duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio,
el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la
voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero
el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la
imaginación».
El gabinete mágico
Libro de las bibliotecas imaginarias
Emilio PascualEl Ojo del Tiempo. 141.
https://ebiblioteca.org/lecturas/?/v/
Un paseo por las bibliotecas que pueblan las narraciones que nos han hecho «vivir, morir, tal vez soñar…».
«Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados». En este libro de las bibliotecas imaginarias, que no puede estar acabado porque en rigor sería inacabable, se han recogido unas cuantas docenas que andaban dispersas por el largo y espacioso campo de las letras.
Desde que aquella vez entramos en la biblioteca de don Quijote para averiguar las razones de su locura, y nos vimos sorprendidos por libros que poco tenían que ver con los de caballería, que en teoría le habían vuelto el juicio —poesía, cancioneros, epopeyas, novelas pastoriles—, los libros y las bibliotecas han poblado las narraciones que nos han hecho vivir, morir, tal vez soñar… Ha habido libros que solo servían de adorno y otros que, como talismanes, acompañaron en vida y muerte a sus dueños; bibliotecas liberadoras, refugio de desdichados, y otras, en manos inclementes, perturbadoras del género humano; ha habido bibliotecarios fanáticos, pero también amparo de pobres y consuelo de afligidos… Hubo libros, hubo bibliotecas, noche primera. Las que parecían dignas de «felice recordación» por su hechizo, su rareza, su simpatía, su capricho o sencillamente su obviedad están en este libro.
Bibliotecas -
Andrew Pettegree
Una fascinante exploración de la historia de las bibliotecas y de las personas que las construyeron, desde el mundo antiguo hasta la era digital. Famosas en todo el mundo conocido, celosamente guardadas por coleccionistas privados, construidas a lo largo de siglos, destruidas en un solo día, ornamentadas con pan de oro y frescos, o llenas de sacos de judías y dibujos infantiles: la historia de las bibliotecas es rica, variada y está repleta de incidentes. Los historiadores Andrew Pettegree y Arthur der Weduwen nos presentan a los anticuarios y filántropos que dieron forma a las grandes colecciones del mundo, trazan el ascenso y la caída de las modas literarias y revelan los delitos y faltas cometidos en la búsqueda de manuscritos singulares.
https://drop.download/1331sc6ci4c4
J. L. BORGES: «El libro», en Borges oral:
OC II. Barcelona: RBA, 2005, p. 653.
La biblioteca de Alejandría
[A. M. Dean: La biblioteca perdida]
Ante sus ojos, debajo del suelo de la antigua ciudad, se extendía hasta
donde alcanzaba la vista una hilera tras otra de estanterías de madera
primorosamente labradas y ordenadas con sumo cuidado. Todas iban
del suelo al techo. Entre ellas había largas mesas y armarios dedicados
al archivo. El lugar era de una belleza abrumadora y unas dimensiones
colosales. Había espacio para albergar cientos de miles de libros,
millones incluso.
La biblioteca de la abadía sin nombre [Umberto Eco: El nombre de la rosa]]
https://munozeric.wordpress.com/2019/12/27/la-biblioteca-de-el-nombre-de-la-rosa/
«—Mirad, fray Guillermo —dijo el Abad—, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros —y señaló hacia la mole del Edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial—, hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer.
Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro.
Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.
—De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…«
La biblioteca de San Víctor
[François Rabelais: Pantagruel]
Pantagruel, un gigante, crece, estudia en París, hace muchos amigos y termina luchando para derrotar a los Dipsodes, un grupo rival de gigantes que han invadido Utopía. En uno de los primeros capítulos, el héroe epónimo se dirige a la Universidad de París y se topa con la Biblioteca de Saint-Victor, que le parece «magnífica, sobre todo ciertos libros que encontró en ella». A continuación, una larga lista de títulos bastante curiosos, entre ellos:
https://www.theparisreview.org/blog/2024/11/25/rabelaisian-enumerations-on-lists/
• Bregeuta iuris (La bragueta de la ley)• Malogranatum vitiorum ( La granada de los vicios)
• La couillebarine des preux (Las bolas de elefante de los dignos)
• Decretum universitatis Parisiensis super gorgiasitate muliercularum ad placitum ( Decreto de la Universidad de París sobre la gorgiasidad de las rameras)
• La croquignolle des curés ( La película de los curas) en la nariz)
• Des poys au lart cum commento ( Sobre los guisantes con tocino, con comentario)
• Le chiabrena des pucelles ( La mierda de las doncellas)
• Le culpelé des vefves ( La cola rapada de las viudas)
• Antipericatametanaparbeugedamphicribrationes merdicantium ( Discusión de messers y vexers: Anti, Peri, Kata, Meta, Ana, Para, Moo y Anfi)
• La El padrenuestro del mono • La panza de los presidentes • El lameculos de la cirugía
La biblioteca de don Quijote
[Cervantes: Don Quijote de La Mancha;
La biblioteca de don Quijote de la Mancha es el tema central del capítulo VI de la primera parte del Quijote, y en ella Cervantes, por boca del cura Pedro Pérez, expone opiniones sobre ciertos libros de caballerías y otras obras de la literatura de su época, entre ellas algunos poemas épicos y novelas pastoriles.
Escrutinio del cura y el barbero de la biblioteca de don Quijote. Grabado en madera de la edición de 1741
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Conversación del cura con don Quijote sobre sus libros. Grabado en madera de la edición de 1741
El capítulo VI
menciona las siguientes obras:
Amadís de Gaula
Las sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo
Amadís de Grecia, de Feliciano de Silva
Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada
Felixmarte de Hircania, de Melchor Ortega
Platir, quizá obra de Francisco de Enciso Zárate
El Caballero de la Cruz (Lepolemo, de Alonso de Salazar, o Leandro el Bel, de Pietro Lauro)
Espejo de caballerías, de Pero López de Reinosa, o de Santa Catalina
Historia de las hazañas y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio, de Agustín Alonso
El verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles con la muerte de los doce Pares de Francia, por Francisco Garrido Villena
Palmerín de Oliva, de Francisco Vázquez
Palmerín de Inglaterra, de Francisco de Moraes
Belianís de Grecia, de Jerónimo Fernández
Tirante el Blanco, de Joanot Martorell
Diana, de Jorge de Montemayor
Segunda parte de la Diana de Jorge de Montemayor, de Alonso Pérez
Diana enamorada, de Gaspar Gil Polo
Orlando furioso, de Ludovico Ariosto
Los diez libros de Fortuna de Amor, de Antonio de Lofraso
El pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega
Primera parte de las ninfas y pastores de Henares, de Bernardo González de Bobadilla
Desengaño de celos, de Bartolomé López de Enciso
El pastor de Fílida, de Luis Gálvez de Montalvo
Tesoro de varias poesías, de Pedro de Padilla
El Cancionero, de Gabriel López Maldonado
La Galatea, de Miguel de Cervantes
La Araucana, de Alonso de Ercilla
La Austríada, de Juan Rufo
El Monserrate, de Cristóbal de Virués
Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto
En el capítulo VII
se mencionan tres obras más:
La Carolea, de Jerónimo Sempere
León de España, de Pedro de la Vecilla Castellanos
Comentario de la guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo emperador romano, rey de España, de Luis de Ávila
J. López-Herrera: Las aventuras del ingenioso detective Frank Stain]
Frank Stain, el cual se dio a leer novelas policiacas, ya
fueran negras o amarillas, con tanta afición y gusto que abandonó la
televisión y el Marca, con cueros y toros dentro, hasta acabar
renunciando a los abonos del Betis y de la Maestranza. Rematado ya su
juicio, vino a dar en el mismo extraño pensamiento que había dado otro
manchego en las Españas, y fue que le pareció «no solo conveniente,
sino incluso muy necesario, hacerse él mismo detective para salir en
busca de aventuras y luchar contra los poderosos corruptos y las mil y
una injusticias» de este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla
cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería.
Tras su primera salida —armado de una gabardina beis con cinturón y
un sombrero borsalino de fieltro gris que había heredado de su padre
—, y su predecible paliza consiguiente, la librera y el quiosquero del
vecindario hicieron el donoso escrutinio de su biblioteca, que,
empezando en el atestado salón, se había desbordado por el largo
pasillo y el resto de las habitaciones de la casa: «Era como un tumor
desbocado que había sobrepasado los espacios acotados de las librerías
y de las repisas para hacer metástasis en los lugares más
insospechados. Había pilas de libros en el suelo, sobre las mesas, bajo
las camas, encima de los armarios». Ni que decir tiene que no faltaba
«toda la serie completa de Pepe Carvalho, modelo y espejo de
detectives gastrónomos y letraheridos, […] con su discípulo más
aventajado, el Montalbano de Andrea Camilleri, arquetipo del comisario
siciliano: un tipo con conciencia de clase, radicalmente incorruptible,
sobrenaturalmente fiel a su novia Livia» y sumamente cultivado. Por allí
andaba el amigo Mario Conde, «otro ilustre pupilo carvalhano», junto a
la colección entera de Bevilacqua y Chamorro, sin olvidar las novelas
policiacas de González Ledesma y de Juan Madrid. Por supuesto, Paco
Mancha, antes de ser Frank Stain, había comenzado «por la novela
clásica de detectives: el comisario Auguste Dupin de Edgar Allan Poe,
que según la opinión general inauguró el género. Y por supuesto
Sherlock Holmes y Hércules Poirot y Miss Marple al completo». Hasta
que Hammett cortó con los crucigramas y juegos de mesa y, según
Chandler, «creó la novela negra y devolvió el asesinato al tipo de gente
que lo comete por alguna razón y no solo para suministrar un cadáver».
Por allí se vio también a Simenon y su comisario Maigret, y tenía sobre
su cabeza El inocente, de Mario Lacruz, aunque el propio autor «decía
que El inocente era una novela existencialista más que policial».
La biblioteca de Pepe Carvalho [M. Vázquez Montalbán: La serie de Pepe Carvalho] Posdata: Pepe Carvalho tras las huellas de don Quijote
https://oporteteditores.com/pepe-carvalho-tras-las-huellas-de-don-quijote/
Estos son los libros de la biblioteca de Pepe Carvalho que acabaron reducidos a cenizas:
Coto vedado, Juan Goytisolo
La busca, Pío Baroja
Tatuaje, Manuel Vázquez Montalbán
Los hermanos Karamazov, Fiodor Dostoyevski
Antología poética, Jaime Gil de Biedma
Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar
Los prerrafaelitas, Tim Hilton
Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Joan Coromines
España como problema, Pedro Laín Entralgo
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes
Anatomía del realismo, Alfonso Sastre
Maurice, Foster E. M.
La filosofía y su sombra, Eugenio Trías
La balada del café triste, Carson McCullers
Poesía erótica castellana: del siglo X a nuestros días, Jesús García Sánchez y Marcos-Ricardo Barnatán
Teatro completo, Samuel Beckett
Teoría estética, Theodor W. Adorno
Teatro completo, Federico García Lorca
Poeta en Nueva York, Federico García Lorca
Alexis Zorbás, Nikos Kazandzakis
Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Vicente Blasco Ibáñez
Peter Pan, Barrie J. M.
Cocinar hizo al hombre, Faustino Cordón
La ciutat de les anelles: l’esport a la Barcelona olímpica, Enric Truñó
Los señores de los anillos: poder, dinero y doping en los Juegos Olímpicos, Vyv Simson
El deporte del poder: vida y milagro de Juan Antonio Samaranch, Jaume Boix Angelats
Diccionario de los símbolos
Enciclopedia Espasa
Herzog, Saul Bellow
Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges
Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda
Cuba: la lucha por la libertad, Hugh Thomas
Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano
Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal
Respiración artificial, Ricardo Piglia
La vida cotidiana en el mundo nuevo, Henri Lefebvre
Las uvas de la ira, John Steinbeck
El hombre y la muerte, Edgar Morin
El viento se llevará nuestras palabras, Doris Lessing
El cinema dels dissabtes, Terence Moix
Bouvard y Pécuchet, Gustave Flaubert
La biblioteca de Salvo Montalbano [Andrea Camilleri: La serie de Montalbano]
La forma del agua (La forma dell'acqua, 1994)
El perro de Terracota (Il cane di terracotta,1996)
El ladrón de meriendas (Il ladro di merendine1996)
La voz del violín (La voce del violino, 1997)
La excursión a Tindari (La gita a Tindari, 2000)
El olor de la noche (L'odore della notte, 2001)
Un giro decisivo (Il giro di boa, 2003)
La paciencia de la araña (La pazienza del ragno, 2004)
La luna de papel (La luna di carta, 2005)
Ardores de agosto (La vampa d'agosto, 2006)
Las alas de la esfinge (Le ali della sfinge, 2006)
La pista de arena (La pista di sabbia, 2007)
El campo del alfarero (Il campo del vasaio, 2008)
La edad de la duda (L'età del dubbio, 2008)
La danza de la gaviota (La danza del gabbiano, 2009)
La búsqueda del tesoro (La caccia al tesoro, 2010)
Por la boca muere el pez (Acqua in bocca, 2010) - escrito con Carlo Lucarelli. Montalbano y la inspectora Grazia Negro colaboran en una investigación.
La sonrisa de Angelica (Il sorriso di Angelica, 2010)
Juego de espejos (Il gioco degli specchi, 2011)
Un filo de luz (Una lama di luce, 2012)
Una voz en la noche (Una voce di notte, 2012)
Un nido de víboras (Un covo di vipere, 2013)
La pirámide de fango (La piramide di fango, 2014)
El carrusel de las confusiones (La giostra degli scambi, 2015)
Tirar del hilo (L'altro capo del filo, 2016)
La red de protección (La rete di protezione, 2017)
El método Catalanotti (Il metodo Catalanotti, 2018)
El cocinero de Alcyon (Il cuoco dell'Alcyon, 2019)
Riccardino (Riccardino, 2020) - Escrita hace varios años para publicar tras la muerte del autor
Relatos cortos
Un mes con Montalbano (Un mese con Montalbano, 1998)
La Nochevieja de Montalbano (Gli arancini di Montalbano, 1999)
El miedo de Montalbano (La paura di Montalbano, 2002) - 6 relatos
El primer caso de Montalbano (La prima indagine di Montalbano, 2004) - 3 relatos
Muerte en el mar abierto (Morte in mare aperto e altre indagini del giovane Montalbano, 2014) - 8 relatos
La conciencia de Montalbano (La coscienza di Montalbano, 2022) - 6 relatos
Series de televisión
Comisario Montalbano (Il Commissario Montalbano, 1999-2016). Serie de TV de 27 episodios producida por la RAI. Italia. Intérprete: Luca Zingaretti (Montalbano), Cesare Bocci (Mimì Augello), Peppino Mazzotta (Fazio), Angelo Russo (Catarella). Disponible en DVD.
Il giovane Montalbano, 2012-2015. Mini-serie de TV de 7 episodios. Italia. Director: Gianluca Maria Tavarelli. Intérprete: Michele Riondino (Montalbano)
La biblioteca de los poderosos Montes de Oca [Leonardo Padura: La neblina del ayer]
Mario Conde está a punto de terminar su día de trabajo cuando decide visitar una mansión en ruinas. Por suerte, los dos hermanos que viven allí, Amalia y Dionisio Ferrero, habían estado pensando en vender los volúmenes de la biblioteca de la casa. Para su sorpresa, Mario Conde descubre un tesoro bibliográfico. El conde no puede resistir la curiosidad de conocer la historia de la casa y los hermanos comienzan a contarle que la casa pertenecía a la familia Montes de Oca. El último propietario, Don Alcides Montes de Oca, inicialmente simpatizó con la Revolución, pero en septiembre de 1960 abandonó Cuba.
La biblioteca del abate Chapeloud [Honoré de Balzac: El cura de Tours]
Los personajes que palpitan en ella son pocos y claros: el abate Birotteau (un pobre infeliz que aspira a la plaza de canónigo en Saint-Gatien y que encuentra una felicidad suficiente cuando hereda la habitación y los muebles del abate Chapeloud), el abate Troubert (un intrigante que, de forma sibilina, extiende los tentáculos de su poder hacia las altas esferas) y la señorita Gamard (que actúa como hospedera de todos y que terminará tomando partido por Troubert, en perjuicio del ingenuo Birotteau). Y la trama es tan sencilla como diabólicamente envolvente: el modo en que Troubert irá ganándose la voluntad de la señorita Gamard para arrinconar y preterir a Birotteau, al que termina abocando hacia un pleito que no quiere y en el que terminará perdiendo las ilusiones, el cargo y hasta la salud.
