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lunes, 13 de abril de 2026

El círculo de Guermantes o el de Swann o el de Combray. Proust y sus personajes,

 




En los camino
EL PROUSTOGRAFO.

Proust y
 "En busca del tiempo 
perdido" en infografías
 (con 100 infografías
 de Nicolas Beaujouan)s
 de Marcel Proust


En Marcel Proust, desaparecido un día de noviembre, siempre encontraremos, antes de que empiece a hablarnos sobre el amor, una pausa entre el acto de pensar la escena y la acción de proponérsela al lector: el llamado “espacio de tregua”. Un blanco, que resultó ser el tiempo imprescindible para escarbar desde su experiencia las escenas que él había perdido, y maquillarlas, a fin de cegarles del rostro cualquier arruga personal. Pues el autor no se comprometerá nunca con la pasión de sus personajes. Solo accederá a involucrarse como espectador, contándonos al oído el encuentro del taller, entre Jupien y el barón de Charlus, entrevisto desde la tienda contigua; o el que Mlle. Vinteuil escenifica con su amiga, tras una ventana de Montjouvain.

Y es que Proust vivió su obra en un terreno neutral: el tabique —casi tan delgado como el existente entre una tienda y otra— para permitirle solo escuchar y narrarnos, con la convicción de quien, por estar tan involucrado, se siente al margen de su propia historia.

Como la carrera que separaba en dos partes el cabello de las muchachas entonces y se perdía hacia la zona donde ese mismo cabello adoptaba la forma de una larga trenza, la geografía divide en igual número de lados a Combray: el lado de Méséglise la Vineuse, o El camino de Swan, y El lado de Guermantes. Dos lados, a los cuales Marcel tendrá acceso desde dos puertas opuestas de una misma casa. Dependiendo de la escogida, el autor nos paseará por un tipo muy específico de afecto. Ambas orillas signan entonces las dos vertientes de la preferencia sensual en Proust, porque a partir de ellas estalla una de las formas del amor.

El camino de Swan, corresponderá a los celos hacia Odette, por obstaculizar la materialización física del placer, que Marcel experimentaba al pronunciar el nombre de Swann. También hacia Raquel, tomada como la única imagen posible de competir con la suya, y cuya amistad con Saint-Loup estuvo siempre cubierta, pero no protegida, por la pasión entre ambos. Igualmente, cabe destacar aquí las humillantes descripciones de un Charlus, ya despojado del encanto que había seducido a toda una generación moldeada por el Romanticismo, al ser justamente él quien con mayor acierto encarne la parte que Proust rechazó de su propia naturaleza.

El lado de Guermantes será el bosque hasta la duquesa quien, a través del tiempo perdido, pasará por múltiples estados físicos hasta convertirse en mujer, pero desligada del objeto que uno imagina cuando pronuncia esta palabra. Ella será solo sustancia femenina, posible de derramar dentro del armazón de un vestido de Fortuny o proteger del sol con una sombrilla mientras camina a mediodía por el boulevard de Saint-Germain.

El mundo social de la vieja nobleza francesa y las fiestas en casa de la princesa de Parma cobrarán ahí sentido, cuando Marcel nos los cuente apoyado contra una columna del jardín. Pero su veracidad provendrá del artificio; porque este lado se corresponde con la máscara que ocultó el verdadero rostro del autor, durante la primera mitad de su vida. Y es que aceptar su homosexualidad requirió la sumatoria del coraje, manifestado únicamente en él a través de impulsos muy breves, dada su naturaleza un tanto débil que paradójicamente asombra sin embargo al lector, dada la fuerza inyectada a un texto escrito y vivido entre la tan amortiguada claridad de una habitación en penumbra.

Y mientras Marcel estrecha la mano del duque de Chatelleraut, en casa de la señora de Guermantes, diciendo: “más como yo no estaba ya enamorado de la duquesa, su reencarnación en un joven carecía de atractivo para mí”, el lector experimenta la misma sensación de extrañeza, de mezcla entre lo superficial y al mismo tiempo fugaz, del amor imantando los cuerpos en el Carnaval de Robert Schumann. Porque la Ernestina de Asch se mimetizará aquí, pese a la afirmación de Marcel, en la Oriana de Guermantes, y como aquella, también Oriana será objeto de amor por parte de un compositor que modeló sobre la página el lenguaje, tal cual Schumann abordó el pentagrama, es decir, “en función de sus fantásticas intuiciones, dejando que la pieza se estructure en completa libertad”.



Y lo será, aún en el sobresalto, tanto de Marcel como del lector, experimentado al escuchar de labios de la duquesa misma: “le digo que es una cochina” —refiriéndose al desamor de su sobrina Gilberta por Saint-Loup— al cierre de El tiempo recobrado. Este episodio no se contradice, sin embargo, con la imagen que el lector se ha tatuado, de una dama a la cual Proust erigió como sinónimo del amor ideal. En el fondo, ella también responde a la alegoría de la máscara. Su rostro permanece oculto a lo largo de la obra —el antifaz cubre en tanto dure el baile— pero al cesar la palabra y apagarse los últimos candelabros, Proust descubrirá a la verdadera Oriana. La pieza literario-musical encuentra así su forma; y el invitado, atento al otro lado del texto, confirmará sus dudas sobre la nitidez del cristal que, como un juego de texturas y personajes visibles solo con la luz del sol, compuso a la manera de los vitrales el cuerpo de la señora de Guermantes, y su reencarnación en todos los jóvenes a quienes el autor amó a lo largo de su existencia.

 

Bajo el reflejo de un cenador de glicinas

Las relaciones que Marcel establece durante su infancia, van a estar siempre signadas por el criterio de la escasez. El ritual del beso nocturno, exigirá entonces un preámbulo, que le permita al infante alargar el contacto entre sus labios y la mejilla materna. Ese “comienzo mental del beso” se proyectará sobre los seres orbitando en torno suyo. De ahí que el acto amoroso en sí pierda importancia, ante el placer producto de las situaciones que lo anteceden y preceden. Como un avezado escultor, Proust les preparará los rasgos del rostro a sus personajes para que se adecuen al tipo de enlace que irá a fundar con su escritura.

Así, la primera impresión conservada por Marcel de Gilberta es ambigua, pues existe contradicción entre el color del cabello y los ojos de su Gilberta y los de la Gilberta de Proust. Los primeros encuentros corresponderán consecuentemente a lo inalcanzable. La mujer se escurre, conserva las distancias —sea ella una campesina de Combray o la hija del señor Swann— aun cuando Proust nunca dejará mal a Marcel. Antes de desaparecer, la doncella le ofrecerá casi siempre un giño, “un ademán insinuante”, que le permita conservar la esperanza de “un porvenir dichoso” y “pedir” un poco más de amor, para colmar una carencia afectiva cuyo origen respondía a lo impositivo de las figuras masculinas familiares.

Y será, extrañamente, el amor anónimo por las muchachas de Combray el más misterioso, dado lo fugaz en la aparición de estos seres sembrados dentro de macetas puestas a asolear sobre el alféizar de muchas ventanas diferentes. Florecerán después o en medio de una crisis con Gilberta, Swann, Albertina, Saint-Loup, contrastando entonces con la exquisita sensibilidad del protagonista.


Ello es así pues Marcel, como narcisista, solo llegará a proletarizarse en el deseo, tal cual él mismo lo confiesa, al definirnos a la persona amada como “una superficie que le corta el paso y le hace volverse a su punto de partida”, es decir, espejo donde se refleja para amarse. Por eso no nos engaña al pretender camuflarse, diciéndonos que “nos gusta más nuestro amor al tornar que al ir, porque no notamos que procede de nosotros mismos”. Ahí Marcel miente, y él mismo se descubre cuando busca pasar a la acción de coleccionar mujeres “como quien tiene anteojos antiguos”; o al hablarnos de la proyección sobre ellas de “un estado de nuestra alma”, siendo lo importante, no el valor intrínseco de la mujer, sino “la profundidad de dicho estado de ánimo”.

Consecuentemente, todo el tiempo perdido que transcurre entre la infancia y la adolescencia del protagonista de la Recherche, y que incluye el paisaje vegetal pero fundamentalmente animal de Combray, el círculo familiar, los procesos experimentados por Odette de Crècy para dejar la crisálida y transformarse en Odette de Swann, y los encuentros con Gilberta sobre los Campos Elíseos cual terreno escogido por ambos para confrontar sus respectivas horas de juego, se amparará bajo el reflejo de un cenador de glicinas. Ese espacio en los jardines, cercado y vestido de plantas trepadoras, que aquí serán solo glicinas color violeta.

Ello, al ser este, el matiz más cercano al malva, que espejeó casi siempre las toilettes de Odette, y a partir de cuya descripción la mirada infantil de Marcel —pétalo caído, flor desojada en la falda de Odette, es decir, des-ojada como mirada, de los “minutos que mediaban entre las doce y cuarto y la una”, cuando acostumbraba hablarle, tras haberla acechado un buen rato a la entrada de la Avenida del Bosque de Bolonia— se poliniza como mirada adulta, sobre los pistilos del ramillete de muchachas (en) flor, que descubrirá, como había un día descubierto a Gilberta en el sendero de Tannsonville, dos años después, mientras aguarda a su abuela parado delante del Grand Hotel de Balbec.

 

El tintineo de la campanilla


El modo como “las cinco o seis muchachas (en) flor” comenzaron a discurrir ante Marcel, poniendo punto final al “espacio de tregua” mediado entre Gilberta y el arribo del protagonista a Balbec, adoptará inicialmente la consistencia de una mancha uniforme. La fecundación del ramillete, por efecto del polen que la mirada adulta va a disponer entre los pistilos, se hará ahí indistintamente.

Nuestro personaje dudará entonces de su capacidad para identificar el placer y asegurarse de la veracidad del deseo, al sentir atracción por todas las corolas, avanzando simultáneas ante un paisaje marino como extraído de un cuadro de Elstir. En la individualización paulatina de las flores que componen el ramillete, Marcel experimentará por primera vez amor sensual hacia lo femenino. Y al condensarse la mirada adulta, el insecto-amor ya no se posará entre los pistilos de todas las muchachas, sino que irá a estacionarse en la confluencia de los pétalos de la Albertina-flor, accesible inicialmente solo a través del mar, que Proust conservará desde ese momento como fondo y marco permanente en la obra.

El regreso de Marcel a París, la mudanza a un piso del Hotel de Guermantes donde ella será prisionera y fugitiva, la muerte de la abuela y el acceso al mundo Guermantes, permanecerán salpicados por el salitre del balneario que arrastra a Balbec hacia la costa normanda. Pero el mar no se borra sino que permanece suspendido, es decir, oculto en apariencia; como el fondo de esas esferas que solo nos permiten vislumbrar su contenido al invertirlas. Y él les dará varias veces vuelta cuando, habiendo hecho ya a Albertina prisionera, se angustie ante la posibilidad de que ella, en alguna de sus salidas por la ciudad, no vaya de compras sino a verse con una mujer.

Aquí Marcel disemina el cuerpo de Albertina convirtiéndolo en “un mar que, como Jerjes, queremos ridículamente azotar para castigarle por lo que se ha tragado”. Pero lo que Albertina engulle, no es más que la máscara concebida para velar la ambigüedad de deseos en el propio Marcel. Pues si la sexualidad de Albertina exige un cuerpo femenino, este se encontrará con el rostro al descubierto e indefenso para contrarrestar la urgencia de sus propios deseos. Por eso intentará conservarla prisionera; porque al Albertina perder gradualmente su libertad, la máscara de Marcel ganará en igual proporción consistencia y lo mantendrá, consecuentemente, a salvo de sí mismo. Contrariamente, a medida que Albertina se escurra del campo visual de Marcel y busque hacerse inaccesible, en esa misma medida el protagonista se verá expuesto y sin antifaz que lo encubra.


De este modo, el hombre siempre piensa a la mujer como al objeto más idóneo para manifestar sus cambios bruscos de temperatura. Porque la pasión ciega la verdadera textura del objeto amado, y lo que se ha excavado como recipiente para contenerla, no se amolda a la mujer real. Sobreviene ahí el enfriamiento, momentáneo, porque una vez observada, ella empezará a inscribirse en su pareja desvestida de cualquier elemento ideal.

Así, Albertina adquirirá auténtica consistencia a los ojos de Marcel cuando este caiga en cuenta de que la ha perdido. Albertina disparue es entonces la campanilla que sobresalta al autor y lo divorcia de la superficie de sí mismo; no solo en lo que a la tácita aceptación de su homosexualidad se refiere, sino en la visualización final del tiempo pretérito, existente entre su presente y el tintineo de aquella. Tiempo perdido, de donde Proust extraerá la materia prima con la cual moldear el contorno de los rasgos de todos sus personajes, evitando consecuentemente que el tiempo se retire del cuerpo antes de que tenga oportunidad de escribir todos sus recuerdos, es decir, de materializar la última manifestación del deseo.



La geografía en "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust


En la obra principal de Marcel Proust, «  
En busca del tiempo perdido », la geografía ocupa un lugar destacado. No se trata de una geografía descriptiva, ni con fines científicos ni anclada en la realidad, sino de una geografía nacida de la imaginación del autor, donde la realidad se entrelaza estrechamente con su imaginación. Según uno de los libros de referencia sobre el tema, «  Géographie de Marcel Proust. With index of placetoponyms and geographic terms  », escrito por Alain Ferré y publicado en 1939 (Editions Sagittaire), nos proponemos ilustrar este análisis.

En la obra cumbre de Marcel Proust, «  En busca del tiempo perdido », la geografía desempeña un papel central. No se trata de una geografía descriptiva, científica y firmemente arraigada en la realidad, sino de una geografía nacida de la imaginación del autor, donde la realidad se entrelaza inextricablemente con su visión. Basándonos en una de las obras fundamentales sobre el tema, «  Geografía de Marcel Proust: Con índice de topónimos y términos geográficos  » de Alain Ferré, publicada en 1939 (Éditions Sagittaire), nos proponemos ilustrar este análisis.




El trabajo de A. Ferré se basa en su tesis doctoral, presentada en la Facultad de Letras de París. A. Ferré, exalumno de la École Normale Supérieure de Saint-Cloud y geógrafo, estableció el texto de la primera edición en la Bibliothèque de la Pléiade de "En busca del tiempo perdido", publicada por Gallimard entre 1954 y 1956. La obra de A. Ferré propone abordar la geografía proustiana como un ejemplo de geografía literaria "  que no se limita a descubrir e interpretar ". Para A. Ferré, la geografía que ofrecen ciertas obras literarias, como la de Proust, "  consiste en monografías sobre cada gran escritor, una especie de comentario geográfico sobre su obra, que destaca el lugar y el papel de los hechos estudiados por la geografía física y humana, situando los lugares, ficticios o reales, donde se desarrollan las aventuras de los héroes de novelas y obras de teatro, enfatizando el sentido geográfico inconsciente del autor y el alcance geográfico de sus escritos ". Respecto a la obra de Marcel Proust, A. Ferré afirma que «  la narrativa de Proust se desenvuelve en una atmósfera geográfica prácticamente continua, en el sentido de que los lugares están casi constantemente presentes y vivos; pero esta atmósfera oscila entre lo irreal y lo observable». Las imágenes de países que se nos presentan rara vez se toman de su pintoresco exterior, sino que se captan con mayor facilidad según su resonancia interior, de tal manera que, una vez más, se refractan en un alma que les imprime sus contornos y colores personales .

Mapa de Illiers-Combray

Mapa de Illiers-Combray (extracto de A. Ferré, 1939)

En su obra, Marcel Proust sitúa gran parte de la acción en el pueblo de Combray. Este pueblo está directamente inspirado en sus recuerdos del pueblo de Illiers, situado en el departamento de Eure-et-Loir. Sin embargo, la descripción de Combray no se corresponde del todo con la realidad geográfica del pueblo de Illiers. En su libro, A. Ferré propone el siguiente mapa del pueblo de Illiers y sitúa los distintos lugares mencionados en la obra de Marcel Proust.

A. Ferré demuestra cómo los lugares y las regiones en la obra de Proust no se utilizan simplemente para ubicar momentos en la narrativa, sino que se impregnan de significado simbólico mediante  relaciones de orientación y superposiciones topográficas . Así, A. Ferré explica la oposición geográfica, pero también social, entre «los  lugares situados al oeste de Combray, del lado de Swann, hacia Tansonville y Méséglise, y los lugares situados al este de Combray, del lado de Guermantes, a lo largo del valle de Vivonne. Estas dos orillas eran consideradas por el narrador, desde sus paseos infantiles, como radicalmente opuestas y ajenas entre sí, sin ninguna penetración o contacto posible (...) Esta oposición geográfica corresponde a una separación social no menos absoluta, entre la burguesía (del lado de Swann) y la nobleza (del lado de Guermantes)».  "Pero Marcel Proust conseguirá que estos dos lados fuertemente opuestos de su geografía literaria se encuentren y se fusionen, hasta tal punto que para A. Ferré "  La invención geográfica de los dos lados de Combray, así reunidos después de haber estado opuestos durante tanto tiempo, aparece como uno de los grandes cimientos sobre los que se construye toda la narrativa de Proust ."

La región de Balbec y sus «préstamos geográficos»

La región de Balbec y sus «préstamos geográficos» (extracto de A. Ferré, 1939)

En su libro, A. Ferré ofrece otro mapa donde sitúa tanto los principales espacios y lugares reales de la geografía real del oeste de Francia como los mencionados por Marcel Proust en su obra, en particular las zonas que rodean Balbec, otra de sus creaciones geográficas. Por lo tanto, la región de Balbec no corresponde a un lugar real que pueda identificarse con precisión en un mapa. Balbec toma prestada su ubicación y geografía de diversos lugares y regiones situados entre la Baja Normandía (región de Caen), el norte de la península de Cotentin (región de Cherburgo y Granville) y la bahía del Monte Saint-Michel (región de Coutances). Por lo tanto, es inútil intentar localizar con precisión Balbec y sus alrededores. Esta falta de correspondencia geográfica entre lugares reales e imaginarios invita al lector a proyectarse en ciertos lugares familiares o visibles en el mapa y, al mismo tiempo, a dar rienda suelta a su imaginación. De hecho, el lector solo puede encontrar similitudes y analogías geográficas y espaciales, pero no una identificación geográfica o correspondencia espacial perfecta. Este es uno de los principales méritos de esta obra.

Sobre el mismo tema, cabe mencionar también la obra de Georges Poulet de 1963, "  L'espace proustien  ", publicada por Gallimard. En su obra, Georges Poulet evoca "  estas constantes inversiones entre el macrocosmos y el microcosmos que, a través de la obra de Proust, nos informan sobre un cierto 'espacio vivido' paralelo o análogo al 'tiempo vivido' ".


En un artículo publicado en la revista 
Géographie et cultures (1993, n.º 6, pp. 35-50) y disponible en línea en el sitio web de Reclus , J.C. Gay, de la Universidad de París VII, analiza   el «espacio discontinuo» de Marcel Proust. Afirma que «  Proust al privilegiar los lugares sobre la extensión que los rodea, crea un espacio discontinuo y archipelágico donde las brechas en el campo separan lugares raros conectados por trenes y que disfrutan de un privilegio de «extraterritorialidad». Entre estos lugares, la extensión se atraviesa solo con ocasión de viajes excepcionales ». J.C. Gay critica y desestima a A. Ferré y G. Poulet: «  Mientras que el primero describe, cataloga e intenta localizar con rigor y precisión, el segundo, que no es un geógrafo, intenta comprender la lógica espacial de Proust». Sin embargo, estos dos enfoques complementarios y estimulantes no nos satisfacen porque Ferré está atrapado en un positivismo ingenuo y Poulet carece de las herramientas conceptuales del análisis geográfico .

Finalmente, en Le bottin des lieux proustiens , publicado en 2011 por Éditions de la Table Ronde, su autor Michel Erman habla de «  los lugares de En busca del tiempo perdido [que] están cargados de significado. Reales o inventados, se vuelven uno con los personajes que los habitan, que los recorren o que los rondan ».

Cabe destacar que en abril de 1971, con motivo del centenario del nacimiento de Marcel Proust, la ciudad de Illiers cambió su nombre a Illiers-Combray en homenaje a la obra de Proust, su importancia literaria y su renombre mundial. Es la única ciudad francesa actual que ha adoptado un nombre inspirado en la literatura.

Botticelli fue la inspiración para Odette Swann

 

Un diario sobre la lectura de "En busca del tiempo perdido"




Marcel Proust - YouTube

https://www.youtube.com/playlist?list=PL59RzIrvxB4xanwZIOM973bLCgKYow4o8



El mundo de Guermantes

https://batboyreads.blogspot.com/2015/06/el-mundo-de-guermantes.html

No se puede ser delgado y llamarse Leopoldo. Si no me creéis, pronunciad lentamente el nombre, recreaos en esas orondas oes, la primera de las cuales se alarga a lo largo de la ele hasta dejarse caer con todo su peso sobre ese do final, como si lo hiciera, agotado tras subir diez escalones, sobre un mullido sofá, y veréis que, sencillamente, todos los Leopoldos tienen problemas de sobrepeso. Naturalmente, no faltan los ejemplos en sentido contrario, es decir, nombres que es imposible imaginar asociados a un cuerpo robusto y musculoso. ¿Cómo? ¿Seguís dudando? Decidme entonces: ¿ha habido acaso, a lo largo de la historia, un solo campeón de halterofilia llamado Agapito?


El misterio de los nombres, que el narrador compara con un hada ("a veces, escondida en el fondo de su nombre, el hada se transforma al capricho de la vida de nuestra imaginación que la nutre") forma parte, como las propias hadas, de un mundo mágico donde, en el caldero de una hechicera, bullen Freud y la onomástica. Así, el nombre de Guermantes, que conserva en español la misma rimbombante sonoridad que le suponemos en francés, despierta en el narrador unas imágenes y evocaciones inconfundiblemente nobles, impregnadas del olor de los primeros recuerdos, y como ellos, borrosas.


No sé, desde luego, qué forma se recortaba ante mis ojos en este nombre de Guermantes cuando mi nodriza -que sin duda ignoraba, tanto como yo lo ignoro hoy, en honor de quién había sido compuesta- me berzaba [maravilloso e inexistente verbo] con la antigua canción: Gloria a la Marquesa de Guermantes, o cuando, años más tarde, el viejo mariscal de Guermantes, llenando de orgullo a mi niñera, se detenía en los Campos Elíseos diciendo: "¡Qué chico más guapo!", y sacaba de una bombonera de bolsillo una pastilla de chocolate.

 La condesa Greffulhe, modelo principal de Oriana de Guermantes

Nuestro narrador y su familia se han trasladado a un apartamento situado en el mismo edificio que los Guermantes. El influjo que, a través del nombre y su hada, ejerce la duquesa de Guermantes sobre nuestro héroe se traduce en una obsesión amorosa que lo lleva a seguirla y acecharla, sabedor de que la misión de entrar, como hizo con Albertina, en el "círculo", es ahora tarea doblemente difícil.
Todos los días, ahora, por cierto en el momento en que la señora de Guermantes desembocaba por lo alto de la calle, distinguía aún su elevada estatura, aquel rostro de clara mirada bajo una cabellera ligera, cosas todas por las que estaba yo allí; pero en desquite, algunos segundos más tarde, cuando, habiendo apartado los ojos en otra dirección porque pareciese que no esperaba este encuentro que había venido a buscar, los alzaba hacia la duquesa en el momento en que llegaba al mismo nivel de la calle que ella, lo que entonces veía eran unas huellas rojas, que no sabía si se debían a la acción del aire o a la caparrosa, en un semblante desagradable que, con un gesto muy seco y distante de la amabilidad de la noche de  Fedra, respondía al saludo que yo le dirigía cotidianamente con expresión de sorpresa y que no parecía agradarle.


Mi experiencia personal confirma que las mujeres encuentran siempre la manera de descubrir si cuando nos vieron paseando al perro alrededor de su casa, que está a dos horas de camino de la nuestra, se trató verdaderamente de un encuentro casual o no.

Quizá recordéis, de la entrada anterior, la cita al respecto de que "nuestro amor no lleva el nombre del ser querido". Lejos, pues, del tópico del amor que nos elige, el narrador, como hemos visto, prefiere erigirse en su propio Cupido. Así, también aquí, nuestro héroe, al que le cuesta tanto vivir sin amor como entregarse a una sola mujer y no otra, se convence a sí mismo de que la divina elegancia y el sencillo refinamiento de Oriana merecen convertirse en blanco de sus flechas. Si prestamos atención, nos daremos cuenta de que el resultado de un amor basado en estas premisas ha de ser, por fuerza, un tanto peculiar.
Así y todo, al cabo de unos días en que el recuerdo de las dos muchachitas luchó con varia suerte por el dominio de mis ideas amorosas con el de la señora de Guermantes, fue éste, como por sí mismo, el que acabó por renacer más a menudo, mientras que sus competidores se eliminaban por sí solos; sobre él fue sobre quien acabé por haber transferido, voluntariamente aún, en suma, y como por elección y por gusto, todos mis pensamientos de amor.

"Ideas amorosas", "pensamientos de amor", y una "transferencia voluntaria" de éstos últimos.  Estooo, ¿y nada de "sentimientos"? Es cierto que más adelante sí nos dice que "tiene" amor a la señora de Guermantes. Y no es menos cierto que las fantasías por las que se deja llevar entonces son, por la parte que nos toca, tan divertidas como embarazosas:
Tenía yo verdadero amor a la señora de Guermantes. La mayor dicha que hubiese podido pedir a Dios habría sido que hiciera abatirse sobre ella todas las calamidades, y que, arruinada, desacreditada, despojada de todos los privilegios que me separaban de ella, sin tener ya casa en que habitar ni gente que consintiera en saludarla, viniese a pedirme asilo (...) toda una novela puramente de aventuras, estéril y falta de verdad, en que la duquesa, reducida a la miseria, venía a implorarme a mí que, a consecuencia de circunstancias inversas, había llegado a ser rico y poderoso.

