Sánchez Vázquez y, en el anexo, un ensayo del profesor alemán Helmut Richter, uno de los teóricos de la literatura que más y mejor han contribuido a la valorización justa de Kafka desde el punto de vista marxista y -a su divulgación en los países socialistas-. Se recomienda a los lectores que se interesen más profundamente en el caso kafkiano dos libros editados en Cuba: De un realismo sin riberas, de Roger Garaudy -ediciones Arte y Sociedad- y en la misma colección La necesidad de arte de Ernst Fischer. Este, Richter y Garudy participaron como congresales u observadores en un coloquio consagrado a Kafka por los especialistas marxistas de este escritor, procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria y Francia, el año 1963 en Checoslovaquia. Para un primer contacto con la obra de Kafka, el siguiente dato es particularmente importante: Franz Kafka es un escritor judío de lengua alemana nacido en Praga en 1883, bajo la monarquía austro-húngara de los Hamburgo. Su situación de judío -explica Garaudy- de idioma alemán, viviendo en un país hecho bajo la dominación austro-húngara exasperó en él el sentimiento de soledad y de desarraigo. El antisemitismo se desencadenaría bestialmente poco después de la muerte de Kafka ocurrida en la Alemania nazi; pero el escritor pudo presentir su cabal desarrollo en el clima de exaltación chovinista y racista, pangermanista, que lo impregnaba todo en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y sentir el peligro que significaba para la comundad judía de Praga la decadencia del liberalismo.
Pero el judaísmo kafkiano subjetivizado, llevado hasta su máxima complejidad, es una de las claves que permite explcarse en gran medida varias de las características de la vida y la obra del autor de El proceso. "¿Qué tengo de común con los judíos? -se preguntaba. Apenas tengo nada en común conmigo mismo; debería ocultarme, contento de poder respirar". Pero a la vez son reiteradas las referencias que hace a la necesidad de explicar sus rasgos individuales y su carácter literario por su condición judía, y la caracterización que hace de "la situación de inseguridad de los judíos, a los que sólo se les permite poseer lo que aferran en la mano o entre los dientes" es idéntica a la que hiciera de sí mismo, con el agravante de que es el suyo un caso de aislamiento dentro del aislamiento, pues se segregó espiritualemnte de su comunidad desde el punto de vista de la religión en la que no creía y desde el punto de vista de su antipatía por el capitalismo en cuya órbita giraba esa comunidad. La falta de relación con la vida y el anhelo de reconciliarse con ella integrándose a un mundo que imaginaba a semejanza de la vieja patria perdida del judaísmo y rechazo de la sociedad en una época en que "el capitalismo era un estado del mundo y un estado del alma", son motivaciones kafkianas que se encuentran en la base de su fantástica vida interior. Como Kafka, el señor K (K. de Kafka) busca una verdad -el Tribunal Supremo- que no se encuentra en parte alguna. Y si Kafka se sentía incapaz de combatir al mundo para cambiarlo, asumiendo, en cambio, "poderosamente la negatividad de mi tiempo" (Kafka inicia El proceso en 1914, en la atmósfera de crimen ritual -escribía Rosa de Luxemburgo- en el que el agente de policía, en la calle es el único representante de la dignidad humana) el señor K, por su parte, es la encarnación de la impotencia misma del individuo ante un tribunal cuyas leyes nadie conoce, ni los acusados ni los funcionaros de la "justicia", tribunal que lo condena a muerte por un delito igualmente miserioso o deconocido. El proceso puede parecer absurdo, pero es que se trata justamente de presentar lo absurdo y de un mundo desprovisto de leyes y a la vez centrado en un tribunal abominable que puede ser reemplazado -como observa K- por un solo verdugo. ¿No ocurriría otro tanto con las víctimas de la "legalidad imperialista?". "En un mundo en que la ley ha dejado de ser algo viviente -explica Richter-, el tribunal sólo puede aparecer terriblemente deformado".