En efecto, en su testamento, el abate Chapeloud legó su biblioteca y su mobiliario a Birotteau. La posesión de estas cosas tan vivamente deseadas y la perspectiva de ser admitido como pupilo por la señorita Gamard endulzaron mucho el dolor que causaba a Birotteau la pérdida de su amigo el canónigo: tal vez no le habría resucitado, pero le lloró. Durante algunos días le sucedió lo que a Gargantúa, el cual, habiendo muerto su esposa al dar a luz a Pantagruel, no sabía si regocijarse por el nacimiento de su hijo o apenarse por haber enterrado a su buena Badbec, y se equivocaba alegrándose de la muerte de ella y deplorando el nacimiento de Pantagruel. El abate Birotteau pasó los primeros días de su luto en registrar las obras de su biblioteca, en servirse de sus muebles, en examinarlos, diciendo con un tono que, por desgracia, no se le pudo oír: «¡Pobre Chapeloud!» En suma, su alegría y su dolor le ocupaban tanto, que no experimentó ningún sentimiento al ver que daban a otro la plaza de canónigo, en la que Chapeloud esperaba tener a Birotteau por sucesor. Como la señorita Gamard admitió de buen grado en calidad de huésped a Birotteau, éste participó desde entonces de todas las felicidades de la vida material que le ponderaba el difunto canónigo. ¡Ventajas incalculables! A creer al difunto Chapeloud, ninguno de los presbíteros que habitaban en la ciudad de Tours, ni siquiera el arzobispo, podía ser objeto de atenciones tan delicadas, tan minuciosas, como las que prodigaba la señorita Gamard a sus dos pupilos. Las primeras palabras que decía el canónigo a su amigo al empezar el paseo a diario casi siempre se referían al suculento almuerzo que acababan de servirle; y era muy raro que, durante los siete paseos de la semana, no se le ocurriese decir por lo menos catorce veces:
-Es indudable que esta excelente señorita tiene la vocación del servicio eclesiástico. Figúrese usted que durante doce años nada me ha faltado nunca: ropa blanca, albas, sobrepellices, alzacuellos...; todos los días encuentro cada cosa en su sitio, tantas como me hacen falta, y oliendo a lirio. Me lustran los muebles y los limpian tan bien, que desde hace mucho tiempo no sé lo que es el polvo. ¿Ha visto usted en mí la más ligera señal de polvo? ¡Jamás! Además, la leña para la calefacción está bien escogida; las menores cosas son excelentes; en resumen, parece que la señorita Gamard tiene siempre un ojo en mis habitaciones. No recuerdo en diez años haber llamado nunca dos veces para pedir cualquier cosa. ¡Esto es vivir! Que no tenga uno que buscar nada, ni siquiera sus zapatillas. Encontrar siempre buena lumbre, buena mesa. En fin, el fuelle que tenía para mi uso me impacientaba; estaba obstruido. No me quejé dos veces. Al siguiente día la señorita Gamard me dio un fuelle precioso y ese par de tenazas con que me ve usted atizar el fuego.
Birotteau, por toda respuesta, decía:
-¡Oliendo a lirio!
La biblioteca de don Cayetano Polentinos [Pérez Galdós: Doña Perfecta]
] La biblioteca de Ángela Carballino [Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir]
La "biblioteca de Ángela Carballino" no es un lugar físico conocido, sino que se refiere a la colección de libros (la biblioteca) que pertenecieron a Ángela Carballino, un personaje central en la novela "San Manuel Bueno, mártir" de Miguel de Unamuno, y que es clave para el desarrollo de la trama, especialmente cuando revelan sus dudas sobre la fe al cura don Manuel. La biblioteca de Ángela, llena de libros de autores como Albert Camus y Jacques Maritain, simboliza su búsqueda intelectual y su angustia existencial, contrastando con la fe aparentemente inquebrantable de los demás aldeanos en el pueblo ficticio de Valverde de Lucerna.
No olvidemos que Ángela es una joven inteligente e incluso culta, que ha leído a Cervantes, a Calderón y a otros autores clásicos españoles, así como el Bertoldo de Giulio Cesare Croce (1550-1609), libros todos que contenía la modesta biblioteca de su padre.
La biblioteca de Antolín Cabrales Pellejero [Eduardo Mendoza: El malentendido]
EL MALENTENDIDO
En este capítulo, conocemos a Antolín Cabrales Pellejero, también conocido como Poca Chicha, quien creció en una familia desestructurada y tuvo una educación irregular. A los veintiún años, ingresó en prisión y decidió aprovechar la oportunidad de asistir a cursos de formación. En uno de ellos, sobre análisis y creación literaria, conoció a Inés Fornillos, la profesora encargada del curso. Inés era una mujer de treinta y cuatro años, graduada en Filosofía y Letras, que había decidido dar clases en la cárcel debido a la falta de oportunidades laborales. A pesar de sus reservas iniciales, Inés se adaptó rápidamente al ambiente de la prisión y se dio cuenta de que le gustaba enseñar a los reclusos.
A lo largo del capítulo, vemos cómo Inés intenta inculcar el amor por la lectura a sus alumnos, a pesar de que la mayoría de ellos no muestra interés. Antolín Cabrales, en particular, asiste a las clases con la intención de causar una buena impresión y obtener informes favorables. Sin embargo, a medida que avanza el curso, Antolín comienza a mostrar un genuino interés por la literatura y se convierte en el alumno más destacado de Inés.
A medida que pasa el tiempo, Inés y Antolín establecen una relación especial basada en su pasión compartida por la lectura. Inés le presta libros y juntos discuten y analizan las obras que leen. Aunque Antolín no destaca en sus redacciones y ensayos, demuestra un profundo conocimiento y comprensión de los libros que lee.
Al final del capítulo, Inés se despide de Antolín antes de irse de vacaciones y le recomienda que estudie el bachillerato. A pesar de su fría despedida, Inés se siente culpable por dejar a Antolín en prisión mientras ella disfruta de sus vacaciones.
Siguiendo este capítulo, Inés Fornillos decide enviarle libros a Antolín Cabrales a la prisión. Sin embargo, cuando recibe una carta de él, se da cuenta de que no le agradece por los libros y siente desdén hacia él. A pesar de esto, Inés decide ir a la biblioteca de la prisión para ver cómo le va a Antolín. Allí, descubre que él se ha convertido en el bibliotecario y está leyendo un libro. Tienen una breve conversación en la que Antolín le confiesa que intentó escribir una novela, pero la rompió porque no tenía talento. Inés le anima a darse otra oportunidad, pero Antolín se muestra desanimado y decide no volver a intentarlo. Inés piensa que debería haberle dicho que era mejor así, pero su instinto la lleva a alentar y apoyar a Antolín. Pasado un tiempo, Inés deja la cárcel y consigue un trabajo en la universidad. Años después, se entera de que un autor llamado Martín J. Fromentín, en realidad Antolín Cabrales, se ha vuelto famoso. A pesar de su fama, Inés decide no revelar su relación con él. Finalmente, asiste a una conferencia de Martín J. Fromentín y se da cuenta de que él la reconoce, pero no hay ninguna emoción en su encuentro. Después de la conferencia, Antolín es asaltado en la calle, pero logra recuperar sus pertenencias gracias a la ayuda de un antiguo conocido. Antolín regresa a su habitación de hotel y decide romper la carta que había escrito a Inés, ya que se da cuenta de que ella no merece saber la verdad sobre su éxito como escritor.
La biblioteca del arcipreste Juan Higuea [Eugenio Noel: Las Siete Cucas]
....Dos de los armarios contenían los des pojos de la Biblioteca de un Convento, abando nado cuando la Desamortización o el Degüello, en lo que se parecían tales cuerpos a los de to das o casi todas las Bibliotecas hispanas que [así] se han formado. Pero una mano, ducha y hasta maestra en el intríngulis libresco o libra- río, había catalogado amorosamente. No por materias, que eran una sola [Teología, Que íos libros son el me- Cánones, Lugares], SÍUO . jor adorno y los más lindos por Escuelas, lo QUC reve- ;-ab?. dominio regular de bida bastante alabada. ía disciplina, una más que regular paciencia y hasta cierto acendrado patriotismo, pues allí domina ban, como en la realidad de esas ciencias lo hicieran a su hora, los insuperables tratadistas [de casa]. Soto, Victoria, Cano, Fonseca, Pereira, Vás- quez.^ Tremendos monumentos en pergamino y por docenas de docenas. Oh, el buen Huet qué hubiera pensado de estas montañas o elefantes de papel sabio, él que redujo cuantos libros se han escrito desde el principio del Mundo a... [diez-infolio]... Tractatus; De Solubilis e Insolu- 26las siete cucas bilis; De Impositionibus; De Oppositionibus; Index Locupletissimus; Paraphrasis et Scholia; De Nomine intelechia; y Suárez, mucho Suárez, todo Suárez... Allí, arrancando de [un Dios nos libre de él] Hipotyposeon Theologicarum, comenzaban las memorables cincuenta y cuatro Disputationes Metaphisicae del inexorable granadino, en vein tiséis volúmenes gigantescos por el tamaño y de tuétano como para chuparle sin melindres....
Lo mejor consistía en el ter cero de los armarios. Una torre de madera de esas que se llaman de palosanto por no dejar a la madera sin nom bre, torre harta de Sermonarios, desde los once tomos de Sermones doctrinales, morales y dog máticos de González hasta las Conferencias pre dicadas en la Basílica de San Pedro por el muy Reverendo Padre Ventura de Raúlica, nada me nos que examinador de los Obispos y del Clero Romano; desde los treinta y dos tomos del Te soro de oratoria sagrada o biblioteca selecta de Predicadores, edición ordenada, corregida y completada por el franciscano Boldú hasta las Conferencias en Nuestra Señora de París por.el Padre Monsabré, en diez tomos nada más. Y si. por penitencia [que pensar otra cosa es soñar Obispados] habéis tenido en las pecadoras ma nos a Boldú, los setecientos cinco sermones completos de la Primera Parte, los ciento cua renta de la Segunda y, sobre todo, los discursos de Panegíricos de la Tercera que son... ¡uno para cada Santo!.... reíros de las cinco Secciones de la Cuarta y de los siete tomos de Pláticas Cate quísticas de la Quinta Parte y no última; porque el prolífico Padre, honra del hábito y hasta del. sexo, promete... una continuación. Es vergonzoso sucumbir cobardemente bajo la carga, ha dicho Séneca, nuestro cada vez más querido Séneca, el eternamente actual en la Ra za; y el Arcipreste de nuestro cuento lo había hecho bueno porque no le quedó coma de todo ello que no rumiara, tal vez por aquello de Jesús a Simón \Anda más adentro del mar y arrojad vuestras redes para que pesquéis]. Ahora bien, lo extremadamente raro era que el Padre Juan Higuea no predicó jamás lo que en esos mamotretos bebía a chorros y dictaba a Cóquilis... a tragos. Padre Juan Higuea predicaba así y quiero poner el ejemplo aunque me recordéis lo de San Pablo [Ad Romanos], el once del XIII, que el tiempo insta y ya es hora de... Y fué que un día, como subiera, al púlpito y viese una mujeruca toda ella pendiente de lo que iba a escuchar, y allí Que aún existen en España caracteres vaciados en mol- en ]a iglesia desde laS Qcho siendo como eran ]as diez, sin más circunlo quios, ni genuflexiones, ni citas de predicador sabatino o gerundense [oh, Padre Isla] espetó a la pobrecilla temblorosa toda y lloriqueante esta reticencia sarcástica con paradiástole, epi- fonema, apostrofe, suspensión y... etopeya [todo enjaretado en ademán descriptivo doble, que dice Capmany en su Filosofía de la Elocuencia]
No por materias, que eran una sola [Teología, Que íos libros son el me- Cánones, Lugares], SÍUO . jor adorno y los más lindos por Escuelas, lo QUC reve- ;-ab?. dominio regular de bida bastante alabada. ía disciplina, una más que regular paciencia y hasta cierto acendrado patriotismo, pues allí domina ban, como en la realidad de esas ciencias lo hicieran a su hora, los insuperables tratadistas [de casa]. Soto, Victoria, Cano, Fonseca, Pereira, Vás- quez.^ Tremendos monumentos en pergamino y por docenas de docenas. Oh, el buen Huet qué hubiera pensado de estas montañas o elefantes de papel sabio, él que redujo cuantos libros se han escrito desde el principio del Mundo a... [diez-infolio]... Tractatus; De Solubilis e Insolubilis; De Impositionibus; De Oppositionibus; Index Locupletissimus; Paraphrasis et Scholia; De Nomine intelechia; y Suárez, mucho Suárez, todo Suárez... Allí, arrancando de [un Dios nos libre de él] Hipotyposeon Theologicarum, comenzaban las memorables cincuenta y cuatro Disputationes Metaphisicae del inexorable granadino, en vein tiséis volúmenes gigantescos por el tamaño y de tuétano como para chuparle sin melindres.
La más fabulosa de las bibliotecas: la del Preste Juan en Etiopía a principios del siglo XVII
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/8665832.pdf
( los manuscritos Hengwrt, conservados en la Biblioteca Peniarth . Williams, Robert, ed. y trad. Londres: Thomas Richards, 1892)
En 1610 se publicó en Valencia la Historia eclesiástica, política, natural y moral de los grandes y remotos reynos de la Etiopía, Monarchía del Emperador, llamado Preste Iuan de las Indias. https://books.google.com/books?id=K00GLosU3qQC&printsec=frontcover&hl=es
Su autor era el dominico valenciano Luis de Urreta y entre las maravillas de aquel reino fabuloso destacaba una fascinante biblioteca, de la que el autor nos refiere su origen, la riqueza de sus manuscritos, los autores representados, las numerosas obras que atesoraba, muchas de las cuales se consideraban perdidas definitivamente, etc. Aunque no tardó en descubrirse la impostura de Urreta y sus poco disimuladas intenciones antijesuíticas, su descripción nos permite hacernos una idea muy aproximada de cómo era la biblioteca ideal para este dominico de la época de Cervantes: una peculiar plasmación de la Bibliotheca Universalis soñada por un fraile anclado en la erudición medieval.
La biblioteca de los Asesinos [Amin Maalouf: Samarcanda]
La biblioteca de Gabriel Betteredge [Wilkie Collins: La piedra lunar]
Ella estaba a diferencia de la mayoría de las otras niñas de su edad, en este—que tenía sus propias ideas [...] Ella juzgada por sí misma, como pocas mujeres de dos veces su edad juez en general. (1.1.8.19)
Ahora no soy un mal hombre viejo. Estoy en general [...] la última persona en el mundo a desconfiar de otra persona, porque él pasa a ser un par de tonos más oscuro que yo. Pero lo mejor de nosotros tenemos nuestras debilidades, y mi debilidad, cuando yo conozco a una familia de la placa de la canasta de estar en una despensa de la tabla, es que de inmediato se recuerda que la cesta de la vista de un agente extraño, cuyos modales son superiores a los de mi propia. (1.1.3.16)
La biblioteca de Robinson Crusoe [Daniel Defoe: Robinson Crusoe]
La inspiración de Defoe fue la crónica de un verdadero náufrago, Alexander Selkirk, abandonado en la isla de Juan Fernández durante cuatro largos años. Borges imaginó que Selkirk (o Robinson), ya rescatado y viviendo en Inglaterra, seguiría pensando en ese otro «yo» anclado para siempre a su isla desierta. Borges ofrece a Selkirk estas palabras a guisa de conclusión: ¿Y cómo haré para que aquel otro sepa que estoy aquí, salvado, entre mi gente? Lo cierto es que nunca se llega a una isla desierta sin también querer dejarla. Desde tierra firme, soñamos con partir, navegar más allá del horizonte, desembarcar allí donde no hay nadie y donde podremos reconstruir el mundo tal como se nos antoja, rigiendo despóticamente un pequeño universo. Pero una vez en la isla, una vez rodeado de frío, hambre, miedo, aburrimiento y desolación, lo único que pedimos es que nos saquen de allí. Por eso, cuando le preguntaron a G. K. Chesterton qué libro llevaría a una isla desierta, respondió: «Un manual de construcción de barcos». Nunca se llega a una isla desierta por primera vez. Aunque pensemos que ninguno antes haya puesto el pie en tal o cual playa, el acto mismo ya existe en los anales de nuestra memoria literaria. El pionero fue Robinson Crusoe, quien pisó la arena para siempre una mañana de octubre de 1659. Desde entonces, esperanzados, no hacemos más que repetir su gesto. Los Robinsones suizos, los repetidos náufragos de la Isla de Gilligan, el séquito del Señor de las Moscas, los patéticos concursantes de la televisión-realidad, el entusiasmado Neil Armstrong dando su gigantesco paso sobre esa isla que es la Luna, todos siguen la coreografía inventada por Daniel Defoe para su pobre gentle man británico. Porque Robinson es un gentleman. No habla otra lengua que el inglés (nos cuenta que deja a bordo varios libros pertenecientes al capitán del navío porque están en portugués), no tiene otra religión que la protestante (también deja atrás ciertos libros papistas), cree firmemente que los que no son como él son todos salvajes (caníbales y, además, negros) 10y se adapta sin mayores quejas a la tarea de civilizar el mundo más allá de las fronteras del Imperio (aunque ese mundo se reduzca a una isla rocosa). Virginia Woolf escribió que Robinson «es incapaz de entusiasmo»: todo se le presenta como se le presentaría a una inteligencia naturalmente cautelosa, aprehensiva y convencional. Todo lo sabe hacer: construir su casa, alzar una empalizada, dibujar mapas del territorio virgen, curtir la piel de cabra y hacerse un traje, plantar trigo, fabricar vasijas de barro, cocinar. ¡Tantas ocupaciones para la mayor gloria de su Majestad Británica y que nadie se entere! Karl Marx, en El capital, anota que todas estas actividades de Robinson no son nada más (y nada menos) que modalidades diferentes de la labor humana.