A la izquierda, el capitán Alfred Dreyfus. A la derecha, el caso Dreyfus
 
Hay quien dice que la fascinación del narrador con los nombres y la toponimia obedece a una búsqueda de un rasgo de inmortalidad en la nobleza. Para el narrador, los nombres están atados a su tierra de origen, y pudiera ser que ve en ellos el vínculo que nos une a ésta y, en consecuencia, perdurará tras nosotros. Esto me hace pensar en mi propio apellido, de origen escocés y tan inusual que lleva décadas al borde de la desaparición, y que mis profesores, engañados por su ortografía, se empeñaban en pronunciar como si fuera catalán. Pero, anécdotas aparte, recordemos que no estamos en un mundo globalizado, donde el apellido ya no nos puede indicar la nacionalidad, sino en el de Guermantes, donde lo que el apellido nos indica es la clase social.

 Dicha fascinación por los nombres, que no se manifiesta sólo en relación con los duques, es, en todo caso, constante a lo largo de la obra y empuja al narrador en esa suerte de investigación con el fin, diríase, de constatar si una mujer llamada Oriana de Guermantes es digna de los pensamientos de amor de nuestro héroe.
La señora de Guermantes se había sentado. Su nombre, como estaba acompañado de su título, añadía a su persona física su ducado, que se proyectaba en torno suyo y hacía reinar el frescor umbrío y dorado de los bosques de los Guermantes en medio del salón, en derredor del taburete en que estaba sentada ella. A mí lo único que me extrañaba era que la semejanza no fuese más legible en el rostro de la duquesa, que nada tenía de vegetal, y en el que a lo sumo las pecas de las mejillas -que parecía que hubieran debido estar blasonadas con el nombre de los Guermantes- eran efecto, pero no imagen, de largas galopadas al aire libre.

 Uno de mis grandes fracasos amorosos tenía un nombre con preciosos ecos poéticos. Terminó para mí del mismo modo que nos cuenta el narrador quinientas páginas más adelante:
Los Guermantes, después de haber defraudado a la imaginación porque se asemejaban más a sus semejantes que a su propio nombre...

(Probablemente "se parecían" habría sido más afortunado que "se asemajaban a sus semejantes")

 La constatación del falso retrato que el nombre le había llevado a formarse de los duques se refleja también en la caída final de éstos del pedestal. Los Guermantes, y en especial Oriana, son el perfecto retrato de la hipocresía, la doble moral y el filisteísmo de una clase social que se columpia en su rancio abolengo, un abolengo que el devenir del tiempo, "mil años" dice un personaje, ha denigrado y vaciado de significado. ¿Siente el narrador nostalgia del Antiguo Régimen, que no conoció? Lo dudamos, aunque no siempre es fácil conciliar sus ideas progresistas con su decepción ante la vulgaridad de la nobleza.
El duque y la duquesa de Guermantes consideraban como un deber más esencial que los -descuidados bastante a menudo, cuando menos por uno de ellos- de la caridad, de la castidad, de la piedad y de la justicia, el más inflexible de no hablar apenas a la princesa de Parma como no fuese en primera persona.

The stranger, de Orson Welles. "Karl Marx no era alemán, era judío"

En un mundo tan tranquilo y placentero como el de Guermantes, donde la mayor preocupación que uno podía tener era cómo tener entretenida a nuestra querida tras sustituirla por otra, o qué hacer si a ese molesto tío nuestro, por despecho, le daba por morirse la noche que queremos asistir a una fiesta, no resulta del todo fácil imaginar la conmoción que causó el asunto Dreyfus. Hasta ahora, tanto en Por el camino de Swann como en A la sombra de las muchachas en flor, se han hecho referencias aisladas a este caso, que efectivamente convulsionó al país y cuyas consecuencias a nivel mundial posiblemente llegan hasta hoy. Pero es en El mundo de Guermantes donde el caso del capitán Alfred Dreyfus, injustamente acusado de traición, sin llegar a cobrar protagonismo, sí es central en la obra, al introducir el telón de fondo del antisemitismo.
No va usted descaminado, si es que quiere instruirse -me dijo el señor de Charlus después de haberme hecho esas preguntas acerca de Bloch-, en tener entre sus amigos a algunos extranjeros.
Respondí que Bloch era francés.
-¡Ah! -dijo el señor de Charlus-. ¡He creído que era judío!

Como en una sociedad sacudida por una revolución, donde sólo hay dos bandos y es obligatorio tomar partido, durante un tiempo, Francia, y la parte que más nos ocupa, el mundo de Guermantes, se dividió entre dreyfusistas y antis. Unos y otros dejan de invitarse a sus fiestas, de hablarse y hasta de saludar, y se producen escenas verdaderamente infames, como la humillación pública de Bloch.

Los adioses de Bloch, desplegando apenas en el rostro de la marquesa una lánguida sonrisa, no le arrancaron una palabra, y no le tendió la mano. Esta escena puso a Bloch en el colmo del asombro, pero como era testigo de ella un círculo de personas en torno suyo, no pensó que pudiera prolongarse sin inconveniente para él y, por obligar a la marquesa, la mano que no venían a tomarle se la tendió él mismo. La señora de Villeparisis se molestó. Pero sin duda, con importarle dar una satisfacción inmediata al archivero y al clan antidreyfusista, quería, sin embargo, guardar miramientos al provenir; se contentó con bajar los párpados y entornar los ojos.
-Me parece que está dormida -dijo Bloch al archivero, que, sintiéndose sostenido por la marquesa, adoptó una expresión indignada-. ¡Adiós, señora! -gritó.
La marquesa hizo el ligero movimiento de labios de una moribunda que quisiera abrir la boca, pero cuya mirada ya no reconoce a nadie. Después se volvió, desbordante de una vida que vuelve a encontrarse, al marqués de Argencourt...

El duque de Guiche, amigo de Proust y modelo de Roberto Saint-Loup

Veíamos en Un amor de Swann cómo éste renunciaba a su clase social y se entregaba a una cocotte. Proust nos describía entonces con su pasmosa maestría la sensación de extrañeza y alienación de Swann al entrar en el mundo de Odette y el salón de los Verdurin. Una vez más, y por motivos que explicaré más abajo, no pude sentirme más identificado con las palabras del autor. Creo, además, que ésta es una sensación que, de una manera u otra, todos hemos experimentado. ¿Qué es tener relaciones con otra persona si no entrar en un mundo totalmente desconocido? Podemos haber probado ya sus labios, podemos haber ido aún más lejos y creer por ello que hemos alcanzado ese soñado estado de intimidad, pero ¿quién nos asegura que el lavabo de casa de sus padres estará limpio? Pese a estar felizmente casado, no puedo dejar de añorar esa sensación de aventura, de dejarse llevar y traer, de ser presentado a personas que nos abrazan y que tardaremos meses en saber quiénes son. También Swann disfrutaba de esa sensación que, como ya he señalado en un par de ocasiones, refleja una idea que se repite a lo largo de la obra: la atracción por una clase social sensiblemente inferior, idea que el presente volumen desarrolla todavía más en el mito de la santa-puta.

La víctima -no se me ocurre otro término- de este mito en el sentido griego y en el de fantasía o, simplemente, mentira, es en este caso Roberto Saint-Loup, amigo del narrador, entregado en cuerpo, alma y bolsillo a Raquel, una actriz con aspiraciones literarias.

No sé si se formulaba a sí mismo su convicción de que aquella mujer era de una esencia superior a todo, pero lo que sé es que (...) por ella era capaz de sufrir, de ser dichoso, acaso de matarse. (...) Si no se casaba con ella era porque un instinto práctico le hacía sentir que en el momento en que ella ya no tuviese nada que esperar de él le dejaría o, por lo menos, viviría a su antojo. (...) Claro está que la pasión genérica llamada amor debía obligarle -como hace con todos los hombres- a creer a ratos que su querida le amaba. Pero prácticamente sentía que ese amor que ella le tenía no era óbice para que si seguía con él fuese por su dinero, y que el día en que ya no tuviese que esperar nada más de él se apresuraría (víctima de las teorías de sus amigos literatos, y aun queriéndole, pensaba él) a dejarlo.

Lo de puta no viene por su afición a ser mantenida, sino porque cuando, tras una larga y apasionada descripción que hace Saint-Loup de sus celestiales virtudes, se la presenta a nuestro narrador, éste se encuentra a "Raquel-cuando-el-señor", una prostituta a la que conoció en un burdel.

Me hacía yo cargo de todo lo que una imaginación humana puede poner tras un pedacito de cara como era la de aquella mujer, con tal de que sea la imaginación la que primero la ha conocido, e inversamente en qué míseros elementos materiales y desprovistos de todo valor, inestimables, podía descomponerse lo que era el fin de tantos ensueños si, por el contrario, hubiera sido conocido eso mismo de una manera opuesta, con el conocimiento más trivial. Comprendía que lo que me había parecido que no valía veinte francos cuando me lo habían ofrecido por veinte francos en la casa de compromiso, donde no era para mí más que una mujer deseosa de ganarse esos veinte francos, puede valer más de un millón, más que la familia, más que todas las situaciones codiciadas, si se ha empezado por imaginar en ello un ser desconocido, curioso de conocer, difícil de apresar, de conservar. Sin duda era la misma cara fina y menuda la que veíamos Roberto y yo. Pero habíamos llegado a ella por los dos caminos opuestos que no se comunicarán nunca, y jamás veríamos la misma luz de esa cara.

O, en otras palabras:
...comparaba yo para mis adentros cuántas otras mujeres por las que viven, sufren y se matan los hombres, pueden ser en sí mismas o para otros lo que Raquel era para mí. La idea de que pudiera sentir nadie una curiosidad dolorosa respecto de su vida me dejaba estupefacto. Yo hubiera podido enterar a Roberto de no pocas dormidas de ella, que a mí me parecían la cosa más indifierente del mundo. A él, en cambio, ¡cómo le habrían apenado! ¡Y qué no habría dado por conocerlas, sin conseguirlo!

Y uno recuerda, con menos dolor que vergüenza, esos amargos reproches, que afortunadamente nunca salieron de mi cabeza, en que yo le decía a ella: ¡me niegas a mí, que te amo con locura, lo que sí le das a ése, que hoy te posee y mañana presume de ello en el bar!

Se eleva la nobleza

Evidentemente, el mito de la santa-puta, así como la atracción de la clase inferior, se inscriben dentro de la cuestión de pertenencia a un círculo social, cuestión que, como podéis juzgar por mi insistencia, constituye uno de los ejes centrales de este, no sé si idílico, pero sí apasionante mundo de los Guermantes.

Yo nunca me he codeado con marqueses, duques ni princesas. Y ya no recuerdo la última vez que me invitaron a un salón. No obstante, como muchos de vosotros, sé muy bien en qué consiste eso de los círculos sociales. La palabra círculo, de hecho, es engañosa, ya que sugiere la imagen de una sala donde se han formado diferentes corros en virtud de determinadas afinidades. En realidad, la gracia de estos presuntos círculos es que no están en un único salón, sino que se mueven en diferentes planos. Imaginad, pues, una especie de globos enormes volando, sea por el mundo de Guermantes, sea por vuestra ciudad. Uno puede ver que hay globos que vuelan más alto que el nuestro, mientras que otros apenas logran despegar y prácticamente se arrastran por el lodo. Vislumbramos de los primeros quizá alguna sombra, así como una que otra cabecita que se asoma y se digna a mirar con desdén hacia nuestro globo. De los segundos, los que se arrastran, podemos verlo todo, pero preferimos no mirar, no vaya a ser que se nos contagie su vulgaridad. Hay quien está muy feliz en su globo, hay quien implora que le lancen una cuerda por la que trepar hasta uno más alto, hay quien ha sido empujado fuera del suyo y ahora, como en las películas, se agarra desesperado al borde de la cesta, y hay, por último, quien, como yo, jamás se encontraría a gusto en ninguno de ellos. El círculo social más alto del que yo en mis tiempos tenía constancia era el de los pijos. Éstos llevaban ropa cara, iban a esquiar los fines de semana, y cuando se sacaban el carnet, sus papás les compraban un Golf. La mayoría de mis amigos, por el contrario, se ubicaban en lo que por aquel entonces se conocía como progres. Odiábamos la ropa de marca, que no nos podíamos permitir; algún fin de semana íbamos de camping, y heredábamos el Simca 1200 familiar. Por debajo de nosotros estaban los heavies, que vestían tejanos sucios, los fines de semana se emborrachaban con calimocho, y se colaban en el metro. (Mi gran problema, que explica por qué nunca me he sabido integrar en ningún grupito, era que me gustaba la música heavy y las niñas pijas). Podía ocurrir que una pija se liara con un greñas con camiseta de Iron Maiden, pero a la larga sabíamos que:
Dados los principios que sustentaban francamente no sólo Oriana, sino la señora de Villeparisis, a saber, que la nobleza no cuenta para nada, que es ridículo preocuparse del rango, que la riqueza no constituye la felicidad, que sólo la inteligencia, el corazón, el talento tienen importancia, los Courvoisier podían esperar que, en virtud de esta educación que había recibido de la marquesa, Oriana se casaría con cualquiera que no perteneciese al gran mundo, con un artista, un criminal reincidente, un vagabundo, un librepensador, y que entraría definitivamente en la categoría de lo que los Courvoisier llamaban "los descarriados". (...) Pero en el momento mismo en que se había tratado de encontrar un marido para Oriana, no eran ya los principios sustentados por la tía y la sobrina los que habían dirigido el sesgo de las cosas; había sido el misterioso "genio de la familia".

El Chateau de Guermantes, del que Proust sólo tomó el nombre

Sospecho que, dentro de En busca del tiempo perdido, este El mundo de Guermantes marca el momento en que algunos lectores abandonan esta fabulosa empresa lectora en la que se han embarcado. El lector apresurado, menos aún el devorador de libros, no tolera fácilmente que gran parte de estas casi 800 páginas se le vaya en fiestas y salones. En mi caso, la impaciencia me la ha causado en primer lugar el propio disfrute de la lectura, y en segundo lugar, ver el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra, esperándome en la estantería, y yo diría que guiñándome el ojo y hasta levantándose la falda. El caso es que, una vez más, escribiendo esta entrada, me encuentro con tres fichas tan repletas de notas, signos de admiración, adjetivos como "sublime" y todos sus sinónimos, y decenas de wow, que, incapaz de reprimirme, he decidido  preparar otra entrada únicamente con algunas de las decenas de citas que quisiera incluir.

En todo caso, lector apresurado, tengo buenas noticias para ti: en El mundo de Guermantes, suceder, lo que se dice suceder, sí sucede algo. Muere alguien.

Iba a decir que se han escrito pocas páginas más bellas sobre la muerte que las que nos regala el narrador al respecto de su abuela. Pero es que los ecos de esa muerte en el siguiente volumen, en el que llevo ya días enfrascado, son, si cabe, más bellos, conmovedores y estremecedores. De momento, no obstante, os dejo con tres citas sacadas de este Guermantes.


En más de una ocasión, el narrador ha aludido a la soledad del ser humano y la imposibilidad de llegar a conocer a otra persona. Cuánto más cruel se nos antoja, por tanto, la frase que abre este fragmento:

 En las enfermedades es cuando nos damos cuenta de que no vivimos solos, sino encadenados a un ser de un reino diferente, del que nos separan abismos, que no nos conoce y del que es imposible que nos hagamos entender: nuestro cuerpo. Si nos encontramos a un bandido cualquiera en un camino, quizá lleguemos a hacerle sensible a su interés personal, ya que no a nuestra desdicha. Pero pedir clemencia a nuestro cuerpo es discurrir ante un pulpo, para el que nuestras palabras no pueden tener más sentido que el ruido del agua y con el que nos espantaría que nos condenasen a vivir.

Quizá los que habéis perdido a un ser querido tras una enfermedad, hayáis visto en dicha enfermedad a un ser malvado, que inflige dolor a su víctima de manera gratuita. Yo sí lo vi así cuando el cáncer se llevó a mi padre. Pero Proust es capaz de darle la vuelta al tópico más manido y escribir párrafos como éste:
Es raro que esas grandes enfermedades, como la que al fin acababa de herirla en pleno rostro, no elijan en mucho tiempo domicilio en el enfermo antes de matarlo, y que durante ese período no se den a conocer a él suficientemente aprisa, como un vecino o un inquilino afable y entrometido. Es un terrible conocimiento, no tanto por los sufrimientos de que es causa como por la extraña novedad de las restricciones definitivas que impone a la vida. Se ve uno morir, en ese caso, no en el instante mismo de la muerte, sino desde meses, a veces desde años antes, desde que la enfermedad ha venido espantosamente a habitar en nosotros. La enferma traba conocimiento con el extraño a quien oye ir y venir por su cerebro. No le conoce de vista, claro está, pero de los ruidos que le oye hacer regularmente deduce sus costumbres. ¿Es un malhechor? Una mañana ya no lo oye. Se ha ido. ¡Ah, si fuera para siempre! A la noche ha vuelto. ¿Qué propósitos son los suyos?

Y por último, algo tan sencillo como hermoso:


La vida, al retirarse, acababa de arrastrar consigo las desilusiones del vivir. Una sonrisa parecía posada en los labios de mi abuela. En aquel lecho fúnebre, la muerte, com el escultor de la Edad Media, la había tendido bajo la apariencia de una doncellita.













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https://www.fitnyc.edu/museum/exhibitions/prousts-muse.php

La musa de Proust, la condesa Greffulhe

Galería de Exposiciones Especiales
23 de septiembre de 2016 – 7 de enero de 2017
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La musa de Proust, la condesa Greffulhe presentó modas extraordinarias del legendario vestuario de Élisabeth de Caraman-Chimay, La condesa Greffulhe (1860–1952). Una famosa belleza celebrada por ella “aristocrática y elegancia artística,” la condesa era un icono de la moda comparable a Daphne Guinness hoy.
Fotografía de Otto, la condesa Greffulhe con vestido de gala, hacia 1887.  © Otto/Galliera/Roger-Viollet.
Fotografía de Otto, la condesa Greffulhe con vestido de gala, hacia 1887.
© Otto/Galliera/Roger-Viollet.
 
La musa de Proust se basó en La Mode retrouvée: Les batas trésors de la condesa Greffulhe, una exposición organizada en París por Olivier Saillard, director del Palais Galliera, Museo de la Mode de la Ville de Paris, que alberga el vestuario de la condesa. La Dra. Valerie Steele, directora y curadora jefe del Museo del FIT, había organizado la exposición en Nueva York en colaboración con Saillard. También contribuyó con un ensayo, “El aristócrata como obra de arte,” al catálogo francés.
“La condesa Greffulhe creía en el significado artístico de la moda”, dijo Steele. “Y aunque patrocinaba a los más grandes modistos de su tiempo, su estilo era muy muy suyo. Hoy en día, cuando la moda se considera cada vez más una forma de arte, su actitud es especialmente relevante.” Cuando Marcel Proust escribió su novela En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu), la condesa Greffulhe inspiró a su personaje inmortal, Oriane, la duquesa de Guermantes, de quien escribió, “Cada uno de sus vestidos parecía… la proyección de un particular aspecto de su alma.”
Se exhibió el famoso “vestido de lirio” de la condesa (circa 1896), atribuido a la Casa de Worth y fotografiada por Paul Nadar. Tanto el diseño del vestido como el La puesta en escena de la fotografía se debió en gran medida a las ideas de la condesa. La princesa del vestido La línea, por ejemplo, era atípica para la época, pero era muy favorecedora para su altura figura delgada. El motivo de los lirios hacía referencia a un verso en su honor, compuesto por el poeta dandy Robert de Montesquiou, que sirvió de principal inspiración para otro de los personajes de Proust, el barón de Charlus.
Fotografía de Paul Nadar, la condesa Greffulhe vistiendo el “vestido Lily” creado por la Casa de Worth, 1896. © Nadar/Galliera/Roger-Viollet.
Fotografía de Paul Nadar, la condesa Greffulhe con el vestido “Lily” creado por la Casa de Worth, 1896.
© Nadar/Galliera/Roger-Viollet.
 
House of Worth, “Lily Dress” vestido de noche, terciopelo negro con aplicación de seda marfil en forma de lirios, bordado con perlas y lentejuelas, 1896. © L. Degrâces et Ph. offre/ Galliera/Roger-Viollet.
House of Worth, “Lily Dress” vestido de noche, terciopelo negro con aplicación de marfil seda en forma de lirios, bordada con perlas y lentejuelas, 1896. © L. Degrâces et Ph. offre/Galliera/Roger-Viollet.
En su correspondencia con Montesquiou, Élisabeth Greffulhe confesó: “No creo Hay cualquier placer en el mundo comparable al de una mujer que se siente como tal siendo mirada por todos, y le transmite alegría y energía.” Su fascinación con la fotografía, también documentada en la exposición, se relacionó con su deseo de arreglar la imagen de la belleza.
Otro punto destacado de la exposición fue un exótico verde esmeralda y azul bata de intérieur (1897), que personificó el estilo audaz de la condesa. A ella le encantaba vestir de verde, lo que complementaba su cabello castaño rojizo.
House of Worth, vestido de té, terciopelo tallado en azul sobre fondo satinado verde, encaje Valenciennes, alrededor de 1897. © Stéphane Piera/Galliera/Roger-Viollet.
House of Worth, vestido de té, terciopelo azul cortado sobre fondo satinado verde, encaje Valenciennes, alrededor de 1897. © Stéphane Piera/Galliera/Roger-Viollet.
Uno de los vestidos más famosos de la condesa fue el vestido “bizantino” (1904), un lamé dorado, con incrustaciones de perlas y ribetes de piel bata de cérémonie, que usó en la boda de su hija. Se dice que la gente entre la multitud exclamó: “Dios mío, ¿es esa la madre de la novia?” Aunque estaba etiquetado como Worth, probablemente lo era creado para la condesa por el joven Paul Poiret.
House of Worth, “Vestido bizantino, lamé de tafetán, hilo de seda y oro, tul de seda, lentejuelas, 1904. © L. Degrâces y Ph. Joffre/Galliera/Roger-Viollet.
Casa del Valor, “Vestido Bizantino", Tafetán lamé, hilo de seda y oro, tul de seda, lentejuelas, 1904. © L. Degrâces y Ph. Joffre/Galliera/Roger-Viollet.
La condesa, pionera en la recaudación de fondos, fue una importante defensora de los Ballets Rusos y en los años previos a la Primera Guerra Mundial sus modas también gravitaron hacia estilos orientalistas de vanguardia. Cuando Proust describió los exóticos vestidos Fortuny de su ficticia duquesa de Guermantes, evocando “que Venecia estaba llena de lo hermoso Este”, se inspiró claramente en la condesa Greffulhe.
Durante la década de 1930, una época de grandes diseñadoras, prefería las veladas sofisticadas vestidos de couturières como Louiseboulanger, Nina Ricci y Jeanne Lanvin. (El La condesa Greffulhe también recaudó fondos para apoyar a la gran científica Marie Curie.)
Nina Ricci, conjunto vespertino (vestido y bolero), muselina de lana y seda en crema y negro, plumas de avestruz, hacia 1937. © Julien Vidal/Galliera/Roger-Viollet.
Nina Ricci, conjunto vespertino (vestido y bolero), muselina de lana y seda en crema y Negro, plumas de avestruz, alrededor de 1937. © Julien Vidal/Galliera/Roger-Viollet.
 
Jeanne Lanvin, vestido de noche, tul negro y muselina, verano de 1937. © P. Joffre y C. Pignol/Galliera/Roger-Viollet.
Jeanne Lanvin, vestido de noche, tul negro y muselina, verano de 1937. © P. Joffre y C. Pignol/Galliera/Roger-Viollet.
Además de las 28 prendas expuestas, había una docena de accesorios—zapatos, sombreros, abanicos, guantes y medias—incluido un par de zapatos de tacón alto de terciopelo rojo que evocó una de las escenas más famosas de la novela de Proust. Una selección de fotografías Representó a la condesa Greffulhe y a importantes contemporáneos, incluido Robert de Montesquiou y Marcel Proust. Por último, hubo un conjunto inspirado en la Condesa Greffulhe y creado por el diseñador de moda contemporáneo Rick Owens.
simposio en el Anfiteatro Katie Murphy del FIT celebrado el 20 de octubre participaron más de una docena Oradores, entre ellos Laure Hillerin, biógrafa de la condesa; historiadora del arte y la moda Françoise Tetart-Vittu; y Philippe Thiebaut, curador y asesor científico de la Instituto Nacional de Historia del Arte (INHA). Los temas discutidos incluyeron la moda y literatura; moda en el arte impresionista; y moda, sexo y género. Estos y Otros programas públicos eran, como siempre, gratuitos para el público. Hay un catálogo en francés publicado por el Palais Galliera, titulado La Mode retrouvée, con ensayos de Saillard, Steele y otros. An Folleto en inglés by Steele también está disponible.
La musa de Proust, la condesa Greffulhe Fue la primera de varias exposiciones centradas en la moda francesa celebradas en el Museo en FIT. Le sigue París remodelado, 1957-1968 (10 de febrero –15 de abril de 2017), comisariada por Colleen Hill, y París, capital de la moda (Septiembre de 2019 –enero de 2020), comisariada por la Dra. Valerie Steele. La exposición es parte de Tándem París Nueva York.
La musa de Proust, la condesa Greffulhe Fue posible gracias a la generosidad del Consejo de Alta Costura con más apoyo de The Coby Foundation, Ltd.


Marcel Proust 

● El sentido de la vida a través del recuerdo.