En ese mundo -y son numerosas las ocasiones en que el escritor judío que no parece haber sido afectado, en lo inmediato, por la guerra, prefigura el carácter perverso, irracional del "nuevo orden germánico" y la suerte que correrían ulteriormente sus hermanos de raza -"los inocentes -observa K- se ven deshonrados ante asambleas enteras en vez de ser interrogados normalmente. Sus pertenencias les son arrancadas y conservadas en depósitos en los cuales se coloca lo que pertenece a los acusados" y "donde la propiedad penosamente amasada se pudre sin fruto mientras espera a que la roben funcionarios criminales". Las correspondencias entre el mundo subjetivo, irreal, fantástico de Kafka y la realidad histórica objetiva de su época son tantas que bien puede decir Garaudy: "El mundo de Kafka, el mundo que lo rodea y su mundo interior son el origen de las cosas sino en una situación social determinada. En este sentido, El proceso es, por ejemlo, un cuadro expresionista, minuciosamente objetivo, de la alienación burocrática". "A fuerza de pasar día y noche -así presenta K a los funcionarios de la justicia- sumidos en sus reflexiones, terminaban por perder el sentido exacto de las relaciones humanas y se notaba la falta de esos sentidos en los casos a que nos referimos". Pasajes como éste han sido empleados correctamente para ilustrar la antipatía de Kafka por el capitalismo y la teoría marxista de la deshumanización y cosificación del hombre en un mundo en que, para decirlo con palabras que Kafka emplea para describir, en su diario, una empresa capitalista. "Sólo el odio mutuo logra el equilibrio, y concede perfección a la empresa".
Pero el esencialismo kafkiano (análogo al intento paralelo que hacía el objetivismo abstracto en pintura) supone lo que llama Richter "la errónea tesis de que el esfuerzo humano es totalmente inútil". "Kafka -explica Fischer- no creía fundamentalmente en el progreso sino en la eterna repetición de las mismas cosas". Una concepción estática de la historia, ahistoricismo o suprahistoricismo, más bien, antidialécticos. Distanciamiento del individuo respecto de la sociedad, del que Kafka era consciente como un médico puede serlo de su enfermedad, "... mi miedo, por otra parte, aumenta constantemente, porque significa un alejarse del mundo, por lo tanto un recrudecimiento de su presión, y por lo tanto un recrudecimiento del miedo". Palabras como éstas son las que parece tener inmediatamente presente el profesor Georg Luckács cuando afirma que Kafka "es la figura clásica de esta actitud inerte de miedo pánico y ciego a la realidad". Sólo que el proceso que le sigue Luckács a Kafka no tuvo éxito en el encuentro de Praga cuyo espíritu fue -así se lo definió en la sesión inaugural- el de honrar en Kafka al hombre que en el caos luchaba por la grandeza del hombre, por la ley verdadera de la vida. Kafka asumió el caos en la nostalgia indecible de un orden humano, nunca demasiado humano. en El circo en llamas: una crítica de la vida. Enrique Lihn edición de Germán Marín. Santiago. Lom, 1997.
BIBLIOGRAFÍA
Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Iluminaciones (I). Traducción de Jesús Aguirre. Madrid. Taurus Humanidades. 1991.
Brod, Max. Kafka. Traducción de Carlos F. Grieben. Buenos Aires: Emecé Editores S.A., 1951.
Canetti, Elías. El Otro Proceso de Kafka. Traducción de Michael Faber-Kaiser y Mario Muchnik. Barcelona: Muchnik Editores de Idiomas Vivientes S.A., 1976.
De la Parra, Marco Antonio. “El Cuerpo de Kafka”. Revista Informativa, Biblioteca Nacional, Santiago de Chile, marzo de 1984.
Kafka, Franz. Obras Completas. Dos tomos. Edición de Carlos Pujol. Barcelona: Editorial Planeta, 1972 y 1976. –––––––
Obras Completas. Volumen I: Novelas. Traducción de Miguel Sáenz. Edición dirigida por Jordi Llovet. Barcelona: Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores, 1999.
Millot, Catherine. La Vocación del Escritor. Traducción de Juan Carlos Martelli y Luz Freire. Buenos Aires: Ed. Ariel, 1993.
Steiner, George. “K” (1963). Incluido en Lenguaje y Silencio. Traducción de Miguel Ultorio. Barcelona: Editorial Gedisa, 1994.
––––––– “Notas sobre ‘El Proceso’ de Kafka”. Incluido en Pasión Intacta (Ensayos 1978- 1995) Traducción de Menchu Gutiérrez y Encarna Castejón. Madrid: Ed. Siruela, 1997.
Wagenbach, Klaus. Kafka. Traducción de Federico Latorre. Madrid: Alianza Editorial, 1981. 1951.
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