La biblioteca ideal de Emilio [J. J. Rousseau: Emilio]
La obra Emilio (1985), del filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), se establece como un tratado de antropología pedagógica, análisis de la formación del juicio y reconstrucción del desarrollo moral fundamental que aborda la posibilidad de preservar la bondad natural del hombre dentro de una sociedad corrupta. El volumen se enfoca en la crítica a la educación instructivista y represiva de su tiempo, postulando en cambio que la verdadera formación debe ser una "educación negativa" que proteja el corazón del vicio y el espíritu del error antes de que la razón madure. Rousseau examina la función de la relación entre el maestro (el preceptor) y el discípulo, la estructura de la distinción entre el hombre de la naturaleza y el hombre de la sociedad, el concepto de la experiencia directa como motor del aprendizaje, y la conexión esencial entre la libertad bien regulada y la edificación de un ciudadano autónomo. La obra ilumina la reivindicación de la Erudición Psicopedagógica y el Naturalismo Filosófico no como un manual de crianza, sino como una herramienta analítica rigurosa para desmantelar la ilusión de la sabiduría libresca y comprender la persistencia de las estructuras de la piedad, la voluntad y el contrato social que definen la madurez humana. Es una investigación esencial que ilustra la dialéctica entre la Naturaleza y la Cultura.
I. Marco Conceptual: La Educación Negativa y el Orden de la Naturaleza
El primer eje del análisis se dedica a establecer la posición de Rousseau sobre la prioridad del desarrollo orgánico frente a la imposición social, defendiendo que el niño tiene sus propias formas de ver, pensar y sentir.
El Principio de la Bondad Originaria: El autor postula que "todo es perfecto al salir de manos del Autor de las cosas; todo degenera en manos del hombre". El volumen se dedica a la definición taxonómica de los conceptos clave: Educación Negativa, Libertad Bien Regulada, Amor Propio vs. Amor de Sí, Piedad y Religión Natural.
El Eje de los Sentidos como Cimiento: Se examina el tono experimental y provocador de la obra al abordar los primeros años de vida. Rousseau ofrece una exhaustiva crítica al uso prematuro de la razón, sugiriendo que la experiencia sensorial se identifica como el ámbito fundamental del conocimiento. El autor analiza cómo el contacto directo con las cosas actúa como el motor generador de una inteligencia práctica que no depende de la autoridad ajena. El texto enfatiza la primacía de la explicación biológica: el desarrollo intelectual debe seguir el ritmo de la maduración física para no producir "frutos precoces" sin sabor ni consistencia.
II. Focos de Análisis: La Profesión de Fe y el Hombre Social
El núcleo del estudio se centra en el análisis de las causas que definieron la transición del individuo aislado al ser moral y religioso, capaz de vivir en comunidad sin perder su esencia.
Causas de la Estructura (La Profesión de Fe del Vicario Saboyano): Se examinan las causas primarias ancladas en la necesidad de una espiritualidad sin dogmas. Rousseau incluye este extenso episodio como la fuente que impulsó la moralidad de Emilio. El autor identifica a la conciencia como el escenario donde reside la chispa divina, sugiriendo que la religión debe nacer de la contemplación de la naturaleza y no del adoctrinamiento institucional, lo que le valió la condena de las autoridades eclesiásticas y civiles.
El Eje de la Relevancia (La Integración en la Sociedad): Se aborda la tensión causada por la necesidad de formar a un ciudadano para un mundo degradado. El volumen destaca que Emilio debe aprender un oficio manual para garantizar su independencia. Rousseau analiza la piedad (la capacidad de identificarse con el sufrimiento ajeno) como el recurso esencial para la cohesión social. La obra ilustra cómo la educación es el laboratorio de la libertad, sugiriendo que el legado de Jean-Jacques Rousseau reside en haber puesto el foco en el respeto a la infancia y en la búsqueda de una autonomía que no sea egoísmo, reafirmando que el fin de la educación es formar hombres antes que magistrados o soldados.
Problemáticas Centrales: El análisis concluye con la conexión entre el desarrollo individual y el contrato social. La obra de Jean-Jacques Rousseau vive en la tensión entre el ideal del buen salvaje y la necesidad del orden político. El estudio ilustra cómo Emilio es el recurso esencial para comprender la pedagogía moderna y la psicología del desarrollo, sugiriendo que su valor reside en habernos legado una visión donde la educación es el único camino para reconciliar al hombre consigo mismo y con sus semejantes.
Se llamó Emilio, y su maestro pudo haberse llamado Pigmalión. De la
criatura solo sabemos que era huérfano y que cayó en manos de un
pedagogo apasionado. Del educador, varias contradicciones y un
axioma que las resume todas: «Todo es perfecto cuando sale de las
manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre».
Enunciado también de este otro modo: «El hombre es naturalmente
bueno, pero la sociedad deprava y pervierte a los hombres».
Casualmente, entre las cosas que han fabricado las manos del hombre.
por polı́tico y retórico. Cabe preguntarse por qué —¿en un momento de
debilidad viajera?— toleró a Montesquieu y sugirió la lectura del
Espı́ritu de las leyes como la mejor forma de estudiar «las necesarias
relaciones de las costumbres con el Gobierno».
La biblioteca del Maniobrador de Grúas [Manuel Rivas: Los libros arden mal]
¿Te gusta leer? Eso es lo mejor que te puede pasar en la vida. Escribir tiene otras implicaciones. Otra palabra, mi preferida. Escrúpulo. De scrupulus. Era el nombre que se le daba a una piedrecilla puntiaguda. Podía hacer las veces de cambio en los trueques. Pero después vino el significado que tú conoces. Más que saber lo que es, el escrúpulo se siente, ¿a que sí? Scrupulum injeci homini. He puesto al hombre sobre aviso. Es curioso. Sigue siendo una piedrecilla con aguijón. Lo que pasa es que ahora está dentro del cuerpo. ¿Cuál es la tuya? Una que te guste. Rápido. Ya.
Gabriel dudó por un instante si decir su palabra. Pero el hombre parecía cordial y, por otra parte, decirla le producía el gozo de quien le gasta una broma a un sabio. Acetilsalicílico, señor. No está mal.
De vez en cuando, el juez Samos se refería a Alfonso Sulfe como uno de los hombres más talentosos del país. Una lástima que se encerrase tanto en su cubil. Se veía que gozaba con sus expediciones etimológicas. Cuéntenos, Sulfe, el origen de la palabra chaqueta. Ofrecía entonces la sabiduría del amigo como una atracción en el círculo de la Cripta. Alfonso Sulfe se ruborizaba al principio, pero después se dejaba llevar a unos minutos de gloria.
Podríamos decir que la palabra chaqueta procede del Camino de Santiago. En Francia, Saint-Jacques. Ese es el huevo de la palabra. Jacques.
La biblioteca del Nautilus [Verne: 20 000 leguas de viaje submarino]
El capitán Nemo le enseña a su huésped, el profesor Aronnax, la biblioteca del Nautilus. En sus estanterías de palo santo negro se guardan doce mil libros, según desvela el capitán. Ellos son, asegura, los únicos lazos que lo ligan con la sociedad, desde que decidió embarcar en su submarino y así romper con el mundo para vivir en la libertad de los mares. Ese día compró los últimos volúmenes y, según confía a su pasajero, quiere creer que desde entonces la humanidad no ha vuelto a pensar ni escribir. En su biblioteca submarina está todo lo que necesita y dejó ya de interesarle lo que haya fuera de ella.
" El capitán Nemo se levantó y yo le seguí. Por una doble puerta situada al fondo de la pieza entré en una sala de dimensiones semejantes a las del comedor.
Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustaciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.
-Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.
-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?
-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?
-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.
Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.
Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir, todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta George Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte Claire Deville, de Chasles, de Milne Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije -hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus (…)En este momento el capitán Nemo abrió una puerta situada frente a la que me había abierto paso a la biblioteca, y por ella entré a un salón inmenso y espléndidamente iluminado.
Era un amplio cuadrilátero (diez metros de longitud, seis de anchura y cinco de altura) en el que las intersecciones de las paredes estaban recubiertas por paneles. Un techo luminoso, decorado con ligeros arabescos, distribuía una luz clara y suave sobre las maravillas acumuladas en aquel museo. Pues de un museo se trataba realmente. Una mano inteligente y pródiga había reunido en él tesoros de la naturaleza y del arte, con ese artístico desorden que distingue al estudio de un pintor.
Una treintena de cuadros de grandes maestros, en marcos uniformes, separados por resplandecientes panoplias, ornaban las paredes cubiertas por tapices con dibujos severos. Pude ver allí telas valiosísimas, que en su mayor parte había admirado en las colecciones particulares de Europa y en las exposiciones. Las diferentes escuelas de los maestros antiguos estaban representadas por una madona de Rafael, una virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa del Correggio, una mujer de Tiziano, una adoración de Veronese, una asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un fraile de Velázquez, un mártir de Ribera, una fiesta de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gerard Dow, de Metsu y de Paul Potter, dos telas de Gericault y de Prudhon, algunas marinas de Backhuysen y de Vernet. Entre las obras de la pintura moderna, había cuadros firmados por Delácroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny, etc., y algunas admirables reducciones de estatuas de mármol o de bronce, según los más bellos modelos de la Antigüedad, se erguían sobre sus pedestales en los ángulos del magnífico museo.
El estado de estupefacción que me había augurado el comandante del Nautilus comenzaba ya a apoderarse de mi ánimo.
-Señor profesor -dijo aquel hombre extraño-, excusará usted el descuido con que le recibo y el desorden que reina en este salón.
-Señor -respondí-, sin que trate de saber quién es usted, ¿puedo reconocer en usted un artista?
-Un aficionado, nada más, señor. En otro tiempo gustaba yo de coleccionar estas bellas obras creadas por la mano del hombre. Era yo un ávido coleccionista, un infatigable buscador, y así pude reunir algunos objetos inapreciables. Estos son mis últimos recuerdos de esta tierra que ha muerto para mí. A mis ojos, sus artistas modernos ya son antiguos, ya tienen dos o tres mil años de existencia, y los confundo en mi mente. Los maestros no tienen edad.
-¿Y estos músicos? -pregunté, mostrando unas partituras de Weber, de Rossini, de Mozart, de Beethoven, de Haydn, de Meyerbeer, de Herold, de Wagner, de Auber y de Gounod, y otras muchas, esparcidas sobre un piano órgano de grandes dimensiones, que ocupaba uno de los paneles del salón.
-Estos músicos -respondió el capitán Nemo -son contemporáneos de Orfeo, pues las diferencias cronológicas se borran en la memoria de los muertos, y yo estoy muerto, señor profesor, tan muerto como aquéllos de sus amigos que descansan a seis pies bajo tierra."
20.000 leguas de viaje submarino, Jules Verne
Una biblioteca en un morral de cuero [André Brink: Al contrario]
El africanista André P. Brink («An Act of Violence: Thoughts on
the Functioning of Literature», 1991) propone cuatro pasos para estudiar correctamente
la literatura de la violencia, a saber:
FASE (1) Asumir la existencia de la violencia como una condición de lo humano, en todas
sus esferas.
FASE (2) Analizar las respuestas tradicionales de la literatura a la violencia. Es decir,
conceptualizar la literatura como un fenómeno que ofrece un sistema complejo y sutil de
respuestas a la misma.
FASE (3) Redefinir la violencia en el contexto de la literatura. A saber, las formas en que un
texto presenta las disrupciones sociales y políticas de una época a través de una «violencia
en la articulación».
FASE (4) Estudiar la violencia en la literatura poscolonial africana: «[…] los teóricos de la
literatura africana poscolonial están ya inevitablemente inclinados a aceptar la literatura
como un acto de violencia131 dentro de los parámetros que he marcado (Chinweizu et al.,
Wa Thiong’o, etc.)» (Ibíd., 11).
https://www.larousse.fr/encyclopedie/personnage/Andr%C3%A9_Philippus_Brink/110236
https://scispace.com/pdf/una-poetica-de-la-violencia-la-practica-discursiva-en-5bit30pwd0.pdf
[Dai Sijie: Balzac y la joven costurera china]
La narración se sitúa en los años setenta y en la revolución cultural china. Dos jóvenes amigos, hijos de intelectuales perseguidos, son llevados a una remota aldea de campesinos para ser reeducados. Ahí llegan los dos adolescentes a un mundo duro de trabajos manuales, sin las comodidades a las que estaban acostumbrados, con la ausencia de la libertad de pensamiento y con un deseo inmortal de soñar, de que pueden escapar de ahí. Los dos jóvenes tratan de sobrellevar su aislamiento en un lugar remoto donde sus compañeros de faena tienen vedado el mundo de los pensamientos, la sabiduría, el conocimiento, la lectura, el arte y la cultura. En su lucha diaria tratan de encontrar la belleza del lugar y abrir resquicios de libertad y belleza. Ambos lo consiguen.
A pesar de su desconocimiento y poca valía en los trabajos que se ven forzados a realizar, se convierten en los narradores del pueblo. Les envían a ver las películas que echan en el cine del pueblo grande más cercano, y luego tienen que contárselas a todos. Uno de ellos es violinista y logra también tocar melodías para los habitantes.
“A su lado se hallaba una mujer comunista disfrazada de campesina, con un pañuelo rojo en la cabeza (según un chiste vulgar que por aquel entonces circulaba entre los alumnos, se había envuelto la cabeza con su propia compresa). Aquellos manuales y El pequeño libro rojo de Mao siguieron siendo, durante varios años, nuestra única fuente de conocimiento intelectual. Todos los demás libros estaban prohibidos.”
“Advertí un libro abandonado en una mesa, y me pasmó aquel descubrimiento en una región poblada por analfabetos; hacía una eternidad que no tocaba las páginas de un libro. Me acerqué enseguida, pero el resultado fue más bien decepcionante: era un catálogo de colores de tejidos, editado por una fábrica de tintes.”
“Supongo que son libros dijo Luo rompiendo el silencio. El modo como la ocultas y la aseguras con cerraduras basta para revelar tu secreto: sin duda contiene libros prohibidos. La maleta estaba sin duda llena de libros prohibidos. Hablábamos a menudo de ello, Luo y yo, sin conseguir imaginar de qué tipo de libros se trataba. (Por aquel entonces, todos los libros estaban prohibidos, salvo los de Mao y sus partidarios, y las obras puramente científicas.) Establecimos una larga lista de libros posibles: las novelas clásicas chinas, desde Los Tres Reinos combatientes hasta el Sueño en el Pabellón Rojo, pasando por el Jin Ping Mei, conocido por ser un libro erótico. Estaba también la poesía de las dinastías Tang, Song, Ming y Qin. Y también las pinturas tradicionales de Zu Da, de Shi Tao, de Tong Qicheng… Hablamos incluso de la Biblia, Las palabras de los cinco ancianos, un libro supuestamente prohibido desde hacía siglos, en el que cinco grandes profetas de la dinastía Han revelaban, en la cima de una montaña sagrada, lo que iba a suceder en los dos mil años por venir.
“¿Has oído hablar de la literatura occidental? me preguntó un día Luo
.No demasiado. Ya sabes que mis padres sólo se interesan por su profesión. Al margen de la medicina, no conocen gran cosa.
Con los míos pasa lo mismo. Pero mi tía tenía algunos libros extranjeros traducidos al chino antes de la Revolución cultural. Recuerdo que me leyó unos pasajes de un libro que se llamaba Don Quijote, la historia de un viejo caballero bastante chusco.
¿Y dónde están ahora esos libros?
Se hicieron humo. Fueron confiscados por los guardias rojos que los quemaron en público, sin compasión alguna, justo al pie de su edificio.”