Robert y Marcel Proust, en 1877

…Un día de invierno, cuando volví a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso que tomara, contra mis costumbres, un poco de té. Me negué al principio, pero, no sé por qué, cambié de opinión. Mandó a buscar uno de aquellos pastelillos pequeños y redondos, que llaman Petites Madeleines, que parecían haber sido formadas en las estrías de una concha de Santiago. 

De pronto, maquinalmente, abrumado por la triste jornada y la perspectiva de un también triste día siguiente, llevé a mis labios una cucharada del té, en el que había remojado un trozo de magdalena. Y en el mismo instante en que el trago, mezclado con miguitas del dulce tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que me pasaba.

1885

Me invadió un delicioso placer, aislado, sin la noción de su causa. De inmediato me trajo las indiferentes vicisitudes de la vida, sus inofensivos desastres, su ilusoria brevedad, del mismo modo que opera el amor, llenándome de una preciosa esencia, o quizás esta esencia no estaba en mí, sino que era yo mismo. 

Dejé de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde podía surgir tan poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al sabor del té y del dulce, pero los superaba infinitamente, pues no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla? Bebí un segundo trago y no encontré nada más que en el primero, y un tercero, me aportó menos que el segundo.

Era el momento de parar, pues la virtud del brebaje parecía disminuir. Estaba claro que la verdad que buscaba, no estaba, sino en mí. Despertó, pero no la conocía y no podía más que repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, el mismo testimonio que no sabía interpretar, pero que quería, al menos poder poner intacto a mi disposición, de inmediato, para su aclaración definitiva.

Dejé la taza y me centré en mi mente para que ella misma encontrara la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre, siempre que la mente se siente superada por ella misma; cuando el que busca es el paisaje oscuro en el que debe buscar y cuando todo su equipaje no le sirve de nada. ¿Buscar? No solamente, sino crear. Estás frente a algo que todavía no es y que debes hacer realidad, para poder entrar en su luz.

… … …

Y, de repente, apareció el recuerdo. El sabor era el del trocito de magdalena que los domingos por la mañana, en Combray (porque aquel día no salía antes de la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días en su habitación, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberla sumergido en su infusión de té o de tila. 

La casa de la tía Léonie

... todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y las nínfeas de Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus casitas, y la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo tomaba forma y solidez, y salía, ciudad y jardines, de mi taza de té.

1895
Primeras páginas de Du côté de chez Swann con las notas de revisión escritas a mano por el autor.

À la recherche du temps perdu, normalmente citado sencillamente como La Recherche, es una novela de Marcel Proust, escrita entre 1906 y 1922 y publicada entre 1913 y 1927, en siete tomos, de los que los últimos aparecieron después de la muerte del autor. Más que el relato de una secuencia determinada de sucesos, esta obra se interesa, no en los recuerdos del narrador, sino en una reflexión psicológica sobre la literatura, sobre la memoria del tiempo. Sin embargo, como señala Jean-Yves Tadié, en Proust y la Novela, todos estos elementos dispersos, se descubren ligados unos a otros, cuando, a través de todas sus experiencias, negativas o positivas, el narrador -que es también el protagonista de la obra-, descubre el sentido de la vida en el arte y en la literatura, en el último tomo.

Como siempre es cuestión de matices, a la palabra “recherche” se le podría aplicar, en este caso, el sentido, también usual, de “investigación” y probablemente, resultara más apropiado, pues de acuerdo con lo que escribe Proust, el protagonista no “buscaba” nada, sino que, es un hallazgo casual -la magdalena-, quien le devuelve al pasado y hace aflorar los recuerdos de forma inesperada, y es solo a partir de entonces, cuando emprende el análisis exhaustivo de los mismos, es decir, su “recherche”.

El resultado, es genial; À la recherche du temps perdu es considerado como una de las mejores obras de Literatura del siglo XX.

1906

“La Recherche” se publicó en siete tomos: 

1. Du côté de chez Swann/ Por el Camino de Swan, editado a cuenta del autor, por Grasset, en 1913, seguido de una versión modificada de Gallimard, 1919.

2. À l'ombre des jeunes filles en fleurs/A la Sombra de las Muchachas en Flor. 1919, Gallimard. Fue galardonado con el Premio Goncourt.

3. Le Côté de Guermantes/El Mundo de Guermantes, en dos volúmenes, por Gallimard, 1920-21.

4. Sodome et Gomorrhe I et II/Sodoma y Gomorra, I y II. Gallimard, 1921-1922)

5. La Prisonnière/ La Prisionera. Póstumo, en 1923.

6. Albertine disparue/Albertine desaparecida. Póstumo, en 1925, su título original, era La Fugitive.

7. Le Temps retrouvé/El Tiempo Reencontrado. Póstumo, 1927.

Considerando estas divisiones, la redacción y la publicación, se hicieron de forma paralela, e incluso el concepto que Proust tenía de su novela, evolucionó en el transcurso del proceso.

Cuando se publicó el primer tomo por cuenta del autor, en Grasset, 1913, gracias a René Blum -Proust conservó la propiedad literaria-, la guerra interrumpió la publicación del segundo y permitió al autor rehacer la obra, que adquirió amplitud en el transcurso de noches de trabajo agotadoras. Trabajó sin descanso sus borradores dactilografiados y manuscritos, y se propuso poner fin a su colaboración con el editor. La Nouvelle Revue Française, -NRF-, dirigida por Gaston Gallimard, que estaba en plena batalla editorial con Grasset desde 1914, pero cometió el error de negarse, en 1913, a publicar Du côté de chez Swann, pues André Gide, figura dominante del comité editorial de la NRF, juzgó que se trataba de un libro snob dedicado a Gaston Calmette, director de Le Figaro. La NRF, que se consideraba abanderada de la renovación de las letras francesas, agravó el caso el 1º de enero de 1914, cuando uno de sus fundadores, Henri Geon, juzgó Du côté de chez Swann, como “una obra de ocio en la más plena acepción del término”. Sin embargo, escritores de renombre como Lucien Daudet, Edith Wharton y Jean Cocteau, no ocultaron sus elogios a este primer tomo. André Gide reconoció inmediatamente su error y suplicó a Proust que se uniera a la NRF, que había recuperado la posibilidad de imprimir. Proust informó a Grasset de su intención de abandonarlo en agosto de 1916, y tras un año reglamentando el problema: cuestión de indemnizaciones, compensaciones y pago de derechos, Gaston Gallimard lanzó la publicación de dos volúmenes que compró a su concurrente, y en octubre de 1917, a los casi doscientos ejemplares de Swann, que no se habían vendido; les puso una cubierta de la NRF antes de volver a sacarlos a la venta.

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I Du côté de chez Swann

I.

Durante mucho tiempo me acostaba temprano. A veces, apenas se apagaba la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decir “me duermo·. Y, más o menos, media hora después, el pensamiento de que era hora de dormir, me despertaba; quería dejar el libro que aún creía tener en las manos y soplar la vela...

Combray, el nombre dado por Proust al pueblo de su infancia, Illiers, -rebautizado tras su fallecimiento, como Illiers-Combray-, abre La Recherche du Temps Perdu. El narrador, ya adulto, recuerda las distintas habitaciones en las que ha dormido a lo largo de su vida, especialmente, la de Combray, donde pasaba las vacaciones cuando era pequeño. La habitación protagonista se encuentra en la casa de su tía abuela, prima de su abuelo, “mi tía abuela en cuya casa vivíamos…”

Marie de Rabutin-Chantal. Mme. de Sevigné. Marquesa. De Claude Lefébvre-(Atrib.) Museo Carnavalet. París. La escritora preferida de la abuela de Marcel Proust

El narrador recuerda hasta qué punto, la hora de acostarse era una tortura para él; significaba que iba a pasar una noche entera lejos de su madre, lo que le causaba enorme angustia: “en el momento en el que tenía que meterme en la cama, lejos de mi madre y de mi abuela, mi dormitorio se convertía en el punto fijo y doloroso de mis preocupaciones”. Durante mucho tiempo había olvidado aquel episodio de sus estancias en la casa de su tía abuela, hasta que un día, su madre le ofreció una taza de té y unas magdalenas que, al principio rechazó, pero que después terminó aceptando. Fue entonces cuando, años después, el té y las migas del dulce, hicieron resurgir toda la parte de su vida pasada en Combray. “...y todo Combray y sus alrededores, todo, cobró forma y solidez, y salió, villa y jardines, de la taza de té.” Este fragmento dio lugar a la expresión popular “magdalena de Proust”, empleada para calificar, frecuentemente un alimento, que le trae a alguien recuerdos felices.

Esta parte de la vida del narrador no solo está marcada por el drama de la hora de acostarse; fue también ocasión de despertar sus sentidos; el olor de las zarzas, la vista de la naturaleza en los alrededores de Combray durante sus paseos, etc.; la lectura, las novelas de Bergotte, autor ficticio, que será, incluso, un personaje de la novela; el narrador pasea por Combray de extremo a extremo con su familia; la parte de Méseglise, o la de Guermantes, si el tiempo lo permite. Adora a su madre y a su abuela, y más globalmente, su familia aparece como un capullo en el que el narrador niño, se siente feliz, protegido y mimado.

Un amour de Swann es un paréntesis en la vida del narrador. Aquí relata la gran pasión que sintió Charles Swan, al que conoce en la primera parte, como vecino y amigo d la familia; por la “cocotte” Odette de Crécy. En esta parte, vemos a un Swann enamorado, pero torturado por los celos y la desconfianza hacia Odette. Los amantes viven cada uno en su casa y cuando Swann no está a su lado, le corroe la inquietud; se pregunta qué hará Odette, si no lo está engañando. Odette frecuenta el salón de los Verdurin, matrimonio de ricos burgueses que todos los días reciben a un círculo de amigos para cenar, charlar o escuchar música. Al principio, Swann encuentra a Odette en este ambiente, pero poco después, tiene la desgracia de no complacer ya a la señora Verdurin, que lo aparta de las veladas organizadas en su casa, por lo que cada vez tiene menos oportunidades de ver a Odette, por lo que sufre angustiosamente; después, poco a poco sale de su pena y se sorprende: “¡Y pensar que he malgastado años de mi vida y que he deseado morir... por una mujer... que no era mi tipo!”.



El paréntesis no es anecdótico; prepara la parte de la Recherche en la que el protagonista conocerá sufrimientos similares a los de Swann.

En cuanto a los nombres de los lugares, empiezan por un ensueño sobre las habitaciones de Combray y sobre la del gran hotel de Balbec; ciudad imaginaria inspirada, en parte por la villa de Cambray. Ya adulto, el narrador compara y distingue habitaciones. Recuerda que siendo muy joven, pensaba en los nombres de los diferentes lugares, tales como Balbec, pero también, Venecia, Parma o Florencia. Por entonces, le hubiera gustado descubrir la realidad que se escondía tras aquellos nombres, pero el médico de la familia desaconsejó todo proyecto de viaje, a causa de una fea fiebre que había contraído. Tuvo entonces que permanecer en su habitación de París; sus padres vivían a dos pasos de los Champs-Élysées, y solo pudo permitirse paseos por París con su nodriza Françoise. Es entonces cuando conoce a Gilberte Swann, a quien ya había visto en Combray. Se hace amigo de ella y se enamora. Su gran asunto en aquel momento era ir a jugar con ella y sus amigos a un jardín próximo a los Champs-Elysées. Se las ingenia para cruzarse con los padres de Gilberte y saluda a Odette Swann, convertida en la esposa de Swann y madre de Gilberte.

II À l’ombre des jeunes filles en fleurs

Empieza en París, y toda una parte, titulada Autour de Madame Swann/En torno a Mme. Swann, marca la entrada del protagonista en la casa de los padres de Gilberte Swann, a la que va, invitado por su joven amiga, para jugar o cenar. Se queda tan prendado, que una vez de vuelta en casa de sus padres, hace todo lo que puede para llevar la conversación al tema de Swann; todo lo que compone el universo de Swann le parece magnífico: “no sabía ni el nombre ni la clase de cosas que había ante mis ojos y solo comprendía que, si estaban cerca de los Swann, debían ser extraordinarias.” Se siente feliz y orgulloso de salir por París con los Swann. 


Es durante una cena en su casa cuando conoce al escritor Bergotte, cuyos libros le gustaban desde hacía mucho tiempo. Pero queda defraudado, porque, el verdadero Bergotte, está a mil millas de la imagen que de él se había forjado por la lectura de sus obras. “Todo el Bergotte que yo había elaborado lentamente... de golpe, no servía para nada...

La relación con Gilberte evoluciona: todo se viene abajo y el narrador decide no verla más. Su pena es intermitente. Poco a poco, consigue distanciarse de ella y no sentir nada más que indiferencia con respecto a ella. Sigue, no obstante, ligado a Odette Swann.

Dos años después de la ruptura, se va a Balbec con su abuela -en la parte titulada Nombres de ciudades: la ciudad”-. 

Al marcharse a la estación balnearia, se siente desgraciado, pues va a encontrarse lejos de su madre. Su primera impresión de Balbec, es la decepción; la ciudad es distinta de lo que había imaginado. Por otra parte, la perspectiva de una primera noche en un lugar desconocido, le asusta. Se siente solo cuando, día tras día, observa a la gente que frecuenta el hotel. Su abuela se acerca a una de sus viejas amigas, la señora Villeparisis y comienza una serie de paseos en el coche de esta aristócrata. En el transcurso de uno de ellos, el narrador siente una extraña impresión al ver tres árboles cuando el coche se acerca a Hudimesnil. Siente que la alegría le invade, pero no sabe por qué. Piensa que debería pedir que pararan el coche para ir a ver de cerca aquellos árboles, pero renuncia por pereza. La señora de Villeparisis le presenta a su sobrino, Saint-Loup, del cual se hace amigo. Se encuentra con Albert Bloch, un amigo de la infancia, y se lo presenta a Saint-Loup. Finalmente conoce al barón de Charlus -un Guermantes, como la señora Villeparisis y muchos otros personajes de la obra-. El protagonista se sorprende por el extraño comportamiento del barón, que empieza por mirar intensamente al protagonista, y después, cuando lo conoce, se muestra increíblemente lunático. Poco a poco, el narrador ensancha el círculo de sus conocimientos. Albertine Simonet y sus amigas, hacen amistad con él y al principio, se siente atraído por alguna de ellas. Termina por enamorarse de Albertine. 


Llega el mal tiempo, la estación termina y el hotel se vacía.

III Le Côté de Guermantes

Esta parte se divide en dos secciones cuyos acontecimientos se desarrollan esencialmente en París: los padres del narrador cambian de alojamiento y en adelante, viven en una parte del hotel de los Guermantes. Su doncella, la vieja Françoise, lamenta el traslado. El narrador piensa en el nombre de los Guermantes, como antes pensaba en los nombres de los lugares. Le gustaría mucho integrarse en el mundo de la aristocracia. Para acercarse a la señora de Guermantes, a la que importuna siguiéndola indiscretamente por París, decide visitar a su amigo Robert de Saint-Loup, que está de guarnición en Doncières. “La amistad, la admiración que Saint-Loup sentía hacia mí, me parecían inmerecidas y me resultaban indiferentes. De pronto, vi en ello un premio; me hubiera gustado que se lo revelara a la señora de Guermantes, y habría sido capaz de pedirle que lo hiciera.” Visita, pues, a su amigo, que le recibe con mucha amabilidad y está atento a todos los menores detalles con él. De vuelta en París, el protagonista se entera de que su abuela está enferma. Saint-Loup aprovecha un permiso para ir a París; sufre a causa de su amante, Rachel, a quien el narrador identifica como una antigua prostituta que trabajaba en una casa de citas. El narrador frecuenta el salón de la señora Villeparisis, la amiga de su abuela, y observa mucho a las personas que la rodean. Todo esto da al lector una imagen muy detallada del barrio de Saint-Germain entre el final del siglo XIX y el principio del XX. El narrador empieza a frecuentar el salón de los Guermantes. La salud de su abuela se sigue deteriorando; es víctima de un ataque cuando pasea con su nieto.


IV Sodome et Gomorrhe

El título evoca las dos ciudades destruidas por Dios para castigar a sus habitantes, infieles e inmorales. En esta entrega, el narrador descubre que la homosexualidad está muy presente en su entorno. Un día descubre la del señor de Charlus, así como la de Jupien, fabricante de chalecos, que vive cerca de su casa. Charlus no es solo el amante de Jupien; rico y cultivado, sino que también es su protector. El narrador, tras descubrir la “inversión sexual” de Charlus, asiste a una velada en casa de la princesa de Guermantes, lo que le permite observar de cerca el mundo de la aristocracia del barrio de Saint-Germain, y se entrega a consideraciones sobre esta parte de la sociedad. Después de una larga velada, el narrador vuelve a su casa y espera la visita de su amiga Albertine, que se hace esperar, lo que irrita al protagonista y se angustia. Finalmente llega, y el hielo se funde, pero, dicho esto, el corazón del narrador, es inestable. A veces, ya no siente amor por Albertine, algo que él llama “intermitencias del corazón”. 

Hace una segunda visita a Balbec. Esta vez está solo, porque su abuela ha muerto, lo que le lleva a hacer comparaciones con su primera estancia en la estación balnearia. Al descalzarse, recuerda que antaño, su abuela misma le quitaba los zapatos con amor. El recuerdo le perturba; solo ahora comprende que ha perdido para siempre a su abuela que le adoraba. Esta estancia en Balbec queda pautada por los sentimientos que, como dientes de sierra, tiene por Albertine: tanto si se siente enamorado, como si ella le resulta indiferente, piensa en romper. Y empieza a sospechar de ella; se pregunta si no será lesbiana. Pero no alcanza ninguna certeza. Al final del segundo día, decide casarse con ella, pensando que, al hacerlo, cambiará sus inclinaciones.


V La Prisonnière

Vida en común con Albertine. 

El narrador ha vuelto a París, a la casa de sus padres, ausentes en aquel momento y se instala allí con Albertine y Françoise la doncella. Cada uno tiene su habitación y su cuarto de baño. El narrador hace todo lo posible por controlar la vida de Albertine, para evitar que se cite con mujeres. La mantiene, por así decirlo, prisionera en su casa, y cuando sale, él se las arregla para que Andrée, una amiga común, la siga en todos sus desplazamientos. La actitud del narrador está muy próxima a la de Swann con Odette, en Un amour de Swann. El amor, lejos de hacerle feliz, suscita una continua desconfianza y unos celos permanentes. El protagonista se da cuenta también, de que a pesar de todas sus precauciones, Albertine le resulta extraña en muchos aspectos. Haga lo que haga, constituye un misterio para él. La vida en común no durará mucho tiempo. Un día, Françoise anuncia al narrador que Albertine se ha ido al amanecer.

VI Albertine disparue

La tristeza y el olvido.

“¡La Señorita Albertine se ha ido!” El sufrimiento psicológico va mucho más lejos que la propia psicología. Hace un momento, analizándome, creía que esta separación para siempre, era justamente lo que deseaba, pues comparando la mediocridad de los placeres que me proporcionaba Albertine, con la riqueza de los deseos que me impedía realizar, me había sentido sutil, y había concluido que no quería volver a verla y que ya no la amaba. Pero aquellas palabras: ”La Señorita Albertine se ha ido”, acababan de producir en mi corazón tal sufrimiento, que creí que no podría resistirlo mucho tiempo.

En algunas ediciones, esta parte se titula La Fugitive, originalmente deseado por Proust, pero que era ya el título de otro libro, aunque se corresponde muy bien con el contenido, que forma un díptico con La Prisonnière. Albertine escapa de la casa del narrador en cuanto siente su completa indiferencia hacia ella, lo que provoca un nuevo giro en el corazón de este. Hace todo lo posible para encontrar a su amada y quiere creer que pronto volverá a su lado. 

Desgraciadamente se entera por un telegrama que Albertine ha muerto, víctima de una caída del caballo. Se le ha ido definitivamente. Su corazón oscila entre el sufrimiento y el desapego. Se dedica con Andrée a un trabajo de investigación para deducir si ella era, o no, lesbiana y descubre que, efectivamente, era el caso.

Va a casa de la duquesa de Guermantes y se cruza con su amor de la infancia, Gilberte Swann, convertida en la señorita Gilberte de Forcheville: Swan ha muerto de enfermedad y Odette se ha vuelto a casar con el señor de Forcheville. Swan soñaba con hacer admitir a su mujer en los medios aristocráticos a título póstumo y se cumple con el segundo matrimonio de Odette. El narrador viaja a Venecia con su madre. A la vuelta, se entera de la boda de Gilberte con su amigo Robert de Saint-Loup. Algún tiempo después, va a Tansonville, no lejos de Combray, a visitar a los recién casados. Gilberte confía al narrador que es desgraciada, porque Robert la engaña. Es cierto, pero ella cree que es con mujeres, mientras que a Robert le atraen los hombres.

VII Le Temps retrouvé

Tansonville

El comienzo de esta última entrega transcurre todavía en Tansonville. El narrador, que quería convertirse en escritor desde que era niño, lee un fragmento del Journal des Goncourt/Diario de los Goncourt, antes de dormir, y se convence de que no es capaz de escribir, por lo que decide renunciar a ser escritor. Estamos en plena Primera Guerra Mundial. El París de la época, presenta personajes globalmente germanófobos y totalmente preocupados por lo que pasa en el frente. Charlus es una excepción; es germanófilo. Saint-Loup se ha alistado, ha ido a combatir y ha muerto en el campo de batalla. Después de la guerra, el narrador acude a una velada en casa de la princesa de Guermantes. De camino, toma de nuevo conciencia de su incapacidad para escribir. 

El final de un fragmento de música en el salón-biblioteca de los Guermantes, donde el sonido de una cuchara, la rigidez de la servilleta que usa, etc. desencadenan en él el placer que sentía antaño, en tantas ocasiones, al ver los árboles de Hudimesnil, por ejemplo. Esta vez decide profundizar sus impresiones; descubrir por qué ciertas sensaciones le hacen tan feliz. Comprende finalmente, que la memoria involuntaria es la única capaz de resucitar el pasado; que la obra de arte permite vivir una verdadera vida, lejos de mundanidades y que permite también abolir los límites impuestos por el Tiempo.

El protagonista está por fin preparado para crear una obra literaria.

(Resumen traducido de Wikipedia Fr.)

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“Tuve la desgracia de empezar mi libro con la palabra “yo” e inmediatamente se dedujo que, en lugar de tratar de descubrir leyes generales, me analizaba en el sentido más individual y detestable de la palabra”. Marcel Proust.


A pesar de su intenso personalismo, resulta una evidencia, que la filosofía y la estética de Proust, reflejan claramente, por ejemplo, la filosofía de Schopenhauer; la sociología de Gabriel Tarde; el Impresionismo; la música de Wagner o el desdichado asunto Dreyffus.

Schopenhauer, por Jules Lunteschütz. -Gabriel Tarde, Profesor del Collège de France

Claude Monet: Impression, soleil levant, 1872, Paris, Musée Marmottan Monet

Wagner, 1871, fotografía de Franz Hanfstaengl. -La degradación de Dreyfuss Dibujo de Henri Meyer en el Petit Journal del 13.1.1895, con el título, “El Traidor”.

Su estilo es, no obstante, muy personal. Sus frases, a menudo, largas y la construcción compleja, recuerdan al duque de Saint-Simón, uno de los autores que cita con más frecuencia. Algunas frases requieren un cierto esfuerzo por parte del lector para distinguir su estructura y, por tanto, su sentido más preciso. Los contemporáneos de Proust, afirmaron que empleaba prácticamente el mismo lenguaje en su conversación. El académico Jacques de Lacretelle, amigo de Proust, informó que “un profesor americano, M. Herbert de Ley, autor de un estudio corto pero preciso y documentado, titulado Marcel Proust et le duc de Saint-Simon, constató que, de unos cuatrocientos personajes aristocráticos de Proust, casi la mitad tienen nombres que aparecen en las Mémoires de Saint-Simon.

Los dos escritores que influyeron más profundamente en Proust, marcando un eje en la “Recherche du Temps perdu”, son, sin discusión, Saint-Simón y Balzac. Y, sin embargo, ¡qué diferencia de temperamento y de formación entre ellos!”. 

(Jacques de Lacretelle: “Saint-Simon et Proust”.)

Saint-Simon, de Jean-Baptiste van Loo, 1728, detalle. Castillo de Chasnay. Col. Privada.- Honoré de Balzac.

Su particular estilo traduce una voluntad de captar la realidad en todas sus dimensiones, en todas las percepciones posibles; en todas las facetas del prisma de los diferentes personajes. Reúne preocupaciones e impresiones, pues la realidad solo tiene sentido a través de la percepción, real o imaginaria, que de ella tiene el sujeto.

Su prisma no es solo el de los actores, sino el de cada uno de ellos, desde los diversos puntos de vista del tiempo que pasa; el punto de vista del momento presente, del pasado y el pasado tal como lo vuelve a percibir en el presente.

Pero la obra no se limita a esta dimensión psicológica e introspectiva, sino que analiza, a menudo, sin piedad, la sociedad de su tiempo: la oposición entre la esfera aristocrática de los Guermantes, y la burguesía advenida de los Verdurin, a los que hay que añadir el mundo de los servidores domésticos, representados por Françoise. Al hilo de los tomos, la obra refleja también la historia contemporánea, desde las controversias del affaire Dreyfus, hasta la Guerra del 14. 

De izquierda a derecha, de pie: Príncipe Edmond de Polignac, Princesa de Brancovan, Marcel Proust, Ppe. Constantin Brancoveanu (hermano de Anna de Noailles), y Léon Delafosse. Debajo: Madame de Montgenard, Princesa de Polignac, Condesa Anna de Noailles. Delante: Princesa Helen Caraman-Chimay (hermana de Anna de Noailles) y Abel Hermant. Antes de 1901.

Por otra parte, la acción se inscribe en un tiempo perfectamente definido por numerosas referencias históricas que fijan con claridad el período de la Recherche, por ejemplo, cuando Swann empieza a frecuentar a los Verdurin, estos han asistido al entierro de Gambetta, Ministro de la III República, o en “les jeunes filles en fleur”, se narra la visita del Zar Nicolás II a París, en otoño de 1896.

 

Gambetta, fotogr. Carjat.- Nicolás II.

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¿Cómo compuso Marcel Proust À la recherche du temps perdu?/En busca del tiempo perdido. ¿Cómo fue imaginada esta obra, creada, transmitida, incluso tras la muerte del escritor, en 1922, hasta convertirse en una de las más célebres de la literatura mundial?

Una exposición organizada tomo tras tomo, cuenta la historia de À la recherche, apoyándose en los resultados de veinte años de investigación proustiana.

Con ocasión del Centenario de la muerte de Marcel Proust, la Biblioteca Nacional de Francia (BNF), propone, desde el 11 de octubre de 2022, hasta el 22 de enero de 2023, una exposición consagrada a À la recherche du temps perdu, que reúne más de 370 documentos, entre manuscritos, cuadros, fotografías, objetos y vestimentas.

Marcel Proust, "À la recherche du temps perdu", manuscrito autógrafo. Sesenta y dos cuadernos de borradores, incluyendo los de las diferentes partes de la “Recherche” en diversos estadios de su redacción. BnF. 


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EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO. El protagonismo de la imagen pictórica en el tiempo de Marcel Proust.

Hay una relación prácticamente completa en la obra de Eric Karpeles, “El Museo Imaginario de Marcel Proust”, que solo anota las obras citadas por su nombre o evocadas con suficiente precisión, para ser identificadas. 

Proust frecuentaba el Museo del Louvre con mucha regularidad, así como las exposiciones de las galerías parisinas. También viajaba al extranjero, especialmente, a Italia y los Países Bajos donde vio numerosas obras que también cita. Del mismo modo, se inspiró en reproducciones publicadas en libros y revistas de arte.

“Solo por el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de este universo que no es el mismo que el nuestro y cuyos paisajes nos resultarían tan desconocidos como los que puede haber en la Luna. Gracias al Arte, en lugar de ver un solo mundo; el nuestro, lo vemos multiplicarse, y cuantos más artistas originales haya, más mundos tendremos a nuestra disposición.

—Marcel Proust, Le Temps retrouvé / El Tiempo recuperado

Jean-Baptiste-Camille Corot – La Catedral de Chartres. Louvre

“en lugar de [darme] fotografías de la Catedral de Chartres... se informaba por Swann si algún gran pintor la había representado...”

Turner. 1817-20. Getty

Tiziano: Asunción de María, 1516-18. Santa María Gloriosa dei Frari en Venecia. A l'ombre des jeunes filles en fleurs (tome 2)

Mona Lisa. Leonardo da Vinci, 1503-6. Louvre. A l'ombre des jeunes filles en fleurs (tome 2).
“Harmonie en rose et or” de J.M. Whistler, 1871-74. Frick Coll. NY. A l'ombre des jeunes filles en fleurs (tome 2).
Los Hijos de Edward, (Niños de la Torre) de Paul Delaroche, en 1830. Louvre. Le Côté de Guermantes (tome 3).
Frans Hals - De regentessen van het oudemannenhuis / Las Regentes de la Casa de los Ancianos. Frans Hals Museum, Haarlem, Países Bajos. Le Côté de Guermantes (tome 3).

James Tissot – Le Cercle de la Rue Royale. 1868. Orsay. La Prisonnière (tome 5)
Une coque de cheveux noirs en forme de cœur, appliquée au long de l’oreille comme le nœud d’une infante de Velasquez. Una concha casco de pelo negro en forma de corazón, aplicado a lo largo de la oreja como una infanta de Velazquez. Velázquez. Meninas, fragmento. Museo del  Prado.
El Tiempo Reencontrado. T. VII. Primera Guerra Mundial

Viendo al Apocalipsis en el cielo -los aviones enfocan sus proyectores sobre la ciudad-, como en el Entierro del Conde de Orgaz, del Greco, dos diferentes planos son paralelos.


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En busca de Proust


Sociedad de Amigos de Marcel 




Proust


Genealogía de los Guermantes. Boletín n ° 12 (1962) - Sociedad de Amigos de Marcel Proust: págs. 491-502

Actas de las Jornadas Marcel Proust : Literatura y filosofía 





Actas de las II Jornadas sobre Marcel Proust



ENSAYOS sobre Marcel Proust - Aportes

https://ojs.upsa.edu.bo/index.php/aportes/article/download/45/37 


La Fundación Vila Casas pone en diálogo el mundo literario de Marcel Proust con el universo plástico del pintor catalán Luis Marsans. Barcelona


De Proust a Marsans, en busca del tiempo perdido


https://vimeo.com/775846921?fl=pl&fe=sh De Proust a 



Marsans, en busca del tiempo perdido 


Exposición Virtual


 

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Una exposición que acerca el mundo literario de Marcel Proust al universo plástico de su principal intérprete, Luis Marsans.


Coincidiendo con el centenario de la muerte de  Marcel Prous (París, 1871-1922), esta exposición quiere acercar al público, por un lado, al mundo de un escritor excepcional y el de su obra magna,  en la recherche du temps perdu , y, por otro, al de su principal intérprete plástico,  Luis Marsans  (Barcelona2 Trece de Barcelona en 1972 no dejó de recrearlo hasta el final de sus días. Marsans, sin embargo, no se propone tanto 'releerlo' exhaustivamente ni revisitar sus escenas más memorables como rescatar a sus personajes liberados de la tiranía del tiempo, tal y como lo haría un acuarelista chino. Deja, por tanto, que todos estos personajes, escenas o escenarios proustianos se le aparezcan y adquieran vida propia hasta convertirse en la feliz trasposición de un mundo literario en un plástico que aspira a la propia autonomía.


La exposición se articula –en tres secciones– como una introducción al mundo narrativo de  En busca del tiempo perdido  y al papel que juegan en éste el arte y la música como grandes metáforas literarias; la presentación de una amplia selección de los dibujos, acuarelas, gouaches y grabados con los que Marsans lo evocó desde una gran libertad interpretativa; y, por último, la singular recepción de la obra de Proust en Cataluña desde los años del siglo pasado –Plan, Sagarra, Gaziel– hasta la actualidad, con la edición de una traducción integral y otra en curso, la creación de la Biblioteca Proustiana Ferran Cuito y la de la Sociedad Catalana de Amigos de Marcel Proust.


 


Exposición comisariada por  Glòria Farrés  y  Àlex Susanna .  



Marcel Proust o 

la literatura como antropología histórica


Este 18 de noviembre se cumple el centenario de la muerte de Marcel Proust. Su nombre está indisolublemente asociado a su novela “En busca del tiempo perdido” (À la recherche du tempsperdu), una de las más emblemáticas del siglo pasado y por qué no, de la literatura francesa y universal.


Por Guillermo Pessoa -18 noviembre, 20220


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Mi obra no es microscópica, sino telescópica. Tuve la desgracia de comenzar un libro con la palabra “yo” y de inmediato todos creyeron que, en lugar de intentar descubrir leyes generales, yo me analizaba en el sentido individual y detestable de la palabra


Proust


Sería verdaderamente pueril sostener que la literatura burguesa resulta nociva para la solidaridad de una clase. Lo que Shakespeare, Goethe, Pushkin o Dostoievski darán al obrero es, antes que nada, el concepto de complejidad psicológica del hombre, de sus pasiones y sentimientos; comprenderá entonces con más profundo y elaborado sentido, sus fuerzas físicas, la intervención del instinto, etc. Y el resultado será un enriquecimiento interior.


Trotsky


Marcel Proust, luego de un “célebre” rechazo de André Gide (entre otros) para publicarle su obra, en la que venía trabajando desde 1908, encontrará al fin editor algunos años después. La monumental: À la recherche du tempsperdu(A la búsqueda del tiempo perdido) constará de siete partes publicadas entre 1913 y 1927, de las cuales, las tres últimas son póstumas.Proust muere el 18 de noviembre de 1922 cuando aún se encontraba trabajando en ella y contaba con 51 años. En 1895 había escrito y no concluido una especie de antecedente deEn busca… la inconclusa Jean Santeui, trabajo que será publicado en 1952. Un año después escribirá y logrará publicar “Los placeres y los días” un conjunto de cuentos largos y poemas en prosa. Para muchos críticos, el conocimiento de la obra del inglés John Ruskin, a quien traducirá al francés, fue decisivo en su cambio de paradigma estético y expresivo.


Sin lugar a dudas “su” obra fue En busca…La cantidad de miradas y apreciaciones que la misma conlleva es extensísima. Recientemente (todo centenario “invita” a ello) fueron encontrados setenta y cinco folios de manuscritos inéditos de “Petit Marcel” que son borradores de capítulos, especialmente del primer volumen de la novela, quizás la más conocida (incluso hay una versión cinematográfica, de una parte de ella): “Por el camino de Swann”. Y en España se acaba de anunciar en estos días la aparición de cartas y una especie de diario inédito del escritor francés.


Desde el psicoanálisis con un tema caro a dicha ciencia como es el de la memoria y la importancia de la infancia para el ser adulto (Proust habría señalado: “la patria es la infancia”), como así también desde cierta metafísica filosófica con el no menos importante tema del paso del tiempo, como así también las cualidades intrínsecas de su prosa literaria, no ajena a cierto barroquismo pero con la presentación de un “mundo” que abarca a aristócratas venidos a menos, artistas que tocan en sus salones, burgueses advenedizos y de los otros, los que sirvieron para presentar frescos de la sociedad  francesa en plena belle époque. Todos esos ámbitos y saberes se apropiaron de partes de la obra proustiana




Los prejuicios propios de su tiempo, hicieron que Proust enmascarara su inclinación homosexual y convirtiera sus paseos por los Campos Elíseos observando a muchachitos, en paseos con la jovencita Gilberta (hija de Swann y Odette) primero y de Albertina después, según cuenta quien fuera su mejor biógrafo: George Painter. En el tomo cuarto de su obra: “Sodoma y Gomorra”, aquel “dedo en la llaga” a la moral pacata de fin de siglo era más patente aún. Asimismo, no le eran ajenas circunstancias políticas y sociales del periodo: su participación en la denuncia del caso Dreyfus y su lucha por el antimilitarismo son buenos ejemplos de ello.


Ricardo Piglia, en la que creemos una observación aguda, señala que En busca …  está entre dos mundos. Recuerda que la “forma” novela es hija de la modernidad, del surgimiento de la imprenta. La misma, arranca grosso modo con el Quijote y se continúa hasta el gran siglo para el género, que es el XIX, con sus narraciones que atraían a masas de lectores (su difusión a través de revistas, es una constante), con cierta linealidad espacial y temporal, su realismo social, etc. Sin embargo, ésta va a ser desplazada por la irrupción del cine. La novela entonces se “estetiza”, sus creadores logran un grado mayor de libertad al no estar “condenados” a escribir para ese público amplio y disperso, y logran así experimentos varios y convierten la propia ficción en un “campo de reflexión”. Proust, como Joyce, Faulkner o el mismo Macedonio aquí, no se entienden sin ese contexto (amén de la coyuntura histórico social). Lo que importa, creemos, es que la novela persiste más allá de esos momentos y derivaciones.


El trotskista francés Daniel Bensaid, señala que En busca… es una novela filosófica y que, en ella, el “gran” tema a desarrollar es el de la totalidad. Y para lograr aprehenderla, hay que partir de las categorías más simples; en el caso de Proust, la “famosa” magdalena (que el protagonista, el mismo Marcel, al saborearla “recuperaba” la totalidad del tiempo pasado y se proyectaba al presente y al futuro). Dice el galo:


Para Marx, para Hegel y para Proust, se trata de la misma obsesiva cuestión: ¿por dónde comienza la totalidad? La totalidad atormenta cada eslabón, cada fragmento, cada detalle de la cadena. Éste es, sin embargo, el que resume y revela el conjunto: el ser, la magdalena, la mercancía.Trivial e inocente, completamente simple, la mercancía fracturada se abre como una especie de luz mágica de donde escapan valor de uso y valor de cambio, trabajo abstracto y trabajo concreto, plusvalía y ganancia, así como de la magdalena crujiente, surgen el lado de Swann y el de Guermantes. Las categorías mercantiles o memoriales que fluyen de esas heridas, revelan la maravillosa totalidad de un mundo en devenir.




Por supuesto que se podrían decir (y de hecho se han dicho) muchas más cosas de En busca… Escogimos las que nos parecen más sugerentes. La vida es muy corta y Proust muy largo, dijo Anatole France, y en verdad lo que parece un demérito (su extensión: algo que se ve en sus propias frases que contienen más de una subordinada), termina siendo una virtud y un placer: el del libro que no se acaba nunca. Una especie de “libro diccionario”, al cual podemos volver cuando queremos o retomarlo por donde deseamos, aunque así fuere para sumergirnos en sólo dos o tres fragmentos del mismo (esto nos recuerda la cara azorada de Mafalda cuando observaba esa actitud de su padre con el “mataburros”).


Proust, como Shakespeare, Goethe o Dostoievski (como señala Trotsky, siguiendo a Marx), además de radiografiar una época y una clase, sobrepasó esas limitaciones y buceó (terminó de Freud que utilizaba también el revolucionario ruso) en la complejidad del “alma” humana (somos materialistas, la misma es una figura poética) y al hacerlo la enriquecía. Además de conformar una actitud contestataria y revulsiva para el orden social existente. Juan José Saer lo escribía con suma precisión y con dichas palabras cerramos nuestro artículo. El escritor santafesino, señalaba:


Preservar la capacidad iluminadora de la experiencia poética, su especificidad como instrumento de conocimiento antropológico, éste es, me parece, el trabajo que todo escritor riguroso debe proponerse. Esta posición, que puede parecer estetizante o individualista, es, por el contrario, eminentemente política. En nuestra época de reducción ideológica, de planificación represiva, la experiencia estética, que es una de nuestras últimas libertades, es constantemente amenazada. La función principal del artista es entonces la de salvaguardar su especificidad. Los elementos extraaartísticos, nacionalidad, extracción social, “espíritu de la época”, influencias culturales, etc, son totalmente secundarios. Los verdaderos creadores representan a su época contradiciéndola. Si, por ejemplo, se toma el caso de Robert de Montesquieu y de Proust, inmediatamente se encuentra una serie de categorías históricas, sociales, culturales, etc, que les son comunes. Con ligeras variantes los dos pertenecen a la misma época, al mismo medio social, frecuentan los mismos salones y reciben más o menos las mismas influencias culturales. Y sin embargo, mientras Montesquieu no es más que un pobre fantoche, Proust es uno de los más grandes escritores de la época moderna. El que representa a la aristocracia y a la gran burguesía francesa de la Bella Época es Montesquieu, y no Proust. Por su praxis narrativa, Proust alcanza una dimensión antropológica que justifica sus descubrimientos y los hace válidos para otros tiempos y otros lugares, mientras haya, se entiende, gente dispuesta a leerlo.





 "Sentimos en un mundo y pensamos, nombramos, en otro, podemos establecer entre ellos una concordancia, para no colmar el intervalo. (…) Es que la diferencia que hay entre una persona, una obra marcadamente individual y la idea de belleza, existe también –y es grande- entre lo que nos hacen sentir y las ideas de amor, de admiración. Por eso, no las reconocemos (p. 61)."










































Marcel antes de Proust
Proust, Marcel















El París de Proust: recordando los 100 años de su fallecimiento

Una recreación de la habitación de Proust en la exposición ‘Un roman parisien’, en el Musée Carnavalet de París. Foto: Pierre Antoine.

El inmenso escritor de la introspección, Marcel Proust, murió hace cien años. ‘El Viajero Asombrado’ lo recuerda visitando la exposición ‘Un roman parisien’, en el Musée Carnavalet de París. Una evocadora y completa muestra, abierta hasta el 10 de abril.

Hace unos días, en una clase de tutoría, comentaba con una alumna mi fascinación al descubrir la Fundación Giacometti, donde han recreado el taller en el que trabajó el artista hasta 1972, ambientado como cuando pintaba y esculpía, muy cerca del original, en el mismo Montparnasse, París. Resulta sobrecogedor contemplar (con la mente y con los ojos) esas obras de arte tan contemporáneas, esos hombres deshumanizados sin nada dentro, camino del abismo, que ayer nos parecían lejanos y que hoy los encontramos a la vuelta de la esquina y en el telediario. Le hablaba con entusiasmo, pero ella, un tanto extrañada, me respondió con su innata capacidad para la enseñanza, con una pregunta:

-A ver, Use, ¿todavía no has visto la expo sobre el París de Proust en el Carnavalet?


Negué para que me explicara y, tras su explicación, le juré y me juré que iría el martes siguiente.



Así que cuando aterrizo en París me dispongo a cumplir mi palabra. Nada más entrar en  la rue des Francs Bourgeois y ver el cartel con el retrato de Proust y el título de la exposición, Un roman parisien (una novela parisina), lo primero que pienso es cómo es posible que, después de once años en París y después de haber pasado 10.000 veces por delante de este edificio del Marais, desconozca la existencia del museo, lo cual me produce una extraña mezcla de rabia y de contento que me hace constatar, una vez más, la evidencia de que París, como escuela, es inagotable.

Entro en la exposición con la alegría con la que entro en clase, dispuesto a dialogar con las obras y los documentos y las imágenes como hago con mis alumnos, que me convencen de leer otros libros y me enseñan a asomarme con otros ojos a los poemas. Descubro que Proust vivió 51 años y, salvo contadas estancias en Bretaña y en Cabourg y algunos viajes a Venecia y Holanda, apenas salió de París. El París de Proust es el París marcado por las transformaciones Haussmanianas, la proliferación de espacios verdes y abiertos, el París que supera el segundo imperio, el de la belle époque, el que asiste a la eclosión del impresionismo y al alzamiento de la Torre Eiffel; un París habitado por una burguesía inquieta por instruirse, la que a fin de cuentas ayudó en el desarrollo de la vocación literaria de este genio de la escritura y emblema universal del recuerdo por culpa de una magdalena.

Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en el 96 de la rue de la Fontaine, en el distrito 16, en Auteil, cerca del Bois de Boulogne y del Museo Marmottan, en plena efervescencia de la Comuna. Sus padres eran una pareja de ateos  de tradición republicana. En 1873 se instalaron en el 9 del Boulevard Malesherbes, cerca de la Iglesia de la Madeleine. La infancia de Proust, por tanto, transcurre entre los campos elíseos y el prestigioso Liceo Condorcet (donde estudiaron tantos ilustres: Gainsbourg, Claude Lévi-Strauss o el gran Toulouse-Lautrec). Su formación estética se nutre de visitas al museo del Louvre y de salidas nocturnas a los espectáculos de variedades propios de la época, lo que inevitablemente pondrá su semilla en el despertar de su homosexualidad y su amor. Asimismo, se inscribió en el Institute d’ Etudes Politiques y en la Sorbona, donde se licenció en Filosofía.













El lienzo de Pissarro ‘L’ avenue de l’ Opera’, de 1898.

Tuvo la suerte de conocer a Robert de Montesquiou, el bohemio del momento, poeta, aristócrata y afamado dandi, adorablemente golfo y más conde que simbolista, que tan bien definió Julian Barnes en El hombre de la bata roja. Es él quien  brinda  a Proust la posibilidad de entablar contactos con la intelectualidad, quien le presenta a su prima, Elisabeth Grefulhee (personas reales que se convertirán en personajes), al doctor Pozzi, a Sarah Bernhardt, quien le enseña los buenos barrios de la rive droite. A los 30 años, Proust ha vivido suficiente para escribir Los placeres y los días, un libro del que dirá: “No ha sido escrito, sino recolectado”.

En 1907, Proust se instala, por fin, en  el mítico 102 del Boulevard Haussmann, donde empieza la escritura de esa obra de arte total de seis tomos, En busca del tiempo perdido, cuyo primer libro, Por el camino de Swann, aparecerá en 1913.

La exposición sigue de manera cronológica la obra de Proust e ilustra la vida del escritor con numerosos documentos de la época, entre los que destacan el lienzo de Pissarro L’ avenue de l’ Opera, de 1898, fotografías, cartas ilustradas de restaurantes como La Rue, cuadros eternos como el retrato de Jacques Émile-Blanche (sí, el pintor de la Belle Époque) que todos tenemos en mente cuando pensamos en Marcel Proust, con esa especie de orquídea brotando del bolsillo del su chaqueta y, por supuesto, el mobiliario original de la habitación de Proust donde escribió la Recherche.

Veo también un vídeo en el que Paul Morand se queja entre risas de la impuntualidad de Proust y compruebo las direcciones de sus cafés predilectos en ese París que también será el de sus héroes: todos creados por el deseo de penetrar en los medios aristocráticos parisinos que le fascinan tanto o más que las obras de arte: Charles Swann, Odette de Crecy, Gilberte… Burgueses con gustos bohemios, egoístas, cínicos, infieles, estetas mundanos y cultos, apasionados y evidentemente elegantes en la vestimenta, figurines que observan la sociedad desde la atalaya del privilegio. Y Albertine y la duquesa de Guermantes y Bergotte. El amor, el deseo, los celos, la angustia… En fin, la vida.

Tengo la inmensa fortuna de que me acompañe Anne Laure Sol, comisaria de una exposición impecable. Ella me cuenta: “Nos pareció obvio tratar este tema en el Museo de Historia de París, que guarda los muebles del dormitorio de Proust y muchos objetos que le pertenecieron gracias a donaciones de Jacques Guérin en 1973, de Odile Gévaudan, hija única de Céleste Albaret, en 1989, y de Françoise Heilbrun en 2021. Queríamos conmemorar el 150 aniversario del nacimiento del escritor, y formar parte del año de celebración proustiana que será también 2022, con motivo del 100 aniversario de su muerte”

Está tan bien ambientada la época y es tan completa la exhibición que la inmersión en el París de entonces resulta envolvente. Tiene razón Anne Laure: hay todo tipo de objetos, de recortes de prensa, de cartas manuscritas, de obras de arte, y hay también el impagable testimonio de Céleste Albaret.

Le comento que hace unos años se publicó en España Monsieur Proust (Capitán Swing), el libro de memorias de Céleste, ama de llaves y confidente de Proust, y que aún lo tengo pendiente de leer.

“El desafío de esta exposición es mostrar primero cuánto participó París en la formación del escritor, a través del ascenso de su familia, sus redes sociales, su relación íntima con la ciudad. La capital es el escenario casi exclusivo de la existencia del escritor, nacido y muerto en París, descendiente de la burguesía parisina por su madre, Jeanne Weil. Aparte de la importancia de las estancias normandas y los viajes, los 51 años de la existencia de Marcel Proust transcurren en un espacio muy restringido y limitado a la margen derecha del Sena. En segundo lugar, queríamos reevaluar el papel del capital en la economía de la novela. París constituye, en su oposición a las provincias, un verdadero epicentro geográfico, cultural y mental, un lugar por excelencia para cada parte de la historia”.

Viendo la exposición y atendiendo a las explicaciones de Anne Laure, resulta obvio que Proust estuvo marcado por la realidad de la capital en los últimos años del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. Hasta la Primera Guerra Mundial, París era la ciudad más influyente y atractiva del mundo, algo que  para mí lo sigue siendo principalmente por dos motivos: porque no termina nunca y porque no es como se esperaba. Anne Laure insiste en ello: “En aquel momento, aquí se encuentran las mentes más lúcidas de la época, en el campo de las artes, de la vida intelectual, de la política. Es también una ciudad que concentra la riqueza y un cierto arte de vivir envidiado en toda Europa y más allá”. Proust, en virtud de su formación y sus predisposiciones intelectuales, participó en este extraordinario movimiento desde los años que pasó en el Lycée Condorcet y luego hasta su muerte. Dará cuenta de ello en sus artículos para Le Figaro, en su correspondencia abundantemente, pero, sobre todo, por supuesto, en la novela En busca del tiempo perdido. En este ciclo romántico, París ocupa un lugar crucial y además es citada más de 500 veces (menos que el imaginario Balbec, pero es el único lugar real junto con Venecia, donde vive el narrador, de donde se aleja a veces, pero adonde siempre vuelve).

Por el camino de Swann tiene lugar en Combray y luego en París. A la sombra de las muchachas en flor comienza aquí. El mundo de Guermantes se centra casi exclusivamente en la vida parisina. Y si París y Balbec forman el escenario de Sodoma y Gomorra, la acción de La Prisionera se reduce casi al apartamento parisino del héroe, como Albertine desaparecida (a veces titulada La fugitiva), que termina con una estancia en Venecia. El ciclo novelístico se cierra en París en El tiempo recobrado, donde el héroe, ahora dotado de una visión propia del mundo y de la literatura, puede convertirse en el narrador de su historia”.

A diferencia de escritores como Balzac o Zola, Proust no ofrece un anclaje topográfico real en el texto. Aparte de algunas menciones de lugares, calles, el París de Proust (y el París de la exposición) es un mundo flotante, cuya realidad es más sociológica. Le pregunto por ello y por cómo se prepara una exposición tan trabajada como esta: “Si las descripciones precisas están ausentes, el efecto del paso del tiempo, las transformaciones de la ciudad son perceptibles y es a estas anotaciones a las que nos hemos adherido para proponer este viaje en París, que se transforma entre el final del Segundo Imperio y los años después de la Primera Guerra Mundial. Por eso, en lugar de forzarnos a una fidelidad imposible, que hubiera sido un callejón sin salida y una mala interpretación, optamos por mostrar obras que reflejan las impresiones y sensaciones vividas por el narrador en diferentes lugares de la ciudad, privilegiando a los artistas conocidos y amados por Proust, incluidos Monet, Whistler, Blanche…”.