“Tras habernos abierto los ojos, Úrsula Mirouët fue devuelta en el plazo fijado a su propietario titular, el Cuatrojos sin gafas. Habíamos acariciado la ilusión de que nos prestaría otros libros ocultos en su maleta secreta, a cambio de los duros trabajos, físicamente insoportables, que hacíamos para él”
“Nos acercamos a la maleta. Estaba atada con una gruesa cuerda de paja trenzada, anudada en cruz. La liberamos de sus ataduras y la abrimos silenciosamente. En el interior, montones de libros se iluminaron bajo nuestra linterna eléctrica y los grandes escritores occidentales nos recibieron con los brazos abiertos: a su cabeza estaba nuestro viejo amigo Balzac, con cinco o seis novelas, seguido de Victor Hugo, Stendhal, Dumas, Flaubert, Baudelaire, Romain Rolland, Rousseau, Tolstoi, Gogol, Dostoievski y algunos ingleses: Dickens, Kipling, Emily Bronte… ¡Qué maravilla! Tenía la sensación de que iba a desvanecerme en las brumas de la embriaguez.”
“Mis libros preferidos eran, normalmente, las colecciones de cuentos, que narran una historia bien compuesta, con ideas brillantes, a veces divertidas o que te dejan sin aliento, historias que te acompañan toda la vida. Por lo que a las novelas largas se refiere, salvo por algunas excepciones, me mostraba bastante desconfiado. Pero JeanChristophe, con su empecinado individualismo, sin mezquindad alguna, fue para mí una saludable revelación. Me zambullí literalmente en el poderoso río de aquellos centenares de páginas. Era para mí el libro soñado: al acabar de leerlo, ni la maldita vida ni el maldito mundo volvían a ser como antes. ”
“Cada vez que pienso en él, recuerdo una anécdota que me contaron: cierto día, los guardias rojos registraron su casa y encontraron un libro oculto bajo la almohada, escrito en una lengua extranjera que nadie conocía. La escena no dejaba de parecerse a la de la pandilla del cojo en torno a El primo Pons. Fue preciso enviar el botín a la Universidad de Pekín para saber, finalmente, que se trataba de una Biblia en latín. Le costó muy caro al pastor pues, desde entonces, estaba obligado a limpiar la calle, siempre la misma, de la mañana a la noche, ocho horas diarias, hiciera el tiempo que hiciese. Acabó así convirtiéndose en un adorno móvil del paisaje.”
—¿Has oído hablar de la literatura occidental? —me preguntó un día Luo.
—No demasiado. Ya sabes que mis padres solo se interesan por su profesión. Al margen de la medicina, no conocen gran cosa.
—Con los míos pasa lo mismo. Pero mi tía tenía algunos libros extranjeros traducidos al chino antes de la Revolución cultural. Recuerdo que me leyó unos pasajes de un libro que se llamaba Don Quijote, la historia de un viejo caballero bastante chusco.
[Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña]
Tanto Alfredo Bryce Echenique como Martín Romaña pertenecen a la oligarquía limeña, con un padre que es banquero y por el lado materno, con 179 Atenea 509 I Sem. 2014un antepasado que fue presidente de la República1. Ambos se criaron en un ambiente europeizante, con vastas bibliotecas privadas, de autores casi exclusivamente europeos. Por cierto, a los dos, su biblioteca entera se les cae al agua al llegar a Europa (Bryce Echenique, 2005: 266; 2001: 28). Las respectivas madres de Martín Romaña y Alfredo Bryce Echenique adoran a Proust (1993: 21; 2001: 242). Ambas tienen tendencia por el alcoholismo (2005: 389; 2001: 230). Tanto Martín Romaña como Alfredo Bryce Echenique estudian Derecho para complacer al padre, pero finalmente viajan a París a pesar de la oposición de éste. Ambos salen del Perú en el año 1964. Martín Romaña, al igual que Bryce Echenique, desea ser escritor y siente la necesidad de salir de su país para lograrlo.
El trasfondo histórico de la novela es la revolución del 68 en París, y en una entrevista, el mismo Bryce Echenique equipara su relación con los movimientos de mayo del '68 con la de Martín Romaña: "Martín sale a la calle, a la revolución, para conquistar a una mujer, y nada más. Yo viví Mayo del 68 como una aventura erótica (...)" (Lafuente, 1991: 52). Asimismo, Martín Romaña y Alfredo Bryce Echenique descubren que los movimientos de mayo '68, para muchos compañeros son una moda pasajera. La actitud de éstos se caracteriza por sus incoherencias y contradicciones. Martín Roma-ña presiente que a los compañeros revolucionarios les espera un próspero y burgués futuro en América. Su visión y su experiencia corresponden con las que Bryce Echenique expresa en sus Crónicas personales: "París-ciudad en la que descubriste los partidos políticos del progreso y del cambio. Y el infantilismo y el arribismo político. París-ciudad en la que aprendiste a comprender que mucha de aquella gente atravesaba una febril primavera porque estaba en París, para luego retornar a Latinoamérica a engordar o perder el pelo en alguna burocracia militar o simplemente de derecha" (Bryce Echenique, 1988: 144). También las Antimemorias reflexionan sobre la actitud superficial y facilista de la izquierda latinoamericana en Europa: "América Latina no podía ser sino de izquierda en una Europa conservadora y paternalista. Contra esa Europa se vivía muy bien, y contra esa Europa y en esa Europa se vivía aún mejor" (Bryce Echenique, 2005: 54).
La biblioteca de Bastián [Michael Ende: La historia interminable]
Bastián Baltasar Bux, “ Es un muchacho pequeño y francamente gordo, de unos diez u once años”
“Bastián no quería ser ya el más grande, el más fuerte o el más inteligente. Todo eso lo había superado. Deseaba ser querido como era, bueno o malo, hermoso o feo, listo o tonto, con todos sus defectos… o precisamente por ellos”. (1992: 369)
La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.
«La historia de la Biblioteca de Amarganz»
Por eso Aqüil y Muqua fundaron una biblioteca —la famosa Biblioteca de Amarganz— en la que reunieron todas mis historias. Comenzaron por ésta que acabáis de oír, pero poco a poco fueron añadiendo todas las que he contado alguna vez, y finalmente fueron tantas que ni aquellos dos ni sus numerosos descendientes que hoy pueblan la ciudad podrían agotarlas nunca.
. Bastián recordó las palabras de la inscripción que había en la puerta de la Biblioteca de Amarganz. «…
Mas si dijera mi nombre otra vez desde el final al principio,
despediría en un solo segundo
la luz de cien años.»
Ante él tenía una habitación larga y estrecha, que se perdía al fondo en penumbra. En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todotipo y tamaño. En el suelo se apilaban montones de mamotretos y en algunas mesitas había montañas de libros más pequeños, encuadernados en cuero, cuyos cantos brillaban como el oro. Detrás de una pared de libros tan alta como un hombre, que se alzaba al otro extremo de la habitación, se veía el resplandor de una lámpara. De esa zona iluminada se elevaba de vez en cuando un anillo de humo, que iba aumentando de tamaño y se desvanecía luego más arriba, en la oscuridad. Era como esas señales con que los indios se comunican noticias de colina en colina. Evidentemente, allí había alguien y, en efecto, el muchacho oyó una voz bastante brusca que, desde detrás de la pared de libros, decía:
—Quédese pasmado dentro o fuera, pero cierre la puerta. Hay corriente
Los amargancios, naturalmente, se habían lanzado hacía tiempo ansiosamente sobre los libros, los hojeaban, se los leían mutuamente, y muchos se sentaban simplemente en el suelo y empezaban a aprenderse ya algunos pasajes de memoria.
La biblioteca de Matilda
[Roald Dahl: Matilda]
La tarde del día en que su padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo. Al llegar, se presentó a la bibliotecaria, la señora Phelps. Le preguntó si podía sentarse un rato y leer un libro. La señora Phelps, algo sorprendida por la llegada de una niña tan pequeña sin que la acompañara ninguna persona mayor, le dio la bienvenida. —¿Dónde están los libros infantiles, por favor? —preguntó Matilda. —Están allí, en las baldas más bajas —dijo la señora Phelps—. ¿Quieres que te ayude a buscar uno bonito con muchos dibujos? —No, gracias —dijo Matilda—. Creo que podré arreglármelas sola. A partir de entonces, todas las tardes, en cuanto su madre se iba al bingo, Matilda se dirigía a la biblioteca. El trayecto le llevaba sólo diez minutos y le quedaban dos hermosas horas, sentada tranquilamente en un rincón acogedor, devorando libro tras libro. Cuando hubo leído todos los libros infantiles que había allí, comenzó a buscar alguna otra cosa.
Al cabo de una semana, Matilda terminó Grandes esperanzas que, en aquella edición, tenía cuatrocientas once páginas.
—Me ha encantado —le dijo a la señora Phelps—. ¿Ha escrito otros libros el señor Dickens?
—Muchos otros —respondió la asombrada señora Phelps—. ¿Quieres que te elija otro? Durante los seis meses siguientes y, bajo la atenta y compasiva mirada de la señora Phelps, Matilda leyó los siguientes libros:
Nicolas Nickleby, de Charles Dickens.
Oliver Twist, de Charles Dickens.
Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Orgullo y prejuicio, de Jane Austin.
Teresa, la de Urbervilles, de Thomas Hardy.
Viaje a la Tierra, de Mary Webb.
Kim, de Rudyard Kipling.
El hombre invisible, de H. G. Wells.
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
El ruido y la furia, de William Faulkner.
Alegres compañeros, de J. B. Priestley.
Las uvas de la ira, de John Steinbeck.
Brighton Rock, de Graham Greene.
Rebelión en la granja, de George Orwell.
Era una lista impresionante y, para entonces, la señora Phelps estaba maravillada y emocionada, pero probablemente hizo bien en no mostrar su entusiasmo.·”
BROHUMIL HRABAL
Una soledad demasiado ruidosa
Desde hace treinta y cinco años, Hanta trabaja en una trituradora de papel destruyendo libros y reproducciones de cuadros. En cada una de las balas de papel que prepara conviven libros, litografías, ratoncillos aprisionados y su propio esfuerzo. Pero para él, esos libros son mucho más que papel para prensar: son toneladas de saber que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos y que Hanta ha ido adquiriendo con su trabajo. Mientras deambula por Praga, repasa su vida a la vez que reflexiona sobre las enseñanzas de los grandes maestros: Lao Tse, Nietzsche, Hegel o Kant.
Hanta es un hombre solitario que trabaja desde hace treinta y cinco años en una prensa de papel y bebe alcohol a todas horas. La prensa está en el sótano de una casa donde Hata convive con unos seres que le hacen compañía y con los que mantiene una relación cordial, “nadie creería cuántos ratoncitos hay en un sótano, tal vez doscientos, tal vez quinientos, son unos bichitos amistosos y casi ciegos que tienen una cosa en común conmigo: se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller encuadernados en marroquí”
“aunque lleva treinta y cinco años trabajando en el reciclado de papel, Hanta no se ha acostumbrado todavía a contemplar con indiferencia la destrucción de los libros de Hegel, Kant, Nietzsche, Schelling, Goethe, Hölderlin, Novalis… Libros cuya lectura alivia su monótona y solitaria tarea, a muchos de los cuales redime simbólicamente introduciéndolos, cuidadosamente abiertos «por la página donde el texto es más bonito», en el interior de las balas de papel que va confeccionando”.
“la prensa chafaba cargas enteras de camiones llenos de libros, cargas de libros destinados al reciclaje sin que ni una sola página pudiera embadurnar los ojos y el cerebro de nadie. Al pie de la cima, los trabajadores abrían paquetes (…) sin detenerse a mirar nada porque no podían perder tiempo, la cinta tenía que correr siempre llena, no soportaba que alguien se entretuviese como yo hacía una y otra vez en mi sótano”
“esa avalancha de papeles diversos que le arrojan a Hanta para que los recicle es el mejor resumen de toda obra humana y su irremediable aniquilación. Desde lo más excelso a lo más miserable, nada se salva”
«Trabajé hasta bien entrada la noche y me refrescaba sacando la cabeza por el patio interior, y a través de aquella chimenea de cinco pisos miraba, como el joven Kant, un fragmento del cielo estrellado; después, tomando el asa de la jarra, a cuatro patas y con paso inseguro, subía la escalera y, tambaleándome, me dirigía a la taberna, compraba cerveza y volvía a bajar a tres patas a mi madriguera donde, sobre la mesa, a la luz de la bombilla, tenía abierto el libro Teoría general del cielo, de Inmanuel Kant… En el silencio de la noche, cuando los sentidos reposan calmados, habla un espíritu inmortal en un lenguaje difícil de designar, compuesto de conceptos, que es posible comprender pero imposible describir… Estas frases me afectaron de tal manera que me fui corriendo a sacar la cabeza al patio abierto para mirar el fragmento de cielo estrellado y sólo después continué cargando el papel asqueroso a la prensa con una horca, un papel lleno de familias de ratitas envueltas en una especie de algodón, de telaraña; de hecho, los que trabajan con papel viejo no son humanos, de la misma manera que tampoco lo es el cielo, yo ya sé que alguien lo tiene que hacer, pero en el fondo mi trabajo se reduce a una matanza de inocentes, tal como la pintó Pieter Brueghel, la semana pasada envolví todas las balas con la reproducción de ese cuadro»…
La biblioteca de Krasotkin [F. M. Dostoievski: Los hermanos Karamázov]
"a Kolia le gustaba leer y ya se había leído algunos. A su madre esto no le preocupaba, aunque a veces se quedaba extrañada de que el chico, en lugar de ir a jugar, se pasara las horas muertas con un libro junto al armario. De ese modo, Kolia leyó cosas que no se le debería haber permitido leer a su edad. Por lo demás, aunque el chico seguía sin querer traspasar la famosa línea en sus travesuras, últimamente éstas habían empezado a asustar seriamente a su madre: es verdad que no eran actos inmorales, pero sí temerarios, insensatos. "
¿La Biblioteca de Mr. Todd ? [Evelyn Waugh: Un puñado de polvo]
El viejo señor Todd en "Un puñado de polvo" (1934), que vive en la selva brasileña, tiene un arma y le gusta que le lean a Dickens después de cenar. ¡Ay del viajero letrado que caiga en sus garras! Se verá obligado sin piedad a leer a Dickens hasta el fin de sus días.
El señor Todd ha vivido en el Amazonas durante casi sesenta años (215), pero solo los indígenas conocen su existencia. Reside en una pequeña aldea que no aparece en ningún mapa y que apenas tiene relación con las redes comerciales que se extienden hasta esta zona de la selva. Uno de los lugareños le informa que han visto a un hombre blanco en el bosque, solo y muy enfermo (215). El señor Todd encuentra a Tony, que tiene fiebre, y lo anima a regresar a la aldea, ayudándolo a caminar por sus propios medios. Le proporciona medicina tradicional para la fiebre y poco a poco lo cuida hasta que se recupera.
Mientras Tony se recupera, Todd explica que su madre era de la zona y su padre, misionero de Barbados. Al igual que su padre, Todd se ha casado con muchas mujeres locales y las considera sus esposas, de modo que «la mayoría de los hombres y mujeres que viven en esta sabana son sus hijos» (219). Todd es analfabeto, pero le encantan los libros. Un inglés visitó el pueblo hace algunos años, explica Todd, y solía leer en voz alta fragmentos de su colección de novelas de Charles Dickens. Sin embargo, aquel hombre falleció, por lo que Todd se alegra de que alguien más pueda leerle.
"Era un edificio inmenso, concebido en la última etapa del renacimiento
gótico, cuando el movimiento había perdido su vuelo fantástico y se había
hecho estructuralmente lógico y macizo.
Lo vieron todo: la sala oscurecida por las persianas, que parecía un salón
de actos de colegio; los corredores claustrales; el oscuro patio interior; la
capilla donde, mientras vivieron los padres de Tony, se leían las oraciones
diarias ante familiares y sirvientes; el cuarto de de la platería y el escritorio;
los dormitorios y buhardillas; el tanque de agua oculto detrás de las almenas.