Cuando termino de recorrer las salas, me despido de Anne Laure, pero antes de irme, vuelvo a uno de los vídeos que más me han llamado la atención; de Céleste Albaret, que pasó nueve años trabajando para el escritor,  pendiente de todas sus manías y sus citas y sus compañías y sus obsesiones y, por supuesto, de su lucha contra el paso del tiempo y la enfermedad para terminar, un mes antes de morir, el sexto tomo de su obra cumbre. Para Céleste, Monsieur Proust, que apenas salía de casa y escribía a destajo, pese a explotarla, fue un maestro de vida. Así lo cuenta en el vídeo, antes de confesar que un mediodía, tras despertarse (Proust escribía de noche a veces hasta las nueve de la mañana), le dijo:

–Ha sucedido una cosa tan hermosa esta noche en mi habitación… Me ha pasado algo tan intenso, tan bonito…  Ha sido un encuentro tan maravilloso…

–Pero ¿qué ha sido eso? ¿Qué ha pasado? –preguntó ella.

–Que he escrito la palabra fin…

Céleste Albaret, que habla de su jefe con los ojos vidriosos, fue más que una sirvienta; su sensibilidad y su inteligencia, y la admiración que sintió por el escritor que descansa en el cementerio del Pere Lachaise, la convirtieron en confidente y testigo de excepción y probablemente en la más conmovedora de sus amistades, probablemente la más sincera.




El escritor Marcel Proust fotografiado junto a parte de su familia.

Vuelvo a tomar el metro en la estación de Saint Paul. Mi tía Ghislaine me espera para cenar. Cuando le digo de donde vengo, me confiesa que ella no ha sido capaz de leer a Proust, pero que lo seguirá intentando y que irá a la exposición. Entonces me pregunta si yo lo he leído y, después de servirme vino, le digo que sí, pero que solo un tomo, el primero, Por el camino de Swann… Y en ese momento reparo en que me acuerdo muy vagamente de lo que acontecía y de los personajes, pero sí que me acuerdo, y muy bien, de dónde y cuándo lo leí.

No sé exactamente lo que ocurría en la novela, pero sí siento la maravilla de las horas de ensoñación que se apoderaron de mí en aquella biblioteca de las Aguas, en la universidad Pompeu Fabra, en los trayectos en metro, en las esperas de los bares, en aquel tercer año de Humanidades, y sí me acuerdo de la profesora que nos impuso la lectura, Montserrat Cots. ¿Qué habrá sido de ella?, me pregunto ya casi en la cama. Cuánto aprendí con ella… Ella me hizo leer por primera vez Madame Bovary, y los poemas de Verlaine, de Rimbaud, de Baudelaire, y la Fedra de Racine y el Tartufo de Molière y tantas cosas más en cette langue française que j´aime a la follie, y también ese tomo fundacional de Proust del que no podía despegarme.

Cuánta felicidad me han dado mis profesores. Àngels Grau, Àngel Burgas, Cristobal Moyano, Javier Aparicio… Algunos me acompañan todavía y son amigos. Y así me acuerdo de Conchita, la maestra de Serrat que propició Cançó per la meva mestra y, por supuesto, invoco el corazón generoso de Louis Germain, el profesor que abrió a Albert Camus las puertas del mundo desde un aula borrosa de Argel.

No puedo encontrar en mi memoria un día en que yo fuera a la universidad sin ganas. Cuando era pequeño detestaba los fines de semana, porque no había colegio. Y ahora que soy profesor lo que más me gusta de enseñar es aprender de mis alumnos. La docencia es de las pocas actividades que realizo que aporta satisfacción inmediata. A todo eso doy vueltas ya acostado, antes de enviar mensajes a casa y de poner el despertador y el modo avión y de echarme a soñar. Cierro por fin los ojos y durante unos segundos caigo en la cuenta de la suerte que tengo de despertarme a las 6.30 de la mañana para empezar mis clases a las ocho, y pienso en lo bonito que sería si yo fuera capaz de transmitir a mis alumnos ni que fuera una décima parte del conocimiento que me transmitieron a mí mis profesores.


El Olimpo de Marcel Proust 
Carlos Baltés

Proust y las artes en el Museo Thyssen-Bornemisza

Una exposición sobre la importancia que tuvo el arte en la obra de uno de los escritores más influyentes del siglo XX, Marcel Proust, reconocido no solo en la literatura, sino también en la filosofía y la teoría del arte

Para entender a Marcel Proust (Auteuil, 1871-París, 1922) es importante conocer el París en el que vivió, es decir, la cosmopolita y rica capital de la Tercera República, su gran transformación tras las reformas urbanísticas del barón Haussmann, con la aparición de la electricidad, los coches, los espectáculos, los restaurantes y los cafés.

Proust era un apasionado no solo de las artes, sino de esa modernidad tan en auge a fines del siglo XIX. La imagen de lo moderno que crearon los pintores impresionistas a través de su representación de las calles y otros ambientes de París está en la base de la estética proustiana: todo ello marcaría su biografía y también sus escritos.

Su primera obra publicada, Los placeres y los días (1896), se presenta en la primera sala de la exposición, mostrando su temprano gusto por las artes, la música, el teatro y, especialmente, la pintura y sus frecuentes visitas al Musée du Louvre. Ese interés continúa en su obra cumbre, la novela En la busca del tiempo perdido, publicada en siete tomos entre 1913 y 1927.

En busca del tiempo perdido se desarrolla entre 1890 y 1920 aproximadamente y describe la vida social, artística e intelectual de París.

El París de la Tercera República, sobre todo el entorno de los Campos Elíseos, el Bois de Boulogne y los palacios de la aristocracia del Faubourg Saint-Germain, o las playas y costas del norte de Francia, son algunos de los escenarios en los que se desarrolla la novela y que reflejaron en sus cuadros pintores como Édouard Manet, Camille Pissarro, Pierre-Auguste Renoir, Claude Monet, Eugène Boudin o Raoul Dufy.

Por otro lado, la importancia del teatro en la obra de Proust tiene su reflejo en la impresionante pintura de Georges Clairin, procedente del museo del Petit Palais de París, representando a la actriz Sarah Bernhardt, en la que se basó, entre otras, para crear el personaje de la Berma, presente a lo largo de la novela.

La exposición hace también hincapié en uno de los temas más sobresalientes en la obra de Proust, el de la creación y consolidación en las últimas décadas del siglo XIX de una nueva y moderna disciplina, la Historia del Arte, en su fascinación por una ciudad como Venecia, a la que viajó dos veces, en su interés por las catedrales y la arquitectura gótica.


arte
REMBRANDT. Autorretrato como el apóstol san Pablo, 1661

Asimismo, en la no tan conocida “conexión española” del escritor, a través de las figuras de Mariano Fortuny y Madrazo y Raimundo de Madrazo, incluyendo en las salas algunos vestidos y telas diseñados por el primero para mostrar un tema, el de la moda, imprescindible en el autor francés.

Las ideas estéticas que Proust desarrolla en su obra, los ambientes artísticos, monumentales y paisajísticos que le rodearon y que recrea en sus libros, así como los artistas contemporáneos o del pasado que le sirvieron de estímulo son algunos de los aspectos que articulan el recorrido de la muestra. El objetivo es resaltar ese vínculo y la interrelación entre el arte y su figura, su vida y su trabajo.

Además de pinturas de Rembrandt, Johannes Vermeer, Anton van Dyck, Jean-Antoine Watteau, Joseph M. W. Turner, Henri Fantin-Latour, James McNeill Whistler, Édouard Manet, Claude Monet o Pierre-Auguste Renoir, entre otros, una escultura de Émile Antoine Bourdelle y los citados diseños de Fortuny y de otros creadores de la época, la exposición incluye una selección de libros de Proust procedentes de la Bibliothèque Nationale de France y de la Biblioteca del Ateneo de Madrid, y otros préstamos del Musée du Louvre, el Musée d’Orsay y el Carnavalet de París, la Mauritshuis de La Haya, el Rijksmuseum de Ámsterdam, el Städel Museum de Fráncfort y la National Gallery of Art de Washington.

La exposición se articula en torno a nueve salas con las que los visitantes pueden adentrarse en el universo del autor y en En busca del tiempo perdido: Los placeres y los días, el París de la época, el personaje de la novela Charles Swann, la familia aristocrática de los Guermantes, la ciudad de Venecia, la influencia del escritor y crítico de arte británico John Ruskin, la llegada de la modernidad y la Primera Guerra Mundial, la población de Balbec y el personaje del pintor Elstir y el último tomo de la novela, titulado El tiempo recobrado.

LOS PLACERES Y LOS DÍAS
El recorrido comienza con una fotografía de Marcel Proust a los 15 años, realizada por Paul Nadar en 1887, y el único retrato pictórico que se conserva del autor, pintado por Jacques-Émile Blanche en 1892, cuando tenía 21 años. En esta sala es protagonista su primer libro publicado, Los placeres y los días (1896), que pone ya de manifiesto muchos de los intereses estéticos y literarios que perdurarán en él toda la vida.

En el volumen dedica algunas partes al comentario de obras del Museo del Louvre que muestran su gusto por la pintura holandesa del siglo XVII, la italiana del Renacimiento y la francesa del XIX.

Dos de ellas se pueden ver en este capítulo: Retrato de James Stuart, duque de Lennox y primer duque de Richmond con los atributos de Paris (1633-1634), de Anton van Dyck, y Salida para un paseo a caballo (1660-1670), de Aelbert Jacobsz. Con un dibujo preparatorio de la tercera, El indiferente, de Jean-Antoine Watteau, y una ilustración realizada por Madeleine Lemaire para la primera edición de Los placeres y los días.

Asimismo, se incluyen lienzos de Henri Fantin-Latour como ejemplo destacado de pintura de flores; de Jean-Baptiste-Siméon Chardin, pintor francés muy admirado por Proust; de Raimundo de Madrazo, amigo del escritor, y de Édouard Manet, mencionado varias veces en la novela.

La imagen de lo moderno que crearon los pintores impresionistas de los ambientes de París está en la base de la estética proustiana.




En busca del tiempo perdido se desarrolla entre 1890 y 1920 aproximadamente y describe la vida social, artística e intelectual de la época a través de las clases altas de la sociedad. El escenario fundamental es París, donde Proust nació y vivió toda su vida.

Tras las grandes transformaciones urbanísticas, cobran importancia los bulevares, las avenidas, los parques y los jardines, como puede verse en las obras presentes en esta sala: Jinetes y coches de caballos, Avenue du Bois (hacia 1900), de Georges Stein; Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia (1897), de Camille Pissarro; Después del almuerzo (1879), de Pierre-Auguste Renoir, y En el Bois de Boulogne (1920), de Raoul Duffy.

Además, se exhiben retratos de Sarah Bernhardt (Georges Jules Victor Clairin, 1876), Reynaldo Hahn (Lucie Lambert, 1907), compositor venezolano, amante y amigo de Proust, y María Hahn (Raimundo de Madrazo, 1901), hermana de Reynaldo y esposa de Madrazo, como testimonio de la importancia del teatro, la música y el espectáculo en la vida de Proust.

POR EL CAMINO DE SWANN
Charles Swann es uno de los personajes centrales de la novela y representa la alta burguesía parisina culta, interesada por la historia del arte, la crítica y el coleccionismo.

Para dar forma a esta figura, Proust se basa en varios amigos y conocidos, sobre todo el crítico de arte Charles Haas, y el historiador, crítico, coleccionista de arte y director de la Gazette des Beaux Arts Charles Ephrussi, que aparecen representados en dos obras de esta sala: Haas, en el retrato grupal El Círculo de la Rue Royale (1866) de James Tissot, y Ephrussi, pintado por Léon Bonnat en 1906. Swann se casa con Odette de Crécy y tienen una hija, Gilberte.

Para Odette, el autor busca inspiración en Laure Hayman, una escultora argentina, amante del tío-abuelo y del padre de Proust, entre otros, de la que se muestra un retrato realizado por Madrazo hacia 1880-1885.

En esta sala también se pueden ver Busto de Anatole France con pecho desnudo (Bourdelle, 1919), escritor francés en el que Proust se basa para el personaje de Bergotte, y dos obras que aparecen citadas en la novela: Diana y sus ninfas (hacia 1653-1654), de Vermeer, artista sobre el que se sabe que Swann está escribiendo una monografía, y una serie de fotografías de las grisallas de Giotto en Padua.

Frente a la figura de Swann, Proust desarrolla el mundo de Guermantes, protagonizado por la elegante duquesa Oriane de Guermantes y el hermano de su marido, el barón de Charlus, aristócrata, poeta y homosexual, interesados ambos por la moda, las fiestas, los amores, la política y la guerra, así como por la pintura, la música y la literatura.

El poeta y aristócrata Robert de Montesquiou-Fézensac es el modelo más cercano al barón de Charlus. En esta sala se muestran dos retratos de Montesquiou, uno firmado por Antonio de La Gandara (hacia 1892) y otro de Lucien Doucet (1879), así como un retrato de la condesa Mathieu de Noailles (Ignacio de Zuloaga, 1913), amiga de Proust y cuyo marido era primo de Montesquiou, entre otras obras.

También se pueden ver dos abrigos de noche de Vitaldi Babani (hacia 1920) y Mariano Fortuny y Madrazo (hacia 1912) que pertenecieron a la condesa Élisabeth Greffulhe, modelo principal de la duquesa de Guermantes, gran amante de la moda, como aparece evocado en la novela.

Proust y las artes
Fecha: Hasta el 8 de junio de 2025.
Lugar: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Organizado por: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. El museo agradece a la Bibliothèque nationale de France los excepcionales préstamos concedidos.
Comisario: Fernando Checa.
Comisaria técnica: Dolores Delgado, conservadora de Pintura Antigua del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Venecia es otro de los escenarios de En busca del tiempo perdido. Proust, que nunca llegó a conocer Roma, Florencia ni Nápoles, sí visitó la ciudad de los canales en dos ocasiones. En esta sala se exhibe La Dogana y San Giorgio Maggiore, Venecia (1834), de Joseph M. W. Turner, junto a cinco aguafuertes de una serie realizada por James McNeill Whistler en 1880 y seis de Mariano Fortuny y Madrazo, de características muy similares.

El capítulo incluye también varias piezas textiles de Fortuny (una túnica que perteneció a Proust, un vestido Delphos y un tejido de inspiración renacentista), así como un autorretrato del pintor (1947) que se instaló en Venecia y encarna para Proust la unión de la ciudad con Carpaccio, Ruskin y el gusto por lo oriental, lo exótico y las bellas telas.

RUSKIN

Una experiencia estética esencial para Proust fue la contemplación de las catedrales góticas de Francia, que visitaba guiado por los escritos del historiador del arte francés Émile Mâle y del inglés John Ruskin, del que fue lector, traductor y analista, a bordo de un coche que conducía su chófer, secretario y amante, Alfred Agostinelli.

En esta sala se pueden ver obras de Paul-César Helleu, Eugène Boudin, Alfred Sisley, Gustave Loiseau, Armand Guillaumin y Jean-Baptiste-Camille Corot que muestran iglesias y catedrales como las de San Vulfran, Reims o Notre-Dame de París, junto a dibujos de John Ruskin de Amiens y Abbeville y un ejemplar de La Biblia de Amiens (1904), traducida y prologada por Proust.

Además, se presentan dos álbumes de fotografías de catedrales e iglesias de Francia, realizadas por Séraphin Médéric Mieusement entre 1881 y 1885, abiertos por las imágenes de Amiens y Ruán.

LA MODERNIDAD
La figura de Alfred Agostinelli es el modelo de Albertine, un personaje fundamental en dos tomos de la novela en los que el autor plantea una larga digresión sobre los celos, las sospechas de infidelidad y el olvido, entre otros muchos temas.

Fallecido en un accidente de aviación en 1914, Agostinelli también es clave para evocar el interés de Proust por aspectos de la modernidad de los inicios del siglo XX.

Por ello aparece en una fotografía de esta sala en su coche, en 1908, junto a las xilografías de Maurice Busset de la serie París bombardeado (1918), que sirven para ilustrar los ataques aéreos que sufre la capital francesa duranta la Gran Guerra y que describe el escritor.

Además, se presentan obras de Giacomo Balla y Jean Cocteau, entre otros artistas, testimonio del desarrollo de las vanguardias en la época, así como un proyecto de decorado, dos carteles y una fotografía de los Ballets Rusos de Serguéi Diághilev, a cuyas representaciones acudió el autor con asiduidad.

La exposición se articula en torno a nueve salas que reproducen el universo del autor a través de su obra cumbre En busca del tiempo perdido.



BALBEC, ELSTIR
Balbec, otro de los enclaves fundamentales en el desarrollo de la novela, es un lugar ficticio de la costa normanda en el que Proust recoge el espíritu, las gentes, los paisajes y el ambiente de localidades del norte de Francia como Deauville, Trouville, Cabourg, Étretat o Beg-Meil. Esta zona fue muy importante para Proust a lo largo de su vida, al igual que para los pintores impresionistas, que se desplazaban allí a pintar al aire libre.

Elstir, por su parte, es un personaje en el que el autor resume su interés por la pintura. Los modelos en los que se inspira para crearlo son muchos, pero los principales son Whistler, Moreau, Helleu y, sobre todo, Monet, sin olvidar a Turner ni al estadounidense Thomas Alexander Harrison, de los que se muestran obras en esta sala.

EL TIEMPO RECOBRADO
Al final de los siete tomos de la novela, los mundos de Swann y de Guermantes confluyen en una última gran fiesta que tiene lugar tras la guerra. En ella, el narrador es ya consciente de que su obligación para recuperar el “tiempo perdido” no es otra que describir el origen y el desarrollo de su vida personal e intelectual en una gran novela, precisamente la que el lector está a punto de terminar.

En este tomo, titulado El tiempo recobrado, Proust pone de manifiesto lo implacable y destructor que es el paso del tiempo.

La exposición recoge esta idea y finaliza con dos de autorretratos de Rembrandt, uno de 1642-1643 y otro 1661, y dos imágenes de Marcel Proust en su lecho de muerte en 1922 (un dibujo de Helleu y una fotografía de Emmanuel Sougez), así como con ejemplares de las primeras ediciones de los distintos tomos y volúmenes de la novela: Por el camino de Swann (1913), A la sombra de las muchachas en flor (1918), El mundo de Guermantes (volúmenes 1 y 2, 1920, 1921), Sodoma y Gomorra (volúmenes 1, 2 y 3, 1922), La prisionera (volúmenes 1 y 2, 1923), Albertine desaparecida (volúmenes 1 y 2, 1925) y El tiempo recobrado (volúmenes 1 y 2, 1927).

En torno a El tiempo recobrado de Raúl Ruiz: las resistencias de Proust (y un Marcel que no se oye)


Marcel Proust y Alan Pauls: correspondencias en El pasado

La huella de Proust : Sobre la lectura de un manuscrito saeriano

En los caminos de Marcel Proust
El camino de Swann: un homenaje al centenario

El camino de Swann comienza con el narrador entrando y saliendo del sueño en lo que Proust llama el torbellino del despertar. No sabe dónde está, quién es ni qué es. En busca del tiempo perdido , como muchas grandes obras literarias, es una búsqueda. ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer con esta vida?

Para responder a estas y otras importantes preguntas sobre la condición humana, Proust trabajó en En busca del tiempo perdido durante más de catorce años, escribiendo más de un millón y medio de palabras y creando una galería de personajes inolvidables. Su monumental novela abarca numerosos temas: el amor y los celos, el enamoramiento, el vano esnobismo de la alta sociedad, la continuidad de la sexualidad humana, los peligros de confundir Eros con arte, los impulsos de la memoria y la naturaleza imparable del tiempo. Sin embargo, en su esencia más fundamental, En busca del tiempo perdido es la historia de un personaje, el Narrador, un hombre muy parecido a Proust que emprende un viaje extraordinario para convertirse en el artista que siempre anheló ser.






Actitudes de los lectores hacia Marcel Proust y los efectos de la lectura de En busca del tiempo perdido en la ciudad de Illiers-Combray
Egoa Dufourc

LA PÁGINA DE PROUST DE ELWYN


El tiempo perdido de Proust: más allá de las magdalenas

Entre junio de 2009 y diciembre de 2010, Michael Norris exploró En busca del tiempo perdido de Marcel Proust , también conocida como En busca del tiempo perdido , en estas páginas. Aquí, con ilustraciones originales de David Richardson, se presenta la secuencia completa.



Marcel Proust: Más allá de las magdalenas
16 de junio de 2009


Reflexiones sobre Proust II
8 de septiembre de 2009


Reflexiones sobre Proust III: Camino de Guermantes,
16 de noviembre de 2009


Reflexiones sobre Proust IIIb: Más sobre el Camino de Guermantes
, 9 de febrero de 2010


Reflexiones sobre Proust IV: Sodoma y Gomorra, o Ciudades de la llanura
28 de marzo de 2010


Interludio: La obsesión proustiana
26 de mayo de 2010


Reflexiones sobre Proust V: El prisionero,
4 de agosto de 2010


Reflexiones sobre Proust VI: El fugitivo,
14 de septiembre de 2010


Reflexiones sobre Proust VII: El tiempo recuperado
18 de octubre de 2010


Visión en Combray: Reflexiones sobre Proust (Conclusión)
13 de diciembre de 2010

En busca del tiempo perdido"Recuerdo de las cosas pasadas", "À la recherche du temps perdu" y "El camino de Swann" redirigen aquí. Para ver la obra, véase Recuerdo de cosas pasadas (obra de teatro). Para ver la película, ver À la recherche du temps perdu (película). Para otros usos, consulte Camino de los Cisnes (desambiguación).

Una primera vez prueba de galera de A la recherche du temps perdu: Du côté de chez Swann con las correcciones manuscritas de Proust
AutorMarcel Proust
Título originalÀ la recherche du temps perdu
TraductoresC. K. Scott Moncrieff
Esteban Hudson
Terence Kilmartin
Lydia Davis
James Grieve
IdiomaFrancés
GéneroModernista
EntrarParís y Normandía, décadas de 1890–década de 1900
EditorGrasset y Gallimard
Fecha de publicación
1913–1927
Lugar de publicaciónFrancia
Publicado en inglés
1922–1931
Páginas4.215
OCLC6159648
843.912
Clase LCPQ2631.R63
TraducciónEn busca del tiempo perdido (Recuerdo de cosas pasadas) en Wikisource
Recuento de palabras = 1.267.069

En busca del tiempo perdido (FrancésÀ la recherche du temps perdu), traducido por primera vez al inglés como Recuerdo de cosas pasadas, y a veces denominado en francés como La Recherche (La búsqueda), es una novela en siete volúmenes de autor francés Marcel Proust. Esta obra de principios del siglo XX es la más destacada, conocida tanto por su extensión como por su temática memoria involuntaria.

La novela ganó fama en inglés gracias a las traducciones de C. K. Scott Moncrieff y Terence Kilmartin y era conocido en la Anglosfera como Recuerdo de cosas pasadas. El título En busca del tiempo perdido, una representación literal del francés, se volvió ascendente después D. J. Enright lo adoptó para su traducción revisada publicada en 1992.[1]

En busca del tiempo perdido Sigue los recuerdos del narrador sobre su infancia y sus experiencias hasta la edad adulta a finales del siglo XIX y principios del XX alta sociedad Francia. Proust comenzó a dar forma a la novela en 1909; continuó trabajando en ella hasta que su última enfermedad en el otoño de 1922 lo obligó a separarse. Proust estableció la estructura desde el principio, pero incluso después de terminar los volúmenes, continuó agregando material nuevo y editó un volumen tras otro para su publicación. Los últimos tres de los siete volúmenes contienen descuidos y pasajes fragmentarios o sin pulir, ya que sólo existían en forma de borrador en el momento de la muerte de Proust. Su hermano Robert supervisó la edición y publicación de estas partes.

La obra fue publicada en Francia entre 1913 y 1927. Proust pagó para publicar el primer volumen (con Conjunto de hierbas Éditions) después de que fuera rechazado por los principales editores a quienes se les había ofrecido el manuscrito a mano. Muchas de sus ideas, motivos y se anticiparon escenas en Proust inconcluso novela, Jean Santeuil (1896–1899), aunque la perspectiva y el tratamiento allí son diferentes, y en su híbrido inacabado de ensayo filosófico y relato, Contre Sainte-Beuve (1908–09).

La novela tuvo una gran influencia en literatura del siglo XX; algunos escritores han buscado emularlo, otros parodia it. Con motivo del centenario de la publicación francesa del primer volumen de la novela, el autor estadounidense Edmund Blanco pronunciado En busca del tiempo perdido "la novela más respetada del siglo XX".[2]

Posee el récord mundial Guinness de novela más larga.[3]

Publicación inicial

NRF edición de Du côté de chez Swann, 1917

La novela se publicó inicialmente en siete volúmenes:

  1. El camino de Swann (Du côté de chez Swann, a veces traducido como El camino de Swann), publicado en 1913, fue rechazado por varios editores, incluidos Fasquelle, Ollendorff y el Nueva revista francesa (NRF). André Gide Se le dio el manuscrito para que lo leyera y le aconsejara NRF al publicarlo y, hojeando la aparentemente interminable colección de recuerdos y episodios filosofantes o melancólicos, se encontró con algunos errores sintácticos menores, que le hicieron decidir rechazar el trabajo en su auditoría. Proust finalmente llegó a un acuerdo con el editor Grasset pagar él mismo el coste de la publicación. Cuando se publicó, el libro se anunció como el primero de un novela en tres volúmenes (Bouillaguet y Rogers, 316–7). Du côté de chez Swann se divide en cuatro partes: "Combray I" (a veces denominada en inglés como "Overture"), "Combray II", "Un Amour de Swann" ("Swann in Love") y "Noms de pays: le nom" ("Nombres de lugares: el nombre"). Una novela en tercera persona dentro Du côté de chez Swann, "Un Amour de Swann" se publica a veces como un volumen en sí mismo. Como constituye la historia independiente del romance de Charles Swann con Odette de Crécy y es relativamente corta, generalmente se considera una buena introducción a la obra y, a menudo, es un texto fijo en las escuelas francesas. "Combray I" tiene un extracto similar; termina con el famoso episodio del pastel de magdalena, que presenta el tema de memoria involuntaria. A principios de 1914, Gide, que había estado involucrado en el NRF'En su rechazo al libro, escribió a Proust para disculparse y felicitarle por la novela:

    Desde hace varios días no puedo dejar tu libro... El rechazo de este libro seguirá siendo el error más grave jamás cometido por el NRF y, como tengo la vergüenza de ser muy responsable de ello, uno de los remordimientos más punzantes y arrepentidos de mi vida (Tadié, 611).

    Gallimard (la rama editorial de la NRF) se ofreció a publicar los volúmenes restantes, pero Proust decidió quedarse con Grasset.
  2. A la sombra de las jovencitas en flor (À l'ombre des jeunes filles en flores, también traducido como Dentro de un bosque en ciernes), publicado el 30 de noviembre de 1918, estaba previsto que se publicara en 1914, pero se retrasó por el inicio de Primera Guerra Mundial. Al mismo tiempo, la empresa de Grasset cerró cuando la editorial entró en servicio militar. Esto liberó a Proust para mudarse a Gallimard, donde se publicaron todos los volúmenes posteriores. Mientras tanto, la novela siguió creciendo en extensión y en concepción. Cuando se publicó, este volumen recibió el premio Premio Goncourt en 1919.
  3. El Camino Guermantes (Le Côté de Guermantes) se publicó en 1920 y 1921 y originalmente se dividió en dos volúmenes como Le Côté de Guermantes I y Le Côté de Guermantes II.
  4. Sodoma y Gomorra (Sodoma y Gomorra, a veces traducido como Ciudades de la Llanura) se publicó en 1921 y 1922 y también se dividió en dos volúmenes. Las primeras cuarenta páginas de Sodoma y Gomorra apareció inicialmente al final de Le Côté de Guermantes II (Bouillaguet y Rogers, 942), el resto aparece como Sodoma y Gomorra I (1921) y Sodoma y Gomorra II (1922). Fue el último volumen cuya publicación supervisó Proust antes de su muerte en noviembre de 1922. La publicación de los volúmenes restantes estuvo a cargo de su hermano, Robert Proust, y Jacques Rivière.
    Edición de 1923 de La prisión. Está etiquetado como "Tomo VI" como Sodoma y Gomorra Se publicó originalmente en dos volúmenes.
  5. El prisionero (La prisión, también traducido como El cautivo), publicado en 1923, es el primer volumen de la sección dentro En busca del tiempo perdido conocida como "le Roman d'Albertine" ("la novela albertina"). El nombre "Albertine" aparece por primera vez en los cuadernos de Proust en 1913. El material de los volúmenes 5 y 6 se desarrolló durante la pausa entre la publicación de los volúmenes 1 y 2 y son una desviación de la serie original de tres volúmenes originalmente planeada por Proust. Este es el primero de los libros de Proust publicado póstumamente. Las primeras ediciones describen La prisión como tercer volumen de Sodoma y Gomorra.
  6. El fugitivo (Albertina disparue, también titulado El fugitivo, a veces traducido como El dulce truco se fue [la última línea de Walter de la MareEl poema de "El Fantasma"[4]] o Albertina se fue), publicado en 1925, es el segundo y último volumen de "le Roman d'Albertine" y el segundo volumen publicado después de la muerte de Proust. Es el volumen más controvertido desde el punto de vista editorial. Como se señaló, los últimos tres volúmenes de la novela se publicaron póstumamente y sin las correcciones y revisiones finales de Proust. La primera edición, basada en el manuscrito de Proust, se publicó como Albertina disparue para evitar que se confunda con Rabindranath Tagore's El fugitivo, publicado por primera vez en 1921.[5] La primera edición autorizada de la novela en francés (1954), también basada en el manuscrito de Proust, utilizó el título El fugitivo. La segunda edición francesa (1987–89), aún más autorizada, utiliza el título Albertina disparue y se basa en un texto mecanografiado sin marcar adquirido en 1962 por el Biblioteca Nacional. Para complicar las cosas, tras la muerte en 1986 de la sobrina de Proust, Suzy Mante-Proust, su yerno descubrió entre sus papeles un texto mecanografiado que había sido corregido y anotado por Proust. Los últimos cambios que realizó Proust incluyen un detalle pequeño y crucial y la eliminación de aproximadamente 150 páginas. Esta versión fue publicada como Albertina disparue en Francia en 1987.
  7. Encontrar el tiempo de nuevo (Le Temps retrouvé, también traducido como Tiempo recuperado y El pasado recuperado), publicado en 1927, es el último volumen de la novela de Proust. Gran parte del volumen final se escribió al mismo tiempo que El camino de Swann, pero fue revisada y ampliada durante el transcurso de la publicación de la novela para dar cuenta, con mayor o menor éxito, del material entonces imprevisto que ahora figura en los volúmenes intermedios (Terdiman, 153n3). Este volumen incluye un episodio digno de mención que describe París durante la Primera Guerra Mundial.

Sinopsis

La novela relata las experiencias del Narrador (cuyo nombre nunca se revela definitivamente) mientras crece, aprende sobre arte, participa en la sociedad y se enamora.

El teórico literario dedujo una cronología aproximada de la novela Gérard Genette en su libro de 1980, Discurso narrativo: un ensayo sobre el método.[6]

  • El nacimiento del narrador: 1878
  • Volumen I: El camino de Swann – 1883–1893 (con "Swann in Love" en 1877–1878)
  • Volumen II: A la sombra de las jovencitas en flor – 1893–1897
  • Volumen III: El Camino Guermantes – 1897–1899
  • Volumen IV: Sodoma y Gomorra – 1899–1900
  • Volumen V: El prisionero – 1900–1902
  • Volumen VI: El fugitivo – 1902–1903
  • Volumen VII: Tiempo recuperado – 1903–1925

Volumen uno: El camino de Swann

Illiers, la ciudad rural dominada por el campanario de una iglesia donde Proust pasó un tiempo cuando era niño y que describió como "Combray" en la novela. La ciudad adoptó el nombre Illiers-Combray en homenaje.
Retrato de la señora Geneviève Bizet, de soltera Geneviève Halévy, por Jules-Élie Delaunay, en Museo de Orsay (1878). Sirvió como inspiración parcial para el personaje de Oriane de Guermantes.

El narrador comienza señalando: "Durante mucho tiempo me fui a la cama temprano" Comenta la forma en que el sueño parece alterar el entorno y la forma en que el hábito hace que uno sea indiferente a él. Recuerda estar en su habitación en la casa de campo de la familia en Combray, mientras abajo sus padres entretienen a su amigo Charles Swann, un hombre elegante de origen judío con fuertes vínculos con la sociedad. Debido a la visita de Swann, el Narrador se ve privado del beso de buenas noches de su madre, pero consigue que ella pase la noche leyéndole. Este recuerdo es el único que tiene de Combray hasta años después el sabor de un madeleine Un pastel bañado en té inspira un incidente nostálgico de memoria involuntaria. Recuerda haber comido una merienda similar cuando era niño con su tía inválida Léonie, y eso le trae más recuerdos de Combray. Describe a su sirvienta Françoise, que no tiene educación pero posee una sabiduría terrenal y un fuerte sentido tanto del deber como de la tradición. Conoce a una elegante "dama de rosa" mientras visita a su tío Adolphe. Desarrolla un amor por el teatro, especialmente por la actriz la Berma, y su incómodo amigo judío Bloch le presenta las obras del escritor Bergotte. Se entera de que Swann hizo un matrimonio inadecuado, pero tiene ambiciones sociales para su hermosa hija Gilberte. Legrandin, un amigo esnob de la familia, intenta evitar presentarle al niño a su adinerada hermana. El narrador describe dos rutas de paseos por el campo que el niño y sus padres disfrutaban a menudo: el camino que pasaba por la casa de Swann (el camino de Méséglise),y el camino de Guermantes, ambos con escenas de belleza natural. Tomando el camino de Méséglise, ve a Gilberte Swann parada en su patio con una dama vestida de blanco, la señora Swann, y su supuesto amante: el barón de Charlus, amigo de Swann. Gilberte hace un gesto que el Narrador interpreta como un despido grosero. Durante otra caminata, ve una escena lésbica que involucra a Mlle. Vinteuil, hija de un compositor, y su amiga. El Camino Guermantes simboliza a la familia Guermantes, la nobleza de la zona. El Narrador queda asombrado por la magia de su nombre y queda cautivado cuando ve por primera vez a la Sra. de Guermantes. Descubre cómo las apariencias ocultan la verdadera naturaleza de las cosas e intenta escribir una descripción de algunos campanarios cercanos. Acostado en la cama, parece transportado de regreso a estos lugares hasta que despierta. Tomando el camino de Méséglise, ve a Gilberte Swann parada en su patio con una dama vestida de blanco, la señora Swann, y su supuesto amante: el barón de Charlus, amigo de Swann. Gilberte hace un gesto que el Narrador interpreta como un despido grosero. Durante otra caminata, ve una escena lésbica que involucra a Mlle. Vinteuil, hija de un compositor, y su amiga. 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Mme. Verdurin es una anfitriona muy rica y autocrática que, ayudada por su marido, exige total obediencia a los invitados de su "pequeño clan". Una invitada es Odette de Crécy, ex cortesana, quien conoció a Swann y lo invitó al grupo. Swann es demasiado refinado para semejante compañía, pero Odette poco a poco lo intriga con su estilo inusual. A sonata por Vinteuil, que presenta una "pequeña frase", se convierte en el motivopor su relación cada vez más profunda. Los Verdurin acogen a M. de Forcheville; entre sus invitados se encuentran Cottard, médico; Brichot, académico; Saniette, objeto de desprecio; y un pintor, M. Biche. Swann se pone celoso de Odette, quien ahora lo mantiene a distancia, y sospecha de un romance entre ella y Forcheville, ayudados por los Verdurin. Swann busca un respiro asistiendo a un concierto de sociedad en el que participan la hermana de Legrandin y una joven señora de Guermantes; suena la "pequeña frase" y Swann se da cuenta de que el amor de Odette por él ha desaparecido. Se tortura preguntándose sobre sus verdaderas relaciones con los demás, pero su amor por ella, a pesar de las renovaciones, disminuye gradualmente. Sigue adelante y se maravilla de haber amado alguna vez a una mujer que no era su tipo.

En su casa de París, el Narrador sueña con visitar Venecia o la iglesia de Balbec, un complejo turístico, pero no se encuentra bien y, en su lugar, da paseos por el Campos Elíseos. Allí conoce y se hace amigo de Gilberte. Él tiene en la más alta estima a su padre, ahora casado con Odette, y está asombrado por la hermosa vista de la Sra. Swann paseando en público. Años más tarde, los antiguos lugares de interés de la zona desaparecieron hace mucho tiempo y lamenta la naturaleza fugaz de los lugares.

Volumen dos: Dentro de un bosque en ciernes

Los padres del Narrador invitan a cenar a M. de Norpois, un colega diplomático del padre del Narrador. Con la intervención de Norpois, al Narrador finalmente se le permite ir a ver a Berma actuar en una obra de teatro, pero queda decepcionado por su actuación. Después, durante la cena, observa a Norpois, extremadamente diplomático y correcto en todo momento, exponer sobre la sociedad y el arte. El Narrador le da un borrador de sus escritos, pero Norpois le indica suavemente que no es bueno. El Narrador continúa yendo a los Campos Elíseos y jugando con Gilberte. Sus padres desconfían de él, por lo que les escribe en protesta. Él y Gilberte luchan y él tiene un orgasmo. Gilberte lo invita a tomar el té y él se convierte en un cliente habitual de su casa. Observa el estatus social inferior de la Sra. Swann, los estándares más bajos de Swann y su indiferencia hacia su esposa, y Gilbertesu cariño por su padre. El narrador contempla cómo ha logrado su deseo de conocer a los Swann y saborea su estilo único. En una de sus fiestas conoce y se hace amigo de Bergotte, quien da sus impresiones sobre figuras de la sociedad y artistas. Pero el Narrador todavía no puede empezar a escribir en serio. Su amigo Bloch lo lleva a un burdel, donde hay una prostituta judía llamada Rachel. Llena de flores a la señora Swann, estando casi en mejores términos con ella que con Gilberte. Un día, él y Gilberte se pelean y él decide no volver a verla nunca más. Sin embargo, continúa visitando a la Sra. Swann, quien se ha convertido en una anfitriona popular, y entre sus invitados se encuentra la Sra. Bontemps, que tiene una sobrina llamada Albertine. El Narrador espera una carta de Gilberte reparando su amistad, pero poco a poco siente que está perdiendo interés.Él se derrumba y planea reconciliarse con ella, pero espía desde lejos a alguien parecido a ella caminando con un chico y la abandona para siempre. También deja de visitar a su madre, que ahora es una célebre belleza admirada por los transeúntes, y años después puede recordar el glamour que ella mostraba entonces.

Gran Hotel de Cabourg, donde Proust solía vacacionar y escribir partes de su novela, es el modelo para Balbec.
La playa de Cabourg

Dos años más tarde, el narrador, su abuela y Françoise partieron hacia la ciudad costera de Balbec. El narrador ahora es casi totalmente indiferente a Gilberte. Durante el viaje en tren, su abuela, que sólo cree en libros adecuados, le presta su favorito: el Cartas de Señora de Sévigné. En Balbec, el narrador está decepcionado con la iglesia y se siente incómodo en su desconocida habitación de hotel, pero su abuela lo consuela. Admira el paisaje marino y aprende sobre el colorido personal y los clientes que rodean el hotel: Aimé, el discreto jefe de camareros; el operador del ascensor; M. de Stermaria y su hermosa hija pequeña; y M. de Cambremer y su esposa, la hermana de Legrandin. Su abuela conoce a una vieja amiga, la señora de Villeparisis, de sangre azul, y renuevan su amistad. Los tres salen a dar paseos por el campo y discuten abiertamente sobre arte y política. El narrador añora a las chicas del campo que ve a lo largo de las carreteras y tiene una sensación extraña —posiblemente recuerdo, posiblemente algo más— mientras admira una hilera de tres árboles. La señora de Villeparisis está acompañada por su glamoroso sobrino nieto Robert de Saint-Loup,que está involucrado con una mujer inadecuada. A pesar de la incomodidad inicial, el Narrador y su abuela se hacen buenos amigos de él. Bloch, el amigo de la infancia de Combray, aparece con su familia y actúa de una manera típicamente inapropiada. Llega el tío ultraaristocrático y extremadamente grosero de Saint-Loup, el barón de Charlus. El narrador descubre que la señora de Villeparisis, su sobrino el señor de Charlus y su sobrino Saint-Loup son todos de la familia Guermantes. Charlus ignora al Narrador, pero luego lo visita en su habitación y le presta un libro. Al día siguiente, el barón le habla de manera sorprendentemente informal y luego le exige que le devuelva el libro. El narrador reflexiona sobre la actitud de Saint-Loup hacia sus raíces aristocráticas y su relación con su amante, una simple actriz cuyo recital fracasó horriblemente con su familia. Un día, el Narrador ve un ""Pequeña banda" de chicas adolescentes paseando junto al mar, y se enamoran de ellas, junto con una huésped invisible del hotel llamada Mlle Simonet. Se une a Saint-Loup para cenar y reflexiona sobre cómo la embriaguez afecta sus percepciones. Más tarde conocen al pintor Elstir y el narrador visita su estudio. El narrador se maravilla con el método de Elstir para renovar las impresiones de las cosas ordinarias, así como con sus conexiones con los Verdurin (él es "M. Biche") y la señora Swann. Descubre que el pintor conoce a las adolescentes, particularmente a una belleza de cabello oscuro que es Albertine Simonet. Elstir organiza una presentación y el narrador se hace amigo de ella, así como de sus amigos Andrée, Rosemonde y Gisèle. El grupo hace picnics y recorre el campo, además de jugar,mientras el Narrador reflexiona sobre la naturaleza del amor a medida que se siente atraído por Albertine. A pesar de su rechazo, se vuelven cercanos, aunque él todavía se siente atraído por todo el grupo. Al final del verano, la ciudad cierra y el narrador se queda con su imagen de la primera vez que vio a las niñas caminando junto al mar.

Volumen tres: El Camino Guermantes

Élisabeth, condesa Greffulhe (1905), por Felipe de László, que sirvió de modelo para el personaje de la duquesa de Guermantes

La familia del Narrador se ha mudado a un apartamento relacionado con la residencia Guermantes. Françoise se hace amiga de un compañero inquilino, el sastre Jupien y su sobrina. El Narrador está fascinado por los Guermantes y su vida, y queda asombrado por su círculo social mientras asiste a otra actuación de Berma. Comienza a vigilar la calle por donde camina todos los días la señora de Guermantes, para su evidente disgusto. Decide visitar a su sobrino Saint-Loup en su base militar para pedirle que la presente. Después de observar el paisaje y su estado de ánimo mientras duerme, el Narrador se reúne y asiste a cenas con los compañeros oficiales de Saint-Loup, donde discuten el El caso Dreyfus y el arte de la estrategia militar. Pero el Narrador regresa a casa después de recibir una llamada de su anciana abuela. La señora de Guermantes se niega a verlo y él también descubre que todavía no puede empezar a escribir. Saint-Loup lo visita de permiso, almuerzan y asisten a un recital con su amante actriz: Rachel, la prostituta judía, hacia quien el desprevenido Saint-Loup está enloquecido por los celos. El narrador se dirige entonces a casa de la señora de Villeparisis salon, que se considera de segunda categoría a pesar de su reputación pública. Legrandin asiste y muestra su escalada social. Bloch interroga estridentemente a M. de Norpois sobre el caso Dreyfus, que ha destrozado a toda la sociedad, pero Norpois evita diplomáticamente responder. El narrador observa a la señora de Guermantes y su porte aristocrático, mientras hace comentarios cáusticos sobre amigos y familiares, incluidas las amantes de su marido, que es hermano del señor de Charlus. Llega la señora Swann y el narrador recuerda la visita de Morel, el hijo del ayuda de cámara de su tío Adolphe, quien reveló que la "dama de rosa" era la señora Swann. Charlus le pide al Narrador que se vaya con él y se ofrece a convertirlo en su protegido. En casa, la abuela del Narrador ha empeorado y mientras camina con él sufre un derrame cerebral.

La familia busca la mejor ayuda médica y Bergotte la visita a menudo, él mismo enfermo, pero ella muere y su rostro vuelve a su apariencia juvenil. Varios meses después, Saint-Loup, ahora soltero, convence al Narrador para que invite a salir a la hija de Stermaria, recién divorciada. Albertine nos visita, ha madurado y comparten un beso. Luego, el narrador va a ver a la señora de Villeparisis, donde la señora de Guermantes, a quien ha dejado de seguir, lo invita a cenar. El narrador sueña despierto con la señora de Stermaria, pero ella cancela abruptamente, aunque Saint-Loup lo rescata de la desesperación llevándolo a cenar con sus amigos aristocráticos, que se dedican a chismes mezquinos. Saint-Loup transmite una invitación de Charlus para que venga a visitarlo. Al día siguiente, en la cena de los Guermantes, el Narrador admira sus pinturas de Elstir,Luego conoce a la flor y nata de la sociedad, incluida la Princesa de Parma, que es una simpática simplona. Aprende más sobre los Guermantes: sus rasgos hereditarios; sus primos menos refinados, los Courvoisiers; y el célebre humor, los gustos artísticos y la exaltada dicción de la señora de Guermantes (aunque no está a la altura del encanto de su nombre). La discusión gira en torno a chismes sobre la sociedad, incluidos Charlus y su difunta esposa; el romance entre Norpois y la señora de Villeparisis; y linajes aristocráticos. Al marcharse, el Narrador visita a Charlus, quien lo acusa falsamente de calumniarlo. El narrador pisotea el sombrero de Charlus y sale furioso, pero Charlus se muestra extrañamente imperturbable y lo lleva a casa. Meses después, el Narrador es invitado a la fiesta de la Princesa de Guermantes. Intenta verificar la invitación con M. y Mme.de Guermantes, pero primero ve algo que describirá más adelante. Asistirán a la fiesta pero no lo ayudan, y mientras charlan, llega Swann. Ahora es un Dreyfusard comprometido, está muy enfermo y al borde de la muerte, pero los Guermantes le aseguran que los sobrevivirá.

Volumen cuatro: Sodoma y Gomorra

Belle de la sociedad francesa Luisa Ward, Marquesa de Hervey de Saint-Denys, fue el modelo de Proust para la Princesa de Orvillers, quien más adelante en la serie se llama Princesa de Nassau.[7][8][9][10]

El Narrador describe lo que había visto antes: mientras esperaba que los Guermantes regresaran para poder preguntar por su invitación, vio a Charlus encontrarse con Jupien en su patio. Luego los dos entraron en la tienda de Jupien y tuvieron relaciones sexuales. El Narrador reflexiona sobre la naturaleza de "invierte", y cómo son como una sociedad secreta, nunca capaces de vivir al aire libre. Las compara con las flores, cuya reproducción con la ayuda de insectos depende únicamente de la casualidad. Al llegar a la fiesta de la Princesa, su invitación parece válida ya que ella lo recibe calurosamente. Ve a Charlus intercambiando miradas cómplices con el diplomático Vaugoubert, un compañero invertido. Después de varios intentos, el Narrador logra conocer al Príncipe de Guermantes, quien luego se marcha con Swann, provocando especulaciones sobre el tema de su conversación. La señora de Saint-Euverte intenta reclutar invitados para su fiesta del día siguiente, pero es objeto del desprecio de algunos guermantes. Charlus queda cautivado por los dos hijos pequeños de la nueva amante de M. de Guermantes. Saint-Loup llega y menciona los nombres de varias mujeres promiscuas al Narrador.Swann lleva al Narrador a un lado y revela que el Príncipe quería admitir sus inclinaciones pro-Dreyfus y las de su esposa. Swann se da cuenta del comportamiento de su viejo amigo Charlus, luego insta al Narrador a visitar a Gilberte y se marcha. El Narrador se va con M. y Mme. de Guermantes y se dirige a casa para una reunión nocturna con Albertine. Él se pone frenético cuando ella llega tarde y luego llama para cancelar, pero la convence de venir. Le escribe una carta indiferente a Gilberte y repasa el cambiante panorama social, que ahora incluye el salón de la señora Swann centrado en Bergotte. y se dirige a casa para una reunión nocturna con Albertine. Él se pone frenético cuando ella llega tarde y luego llama para cancelar, pero la convence de venir. Le escribe una carta indiferente a Gilberte y repasa el cambiante panorama social, que ahora incluye el salón de la señora Swann centrado en Bergotte. y se dirige a casa para una reunión nocturna con Albertine. Él se pone frenético cuando ella llega tarde y luego llama para cancelar, pero la convence de venir. Le escribe una carta indiferente a Gilberte y repasa el cambiante panorama social, que ahora incluye el salón de la señora Swann centrado en Bergotte.

Decide regresar a Balbec, tras enterarse de que las mujeres mencionadas por Saint-Loup estarán allí. En Balbec, el dolor por el sufrimiento de su abuela, que era peor de lo que él sabía, lo abruma. Reflexiona sobre las intermitencias del corazón y las formas de afrontar los recuerdos tristes. Su madre, aún más triste, se ha parecido más a su abuela en homenaje. Albertine está cerca y comienzan a pasar tiempo juntos, pero él comienza a sospechar que ella es lesbiana y que le miente sobre sus actividades. Él finge una preferencia por su amiga Andrée para hacerla más confiable, y funciona, pero pronto sospecha que ella conoce a varias mujeres escandalosas en el hotel, incluida Léa, una actriz. De camino a visitar Saint-Loup, conocen a Morel, el hijo del ayuda de cámara que ahora es un excelente violinista, y luego al anciano Charlusquien afirma falsamente conocer a Morel y va a hablar con él. El Narrador visita a los Verdurin, que alquilan una casa a los Cambremer. En el tren con él está el pequeño clan: Brichot, que explica detalladamente la derivación de los topónimos locales; Cottard, ahora un médico célebre; Saniette, todavía el blanco del ridículo de todos; y un nuevo miembro, Ski. Los Verdurin siguen siendo altivos y dictatoriales con sus invitados, que son tan pedantes como siempre. Charlus y Morel llegan juntos, y la verdadera naturaleza de Charlus es un secreto a voces. Llegan los Cambremer y los Verdurin apenas los toleran. ahora un médico célebre; Saniette, todavía el blanco de las burlas de todos; y un nuevo miembro, Ski. Los Verdurin siguen siendo altivos y dictatoriales con sus invitados, que son tan pedantes como siempre. Charlus y Morel llegan juntos, y la verdadera naturaleza de Charlus es un secreto a voces. Llegan los Cambremer y los Verdurin apenas los toleran. ahora un médico célebre; Saniette, todavía el blanco de las burlas de todos; y un nuevo miembro, Ski. Los Verdurin siguen siendo altivos y dictatoriales con sus invitados, que son tan pedantes como siempre. Charlus y Morel llegan juntos, y la verdadera naturaleza de Charlus es un secreto a voces. Llegan los Cambremer y los Verdurin apenas los toleran.