Treparon por una escalera caracol hasta la maquinaria del reloj y esperaron
que diera las tres y media. Luego bajaron con los oídos todavía zumbando,
para ver la colección de esmaltes, marfiles, sellos, cajitas para rapé,
porcelanas, bronces dorados; se detuvieron ante cada cuadro de la galería
revestida de roble y discutieron su historia; sacaron a relucir los infolios más
notables de la biblioteca y examinaron grabados que representaban el edificio
original; libros de cuentas, manuscritos de la vieja abadía, diarios de viaje de
antepasados de Tony. De cuando en cuando Beaver observaba: «Fulano tiene
uno parecido en tal o tal sitio», y Tony contestaba: «Sí, lo he visto, pero creo
que el mío es anterior». Finalmente, volvieron al salón de fumar y Tony dejó
a Beaver con Brenda"
La biblioteca de Bolívar Proaño [Luis Sepúlveda: Un viejo que leía novelas de amor]
La biblioteca de Monseñor Boccamazza [Pirandello: El difunto Matías Pascal]
"Tal suerte me tocó también a mí, y desde el primer día concebí un tan mísero aprecio por los libros, tanto si son impresos como manuscritos (como algunos antiquísimos de nuestra biblioteca), que ahora no me habría puesto nunca a escribir si, como he dicho, no considerara realmente extraño mi caso y de tal índole, que pudiera servir de enseñanza a algún curioso lector que por casualidad, realizándose finalmente la antigua esperanza del bueno de monseñor Boccamazza, viniera a esta biblioteca, a la que dejo este manuscrito, con la condición, sin embargo, de que nadie pueda abrirlo hasta después de cincuenta años de mi tercera, última y definitiva muerte.
Ya que, por el momento (y sólo Dios sabe cuánto me duele), yo me he muerto ya dos veces, la primera por equivocación, y la segunda... ya veréis.
La idea, o mejor, el consejo de escribir, me la ha dado mi reverendo amigo don Eligio Pellegrinotto, que en la actualidad tiene en custodia libros de la Boccamazza, y al cual confiaré el manuscrito en cuanto esté terminado, si llega a estarlo.
Lo escribo aquí, en la iglesita secularizada, a la luz que entra del farol de allá arriba, de la cúpula; aquí, en el ábside, reservado al bibliotecario, y cerrado por una cancela baja de madera con columnitas, mientras don Eligio echa el bofe cumpliendo la misión que heroicamente se ha impuesto de poner un poco de orden en esta verdadera Babel de libros. Me temo que no llegue a lograrlo nunca. Ninguno hasta él habíase preocupado de indagar, por lo menos a bulto, echando una ligera mirada a los lomos, qué clase de libros dejárale Monseñor al Municipio; suponíase buenamente que todos, o casi todos ellos, tratarían de asuntos religiosos. Pero hete aquí que Pellegrinotto ha descubierto, para mayor consuelo suyo, una grandísima variedad de materias en la biblioteca de Monseñor; y como los libros los cogieron a ojo acá y allá en el almacén y los fueron apilando aquí, según se venían a las manos, la confusión es indescriptible. Por razón de vecindad se han establecido entre estos libros amistades sobremanera extrañas; y en una ocasión costó a don Eligio no poco trabajo apartar de un tratado harto licencioso: Del arte de amar a las damas (libros III, de Antón Muzio, por año 1571), una Vida y muerte de Faustino Materucci, benedictino de Polirone, tenido por algunos en opinión de santo (biografía editada en Mantua, 1625). Por causa de la humedad habíanse unido fraternalmente unas con otras las pastas de entrambos volúmenes, siendo de notar que en el libro II del tratado se diserta largo y tendido acerca de la vida y lances monacales.
Don Eligio Pellegrinotto, encaramado todo el día en una escalera de lampistero, suele pescar en las tablas de la biblioteca no pocos de estos libros curiosos y amenísimos. Cuando da con uno así, lo arroja desde lo alto sobre la mesa grande que hay en el centro. Al choque retumba la iglesia entera, y se levanta una nube de polvo, de la cual salen huyendo azoradas dos o tres arañas. Yo acudo desde el ábside, saltándome a piola la cancela; empiezo por darles caza con el libro mismo a las arañas, a lo largo de la polvorienta mesa, y luego abro el libro y me pongo a hojearlo.
De esta suerte, poco a poco, he ido cobrándoles afición a estas lecturas. Ahora don Eligio me dice que debería pergeñar mi libro siguiendo el modelo de los que él va desenterrando en la biblioteca; esto es, dándoles su mismo particular sabor. Pero yo me encojo de hombros y le respondo que ésa no es empresa para mí. Y que me importan más otras cosas.
Todo sudoroso y cubierto de polvo, baja don Eligio de la escalera, y, por lo común, sale a respirar un poco de aire al huertecillo que se ha dado maña en apañar aquí, a espaldas del ábside, sostenido a trechos por estacas y puntales.
– Reverendo amigo – dígole yo, sentado en el poyo, con la barba apoyada en el puño del bastón, mientras él anda cuidando sus berzas- , no me parece que sea ya tiempo el que corre de escribir libros, ni siquiera de escribirlos por broma. En relación con la literatura, como con todo lo demás, tengo que repetir mi habitual estribillo: ¡Maldito sea Copérnico!
La biblioteca de Germain Chazes [Marie-Sabine Roger: Tardes con Margueritte]
Ahora puedo hablaros de los libros porque he leído.
Si no has recibido educación, como es mi caso, no puedes saber lo complicada que es la lectura. Lees una palabra, está bien, la entiendes, igual que la siguiente, y, con un poco de suerte, la tercera también. Las sigues con la punta del dedo, ocho, nueve, diez, doce, así hasta el punto. ¡Y cuando llegas, no te ha servido de nada! Porque por mucho que quieras encajarlo todo, es imposible, las palabras siguen revueltas, igual que un puñado de pernos y tuercas metidos en un bote. A las personas que saben les resulta fácil, se limitan a enroscar lo que hace falta donde hace falta. Quince o veinte palabras no les asustan, eso se llama frase. A mí, durante mucho tiempo, me ocurría algo muy distinto. Sabía leer, por supuesto, porque conocía las letras. El problema era el sentido. Un libro suponía una ratonera para mi orgullo, un puto objeto hipócrita que, a simple vista, parecía inofensivo.
Tinta y papel, ¡vaya tontería! Un muro, sí, un muro contra el que darse de cabezazos.
Por de pronto, no veía qué interés tenía leer si no era por obligación como sucede con los impuestos o los impresos de la Seguridad Social."
"Es gracioso, cuando miro a Margueritte, sólo veo a una abuelita de cuarenta kilos, arrugada corno una pasa, un poco encorvada y con manos temblorosas, pero en la cabeza tiene miles de estanterías de libros, todos muy bien ordenados y numerados. Y no se nota que es inteligente. Bueno, que lo es tanto. Me habla con total normalidad, pasea por el parque, cuenta palomas, igual que hacen las personas corrientes.
No es nada pretenciosa.
Y eso que, según me ha dicho, cuando era joven, las mujeres no estudiaban esas especialidades. Sigo sin entender muy bien qué hacía investigando pepitas, ni para qué servía, pero trabajaba en laboratorios con microscopios, tubos de ensayo y probetas; sólo pensarlo me impresiona.
Eso y también que se pasa el día leyendo.
Bueno, se pasaba."
"De los libros que me regala y que luego leo con el rotulador fosforito en la mano, siguiendo las líneas con el dedo, porque si no me pierdo: repito tres veces la misma línea y ya no entiendo nada de lo que está escrito. Y eso por no mencionar el diccionario, que, ahora, utilizo a menudo gracias a los papelitos que me prepara Margueritte —¿cómo haremos dentro de poco?—, ni el puto pavor que me produce, precisamente, no poder volver a leer yo solo nunca más; porque si antes Margueritte no me cuenta todo el libro, me da miedo que las palabras me entren por los ojos y con las mismas salgan, sin siquiera dar una vuelta por las entendederas.
A Annette no le conté todo. Ya era bastante confesar hasta qué punto soy un pobre idiota, que apenas lee mejor que un niño de siete años. Así que lo del monumento a los muertos y las palomas no merecía la pena. Pensé que de eso, quizá, me ocuparía más adelante.
Annette lloró cuando le hablé de esa enfermedad cuyo nombre he olvidado."
La biblioteca de David Copperfield [Charles Dickens: David Copperfield]
Se siente terriblemente solo y se refugia en la literatura. Lo hace gracias a unos libros de su padre que han quedado olvidados en un pequeño cuarto del piso superior. Simbólicamente, ese cuarto olvidado es la ventana que se abre al mundo de la imaginación frente a la burda, a la odiosa realidad. En el cuarto se encuentra con el citado Tom Jones de Fielding, y también con El vicario de Wakefield, de Goldsmith, con Don Quijote, con Gil Blas, con Robinson Crusoe, con Las mil y una noches y con las novelas del clásico inglés de la sátira Tobias Smollett: Las aventuras de Roderick Random, Las aventuras de Peregrine Pickle, La expedición de Humphry Clinker (Smollett, por cierto, tradujo el Quijote al inglés). Para David estas lecturas mantienen despierta su imaginación y son su esperanza de una vida mejor; su único y constante consuelo.
La biblioteca de Máximo Bru Mansilla [Manuel Longares: El oído absoluto]
Palmira, gestiona la entrega de los libros de un primo recién fallecido, Máximo, a la biblioteca de Pagán, el pueblo imaginario, a un par de horas en coche de Madrid, de procedencia familiar. Máximo es hijo de un malogrado poeta local, Max Bru (¿homenaje al exilado Max Aub?)
Tu cuñado actúa con inconsciencia, explica Ordóñez, se queja del
desprecio que los vencedores de la Cruzada tienen por las bibliotecas y se
propone recuperar la suya de Pagán. Ignora que sus padres quemaron sus
libros al empezar la guerra para evitarse problemas. El comisario Ordóñez
transige con que Max y Bernardo se carteen, pero bajo vigilancia.
«Único morador de la cueva de Monteleón, abordé las reformas. Las
cuestiones que llamo menores no eran insignificantes: un baño debía
desaparecer y tres habitaciones adaptarse. Mudé la cama de Palmira al
dormitorio de mis tíos, en adelante habitación de invitados, reduje la cocina
a mi soltería, el pasillo de enlace con las habitaciones en el que me perdía
de niño fue iluminado y colgué de las paredes carteles de nuestros estrenos.
Naturalmente se dio una mano de pintura, se revisaron enchufes y se
enderezaron sillas y mesas, unas operaciones que parecían autónomas, pero
estaban ligadas a la principal.
En el móvil de todas estas transformaciones estaba el proyecto de
montar una biblioteca con los libros alojados en la caja de caudales. Pensé
instalarla en el despacho de mi tío, pero la heterogeneidad de los libros
coleccionados y la deriva que pudiera adoptar ese despacho si lo convertía
en una sucursal de la oficina de Lavapiés, me empujaron a la rotonda. Con
tal entusiasmo suscribía mi prima la idea de convertirla en biblioteca que no
tuvo bastante con su nuevo nido para intervenir en el mío y concretamente
en esa biblioteca de la que se proclamaba cofundadora. Le agradecí su
ánimo ya que en el transcurso de las obras quizá me sobrepasara la
magnitud de la tarea y la perfidia de los recuerdos.
En ese espacio que yo destinaba a biblioteca, mi tío Bernardo escuchó el
fútbol de la radio tantos domingos y en él conversó conmigo sobre Ignacia.
Fue también el último lugar que pisó mi padre antes de ser trasladado a
Pagán por Resabio. Era un receptáculo enorme, que nos venía grande
cuando éramos cuatro a la mesa, y que sólo el destino que yo pretendía darle –albergar libros y recuerdos familiares– podía encajar en sus
dimensiones. Dos ventanales a la calle Monteleón, que mostraban la caída
del sol por el parque del Oeste, proporcionaban suficiente claridad para
consulta, lectura y tomar notas. Era mi propósito que la biblioteca tapizara
las paredes desde la base hasta el techo, estructurada en baldas que cada
poco estarían cortadas por un soporte vertical, a fin de que los estantes
aguantaran el peso de los volúmenes sin alabearse.
La biblioteca de Manuel [A. Muñoz Molina: Beatus Ille]
Pero tal vez la impostura y el error no estaban en los otros, sino dentro de mi, en esa parte de mí que no podía creer ni aceptar del todo cualquier cosa que fuera demasiado evidente, que exigiera fe y generosidad y ojos cerrados. Aquella noche, antes de irse, Beatriz me dijo que yo no había creído nunca ni en la República ni en el comunismo, que no había traicionado nada porque nunca hubo nada a lo que yo fuera leal, que si en el verano del 37 me alisté de soldado en el ejército dejando mi cargo en el Ministerio de Propaganda no fue para combatir con las armas a los fascistas, sino para buscar la muerte que no me atrevía a darme a mí mismo. (BI: 271)
La biblioteca de Augurio Hipocampo [Cristóbal Serra: Augurio Hipocampo]
Augurio Hipocampo sabía que, en el Evangelio, se esquiva la cuestión del sexo, que unos toman en broma y otros en serio. Jesús no había sido como Moisés, ni como Mahoma, ni como la gente moderna que liga más el sexo con la risa que con el humor.
“¿Había sonreído? Es posible que no fuera lo suyo la sonrisa porque esta fue siempre más o menos compañera de la duda. Además, la ironía, al ser cortante, es obstáculo para la sonrisa. En una raza que ha dado tantos profetas, el ingenio por el ingenio no cabe.” Estas palabras de Augurio Hipocampo, que escuché varias veces de sus labios, subrayaban que, si el lector moderno no era capaz de encontrar el tono irónico en el Evangelio, no sabía leer y menos sabía interpretar.
Los higos son extremadamente venusinos. Se abren como la mujer y, al desmenuzarlos en porciones y cogerlos por el rabillo, la desfloración se produce entre las yemas de nuestros dedos.
El eterno asunto de las relaciones amorosas, con sus conflictos que pueden acabar con ellas, se ha querido zanjar con la institución del matrimonio, para que no se diga que la legalidad no existe. Muy legal será la cosa, pero perfecta y generosa no es, porque en él, a veces, se encuentra todo, menos el amor.
El niño que mama con succiones violentas me hace temer por el sufrido pezón. Mira, te pondré a raya, niño pezonero, y te daré un pedazo de coliflor caliente, para ver si se acaban de una vez los furores de tus labios.
Quieras que no: la Revolución francesa es hito y también hiato.
Hacer reproches a un muerto es como hacer reproches a una piedra.
Abolengo del Asno
Tuvo que ser la Biblia, a la que el tópico tiene por inagotable, y no sin razón, la que me llevó a conceder al Asno importancia capital. Empecé por descubrir que el Génesis hace mención expresa del Asno al referirse a la creación de los animales. No dejaba de ser curioso que otros cuadrúpedos, más vistosos y más vanos, no aparecieran mencionados. Me costaba creer, por otra parte, que aquella especial mención fuera desliz.
Atribuir deslices al libro sacro es irreverencia para los que le tienen el máximo respeto y no constituye escándalo para el incrédulo, que considera que todo libro presuntamente sacro es pura filfa.
Si el Asno estaba tan presente en el Génesis, tenía el sacro autor sus razones y estas no eran otras, para mí, que el carácter cósmico y profético del asno. Me bastaba además contemplar el burro, en su brutal simbolismo, para saber que encarnaba la pura materia, enigma de la creación, objeto de tantas disquisiciones como preguntas. Su lado profético quedaba reforzado por el enlace indudable con la infancia y la apoteosis de Jesús.
Existía entre el misterio bíblico y mi cortedad un profundo divorcio, hasta que se produjo en mí lo que algunos denominan: la metanoia […] El Asno (lo escribo en mayúsculas para darle la dignidad debida) cuenta con una historia portentosa, que no hay nación que la iguale, por mucha hegemonía que haya podido tener. Los imperios, como es sabido, duran a lo más siglos, hasta que se desmoronan, como cualquier casa vieja.
El Asno no ha perdido ni un ápice de su poderío primigenio, pues aún pasea por entre los restos de las civilizaciones calcinadas por los siglos. No hay estampa más adecuada –para dar crédito a lo que afirmo– que contemplar, en nuestros días, cómo el viejo mediterráneo se enorgullece de montar serenamente sobre su burro […].
Siempre fui poco dado a la erudición, a la que tuve por pasatiempo de gente apoltronada en el sitial de la cultura. Ahora, advierto su necesidad, si han de escribirse los anales anisinos.
Escribir su accidentada historia es toda una empresa que tiene ante sí el historiador-poeta. Si yo, que no soy lo uno ni lo otro, tuviera que escribirla, empezaría por hablar de él como animal geórgico y jeroglífico.
La biblioteca de Sylvestre Bonnard [Anatole France: El crimen de Sylvestre Bonnard]
El protagonista, un anciano filólogo, bibliófilo y paleógrafo, es un trasunto del propio autor que, después de toda una vida de ratón de biblioteca, vive un par de peripecias que pondrán un poco de sal en su vida y le permitirán conocer de primera mano el volcán de las pasiones humanas. En la primera, las dificultades que encuentra en la búsqueda de un libro antiguo maravilloso y muy cotizado —en realidad, un catálogo de libros— le harán vivir las más extraordinarias aventuras bibliográficas; en la segunda, encontrarse con la nieta huérfana de un antiguo amor, tan hermosa y atractiva como su abuela, le convertirá en su paternal protector y le hará vivir unas cuantas anécdotas jugosas.
«Yo he construido mi ensueño en mi biblioteca, y cuando me llegue la hora de abandonar este mundo, ¡ojalá me encuentre Dios sobre mi escalera frente a los estantes repletos de libros!»
Pero su vieja pasión no le abandona: mientras de noche está haciendo el catálogo de su biblioteca, no sin remordimientos, se levanta para sustraer a la venta y guardar en un viejo armario, alguno de los manuscritos más preciosos, algún ejemplar de los más raros, del que no se puede separar: roba, pues, a su pupila, y éste es el único delito de su sencilla vida. Ambos episodios se unen en el sentido de que ambos constituyen un progresivo entrar del amor y de la vida en la «ciudadela libresca» del viejo erudito. Pero la gran novedad resulta de la elección del protagonista: por eso Anatole France crea, en cierto modo, un nuevo género: la «novela libresca»; los pensamientos, los cuidados, los juicios sobre el mundo, toda la mentalidad típica del erudito, del hombre culto, se hacen con France verdadera materia novelable, se mezclan a los hechos de la vida cotidiana y colorean de un modo muy especial la propia vida y las pasiones del resto de la humanidad. Lo cual justifica y explica el estilo característico de France novelista, preciosamente culto, refinado y ligero, lleno de agradables digresiones, de sentencias maliciosas, de ágiles alusiones culturales: un estilo compuesto que reúne en sí la gracia centelleante de los filósofos mundanos del siglo XVIII, con los vivos colores del parnasianismo y con la precisión realista de un secuaz de Flaubert y de un contemporáneo de Maupassant.
La biblioteca de Bouvard y Pécuchet [Gustave Flaubert: Bouvard y Pécuchet]
Como hacía un calor de treinta y tres grados, el boulevard Bourdon1 estaba completamente desierto.
Más abajo, el canal Saint-Martin, encerrado entre las dos exclusas, expandía en línea recta su agua de color de tinta. En medio había un barco cargado de madera, y en la orilla dos hileras de barricas.
Más allá del canal, entre las casas que separan unas obras, el gran cielo diáfano se recortaba en franjas de un azul ultramar, y, bajo la reverberación del sol, las fachadas blancas, los tejados de pizarra, los muelles de granito, deslumbraban. Un ruido confuso subía a lo lejos en el aire tibio; y todo parecía entorpecido por la inactividad del domingo y por la tristeza de los días de verano.
Aparecieron dos hombres.
Uno venía de la Bastilla, el otro del Jardin des Plantes. El más alto, vestido de lino, caminaba con el sombrero echado hacia atrás, el chaleco desabrochado y la corbata en la mano. El más bajo, cuyo cuerpo desaparecía en una levita marrón, agachaba la cabeza cubierta con una gorra con la visera en punta.
Una vez que hubieron llegado al centro del boulevard se sentaron en el mismo instante en el mismo banco.
Para secarse la frente, se quitaron los sombreros, que cada uno dejó junto a sí; y el hombrecillo vio escrito en el sombrero de su vecino: Bouvard,2 mientras que el otro distinguía fácilmente en la gorra del individuo enlevitado la palabra: Pécuchet.
—Vaya —dijo—, hemos tenido la misma idea, escribir nuestro nombre en los sombreros.
—¡Dios mío, sí, me lo podrían coger en la oficina!
—Igual que a mí, pues soy empleado.
Entonces se miraron con atención.
El aspecto amable de Bouvard encantó de inmediato a Pécuchet.
Sus ojos azulados, siempre entrecerrados, sonreían en su rostro colorado. Unos pantalones con alzapón, que se abolsaban en la parte inferior sobre unos zapatos de castor, modelaban su vientre, le hinchaban la camisa a la altura de la cintura; y su cabello rubio, rizado de forma natural en ligeros bucles, le daban un no sé qué de infantil.
Emitía de dientes afuera una especie de silbido continuo.
El aspecto serio de Pécuchet sorprendió a Bouvard.
Se hubiera dicho que llevaba una peluca, a tal punto sus guedejas aplastadas y negras adornaban su alto cráneo. Su cara parecía siempre de perfil, debido a una nariz que descendía demasiado. Sus piernas, embutidas en unos tubos de lana ligera, eran desproporcionadas en relación con la largura del busto, y tenía una voz fuerte, cavernosa.
Se le escapó esta exclamación:
—¡Qué bien se estaría en el campo!
Pero los arrabales, según Bouvard, eran insoportables a causa del ruido de los merenderos. Lo mismo pensaba Pécuchet. Comenzaba, no obstante, a sentirse cansado de la capital. También Bouvard.
Y sus miradas vagaban por los montones de piedras para la construcción, por el agua nauseabunda en la que flotaba un montón de paja, por la chimenea de una fábrica que se alzaba en el horizonte; se percibía la exhalación de miasmas de albañal. Se volvieron hacia el otro lado. Entonces tuvieron ante sí los muros del Silo de Reserva.3
Decididamente (cosa que no dejaba de sorprender a Pécuchet) hacía más calor aún en la calle que en casa.
Bouvard le incitó a quitarse la levita. ¡A él le traía sin cuidado el qué dirán!
La biblioteca del senador Pococurante [Voltaire: Cándido o el optimismo]
Tras una cena exquisita, fueron a la biblioteca. Al ver un Homero, magníficamente encuadernado, elogió a aquel ilustrísimo hombre por su buen gusto, añadiendo: —A Plangloss, el mejor filósofo de Alemania, le encantaba este libro. —Pues a mí no—dijo Pococurante secamente—; antaño me hicieron creer que sentía placer al leerlo; pero tantas batallas iguales seguidas, unos dioses que están siempre moviéndose sin ninguna eficacia, esa Helena que es la causante de una guerra y sin embargo apenas tiene peso en la obra; esa Troya asediada y que no se toma nunca: todo ello me produce un aburrimiento mortal. Alguna vez he preguntado a algún entendido si se aburrían al leerlo tanto como yo: las personas sinceras admitieron que el libro les producía somnolencia, pero que había que tenerlo siempre en la biblioteca, como un monumento de la antigüedad, y como esas medallas todas roñosas e inservibles. —¿Y qué piensa Su Excelencia de Virgilio? —dijo Cándido. —Considero—dijo Pococurante —que el segundo, el cuarto y el sexto libro de su Eneida son excelentes; pero respecto a su piadoso Eneas, y al fuerte Cloanto, y al amigo Acato, y al pequeño Ascanio, y al imbécil rey latino, y a la burguesa Amata, y a la insípida Lavinia, pienso que son de lo más frío y desagradable. Prefiero el Tasso y los cuentos de vieja de Ariosto.
Preguntó Cándido:
—¿Os gusta leer a Horacio? —Tiene algunas máximas —dijo Pococurante —que un hombre de mundo podría aprovechar y, como están expresadas en versos vehementes, la memoria los retiene con facilidad; pero a mí me emocionan muy poco el viaje a Brindis, la descripción de aquella mala cena, y la riña de costaleros entre un tal Pupilo, que profería palabras llenas de pus, según su propia descripción, y otro cuyas palabras eran puro vinagre. Sus chapuceros versos contra viejas y brujas sólo me causan asco; y no encuentro ningún mérito cuando le dice a su amigo Mecenas que, por colocarle a él en la categoría de poeta lírico, acariciará las estrellas con su admirable talento. Los tontos lo admiran todo en un autor de fama. Yo ya leo únicamente para mí y sólo aprecio lo que me es útil. Cándido, que había sido educado para no juzgar jamás nada por sí mismo, se sorprendía mucho al oír a aquel hombre mientras Martín encontraba muy razonable la forma de pensar de Pococurante. —¡Oh!, éste es de Cicerón —dijo Cándido—; supongo que no dejaréis de leer a este gran hombre. —Nunca lo leo —contestó el veneciano—. ¿Qué se me da a mí que haya defendido a Rabírius o a Cluentíus? Bastantes procesos tengo yo que juzgar; me gustaban más sus obras filosóficas; pero, al ver que todo lo ponía en duda, llegué a la conclusión de que yo sabía al menos tanto como él y que para ser un ignorante no necesitaba a nadie.
Ah, mira qué hay aquí, ochenta volúmenes de una enciclopedia de una academia de ciencias —exclamó Martín—; a lo mejor hay algo interesante. —Podría haberlo —dijo Pococurante—, sí tan sólo uno de los autores de este revoltijo hubiera inventado aunque sea el arte de fabricar alfileres; pero no hay una sola cosa útil en todos estos libros, todo son sistemas vanos. —¡Cuántas obras de teatro veo ahí —dijo Cándido—, en italiano, en español, en francés! —Sí —comentó el senador—, hay tres mil, y ni tres docenas llegan a ser buenas. Y estos compendios de sermones, que no igualan entre todos una página de Séneca, y todos esos enormes volúmenes de teología, os podréis imaginar que no se leen nunca, ni yo, ni nadie. Martín descubrió unas estanterías llenas de libros ingleses. —Creo —dijo— que un republicano se deleitará con la mayoría de estos libros escritos con tanta libertad. —Sí —contestó Pococurante—; un hermoso privilegio del hombre es escribir lo que se piensa. Pero en Italia no se escribe lo que se piensa, Porque los ilustres habitantes de la patria de Césares y Antoninos no se atreven a tener una sola idea sin consultarla antes con un jacobino. La libertad de los escritores ingleses me complacería mucho si no fuera porque la pasión y el espíritu partidista estropean precisamente todo lo más estimable de esta apreciada libertad.
Al reparar Cándido en un Milton, le preguntó si no veía a este escritor como un gran hombre. —¿Quién? —dijo Pococurante—, ¿ese bárbaro que comenta el primer capítulo del Génesis nada menos que en diez libros de durísimos versos?, ¿ese grosero imitador de los griegos, que desfigura la creación haciendo que el gran Mesías coja un compás de un armario celeste y dibuje con él su obra, en tanto que Moisés nos representa al Ser eterno creando el mundo mediante el verbo? ¿Podría yo estimar a quien ha estropeado el infierno y el diablo del Tasso; a quien viste a Lucifer de sapo o de pigmeo y le hace repetir mil veces los mismos discursos y disertar sobre teología; a quien hace que los diablos disparen un cañón desde el cielo, tratando de imitar, en plan serio, a Ariosto y su relato cómico sobre las armas de fuego? Ni a mí, ni a nadie en toda Italia, le han podido gustar tales extravagancias. La narración de las bodas del pecado y muerte, y del pecado pariendo culebras hace vomitar a cualquier hombre sensible, y la larga descripción de un hospital sólo puede gustar a un enterrador. Es un poema oscuro, extraño, desagradable, que no fue aceptado cuando se publicó; ahora yo lo desprecio como en su país lo despreciaron sus contemporáneos. Además, yo digo lo que pienso y me importa un bledo que los demás no piensen igual que yo. Cándido se sentía mal al oír aquellos comentarios, porque respetaba a Homero y le gustaba algo Milton.
—¡Lástima! —le susurró a Martín—, mucho me temo que este hombre tenga también un gran desprecio por nuestros poetas alemanes. —No habría nada malo en ello —dijo Martín. —¡Oh! ¡Qué hombre tan extraordinario— seguía afirmando Cándido entre dientes , qué inteligencia la de este Pococurante. ¡Nada le gusta! Después de haber revisado de esta manera todos los libros, bajaron al jardín. Cándido expresó admiración por su belleza. —No conozco nada de peor gusto —dijo el dueño—: todo esto no son más que perifollos, pero mañana mismo voy a hacer que planten otro de diseño más distinguido. Finalmente los dos curiosos se despidieron de su Excelencia y Cándido le dijo a Martín: —Bien, no me negaréis ahora que este hombre es el más feliz de todos, ya que desprecia todo cuanto posee. Martín contestó: —¿No os dais cuenta de que está hastiado de lo mucho que posee? Ya lo dijo Platón hace muchos años, que los mejores estómagos son los que no hacen ascos a los alimentos. —Pero —dijo Cándido—, ¿no produce placer el criticarlo todo, el ver defectos allí donde los demás sólo ven belleza? —¿Queréis decir —prosiguió Martín que el no sentir placer puede causar placer?
—¡Vale —dijo Cándido—, así que, cuando vuelva a ver a la señorita Cunegunda, no habrá nadie tan feliz como yo! —Es bueno tener esperanza, —dijo Martín. Los días y las semanas iban pasando entretanto; Cacambo no aparecía, y Cándido estaba tan absorto en su dolor que ni se percató que Paquita y fray Alhelí ni siquiera habían vuelto a darle las gracias.
La biblioteca de Cándido Munafò [Leonardo Sciascia: Cándido, o Un sueño siciliano]
La existencia de un libro que llevaba por título ese nombre, la de un
personaje que vagaba durante las guerras entre ávaros y búlgaros, entre los
jesuitas y el reino de España, eran perfectamente desconocidas por el abogado
Francesco Maria Munafò. Y para qué hablar de la existencia de Francisco
Maria Arouet, que había sido el creador de aquel personaje. Tampoco la
señora sabía del nombre y de la obra de ese escritor, a pesar de que a menudo
leía algún libro, a diferencia de su marido que jamás había tenido entre manos
ninguno cuya lectura no le hubieran exigido las circunstancias de sus estudios
o de su profesión. Cómo pudo ocurrir, pues, que ambos cónyuges hubieran
pasado las etapas primaria, secundaria y universitaria de la enseñanza, sin
jamás haber oído hablar de Voltaire y de Cándido, no es cosa para
asombrarse: todavía ocurre."
"Cándido, pues, leía a Marx. En primer lugar había leído a Gramsci y en
segundo a Lenin; ahora leía los textos de Marx. Con éstos se aburría, pero de
todas maneras se obstinaba en su lectura. Los libros de Gramsci, en cambio,
los había leído con gran interés; y también invadido por la emoción que le
producía el imaginar a aquel pequeño hombrecito endeble y enfermo, que
devoraba libros y anotaba sus reflexiones: y así había logrado vencer al
fascismo y a la cárcel en que le habían encerrado.
La biblioteca de Cincunegui [Pío Baroja: Los pilotos de altura]
"La biblioteca de Altuna debía tener mucho libro de Ignacio Manuel de Altuna, el amigo de Juan Jacobo Rousseau. Cuando Altuna, al que yo conocí con mi padre, se hizo viejo, tomó la manía, por lo que me dijeron, de coger los billetes de banco que le entregaban los inquilinos como pago de las rentas de sus fincas y guardarlos en las hojas de los libros.
Murió el viejo Altuna, que creo que era solterón, y criados y parientes se pusieron a registrar los libros con furia. Yo los ví tirados en un cuarto próximo a la cocina, abiertos y con las hojas rotas
Ser testigo de estos desastres seguramente le sirvió como fuente de inspiración de los pasajes iniciales de su novela Los pilotos de altura, donde a la manera de un testimonio real, uno de tres amigos (“el uno era bibliófilo; el otro, genealogista, y el tercero, yo, más o menos conocido como fabricante de novelas”) narra la visita de éstos a la ficticia localidad de Elguea, a la búsqueda de la biblioteca de Domingo Cincúnegui, historiador local. Penetran en el segundo piso de un caserón donde todavía residía la hermana de Cincúnegui que les mostró lo que quedaba de ella:
Hacia el jardín se hallaba la biblioteca de Cincúnegui, ya abandonada desde la muerte de su propietario. En la biblioteca olía mal, a húmedo, a cerrado, y el olor se unía con el de un sumidero próximo, sin duda atrancado. Era aquella una habitación grande, con una galería de cristales, empapelada con un papel amarillento; el suelo, de roble, oscuro, con las maderas torcidas, carcomidas y alabeadas, sujetas por unos clavos de hierro, gruesos y negros.
A lo largo del cuarto había armarios embutidos en la pared con puertas de cristales rotos, tapadas por cortinas verdes, ya polvorientas y descoloridas.
El bibliófilo registró inmediatamente los armarios; se hallaban vacíos. Algún trapero, en su rebusca, se llevó lo que pudo.
Quedaban tomos incompletos del Diccionario de Madoz, del Semanario Pintoresco Español y de la Ilustración Francesa; páginas sueltas del Derrotero de Tofiño, del poema de Ciscar, de las Conversaciones de Ulloa, láminas de la Francia marítima y números de El Correo de Lúzaro.