De regreso al hotel, el narrador reflexiona sobre el sueño y el tiempo, y observa los divertidos gestos del personal, que en su mayoría son conscientes de las inclinaciones de Charlus. El Narrador y Albertine contratan un chofer y dan paseos por el campo, lo que les lleva a observar nuevas formas de viajar y la vida en el campo. El Narrador no sabe que el chofer y Morel se conocen, y repasa el carácter amoral de Morel y sus planes hacia la sobrina de Jupien. El narrador sospecha celosamente de Albertine pero se cansa de ella. Ella y el Narrador asisten a cenas nocturnas en los Verdurins, tomando el tren con los demás invitados; Charlus es ahora un cliente habitual, a pesar de su indiferencia ante las burlas del clan. Él y Morel intentan mantener el secreto de su relación,y el Narrador relata una estratagema que involucra un duelo falso que Charlus usó para controlar a Morel. Las paradas de la estación de paso recuerdan al Narrador varias personas e incidentes, incluidos dos intentos fallidos del Príncipe de Guermantes de concertar relaciones con Morel; una ruptura final entre los Verdurin y los Cambremer; y un malentendido entre el Narrador, Charlus y Bloch. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con mademoiselle Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. Las paradas de la estación de paso recuerdan al Narrador varias personas e incidentes, incluidos dos intentos fallidos del Príncipe de Guermantes de concertar relaciones con Morel; una ruptura final entre los Verdurin y los Cambremer; y un malentendido entre el Narrador, Charlus y Bloch. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con mademoiselle Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. Las paradas de la estación de paso recuerdan al Narrador varias personas e incidentes, incluidos dos intentos fallidos del Príncipe de Guermantes de concertar relaciones con Morel; una ruptura final entre los Verdurin y los Cambremer; y un malentendido entre el Narrador, Charlus y Bloch. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con mademoiselle Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. incluyendo dos intentos fallidos del Príncipe de Guermantes de concertar relaciones con Morel; una ruptura final entre los Verdurin y los Cambremer; y un malentendido entre el Narrador, Charlus y Bloch. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con la señorita Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. incluyendo dos intentos fallidos del Príncipe de Guermantes de concertar relaciones con Morel; una ruptura final entre los Verdurin y los Cambremer; y un malentendido entre el Narrador, Charlus y Bloch. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con la señorita Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con la señorita Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine. La narradora se ha cansado de la zona y prefiere a los demás antes que a Albertine, pero ella le revela mientras salen del tren que tiene planes con la señorita Vinteuil y su amiga (las lesbianas de Combray), lo que lo hunde en la desesperación. Él inventa una historia sobre un compromiso suyo roto, para convencerla de ir a París con él, y después de dudar, ella de repente acepta ir inmediatamente. El narrador le dice a su madre: debe casarse con Albertine.

Volumen cinco: El prisionero

Léontina Lippmann (1844–1910), más conocida por su nombre de casada Madame Arman o Madame Arman de Caillavet, fue el modelo de Madame Verdurin de Proust.

El Narrador vive con Albertine en el apartamento de su familia, para desconfianza de Françoise y disgusto de su madre ausente. Se maravilla de haber llegado a poseerla, pero se ha aburrido de ella. Se queda la mayor parte del tiempo en casa, pero ha reclutado a Andrée para que informe sobre el paradero de Albertine, ya que sus celos persisten. El Narrador recibe consejos sobre moda de la Sra. de Guermantes y se encuentra con Charlus y Morel visitando a Jupien y su sobrina, quien está siendo casada con Morel a pesar de su crueldad hacia ella. Un día, el Narrador regresa de Guermantes y encuentra a Andrée saliendo, alegando que no le gusta el olor de sus flores. Albertine, más cautelosa para no provocar sus celos, está madurando hasta convertirse en una joven inteligente y elegante. La narradora queda fascinada por su belleza mientras duerme,y sólo se contenta cuando no sale con los demás. Ella menciona que quiere ir a verdurins, pero el narrador sospecha un motivo oculto y analiza su conversación en busca de pistas. Él le sugiere que vaya a la Trocadérocon Andrée, y ella acepta de mala gana. El narrador compara los sueños con la vigilia y escucha a los vendedores ambulantes con Albertine, luego ella se va. Recuerda los viajes que hizo con el chofer y luego se entera de que Léa, la famosa actriz, también estará en el Trocadero. Envía a Françoise a recuperar a Albertine y, mientras espera, reflexiona sobre la música y Morel. Cuando ella regresa, salen a dar un paseo, mientras él añora Venecia y se da cuenta de que se siente cautiva. Se entera de la última enfermedad de Bergotte. Esa noche, se escapa hacia los Verdurin para intentar descubrir el motivo del interés de Albertine por ellos. Se encuentra con Brichot en el camino y hablan de Swann, que ha muerto. Charlus llega y el Narrador repasa las luchas del Barón con Morel, luego se entera de que se espera a la señorita Vinteuil y a su amiga (aunque no vienen).Morel se suma a la interpretación de un septeto de Vinteuil, que evoca puntos en común con su sonata que sólo el compositor podría crear. La señora Verdurin está furiosa porque Charlus ha tomado el control de su partido; en venganza, los Verdurin convencen a Morel para que lo repudie, y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. lo que evoca puntos en común con su sonata que sólo el compositor podía crear. La señora Verdurin está furiosa porque Charlus ha tomado el control de su partido; en venganza, los Verdurin convencen a Morel para que lo repudie, y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. lo que evoca puntos en común con su sonata que sólo el compositor podía crear. La señora Verdurin está furiosa porque Charlus ha tomado el control de su partido; en venganza, los Verdurin convencen a Morel para que lo repudie, y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. Verdurin está furiosa porque Charlus ha tomado el control de su partido; en venganza, los Verdurin convencen a Morel para que lo repudie, y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. Verdurin está furiosa porque Charlus ha tomado el control de su partido; en venganza, los Verdurin convencen a Morel para que lo repudie, y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. y Charlus enferma temporalmente por el shock. Al regresar a casa, el narrador y Albertine pelean por su visita en solitario a los Verdurin, y ella niega haber tenido aventuras con Léa o Mlle. Vinteuil, pero admite que mintió en ocasiones para evitar discusiones. Amenaza con romperlo, pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido. pero se reconcilian. Con ella aprecia el arte y la moda y reflexiona sobre su misterio. Pero su sospecha hacia ella y Andrée se renueva y se pelean. Después de dos días incómodos y una noche inquieta, decide poner fin al asunto, pero por la mañana Françoise le informa: Albertine ha pedido sus cajas y se ha ido.

Volumen seis: El fugitivo

El narrador está angustiado por la partida y ausencia de Albertine. Envía a Saint-Loup para convencer a su tía, la señora Bontemps, de que la envíe de regreso, pero Albertine insiste en que el narrador debería preguntar y ella regresará con gusto. El narrador miente y responde que ya terminó con ella, pero ella simplemente está de acuerdo con él. Él le escribe que se casará con Andrée y luego se entera por Saint-Loup del fracaso de su misión con la tía. Desesperado, le ruega a Albertine que regrese, pero recibe la noticia: ella ha muerto en un accidente de equitación. Recibe dos últimas cartas de ella: una deseándole lo mejor a él y a Andrée, y otra preguntándole si puede regresar. El Narrador se sumerge en el sufrimiento en medio de los diferentes recuerdos de Albertine, íntimamente ligados a todas sus sensaciones cotidianas. Recuerda un incidente sospechoso del que ella le contó en Balbec y le pide a Aimé, el jefe de camareros, que investigue.Recuerda su historia juntos y sus arrepentimientos, así como la aleatoriedad del amor. Aimé informa: Albertine a menudo tenía aventuras con chicas en Balbec. El Narrador lo envía a aprender más y él informa sobre otras relaciones con chicas. El Narrador desearía haber podido conocer a la verdadera Albertina, a quien habría aceptado. Comienza a acostumbrarse a la idea de su muerte, a pesar de los constantes recordatorios que renuevan su dolor. Andrée admite su propio lesbianismo pero niega estar con Albertine. El Narrador sabe que olvidará a Albertine, tal como ha olvidado a Gilberte. El Narrador desearía haber podido conocer a la verdadera Albertina, a quien habría aceptado. Comienza a acostumbrarse a la idea de su muerte, a pesar de los constantes recordatorios que renuevan su dolor. Andrée admite su propio lesbianismo pero niega estar con Albertine. El Narrador sabe que olvidará a Albertine, tal como ha olvidado a Gilberte. El Narrador desearía haber podido conocer a la verdadera Albertina, a quien habría aceptado. Comienza a acostumbrarse a la idea de su muerte, a pesar de los constantes recordatorios que renuevan su dolor. Andrée admite su propio lesbianismo pero niega estar con Albertine. El Narrador sabe que olvidará a Albertine, tal como ha olvidado a Gilberte.

Resulta que se reencuentra con Gilberte; su madre, la señora Swann, se convirtió en la señora de Forcheville y Gilberte ahora forma parte de la alta sociedad, recibida por los Guermantes. El Narrador publica un artículo en El Fígaro. Andrée lo visita y le confiesa sus relaciones con Albertine. También explica la verdad detrás de la partida de Albertine: su tía quería que se casara con otro hombre. El Narrador y su madre visitan Venecia, lo que le cautiva. Resulta que ven allí a Norpois y a la señora de Villeparisis. Llega un telegrama firmado por Albertina, pero el Narrador se muestra indiferente. Al regresar a casa, el Narrador y su madre reciben una noticia sorprendente: Gilberte se casará con Saint-Loup, y la sobrina de Jupien será adoptada por Charlus y luego casada con el sobrino de Legrandin, un invertido. Hay mucho debate sobre estos matrimonios entre la sociedad. El Narrador visita a Gilberte en su nuevo hogar donde también se da cuenta de que el telegrama era de ella, no de Albertine, que no está viva, y se sorprende al enterarse del romance de Saint-Loup con Morel, entre otros.Él se desespera por su amistad.

Volumen siete: Tiempo recuperado

Roberto de Montesquiou, la principal inspiración para el barón de Charlus en À la recherche du temps perdu

La Narradora se aloja con Gilberte en su casa cerca de Combray. Salen a caminar, en uno de los cuales queda atónito al descubrir que el camino de Méséglise y el camino de Guermantes están realmente relacionados. Gilberte también le dice que se sintió atraída por él cuando era joven y que le hizo un gesto sugerente mientras la observaba. Además, era Léa con quien caminaba la noche en que él había planeado reconciliarse con ella. Considera la naturaleza de Saint-Loup y lee un relato del salón de los Verdurin, decidiendo que no tiene talento para escribir.

La escena cambia a una noche de 1916, durante Primera Guerra Mundial, cuando el Narrador ha regresado a París después de una estancia en un sanatorioy está caminando por las calles durante un apagón. Reflexiona sobre el cambio en las normas del arte y de la sociedad, y ahora los Verdurin son muy estimados. Relata una visita en 1914 de Saint-Loup, que intentaba alistarse en secreto. Recuerda las descripciones de los combates que recibió posteriormente de Saint-Loup y Gilberte, cuya casa estaba amenazada. Describe una llamada que le hizo unos días antes Saint-Loup; discutieron sobre estrategia militar. Ahora, en la calle oscura, el Narrador se encuentra con Charlus, quien se ha rendido completamente a sus impulsos. Charlus analiza las traiciones de Morel y su propia tentación de buscar venganza; critica la nueva fama de Brichot como escritor, que lo ha excluido de los Verdurin; y admite su simpatía general por Alemania. La última parte de la conversación atrae a una multitud de espectadores sospechosos.Después de separarse, el Narrador busca refugio en lo que parece ser un hotel, donde ve a alguien que le resulta familiar irse. Dentro, descubre que es un burdel masculino y espía a Charlus usando los servicios. El propietario resulta ser Jupien, quien expresa un orgullo perverso por su negocio. Unos días después, llega la noticia de que Saint-Loup ha muerto en combate. El narrador reconstruye que Saint-Loup había visitado el burdel de Jupien y reflexiona sobre lo que podría haber sido si hubiera vivido. El narrador reconstruye que Saint-Loup había visitado el burdel de Jupien y reflexiona sobre lo que podría haber sido si hubiera vivido. El narrador reconstruye que Saint-Loup había visitado el burdel de Jupien y reflexiona sobre lo que podría haber sido si hubiera vivido.

Años más tarde, también en París, el Narrador asiste a una fiesta en la casa del Príncipe de Guermantes. En el camino ve a Charlus, ahora una mera sombra de lo que era, siendo ayudado por Jupien. Los adoquines de la casa Guermantes inspiran otro incidente de memoria involuntaria para el Narrador, seguido rápidamente por dos más. En el interior, mientras espera en la biblioteca, discierne su significado: al ponerlo en contacto tanto con el pasado como con el presente, las impresiones le permiten obtener un punto de vista fuera del tiempo, permitiendo vislumbrar la verdadera naturaleza de las cosas. Se da cuenta de que toda su vida lo ha preparado para la misión de describir los acontecimientos como completamente revelados y (finalmente) decide comenzar a escribir. Al entrar en la fiesta, queda sorprendido por los disfraces que la vejez ha dado a las personas que conoció y por los cambios en la sociedad. Legrandin ahora es un invertido,pero ya no es un snob. Bloch es un escritor respetado y una figura vital en la sociedad. Morel se ha reformado y se ha convertido en un ciudadano respetado. La señora de Forcheville es la amante del señor de Guermantes. La señora Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. Se da cuenta de que cada persona lleva dentro de sí el equipaje acumulado de su pasado y concluye que para ser preciso debe describir cómo cada uno ocupa un inmenso rango "en el Tiempo". Bloch es un escritor respetado y una figura vital en la sociedad. Morel se ha reformado y se ha convertido en un ciudadano respetado. La señora de Forcheville es la amante del señor de Guermantes. La señora Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. Se da cuenta de que cada persona lleva dentro de sí el equipaje acumulado de su pasado y concluye que para ser preciso debe describir cómo cada uno ocupa un inmenso rango "en el Tiempo". Bloch es un escritor respetado y una figura vital en la sociedad. Morel se ha reformado y se ha convertido en un ciudadano respetado. La señora de Forcheville es la amante del señor de Guermantes. La señora Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. Se da cuenta de que cada persona lleva dentro de sí el equipaje acumulado de su pasado y concluye que para ser preciso debe describir cómo cada uno ocupa un inmenso rango "en el Tiempo". Morel se ha reformado y se ha convertido en un ciudadano respetado. La señora de Forcheville es la amante del señor de Guermantes. La señora Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. Se da cuenta de que cada persona lleva dentro de sí el equipaje acumulado de su pasado y concluye que para ser preciso debe describir cómo cada uno ocupa un inmenso rango "en el Tiempo". Morel se ha reformado y se ha convertido en un ciudadano respetado. La señora de Forcheville es la amante del señor de Guermantes. La señora Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. Se da cuenta de que cada persona lleva dentro de sí el equipaje acumulado de su pasado y concluye que para ser preciso debe describir cómo cada uno ocupa un inmenso rango "en el Tiempo". Verdurin se casó con el príncipe de Guermantes después de la muerte de ambos cónyuges. Rachel es la estrella del partido, instigada por la señora de Guermantes, cuya posición social se ha visto erosionada por su afinidad por el teatro. Gilberte presenta a su hija al Narrador; le sorprende la forma en que la hija encapsula las costumbres de Méséglise y Guermantes dentro de sí misma. Se siente impulsado a escribir, con la ayuda de Françoise y a pesar de los signos de muerte inminente. 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Temas

À la recherche rompió decisivamente con la novela realista y basada en la trama del siglo XIX, poblada por personas de acción y personas que representaban grupos sociales y culturales o morales. Aunque partes de la novela podrían leerse como una exploración del esnobismo, el engaño, los celos y el sufrimiento, y aunque contiene multitud de detalles realistas, el enfoque no está en el desarrollo de una trama ajustada o de una evolución coherente, sino en una multiplicidad de perspectivas y en la formación de la experiencia. Los protagonistas del primer volumen (el narrador cuando era niño y Swann) son, según los estándares de las novelas del siglo XIX, notablemente introspectivos y pasivos, y tampoco desencadenan la acción de otros personajes principales; para los lectores contemporáneos, criados en Honoré de BalzacVíctor Hugo y León Tolstoi, no funcionarían como centros de una trama. Si bien existe una variedad de simbolismo En la obra, rara vez se define a través de "claves" explícitas que conducen a ideas morales, románticas o filosóficas. El significado de lo que sucede a menudo se coloca dentro de la memoria o en la contemplación interior de lo que se describe. Este enfoque en la relación entre experiencia, memoria y escritura, y la reducción radical del énfasis en la trama externa se han convertido en elementos básicos de la novela moderna, pero eran casi inauditos en 1913.

Roger Shattuck aclara un principio subyacente para comprender a Proust y los diversos temas presentes en su novela:

Así, la novela encarna y manifiesta el principio de intermitencia: vivir significa percibir aspectos diferentes y a menudo contradictorios de la realidad. Esta iridiscencia nunca se resuelve completamente en un punto de vista unitivo. En consecuencia, es posible proyectar fuera del Buscar en sí misma una serie de autores putativos e intermitentes... El retratista de una sociedad en extinción, el artista de la reminiscencia romántica, el narrador del "yo" laminado, el clasicista de la estructura formal—todas estas figuras se encuentran en Proust...[11]

Memoria

El papel de la memoria es central en la novela, introducida con los famosos madeleine episodio de la primera sección de la novela y del último volumen, Tiempo recuperado, a flashback similar a la provocada por la madeleine es el inicio de la resolución de la historia. A lo largo de la obra se presentan muchos ejemplos similares de memoria involuntaria, desencadenados por experiencias sensoriales como imágenes, sonidos y olores evocan recuerdos importantes para el narrador y, a veces, devuelven la atención a un episodio anterior de la novela. Aunque Proust escribió contemporáneamente con Sigmund Freud, dado que existen muchos puntos de similitud entre su pensamiento sobre las estructuras y mecanismos de la mente humana, ninguno de los autores leyó al otro.[12]

El episodio de Madeleine dice:

Tan pronto como el líquido tibio mezclado con las migas tocó mi paladar, un escalofrío me recorrió y me detuve, concentrado en la cosa extraordinaria que me estaba sucediendo. Un placer exquisito había invadido mis sentidos, algo aislado, desapegado, sin ninguna sugerencia de su origen. Y de inmediato las vicisitudes de la vida se habían vuelto indiferentes para mí, sus desastres inocuos, su brevedad ilusoria —esta nueva sensación había tenido en mí el efecto que tiene el amor de llenarme de una esencia preciosa; o mejor dicho, esta esencia no estaba en mí, era yo. ... ¿De dónde vino? ¿Qué significó? ¿Cómo podría capturarlo y aprehenderlo? ... Y de repente el recuerdo se reveló. El sabor era el del trocito de magdalena que los domingos por la mañana en Combray (porque en esas mañanas no salía antes de misa),Cuando iba a darle los buenos días a su dormitorio, mi tía Léonie me los daba, mojándolos primero en su propia taza de té o tisana. La visión de la pequeña magdalena no me había recordado nada antes de probarla. Y todo de mi taza de té.

Gilles Deleuze creía que el enfoque de Proust no era la memoria y el pasado sino el aprendizaje por parte del narrador del uso de "signos" para comprender y comunicar la realidad última, convirtiéndose así en artista.[13] Si bien Proust era amargamente consciente de la experiencia de pérdida y exclusión —pérdida de seres queridos, pérdida de afecto, amistad y alegría inocente, que se dramatizan en la novela a través de celos recurrentes, traición y muerte de seres queridos—, su respuesta a esto, formulada después de haber descubierto Ruskin, era que la obra de arte puede recuperar lo perdido y así salvarlo de la destrucción, al menos en nuestras mentes.[cita necesaria] El arte triunfa sobre el poder destructivo del tiempo. Este elemento de su pensamiento artístico es claramente heredado de romántico platonismo, pero Proust lo combina con una nueva intensidad al describir los celos, el deseo y las dudas sobre uno mismo.

Ansiedad por separación

Proust comienza su novela con la afirmación: "Durante mucho tiempo me acostaba temprano" Esto da lugar a una larga discusión sobre su ansiedad por dejar a su madre por la noche y sus intentos de obligarla a venir a darle un beso de buenas noches, incluso en las noches en que la familia tiene compañía, que culmina en un éxito espectacular, cuando su padre sugiere que su madre pase la noche con él después de que él la haya acostado en el pasillo cuando ella se va a dormir.

Su ansiedad conduce a la manipulación, muy parecida a la manipulación empleada por su tía inválida Léonie y todos los amantes de todo el libro, quienes utilizan los mismos métodos de tiranía mezquina para manipular y poseer a sus seres queridos.

Naturaleza del arte

La naturaleza del arte es un motivo de la novela y a menudo se explora en profundidad. Proust plantea una teoría del arte en la que todos somos capaces de producir arte, si con esto queremos decir tomar las experiencias de la vida y transformarlas de una manera que muestre comprensión y madurez. También se habla extensamente de escritura, pintura y música. Se examina al violinista Morel para dar un ejemplo de cierto tipo de personaje "artístico", junto con otros artistas ficticios como el novelista Bergotte, el compositor Vinteuil y el pintor Elstir.

Ya en el Combray sección de El camino de Swann, el narrador está preocupado por su capacidad para escribir, ya que desea seguir una carrera como escritor. Se describe la transmutación de la experiencia de una escena en uno de los paseos habituales de la familia en un breve pasaje descriptivo y se da el pasaje de muestra. El narrador presenta este pasaje como una muestra temprana de su propia escritura, en la que sólo ha tenido que alterar unas pocas palabras. La cuestión de su propio genio se relaciona con todos los pasajes en los que el genio es reconocido o incomprendido porque se presenta bajo la apariencia de un amigo humilde, más que de un apasionado artiste.

La cuestión del gusto o el juicio en el arte también es un tema importante, como lo ejemplifica el exquisito gusto de Swann por el arte, que a menudo se oculta a sus amigos que no lo comparten o se subordina a sus intereses amorosos.

Homosexualidad

Preguntas relativas a homosexualidad aparecen a lo largo de la novela, particularmente en los volúmenes posteriores. La primera llegada de este tema se produce en el Combray sección de El camino de Swann, donde se seduce a la hija del profesor de piano y compositor Vinteuil, y el narrador la observa teniendo relaciones lésbicas frente al retrato de su padre recientemente fallecido.

El narrador invariablemente sospecha que sus amantes tienen relaciones con otras mujeres, una repetición de las sospechas de Charles Swann sobre su amante y eventual esposa, Odette, en "Swann's Way". El primer capítulo de "Ciudades de la llanura" ("Sodoma y Gomorra") incluye un relato detallado de un encuentro sexual entre M. de Charlus, el homosexual masculino más destacado de la novela, y su sastre. Los críticos han observado a menudo que, si bien el personaje del narrador es aparentemente heterosexual, Proust insinúa que el narrador es un homosexual encubierto.[14][15]La actitud del narrador hacia la homosexualidad masculina es consistentemente distante, pero el narrador tiene un conocimiento inexplicable. Esta estrategia permite a Proust abordar temas relacionados con la homosexualidad masculina —en particular la naturaleza del encierro— tanto desde dentro como desde fuera de una perspectiva homosexual. Proust no designa la homosexualidad de Charlus hasta la mitad de la novela, en "Ciudades"; después, la ostentación y extravagancia del barón, de las que alegremente no es consciente, absorben por completo la percepción del narrador. El lesbianismo, por otro lado, tortura a Swann y al narrador porque presenta un mundo inaccesible. Mientras que el deseo homosexual masculino es reconocible, en la medida en que abarca la sexualidad masculina, las citas lésbicas de Odette y Albertine representan a Swann y al narradores una dolorosa exclusión de los personajes que desean.

Existe mucho debate sobre cuán importante es la influencia de la sexualidad de Proust en la comprensión de estos aspectos de la novela. Aunque muchos familiares y amigos cercanos de Proust sospechaban que era homosexual, Proust nunca lo admitió. Sólo después de su muerte André Gide, en su publicación de correspondencia con Proust, hizo pública la homosexualidad de Proust. En respuesta a las críticas de Gide de que ocultó su sexualidad real en su novela, Proust le dijo a Gide que "uno puede decir cualquier cosa siempre y cuando no diga 'yo'"[15] Las relaciones íntimas de Proust con personas como Alfred Agostinelli y Reynaldo Hahn están bien documentados, aunque Proust no estaba "fuera", excepto quizás en círculos sociales muy unidos.