Muchas de las páginas faltas y otras de papeles del archivo fueron, probablemente, a parar a la tienda del piso bajo, a la carnicería y a la confitería de enfrente para envolver clavos, chuletas, bollos y dulces en una época menos preocupada de la higiene que la actual. Quizá algunas de las hojas las emplearon las vecinas en hacer papillotes. La hermana de Cincúnegui aseguró que muchos papeles habían ido a la buhardilla y se los comían las ratas.
En la biblioteca, en medio, sobre una mesa cubierta con una gutapercha negra, entre una carpeta y una escribanía de cobre, se veía un saco de habichuelas, y al lado, en un sillón de terciopelo verde, ya raído, una cesta de tomates.
Se notaba que el erudito historiador, pobre de medios, quiso disfrazar alguna de las fallas de su biblioteca; un trozo de mármol de la chimenea, roto, se hallaba sustituido por un pedazo de madera pintado; un vano entre la chimenea y la pared se hallaba cubierto por un biombo empapelado; en aquel momento las fallas quedaban más en evidencia.
El pobre erudito del pueblo pensó y soñó en aquel rincón. Probablemente, para él, su biblioteca fue un sitio ameno, un lugar de delicias. Allí trabajó en sus recuerdos históricos, tomó datos de la historia de Lúzaro, cosa que no interesaba en una época ya exclusivamente positivista y deportiva.
El historiador local buscó datos sobre los marinos nacidos en la villa y en sus contornos, y creyó llamar la atención de la gente con estas cosas. Para Cincúnegui su cuarto de trabajo tuvo sus días de esplendor: allí le visitaron algunos eruditos vascófilos, entre ellos dos franceses y un alemán; allí se albergó la redacción de El Correo de Lúzaro, que duró seis meses. Ahora, ya en la decadencia, y desaparecido el espíritu vital animador de todo aquello, en la biblioteca se tendía la ropa los días de lluvia, se guardaban tiestos y se ponían a secar las habichuelas y las manzanas.
En este penoso escenario, los tres amigos encuentran un grueso tomo manuscrito en el que reconocen la letra de Cincúnegui, que resulta ser la obra Los pilotos de altura. Baroja emplea aquí la metaficción al atribuirle la autoría de Los pilotos de altura al personaje de novela Domingo Cincúnegui (un recurso literario utilizado por Cervantes en el Quijote y que también empleó en nuestro tiempo Umberto Eco en El nombre de la rosa). Cincúnegui aparece citado en otra novela, Las inquietudes de Shanti Andía, y se convierte nuevamente en narrador en La estrella del capitán Chimista, novelas que junto con Los pilotos de altura y El laberinto de las sirenas integran la tetralogía de Baroja titulada El Mar:
Al retirarnos de la ventana pensamos de nuevo en la decadencia de la biblioteca del erudito. En pocos años, el tiempo dispersaba su trabajo, reduciéndolo a la nada.
En uno de aquellos armarios, sirviendo como de sostén a un aparador, se veía un tomo grueso, grande. Lo abrimos. Era un manuscrito con letra de Cincúnegui. Probablemente habría tardado en escribirlo varios años.
—Me gustaría leerlo —le dije yo al bibliófilo.
—Pues lléveselo usted. Esta señora le dejará a usted llevárselo.
—Sí, sí; puede usted llevárselo, si quiere. ¿Para qué sirve? —contestó la vieja con su voz seca.
Tomé el tomo grueso en la mano, y salimos los tres de la casa a buscar el automóvil.
Baroja emplea aquí la metaficción al atribuirle la autoría de Los pilotos de altura al personaje de novela Cincúnegui (un recurso literario utilizado por Cervantes en el Quijote y que retoma en nuestro tiempo Umberto Eco con El nombre de la rosa). Cincúnegui aparece citado en Las inquietudes de Shanti Andía y se convierte nuevamente en narrador en La estrella del capitán Chimista, novelas que junto con Los pilotos de altura y El laberinto de las sirenas integran la tetralogía de Baroja titulada El Mar.
Y en las siguientes líneas Baroja demuestra su preocupación por la incuria del pueblo hacia la ilustración y el conocimiento escrito, reflexiones premonitorias para nuestra época dominada por el chat y las redes sociales, donde lo trivial parece ser sinónimo de virtual, y donde lo antiguo significa caduco:
—¡Qué terrible desdén por esta clase de trabajos tiene nuestra gente! —dije yo.
—Es natural, no le interesan —repuso el bibliófilo—. Ya no interesan más que los boxeadores, los corredores, el cine y el automóvil.
—Mal porvenir para los aficionados a los libros.
—Lo mismo nos pasará a nosotros —indicó el bibliófilo—. Nuestras bibliotecas se dispersarán; nuestros papeles se los comerán los ratones.
El genealogista y yo dijimos, convencidos:
—No hay ninguna duda.
—Realmente, en España —añadí yo—, el público no necesita escritores. Con que haya cafés y cinematógrafos les basta. Con el tiempo se podría hacer desaparecer definitivamente a los autores. Una buena medida sería, por ejemplo, comenzar metiendo en la cárcel a todo el que escribiera un libro."
La biblioteca de Bouville [Jean-Paul Sartre: La náusea]
"Esta mañana en la biblioteca, cuando el Autodidacto[5] vino a darme los buenos días, tardé diez segundos en reconocerlo. Veía un rostro desconocido, apenas un rostro. Y además su mano era como un grueso gusano blanco en la mía. La solté en seguida y el brazo cayó blandamente."
"Subimos la escalera. No me dan ganas de trabajar. Alguien ha dejado Eugénie Grandet sobre la mesa; el libro está abierto en la página veintisiete. Lo tomo maquinalmente, me pongo a leer la página veintisiete, luego la veintiocho; no tengo ánimos para empezar por el principio. El Autodidacto se dirige a los estantes de la pared con paso vivo; trae dos volúmenes que deja sobre la mesa, con la expresión del perro que ha encontrado un hueso.
—¿Qué lee usted? Me parece que le repugna decírmelo; vacila un poco, revuelve sus grandes ojos extraviados, y me tiende los libros como con violencia. Son La turba y las turberas de Larbalétrier, e Hitopadesa o la instrucción útil de Lastev. ¿Pues bien? No veo qué es lo que le molesta; estas lecturas me parecen muy decentes. Para tranquilizar mi conciencia hojeo Hitopadesa, y sólo veo cosas elevadas."
La biblioteca de Carlos Brauer [Carlos María Domínguez: La casa de papel]
- "...un lector es un viajero por un paisaje que ha sido hecho"
Las polémicas sobre la famosa frase se extendieron por la universidad y hubo un torneo de estudiantes bajo la convocatoria «Relaciones entre realidad y lenguaje». Se calcularon los pasos de Bluma en la vereda del Soho, los versos de los sonetos que habría llegado a leer, la velocidad del vehículo; se debatió con celo sobre la semiótica del tránsito en Londres, el contexto cultural, urbano y lingüístico del segundo en que la literatura y el mundo colapsaron sobre el cuerpo de la querida Bluma.
Yo debí suplantarla en el Departamento de Lenguas Hispánicas, ocupar su oficina y hacerme cargo de sus cursos, nada seducido por el rumbo de las discusiones.
Una mañana recibí un sobre dirigido a mi difunta colega. Traía sellos postales de Uruguay, y si no fuera por la ausencia de remitente hubiera creído que se trataba de una de esas ediciones de autor que solían enviarle, con la expectativa de que la reseñara en una revista académica. Bluma nunca hacía eso, salvo que el autor fuera lo bastante conocido como para sacarle algún rédito. Solía pedirme que se los llevara al depósito de la biblioteca, no sin antes anotar en la tapa «UTC» (Unlikely To Consult: consulta improbable), que parecía condenarlo para siempre.
En efecto, era un libro, pero no el que esperaba. Apenas abrí el sobre sentí una instintiva aprehensión. Me dirigí a la puerta de la oficina, la cerré y volví a contemplar el desquiciado y viejo ejemplar de La línea de sombra. Conocía la tesis que preparaba Bluma sobre Joseph Conrad. Pero lo sorprendente era que la cubierta y la contratapa traían adherida una mugrienta costra. Los cantos de las páginas mostraban pequeñas partículas de cemento que derramaron un polvillo fino sobre la espejada madera del escritorio.
Saqué un pañuelo y atrapé, perplejo, una pequeña piedra. Era portland, sin duda, restos de mezcla que debían haberse pegado al libro con una solidez mayor, antes de un deliberado intento por quitarlas.
La biblioteca del coronel Bantry [Agatha Christie: Un cadáver en la biblioteca]
. La señora Bantry se sentó en la biblioteca después de cenar y se acostó poco antes de las diez. Apagó las luces al salir de la habitación y, al parecer, nadie entró allí después. La servidumbre se acostó a las diez y media, y Lorrimer, después de dejar la bandeja con las bebidas en el vestíbulo, se fue a la cama a las once menos cuarto. Nadie oyó nada anormal, salvo la doncella tercera, y ésta oyó demasiado. Gemidos, un grito espantoso, pasos siniestros y Dios sabe qué más. La doncella segunda, que comparte con ella una alcoba, dice que su compañera durmió toda la noche de un tirón, sin soltar un respingo siquiera. Son las que inventan cosas así las que nos dan tanto quehacer.
La señorita Marple comprendió entonces lo que había querido decir su amiga al asegurar que la muerta no era de verdad. La biblioteca era una habitación típica de los propietarios de la casa: grande, raída y desordenada. Tenía sus grandes sillones de hundido asiento, y pipas, y libros, y documentos sobre la gran mesa. De las paredes colgaban dos o tres buenos retratos de familia, unas cuantas acuarelas ochocentistas malas y algunas escenas de caza que querían ser cómicas. Había un jarrón de margaritas enun rincón. Todo el cuarto era oscuro, meloso, casero. Proclamaba intensa y frecuente ocupación, uso familiar y eslabones con la tradición. Y sobre la vieja piel de oso tendida ante la chimenea yacía algo nuevo, crudo, espeluznante y melodramático.
La biblioteca de Emma Bovary [G. Flaubert: Madame Bovary]
Al otro lado del pasillo estaba el consultorio de Carlos. Pequeña habitación de unos seis pasos de ancho, con una mesa, tres sillas y un sillón de despacho. Los tomos del Diccionario de Ciencias Médicas, sin abrir, pero cuya encuadernación en rústica había sufrido en todas las ventas sucesivas por las que había pasado, llenaban casi ellos soloslos seis estantes de una biblioteca de madera de abeto.
-Mi mujer apenas se ocupa de eso -dijo Carlos ; aunque le recomiendan el ejercicio, prefiere quedarse en su habitación leyendo.-Es como yo -replicó León-; qué mejor cosa, en efecto, que estar por la noche al lado del fuego con un libro, mientras el viento bate los cristales y arde la lámpara.-¿Verdad que sí? -dijo ella, fijando en él sus grandes ojos negros bien abiertos.-No se piensa en nada -proseguía él-, las horas pasan. Uno se pasea inmóvil por países que cree ver, y su pensamiento, enlazándose a la ficción, se recrea en los detalles o sigue el hilo de las aventuras. Se identifica con los personajes; parece que somos nosotros mismos los que palpitamos bajo sus trajes.-¡Es verdad! -decía ella-; ¡es verdad!-¿Le ha ocurrido alguna vez -replicó León- encontrar en un libro una ideavaga que se ha tenido, alguna imagen os cura que vuelve de lejos, y como la exposición completa de su sentimiento más sutil?-¡Sí, me ha sucedido -respondió ella.-Por eso -dijo él- me gustan sobre todo los poetas. Encuentro que los versos son más tiernos que la prosa, y que consiguen mucho mejor hacer llorar.-Sin embargo, cansan a la larga -replicó Emma ; y ahora, al contrario, me gustan las historias que se siguen de un tirón, donde hay miedo. Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se encuentran en la realidad.-En efecto -observó el pasante de notario-, esas obras que no llegan al corazón, se apartan, me parece, del verdadero fin del arte. Es tan agradable entre los desengaños de la vida poder transportarse con el pensamiento a un mundo de no bles caracteres, afectos puros y cuadros de felicidad. Para mí, que vivo aquí, lejos del mundo, es mi única distracción. ¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!-Como Tostes, sin duda -replicó Emma-; por eso estaba suscrita a un círculo de lectores.-Si la señora quiere honrarme usándola -dijo el farmacéutico, que acababa de oír estas últimas palabras-, yo mis mo tengo a su disposición una biblioteca compuesta de los mejores autores: Voltaire, Rousseau, Delille, Walter Scott, L'Echo des Feuilletons, etc., y recibo, además, diferentes periódicos, entre ellos el Fanal de Rouen, diariamente, con la ventaja de ser su corresponsal para las circunscripciones de Buchy, Forges, Neufchátel, Yonville y los alrededores.
La biblioteca del coronel Koshkariov [Nikolái Gógol: Almas muertas]
Los primeros días, Andréi Ivánovich temió por su independencia, que el invitado
le pusiera alguna traba, de una manera u otra, o le impidiera hacer lo que deseaba
introduciendo algún cambio en su modo de vida y que rompiera la feliz rutina de su
jornada; pero sus miedos se revelaron infundados. Nuestro Pável Ivánovich mostró
una flexibilidad extraordinaria en su capacidad de adaptarse a todo. Aprobó el ocio
filosófico de su anfitrión, declarando que le garantizaría una vida muy longeva. Sobre
el aislamiento se expresó con mucha fortuna y afirmó que alimenta grandes ideas en
el hombre. Mientras echaba un vistazo a la biblioteca y daba una opinión elogiosa
sobre los libros en general, observó que éstos rescatan al hombre de la indolencia.
Sus comentarios eran sucintos pero siempre acertados.
Vaya jaleo!», pensó Chíchikov, que ya se quería ir.
—No, no dejaré que se marche. Ahora mi amor propio está herido. Le demostraré
qué significa la dirección orgánica y correcta de una hacienda. Encomendaré su caso
a una persona que vale por todas las demás: ha terminado un curso universitario. Ya
ve qué clase de siervos tengo yo… Y para no perder un tiempo valiosísimo, le ruego
encarecidamente que visite mi biblioteca —dijo el coronel, abriendo una puerta
lateral—. Aquí hay libros, papel, plumas, lápices, de todo. Utilícelo, utilícelo todo:
aquí usted es el amo. La educación debe estar al alcance de todos.
Así hablaba Koshkariov mientras lo introducía en el almacén de libros. Era una
enorme sala atestada de volúmenes, desde el suelo hasta el techo. Había incluso
animales disecados. Libros de toda clase: de arboricultura, ganadería, cría de cerdos,
jardinería; revistas especializadas en todas las materias, de las que se distribuyen por
suscripción, pero que nadie lee. Al ver que todo eran libros de esos que no sirven para
pasar un rato agradable, Chíchikov se dirigió a otra estantería y del fuego cayó en las
brasas: todo eran libros de filosofía. Ante sus ojos aparecieron seis volúmenes
enormes con títulos del tipo: Introducción preparatoria al campo del pensamiento:
Teoría de la comunidad, del conjunto y de la esencia, y su aplicación a la
comprensión de los principios orgánicos de la dicotomía de la productividad social.
Hojease el libro que hojeara, Chíchikov encontraba en cualquier página palabras
como manifestación, desarrollo, abstracto, hermetismo, hermenéutica y el diablo
sabe qué más. «Esto no es para mí», se dijo Chíchikov y se dirigió a una tercera
estantería que contenía los libros de arte. Sacó un volumen enorme con unas
indiscretas estampas mitológicas y se puso a examinarlo. Era la clase de cuadros que
gustan a los solteros de mediana edad y a veces incluso también a esos vejestorios
que se excitan viendo ballets y otros espectáculos picantes. Cuando acabó de mirar
este libro, Chíchikov se disponía a sacar otro por el estilo y en ese momento se
presentó el coronel Koshkariov, con un aspecto radiante y un papel en la mano.
—¡Ya está todo hecho, y magníficamente hecho! La persona de la que le hablé es
decididamente un genio. Por este motivo lo pondré por encima de todos los demás y
crearé un departamento para él. Eche un vistazo y verá qué mente más lúcida y cómo
lo ha resuelto todo en cuestión de minutos.
«¡Gracias a Dios, señor!», pensó Chíchikov y se dispuso a escuchar.
El coronel empezó a leer en voz alta:
«Tras proceder a considerar la tarea que me encomendó Su Señoría, tengo el
honor de exponer lo siguiente:
La biblioteca de Cristóbal V [Anatole France: La camisa]
Capítulo V
LA BIBLIOTECA REAL
Después de invitarles á que tomaran asiento, el bibliotecario indicó a los visitantes que se fijaran en la multitud de libros alineados en las cuatro paredes, desde el suelo á la cornisa.