Alfred Agostinelli (1888–1914) hacia 1905

En 1913, el antiguo taxista habitual de Proust durante sus vacaciones de verano en CabourgAlfred Agostinelli reapareció repentinamente en la casa de Proust en París, buscando trabajo, y fue contratado como secretario, ya que Proust ya tenía una ama de llaves-conductor pero necesitaba apoyo con su trabajo. Agostinelli se mudó con su prometida en mayo y escribió el primer volumen de "Tiempo perdido". A pesar de la desesperanza, o quizás debido a ella, Proust se enamoró de Agostinelli, con quien anteriormente sólo había tenido un romance breve y temporal. Esto es evidente en las cartas que Proust escribió después de que Agostinelli "huyera" a Agradable estar con su familia en la primavera de 1914 (a veces usando el seudónimo Marcel Swann después de su fuga) y murió poco después en un accidente aéreo como piloto pionero. La relación de Proust con Agostinelli dio forma en gran medida a los volúmenes El prisionero y El fugitivo, en la que la heroína de la novela, Albertina, y su relación con el narrador en primera persona Marcel están inspirados en la relación del autor con su secretaria.[16]

En 1949, el crítico Justin O'Brien publicó un artículo en el Publicaciones de la Asociación de Lenguas Modernas llamado "Albertine el Ambiguo: Notas sobre la transposición de sexos de Proust", en el que propuso que algunos personajes femeninos se entienden mejor como referidos en realidad a hombres jóvenes.[17] Si eliminamos la terminación femenina de los nombres de las amantes del Narrador, Albertine, Gilberte y Andrée, tenemos sus contrapartes masculinas. Esta teoría se conoce como la "teoría de la transposición de los sexos" en la crítica de Proust. Posteriormente se examinaron con más detalle los modelos de las figuras de la novela y se descubrió que no siempre son hombres transpuestos; por ejemplo, Gilberte se inspiró en tres mujeres jóvenes.[18] Edmund Blanco escribió: "En el pasado, los escritores homosexuales adoptaron La estrategia albertina de Proust, pretendiendo que Alberto era Albertina, lo que a veces las convertía en grandes observadoras de las mujeres para hacer creíble la sustitución. Al menos los convirtió en buenos mentirosos con buenos recuerdos. ¿No se llama a la ficción "mentiras como la verdad"?[19] Fue una estrategia común en el "armario era", sin embargo Eva Kosofsky Sedgwick y Elisabeth Ladenson señalan que las formas feminizadas de nombres masculinos eran y son comunes en francés.[20]

Recepción crítica

En busca del tiempo perdido Es considerada, por muchos estudiosos y críticos, como la novela moderna definitiva. Ha tenido un profundo efecto en escritores posteriores, como los autores británicos que fueron miembros de la Grupo Bloomsbury.[21] Virginia Woolf escribió en 1922: "¡Oh, si pudiera escribir así!"[22] Edith Wharton escribió que "Todo lector enamorado del arte debe reflexionar asombrado sobre la forma en que Proust mantiene el equilibrio entre estas dos maneras —la amplia y la minuciosa. Su dote como novelista —su variedad de presentaciones combinada con el dominio de sus instrumentos— probablemente nunca ha sido superada."[23] Durante la vida de Proust, por otro lado, si bien alcanzaría el éxito, también enfrentaría críticas por parte de los críticos de su trabajo. Según Prensa de la Universidad de Cambridge" La recepción de Proust durante su vida siempre se produce en un contexto de críticas a menudo hostiles, frecuentemente basadas en el mito del snob enfermizo y solitario que escribe desde la seguridad de su habitación revestida de corcho"[24]

Harold Bloom escribió eso En busca del tiempo perdido Actualmente es "ampliamente reconocida como la novela más importante del siglo XX".[25] Vladimir Nabokov, en una entrevista de 1965, nombró las obras en prosa más importantes del siglo XX como, en orden, "Joyce's UlisesKafka's Transformación [generalmente llamado La metamorfosis], Bely's Petersburgo, y la primera mitad del cuento de hadas de Proust En busca del tiempo perdido".[26] J. Peder ZaneEl libro de Los diez mejores: los escritores eligen sus libros favoritos, recopila 125 listas de "los 10 mejores libros de todos los tiempos" de destacados escritores vivos; En busca del tiempo perdido ocupa el octavo lugar.[27] En la década de 1960, el crítico literario sueco Bengt Holmqvist describió la novela como "a la vez el último gran clásico de la tradición de la prosa épica francesa y el imponente precursor de la 'nouveau roman'", indicando la moda de la nueva prosa francesa experimental pero también, por extensión, otros intentos de posguerra de fusionar diferentes planos de ubicación, temporalidad y conciencia fragmentada dentro de una misma novela.[28] Michael Dirda escribió que "Para sus admiradores, sigue siendo uno de esos raros summas enciclopédicos, como Chaucer's Cuentos de Canterbury, el ensayos de Montaigne o Dante's Comedia, que ofrecen una visión de nuestras pasiones rebeldes y consuelo para las miserias de la vida"[29] Premio Pulitzer-autor ganador Michael Chabon lo ha llamado su libro favorito.[30]

La influencia de Proust (en la parodia) se ve en Evelyn Waugh's Un puñado de polvo (1934), en el que el Capítulo 1 se titula "Du Côté de Chez Beaver" y el Capítulo 6 "Du Côté de Chez Tod".[31] A Waugh no le gustaba Proust: en cartas a Nancy Mitford En 1948, escribió: "Estoy leyendo a Proust por primera vez... y me sorprende encontrarlo con un defecto mental" y más tarde, "sigo pensando que [Proust] está loco... la estructura debe ser sensata y eso es delirante"[32] Otro crítico hostil es Kazuo Ishiguro, quien dijo en una entrevista: "Para ser absolutamente honesto, aparte del volumen inicial de Proust, lo encuentro aplastantemente aburrido"[33]

Desde la publicación en 1992 de una traducción revisada al inglés por The Biblioteca moderna, basada en una nueva edición definitiva en francés (1987–89), el interés por la novela de Proust en el mundo de habla inglesa ha aumentado. Han aparecido dos nuevas biografías importantes en inglés, por Edmund Blanco y William C. Carter, y han aparecido al menos dos libros sobre la experiencia de leer a Proust, Alain de Botton's Cómo Proust puede cambiar tu vida y Phyllis Rose El año de la lectura de Proust. La Proust Society of America, fundada en 1997, tiene tres capítulos: en The Biblioteca Mercantil de Nueva York,[34] el Biblioteca del Instituto de Mecánicos en San Francisco,[35] y el Ateneo de Boston Biblioteca. Además, en 2016, La Sociedad Proust de Greenwich, una organización sin fines de lucro, fue creada para dar cabida a la lectura y el debate sobre Proust entre lectores de todo el mundo a través de sesiones mensuales en línea.

Personajes principales

Personajes principales de la novela. Las líneas azules indican conocidos y las líneas rosas intereses amorosos.

La casa del narrador

  • El Narrador: Un joven sensible que desea convertirse en escritor, cuya identidad se mantiene vaga. En el volumen 5, El cautivo, se dirige así al lector: "Ahora ella empezó a hablar; sus primeras palabras fueron 'cariño' o 'mi amor', seguidas de mi Nombre cristiano, lo que, si le damos al narrador el mismo nombre que al autor de este libro, produciría 'querido Marcel' o 'mi querido Marcel'" (Proust, 64)
  • El padre del narrador: un diplomático que inicialmente desalienta al narrador a escribir.
  • La madre del narrador: una mujer solidaria que se preocupa por la carrera de su hijo.
  • Bathilde Amédée: La abuela del narrador. Su vida y muerte influyeron enormemente en su hija y su nieto.
  • Tía Léonie: Una mujer enfermiza a quien el Narrador visita durante sus estancias en Combray.
  • Tío Adolphe: Tío abuelo del narrador, que tiene muchos amigos actrices.
  • Françoise: La criada fiel y testaruda del narrador.

Los Guermantes

  • Palamède, barón de Charlus: An aristocracia, decadente esteta con muchos hábitos antisociales. El modelo es Roberto de Montesquiou.
  • Oriane, duquesa de Guermantes: el brindis de la alta sociedad parisina. Vive en el elegante Faubourg St. Germain. Los modelos son Condesa Greffulhe y Laure de Chevigné [fr].
  • Robert de Saint-Loup: oficial del ejército y mejor amigo del narrador. A pesar de su nacimiento patricio (es sobrino de M. de Guermantes) y su estilo de vida acomodado, Saint-Loup no tiene gran fortuna propia hasta que se casa con Gilberte. Los modelos son Gastón de Cavaillet y Clemente de Maugny.
  • Marquesa de Villeparisis: La tía del barón de Charlus. Ella es una vieja amiga de la abuela del Narrador.
  • Cuenca, duque de Guermantes: marido de Oriane y hermano de Charlus. Es un hombre pomposo con una sucesión de amantes.
  • Príncipe de Guermantes: primo del duque y la duquesa.
  • Princesa de Guermantes: Esposa del Príncipe.

Los Swann

  • Charles Swann: amigo de la familia del narrador, se inspira principalmente en Charles Haas (1832–1902)[36] − con algunos aspectos de Charles Ephrussi – ambos amigos de Proust. Swann es judío, un conocedor del arte, y ha ascendido a los círculos más altos de la sociedad parisina. Al mismo tiempo, es un mujeriego. Sus opiniones políticas sobre el El caso Dreyfus y el matrimonio con Odette lo excluye de gran parte de la alta sociedad.
  • Odette de Crécy: una parisina cortesana. A Odette también se la conoce como Mme. Swann, la dama de rosa, y en el volumen final, Mme. de Forcheville.
  • Gilberte Swann: La hija de Swann y Odette. Toma el nombre de su padre adoptivo, M. de Forcheville, después de la muerte de Swann, y luego se convierte en Mme. de Saint-Loup tras su matrimonio con Robert de Saint-Loup, que une el Camino de Swann y el Camino de Guermantes.

Artistas

  • Elstir: Un pintor famoso cuyas interpretaciones del mar y el cielo se hacen eco del tema de la novela sobre la mutabilidad de la vida humana. Modelado en Claude Monet.
  • Bergotte: Un conocido escritor cuyas obras el narrador admira desde la infancia. Los modelos son Anatole Francia y Pablo Bourget.
  • Vinteuil: Un músico oscuro que obtiene reconocimiento póstumo por componer una hermosa y evocadora sonata, conocida como Sonata de Vinteuil.
  • Berma: Una actriz famosa que se especializa en papeles de Jean Racine.

El "Pequeño Clan" de los Verdurin

  • Madame Verdurin (Sidonie Verdurin): una farsante y una salonnière que asciende a la cima de la sociedad a través de la herencia, el matrimonio y la absoluta determinación. Uno de los modelos es Señora Arman de Caillavet.
  • M. Verdurin: El marido de la señora Verdurin, quien es su fiel cómplice.
  • Cottard: Un médico que es muy bueno en su trabajo.
  • Brichot: Un académico pomposo.
  • Saniette: Un paleógrafo que es objeto de burlas por parte del clan.
  • M. Biche: Un pintor que luego se revela como Elstir.

La "pequeña banda" de chicas Balbec

  • Albertine Simonet: Una huérfana privilegiada de belleza e inteligencia medias. El romance del narrador con ella es el tema de gran parte de la novela.
  • Andrée: amiga de Albertina, por quien el Narrador se siente atraído ocasionalmente.
  • Gisèle y Rosemonde: Otros miembros de la pequeña banda.
  • Octave: También conocido como "Soy un fracasado", un chico rico que lleva una existencia ociosa en Balbec y está involucrado con varias de las chicas. La modelo es una joven Jean Cocteau.[37]

Otros

  • Charles Morel: Hijo de un antiguo sirviente del tío del narrador y de un talentoso violinista. Se beneficia enormemente del patrocinio del barón de Charlus y más tarde de Robert de Saint-Loup.
  • Rachel: Prostituta y actriz amante de Robert de Saint-Loup.
  • Marqués de Norpois: diplomático y amigo del padre del Narrador. Está involucrado con la señora de Villeparisis.
  • Albert Bloch: un pretencioso amigo judío del narrador, más tarde un exitoso dramaturgo.
  • Jupien: Un sastre que tiene una tienda en el patio del hotel Guermantes. Él vive con su sobrina.
  • Madame Bontemps: tía y tutora de Albertine.
  • Legrandin: Un amigo esnob de la familia del Narrador. Ingeniero y hombre de letras.
  • Marqués y marquesa de Cambremer: nobleza provincial que vive cerca de Balbec. La señora de Cambremer es la hermana de Legrandin.
  • Mlle. Vinteuil: Hija del compositor Vinteuil. Tiene una amiga malvada que la anima al lesbianismo.
  • Léa: Notoria actriz lesbiana residente en Balbec.

Traducciones al idioma inglés

Los primeros seis volúmenes fueron traducidos por primera vez al inglés por el Scotsman C. K. Scott Moncrieff bajo el título Recuerdo de cosas pasadas, una frase tomada de Shakespeare's Soneto 30; esta fue la primera traducción del Recherche a otro idioma. Los volúmenes individuales fueron El camino de Swann, en dos libros (1922), Dentro de un bosque en ciernes, en dos libros (1924), El Camino Guermantes, en dos libros (1925), Ciudades de la Llanura, en dos libros (1927), El cautivo (1929), y El dulce truco se fue (1930). El volumen final, Le Temps retrouvé, se publicó inicialmente en inglés en el Reino Unido como Tiempo recuperado (1931), traducido por Esteban Hudson (seudónimo de Sydney Schiff), y en Estados Unidos como El pasado recuperado (1932) en una traducción de Frederick Blossom. Por tanto, había once libros en la traducción original al inglés. Aunque cordial con Scott Moncrieff, Proust comentó a regañadientes en una carta que Recuerdo eliminó la correspondencia entre Temperaturas perdu y Temperaturas retrouvé (Pintor, 352). Terence Kilmartin revisó la traducción de Scott Moncrieff en 1981, utilizando la nueva edición francesa de 1954. Una revisión adicional por D. J. Enright—es decir, una revisión de una revisión—fue publicada por el Biblioteca moderna en 1992. Se basa en la edición "La Pléiade" del texto francés (1987–89) y traduce el título de la novela más literalmente como En busca del tiempo perdido. También incluye un índice/concordancia a la novela compilada por Terence Kilmartin que se publicó en 1983 como Guía del lector para recordar cosas pasadas. La guía contiene cuatro índices: personajes ficticios de las novelas; personas reales; lugares; y temas.

En 1995, Penguin emprendió una nueva traducción basada en el texto francés "La Pléiade" (publicado en 1987–89) de En busca del tiempo perdido por un equipo de siete traductores diferentes supervisados por el editor Christopher Prendergast. Los seis volúmenes se publicaron en Gran Bretaña bajo el Carril Allen Impresión en 2002, cada volumen bajo el nombre de un traductor independiente, siendo el primer volumen un escritor estadounidense Lydia Davis, y los demás bajo traducción al inglés y un australiano, James Grieve. Los primeros cuatro volúmenes se publicaron en Estados Unidos bajo el Vikingo imprimir como ediciones de tapa dura en 2003–2004, mientras que el conjunto completo está disponible en edición de bolsillo bajo el Clásicos de pingüinos imprimir.

Tanto la Biblioteca Moderna como las traducciones de Penguin proporcionan una sinopsis detallada de la trama al final de cada volumen. El último volumen de la edición de la Biblioteca Moderna, Tiempo recuperado, también incluye "Una guía de Proust" de Kilmartin, un conjunto de cuatro índices que cubren los personajes (ficticios), personas (reales), lugares (tanto reales como ficticios) y temas de la novela. Los volúmenes de la Biblioteca Moderna incluyen un puñado de notas finales y versiones alternativas de algunos de los episodios famosos de la novela. Cada uno de los volúmenes de Penguin proporciona un extenso conjunto de notas finales breves y no académicas que ayudan a identificar referencias culturales quizás desconocidas para los lectores ingleses contemporáneos. Las reseñas que analizan los méritos de ambas traducciones se pueden encontrar en línea en Observador, el TelémetroLa revista de libros de Nueva YorkEl New York TimesTempsPerdu.com, y Leyendo a Proust.

De 2013 a 2025, Prensa de la Universidad de Yale publicó una nueva revisión de la traducción de Scott Moncrieff, editada y anotada por William C. Carter, a razón de un volumen cada dos o tres años, utilizando la traducción de Andreas Mayor para el volumen final.

Tras una traducción parcial del primer volumen en 2018, desde 2023 Oxford University Press publica una nueva traducción completa, editada por Adam Watt.[38]

Scott Moncrieff y revisiones posteriores

  • Recuerdo de cosas pasadas, traducido por C. K. Scott Moncrieff. Londres: Chatto y Windus.

    Diez libros: El camino de Swann, en dos libros (1922), Dentro de un bosque en ciernes, en dos libros (1924), El Camino Guermantes, en dos libros (1925), Ciudades de la Llanura, en dos libros (1927), El cautivo (1929), y El dulce truco se fue (1930).

  • Recuerdo de cosas pasadas, traducido por CK Scott Moncrieff y Terence Kilmartin, con Andreas Mayor (Tiempo recuperado). Nueva York: Random House, 1981 (3 vols). ISBN 0-394-71243-9

    Tres libros: Vol. 1: El camino de Swann; dentro de un bosque en ciernes—Vol. 2: El Camino Guermantes; Ciudades de la Llanura—Vol. 3: El cautivo; El fugitivo; Tiempo recuperado

  • En busca del tiempo perdido, traducido por CK Scott Moncrieff y Terence Kilmartin, con Andreas Mayor (Tiempo recuperado). Revisado por DJ Enright. Londres: Chatto y Windus, Nueva York: The Modern Library, 1992. Basado en la edición francesa "La Pléiade" (1987–89). ISBN 0-8129-6964-2

    Seis libros: El camino de Swann—Dentro de un bosque en ciernes—El camino de Guermantes—Sodoma y Gomorra—El cautivoEl fugitivo—tiempo recuperado.

  • En busca del tiempo perdido, traducido por CK Scott Moncrieff, con Andreas Mayor (Tiempo recuperado), editado y anotado por William C. Carter (New Haven: Yale University Press, 2013, 2015, 2018, 2021, 2023, 2025).

    Seis libros: El camino de Swann ISBN 978-0300185430A la sombra de las jovencitas en flor ISBN 978-0300185423El Camino Guermantes ISBN 978-0300186192Sodoma y Gomorra ISBN 978-0300186208El cautivo y el fugitivo ISBN 978-0300186215Tiempo recuperado ISBN 978-0300186222

Pingüino Proust

  • En busca del tiempo perdido (Editor general: Christopher Prendergast), traducido por Lydia Davis, James Grieve, Mark Treharne, John Sturrock, Carol Clark, Peter Collier e Ian Patterson. Londres: Allen Lane, 2002 (6 vols). Basado en la edición francesa "La Pléiade" (1987–89), excepto El fugitivo, que se basa en la edición francesa definitiva de 1954. Los primeros cuatro volúmenes fueron publicados en Nueva York por Viking, 2003–04.

    Seis libros: El camino de Swann (en Estados Unidos, El camino de SwannISBN 0-14-243796-4A la sombra de las jovencitas en flor ISBN 0-14-303907-5El Camino Guermantes ISBN 0-14-303922-9Sodoma y Gomorra ISBN 0-14-303931-8El prisionero; y El fugitivo – Encontrar el tiempo de nuevo.

Oxford Proust

  • El camino de Swann por Brian Nelson (Oxford, 2023)
  • A la sombra de las chicas en flor por Charlotte Mandell (Oxford, 2025)[39]
  • El Camino Guermantes por Peter Bush (Oxford, 2026)
  • Sodoma y Gomorra por Helen Constantine (Oxford, 2026)

Traductores individuales

Parcial

  • Swann enamorado por Brian Nelson (Oxford, 2018)
  • Swann enamorado por Lucy Raitz (Pushkin, 2022)

Volumen 1

  • Una búsqueda del tiempo perdido: el camino de Swann por James Grieve (Universidad Nacional Australiana, 1982)
  • El camino de Swann por Richard Howard (Macmillan, 1992)
  • El camino de Swann (Reino Unido) / El camino de Swann (EE.UU.) por Lydia Davis (Allen Lane, 2002)
  • El camino de Swann por Brian Nelson (Oxford, 2023)

Volumen 2

  • A la sombra de las jovencitas en flor por James Grieve (Allen Lane, 2002)
  • A la sombra de las chicas en flor por Charlotte Mandell (Oxford, 2025)

Volumen 3

  • El Camino Guermantes por Mark Treharne (Allen Lane, 2002)
  • El Camino Guermantes por Peter Bush (Oxford, 2026)

Volumen 4

  • Sodoma y Gomorra por John Sturrock (Allen Lane, 2002)
  • Sodoma y Gomorra por Helen Constantine (Oxford, 2026)

Volumen 5

  • El cautivo por Carol Clark (Allen Lane, 2002)

Volumen 6

  • Albertina se fue por Terence Kilmartin (Chatto y Windus, 1989)
  • El fugitivo por Peter Collier (Allen Lane, 2002)

Volumen 7

  • Tiempo recuperado por Esteban Hudson (Sydney Schiff) (Chatto y Windus, 1931)
  • El pasado recuperado por Frederick Blossom (Random House, 1932)
  • El pasado recuperado por Andreas Mayor (Random House, 1970)
  • Encontrar el tiempo de nuevo por Ian Patterson (Allen Lane, 2002)
  • Tiempo recuperado por David Whiting (Naxos AudioBooks, 2012)

Adaptaciones

Imprimir

Audio

Film

Televisión

Escenario

Radio

  • Andy WarholEl libro de 1955 A La Recherche du Shoe Perdu marcó la "transición de artista comercial a artista de galería" de Warhol.[46]
  • La serie de televisión británica El circo volador de Monty Python (1969–1974) hace referencia al libro y a su autor en dos episodios.[47] En el "Licencia de pesca" boceto, Señor Praliné menciona que Proust "tenía un 'addock" como pez mascota, y advierte, cuando su oyente se ríe, "si estás llamando al autor de À la recherche du temps perdu ¡Un loco, tendré que pedirte que salgas! En otro boceto titulado "El concurso All-England Summarize Proust"Los concursantes deben resumir los siete volúmenes de la novela de Proust en 15 segundos.[47]
  • Autor de ciencia ficción Gene Wolfe citó a Proust como una influencia, diciendo: "Proust, por supuesto, estaba obsesionado con algunas de las mismas cosas con las que trato en El libro del nuevo sol – la memoria y la forma en que la memoria nos afecta."[48] La primera línea de su novela La quinta cabeza de Cerbero es una paráfrasis de la primera frase de El camino de Swann.
  • La serie de televisión de 1998 Experimentos en serie Lain concluye con una alusión al episodio madeleine de Tiempo perdido.
  • La serie de televisión de 2012 Pase psicológico concluye con una toma del protagonista, con El camino de Swann (スワン家の方へ) abierto en su mesa de café.
  • En Larry McMurtryLa novela de 1999 Duane está deprimidoEl terapeuta de Duane Moore le asigna la tarea de leer la novela de Proust.[49] Ella le dice: "La razón por la que te hice leer Proust es porque sigue siendo el mayor catálogo de las variedades de decepción que sienten los seres humanos"[50]
  • En el tercer episodio de la tercera temporada de Los Soprano, "Hijo afortunado" (2001), Tony Soprano tiene un gran avance sobre el papel que juega el olor de la carne en el desencadenamiento de su ataques de pánico, que su terapeuta, el Dr. Jennifer Melfi, se compara con las magdalenas de Proust.[51]
  • En Haruki Murakami's 1Q84 (2009), la protagonista Aomame pasa una caída entera encerrada en un apartamento, donde el libro se convierte en su único entretenimiento. Los días de Aomame los pasa comiendo, durmiendo, haciendo ejercicio, mirando desde el balcón hacia la ciudad de abajo y la Luna de arriba, y leyendo lentamente Tiempo perdido.[52]
  • En Ruth Ozeki's Un cuento para la época (2013), una edición francesa de la novela es convertida en diario por una vendedora de artesanías en Harajuku. El diario es comprado por el protagonista Nao Yasutani y luego descubierto por Ruth cuando llega a la orilla Columbia Británica.[53]
  • Dan SimmonsLa duología de la ciencia ficción Ilium y Olimpo presenta referencias frecuentes a En busca del tiempo perdido. En Ilium, el personaje Mahnmut, un moravec (robot) joviano, es un ávido lector de Proust y a menudo reflexiona sobre sus temas de memoria y tiempo.[54] Estas referencias continúan en Olimpo con alusiones más sutiles.[55]
  • En la película de 2018, El ecualizador 2En busca del tiempo perdido Fue el último libro de la lista de los "100 libros para leer" de Robert McCall. Se le mostró comprando este libro en una librería.

Véase también

Notas y referencias

Notas

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  2.  Edmund White, "Proust el lector apasionado", La revista de libros de Nueva York (4 de abril de 2013), pág. 20.
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  13.  Ronald Bogue, Deleuze y Guattari, pág. 36. Archivado 2023-04-07 en el Máquina Wayback Véase también Culler, Poética estructuralista, pág. 122. Archivado 2023-04-17 en el Máquina Wayback
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  18.  La joven Gilberte con quien el todavía infantil narrador en primera persona juega en el Campos Elíseos, está inspirada en las compañeras de juegos de Proust, Marie de Benardaky y Antoinette Faure, mientras que la adolescente de cabello dorado está inspirada en Jeanne Pouquet, la prometida del amigo de Proust, Gaston Arman de Caillavet. Ver: William Howard AdamsUn recuerdo de Proust, con fotografías de Pablo Nadar, Prensa Vendome, 1984
  19.  Edmund BlancoLos amores de mi vida: una memoria sexual (2025), pág. 211
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Bibliografía

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  • Woolf, Virginia. Las cartas de Virginia Woolf. Eds. Nigel Nicolson y Joanne Trautmann. 7 vols. Nueva York: Harcourt, 1976, 1977.
  • Beugnet, Martin y Schmid, Marion. Proust en el cine. Burlington, Vermont: Ashgate, 2004.

Lectura adicional

  • Carter, William C. Marcel Proust: Una vida. New Haven: Yale University Press, 2000. ISBN 0-300-08145-6
  • De Botton, Alain. Cómo Proust puede cambiar tu vida. Nueva York: Panteón 1997. ISBN 0-679-44275-8
  • Deleuze, Gilles. Proust y los signos. (Traducción de Richard Howard.) George Braziller, Inc. 1972.
  • Karpeles, Eric. Pinturas en Proust: un compañero visual en busca del tiempo perdido. Támesis y Hudson, 2008. ISBN 978-0500238547
  • O'Brien, Justin. "Albertine el Ambiguo: Notas sobre la transposición de sexos de Proust", PMLA 64: 933–52, 1949.
  • Pugh, Antonio. El nacimiento de A la recherche du temps perdu, Editores del Foro Francés, 1987.
  • Pugh, Antonio. El crecimiento de A la recherche du temps perdu: Un examen cronológico de los manuscritos de Proust de 1909 a 1914, University of Toronto Press, 2004 (dos volúmenes).
  • Rosa, Phyllis. El año de la lectura de Proust. Nueva York: Scribner, 1997. ISBN 0-684-83984-9
  • Sedgwick, Eva Kosofsky. Epistemología del armario. Berkeley: Prensa de la Universidad de California, 1992. ISBN 0-520-07874-8
  • Blanco, Edmund. Marcel Proust. Nueva York: Penguin US, 1999. ISBN 0-670-88057-4


























































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