– ¿No los oís? ¿Vuestros oídos no perciben su algarabía? Pues me han dejado sordo. Hablan todos a la vez y en idiomas diferentes. Disputan, lo analizan todo y de todo tratan: Dios, la Naturaleza, el Hombre, el Tiempo, el Espacio y el Número; lo Cognoscible y lo Incognoscible, el Bien y el Mal; todo lo afirman y todo lo niegan. Razonan y disparatan con igual facilidad. Los hay ligeros y los hay graves; los hay alegres y los hay tristes; los hay voluminosos y los hay concisos. Muchos parece que se proponen solamente no decir nada; cuentan las sílabas y hermanan los sonidos, atentos á leyes cuyo significado y origen ignoran; son los más satisfechos de sí mismos. Los hay de una especie austera y obscura, que sólo hacen especulaciones acerca de asuntos desprovistos de toda cualidad sensible y expuestos de modo que no sufran las contingencias naturales; se revuelven en el vacío y se agitan en las invisibles categorías de la nada; son encarnizados discutidores que muestran un furor sanguinario para sostener sus entidades y símbolos. Nada os digo de los que hacen la historia de su tiempo y de los tiempos ya pasados, porque nadie los cree. En junto se reúnen ochocientos mil libros en esta sala, y seguramente no hay dos que se hallen de acuerdo sobre ningún asunto, porque hasta los mismos que se copian no están de acuerdo entre sí. Con frecuencia ignoran lo que dicen y lo que han dicho aquellos de donde lo tomaron.
Señores: sumergido en esta algarabía universal, acabaré volviéndome loco de remate, como todos los archiveros que habitaron antes que yo en esta sala de voces infinitas; á menos de venir ya naturalmente idiota, como mi venerable colega el señor Froidefrond, que se halla sentado junto á mí haciendo papeletas del Catálogo con tranquilo afán. La educación y la cultura no han reformado su naturaleza: nació simple y continúa siendo simple. Su homogeneidad no se ha desenvuelto en variedad, porque la unidad no produce la diversidad; y ésta, que apunto de pasada, señores, es la primera dificultad en que tropezamos al inquirir el origen de las cosas; no pudiendo ser única la causa, es preciso que sea doble, triple, múltiple, lo cual se admite difícilmente. El señor Froidefrond tiene una inteligencia sencilla y un alma pura. Vive catalogando. Conoce el título y la forma de todos los volúmenes que cubren las paredes, poseyendo así la sola ciencia exacta que se puede adquirir en una biblioteca; por no haber penetrado jamás en el interior de un libro, se ha librado de la reblandecida incertidumbre, del múltiple error, de la duda espantosa, de la inquietud horrible, monstruos que la lectura crea en un cerebro fecundo. Y vive tranquilo, sosegado, feliz.
– ¡Es feliz!- exclamaron á un tiempo los dos buscadores de la camisa.
– Es feliz- prosiguió el señor Chaudesaigues- pero lo ignora. Y acaso lo es porque lo ignora.
– ¡Ay!- suspiró Saint-Sylvain-. No es vivir ignorar que se vive; no es dichoso el que ignora que lo es.
Pero Quatrefeuilles, que desconfiaba del razonamiento y sólo creía en todo los resultados ofrecidos por la experiencia, se acercó á la mesa donde Froidefond, entre un hacinamiento de libros encuadernados en piel de vaca, en badana, en chagrín, en tela, en pergamino, en piel de tortuga, en madera, oliendo á polvo, á enmohecido, á ratón y á polilla, catalogaba.
– Señor bibliotecario –le dijo-, tened la bondad de contestar á esta pregunta: ¿Sois feliz?
– No conozco ningún libro que se titule así –respondió el viejo catalogador.
Quatrefeuilles, alzando los brazos en señal de abatimiento, volvió á ocupar su silla.
– Reflexionad, señores –dijo Chaudesaigues-, que la antigua Cibeles, llevando al señor Froidefond sobre su seno florido, le hace describir una órbita inmensa alrededor del Sol, y que el Sol arrastra al señor Froidefond con la Tierra y todo su cortejo de astros, á través de los abismos del espacio. ¿Por qué? De los ochocientos mil volúmenes reunidos y alineados en estas paredes, ninguno puede aclarárnoslo. Ignoramos esto y lo demás; no sabemos nada. Las causas de nuestra ignorancia son numerosas, pero estoy persuadido de que la principal es la imperfección del lenguaje. La vaguedad de las palabras produce la confusión de las ideas. Si nos preocupásemos de precisar minuciosamente las palabras de las cuales nos servimos en los razonamientos, nuestras ideas serían más claras y firmes.
La biblioteca de Benjamín, llamado también Benjaminito [Henry Fielding: Tom Jones]
La biblioteca de don Avelino [Pío Baroja: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox]
Su último entusiasmo fue el de la bibliografía, chifladura que tomó como
costumbre, y no con gran pasión. Pero como un hombre, por rico que sea, no puede
pensar en reunir los libros que se han escrito no sólo en el mundo, sino en un país,
Avelino especificó su manía y se dedicó a formar una biblioteca de libros en
dieciseisavo.
Al principio los compraba, los leía, ponía un número en su primera página, una
contraseña y un sello, y los colocaba en la estantería de su gabinete. Habitaba en
aquella época en una casa de huéspedes de la calle de Valverde. Luego empezó a
comprar más libros de los que podía leer; entonces les cortaba las hojas, les pegaba
un número y el sello, pero no los leía. Deseaba llenar las paredes de su gabinete de
libros en dieciseisavo. Ésta era en aquella época su aspiración suprema, y compraba
tomos sin otro objeto.
Pero un día se encontró con que el fin de su vida estaba
realizado. El cuarto se hallaba ya lleno de libros. Era lógico suponer que se
encontraría satisfecho; pues nada, le sucedió todo lo contrario. Salió a la calle y se
encontró sin saber qué hacer. «¿Qué otra ocupación puede tener un hombre que no
sea la de comprar libros?», se preguntó. Las librerías de viejo le atraían; ellas eran el
imán; él, el acero, o al contrario. ¡Allá estaban! ¡En dieciseisavo! Pero no, no; don
Avelino tenía voluntad y se marchó a su casa. Al día siguiente experimentó otra vez
la imantación. Se fue acercando al puesto de libros. Tenerlos allá y no poderlos
comprar, ¿no era una pena?
Se decidió por fin, se fue a un rincón, se dio explicaciones a sí mismo, accionó, y
viendo que el otro no se convencía, le llamó imbécil, y cogiendo dos o tres tomos de
la librería y pagándolos se marchó con ellos. Colocó los libros aquel día y los
siguientes en la mesilla de noche, luego en un baúl, después debajo de la cama.
Su biblioteca literaria constaba de cuatro
tomos: la Biblia, obras de Shakespeare, las comedias de Moliere y el Pickwick de
Dickens.
De una comedia de Moliere había sacado Silvestre el nombre de su perro. Cuando
éste era pequeño y aún no tenía nombre, leía Paradox en voz alta una escena de Le Bourgeois Gentilhomme.
Era, ésta:
EL MUFTÍ. ¿Dice, Turque, qui star quista? ¿Anabatista? ¿Anabatista?
LOS TURCOS. Yoc.
El perro de Silvestre, al oír Yoc, enderezó las orejas.
EL MUFTÍ. ¿Zuinglista?
LOS TURCOS. Yoc.
EL MUFTÍ. ¿Coffita?
LOS TURCOS. Yoc.
EL MUFTÍ. ¿Husista? ¿Morista? ¿Fronista?
LOS TURCOS. Yoc, Yoc, Yoc.
Mientras tanto. Silvestre pedía el Diccionario Filosófico de Voltaire y se
entretenía con su lectura. Así estuvo varios días frecuentando la Biblioteca, hasta que
su amigo el bibliotecario le dijo que había encontrado ya en la Gaceta la ley de
capellanías. Silvestre hizo el extracto de ella y se lo envió a su primo; pero como
había tomado la costumbre de pasar el tiempo en la Biblioteca, en donde se estaba
bastante fresco en el verano, se le ocurrió entregarse a la lectura, y después de pensar
y discurrir a qué clase de libros se dedicaría con más asiduidad, decidió dedicarse a la
lectura de obras filosóficas. Encontraba a la filosofía muchas— ventajas;
primeramente, la de no servir para nada, ventaja de las más grandes, y, además, la de
no exigir experimentos ni pruebas de gasto.
Avelino, Silvestre y don Pelayo se dieron un atracón de leer libros en la
Biblioteca, aprendieron muchas cosas, pero, en cambio, no llegaron a saber si veían o
no de noche los tales roedores.
La biblioteca Esparviana [Anatole France: La rebelión de los ángeles]
Deseoso de abarcar todo el círculo de los conocimientos humanos y de enaltecer su genio enciclopédico con un símbolo apropiado y una pompa en consonancia con sus recursos pecuniarios, el barón Alejandro D'Esparvieu había formado una biblioteca de trescientos sesenta mil volúmenes, entre impresos y manuscritos, cuya base principal procedía de los benedictinos de Ligugué. En una cláusula especial de su testamento mandaba a sus herederos que enriquecieran la biblioteca con todo cuanto se publicara de alguna importancia en ciencias naturales, morales, políticas, sociales, filosóficas y religiosas. Había indicado las cantidades que convenía reservar a este objeto, y encargaba a su hijo mayor, Fulgencio Adolfo, que no descuidase dichas atenciones. Fulgencio Adolfo supo cumplir con filial respeto la voluntad expresada por su ilustre padre.
A su muerte, la inmensa biblioteca, cuyo valor representaba una parte cuantiosa de la herencia; quedó pro indiviso entre los tres varones y las dos hijas del senador, y Renato D'Esparvieu, a quien había correspondido el hotel de la calle de Garanciére, encargóse de conservarla. Sus dos hermanas, las señoras de Paulet de Saint-Fain y de Cuissart, pidieron con insistencia que se liquidase aquel improductivo capital; entonces Renato y Gayetano adquirieron la participación de sus dos hermanas para salvar la biblioteca, y el primero cuidó de acrecentarla conforme a los propósitos del fundador; pero al disminuir de año en año la importancia y el número de las adquisiciones, aducía que la producción internacional en Europa era cada vez menos estimable.
La biblioteca Esparviana ocupaba el segundo piso de la antigua residencia. Las obras tenidas en poca estimación, como los libros de exégesis protestante del siglo XIX y del XX, cedidos por Cayetano, se hallaban relegados, sin encuadernar, en la profundidad infinita de los sotabancos. El catálogo, con suplementos, formaba nada menos que dieciocho volúmenes infolio. Este catálogo estaba siempre a la vista y la biblioteca en un orden perfecto. El señor Sariette (Julián), archivero paleógrafo que, pobre y humilde, daba lecciones para ganarse la vida, llegó a ser en 1895 recomendado por el obispo de Agra, preceptor del joven Mauricio, y casi al mismo tiempo conservador de la Esparviana. Dotado de una actividad metódica y de una paciencia obstinada, el señor Sariette había clasificado una por una todas las obras. El sistema concebido y usado por él era de tal modo complejo, la signatura de cada libro se componía de tantas letras mayúsculas y minúsculas, griegas y latinas, de tantas cifras árabes y romanas acompañadas de asteriscos, de dobles asteriscos, de triples asteriscos y de los signos que expresan en aritmética las potencias y las raíces, que su estudio hubiera costado mas tiempo y más esfuerzo del que se necesita para aprender perfectamente el Algebra; y como no fue posible que nadie se resignase a invertir en el conocimiento de aquellos símbolos oscuros horas mejor empleadas en descubrir las leyes de los números, el señor Sariette no tuvo competidor en la tarea de reconocer sus clasificaciones, y llegó a ser de todo punto imposible buscar, sin su ayuda, entre los trescientos sesenta mil volúmenes confiados a su custodia, un libro cualquiera. Tal era el resultado de sus afanes; pero lejos de dolerle sentía con ello una viva satisfacción.
El señor Sariette estaba enamorado de su biblioteca; enamorado y celoso. Todas las mañanas, desde las siete, se hallaba catalogando en su escritorio de caoba. Las papeletas, escritas de su mano, llenaban el monumental casillero que se alzaba junto a él, coronado por un busto en yeso de Alejandro D'Esparvieu, con el pelo ahuecado, la mirada sublime, con una pata de gallo hasta la oreja, como Chateaubriand; la boca, de labios pequeños y carnosos, el pecho desnudo. Al salir, a las doce en punto, se dirigía hacia la estrecha y oscura calle de las Canettes para almorzar en la lechera de Les quatreévéques, frecuentada en otros tiempos por Baudelaire, Teodoro de Banville, Carlos Asselineau, Luis Ménard y un grande de España que había traducido Los misterios de París en el idioma de los conquistadores. Y hasta los ánades que se chapuzan graciosamente sobre la vieja muestra de piedra que ha dado nombre a la calle reconocían al señor Sariette. A la una menos cuarto en punto entraba de nuevo en su biblioteca, de donde no salía hasta la siete para volver a sentarse en Les quatreévéques ante su mesa frugal provista siempre de ciruelas pasas.
La biblioteca de don Eufrasio Macrocéfalo [Clarín: La mosca sabia]
https://www.ensayistas.org/critica/generales/krausismo/textos/clarin2.htm
La biblioteca de don Eufrasio era una habitación tan abrigada, tan herméticamente cerrada a todo airecillo indiscreto por lo colado, que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho manifestación alguna de las que anuncian constipado: don Eufrasio no quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto a la mesa escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento, cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo palabra de ir calentándose poco a poco.
Permítame usted, caballero, que siga yo hablando sin dejarle a usted meter baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean moscas o mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de aquí en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto vieron una ventana abierta; yo no pude seguir a los míos, porque don Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que era la teoría cartesiana, que considera como máquinas a los animales, el pobre sabio quiso matarme cegado por el orgullo, tan mal herido en aquella lucha con la realidad.
Leí todos los libros de la biblioteca, pues para leer me basta pasearme por encima de las letras; y en punto a escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.
La biblioteca de Javer [Ismaíl Kadaré: Crónica de piedra]
Imaginaba que no existía felicidad mayor en el mundo que, tras haber
comido mucho, mucho, fumar y escuchar a los gitanos mientras tocaban el
violín, entornando los ojos como el abuelo.
Cuando crezca, pensaba, compraré una pipa grande y negra que eche
humo como una chimenea, me dejaré la barba como el abuelo y me pasaré
el día leyendo libros enormes, tumbado en la otomana.
—Babazoti —le decía con voz extasiada, como si estuviera soñando—
¿me enseñarás también a mí el turco?
—Te lo enseñaré —me respondía—. En cuanto crezcas un poco más, te
lo enseñaré.
Los gruesos librotes estaban allí, en el baúl, apilados, una multitud
interminable de signos arábigos que esperaban para llevarme consigo y
conducirme a los secretos y a los misterios, pues el camino hacia los
secretos sólo lo conocían las letras arábigas, como las hormigas conocen los
agujeros y las grietas de la tierra.
—Babazoti, ¿y las hormigas? ¿Puedes leerlas?
Reía plácidamente durante un rato y me acariciaba el cabello claro.
—No, hijo, las hormigas no se leen.
—Y ¿por qué? Cuando se amontonan son igual que las letras turcas.
—Eso parece, pero no es así.
—Pero yo las he visto —protestaba por última vez.
Chupaba entonces el cigarrillo y trataba de imaginar qué sentido
tendrían las hormigas si pudieran leerse igual que los libros.
De la pared colgaba un estante con libros. Me aproximé y los miré
ensimismado. Nunca había visto tantos.
—Esto de aquí es el nombre del autor, es decir, del que ha escrito el
libro, y esto el título. Mucho me temo que ninguno de estos libros te guste.
Hurgué entre ellos durante un buen rato. La mayor parte de los títulos
no tenía sentido.
—Dame ése que ha escrito uno que se llama Jung —le dije.
Javer soltó una carcajada…
—¿Tú vas a leer a Jung?
—¿Y por qué no? Escribe sobre la brujería, ¿no es eso?
Javer se echó a reír de nuevo. Me molestó y quise marcharme, pero no
me dejó.
—Anda, coge algún otro —dijo—. A Jung no lo consigo entender ni yo.
Además no está en albanés.
Me puse otra vez a hojear los libros, lo que volvió a llevarme un buen
rato. Javer fumaba y silbaba. Finalmente encontré uno en cuya primera
página leí las palabras «espíritu», «brujas», «asesino primero» e incluso
«asesino segundo».
—Mira, me llevo éste —le dije sin mirar siquiera el título.
—¿Macbeth? Es fuerte para ti.
—Quiero éste.
—Cógelo —dijo—, pero no me lo pierdas.
La biblioteca de Francie Nolan [Betty Smith: Un árbol crece en Brooklyn]
El único árbol en el jardín de Francie no era ni un pino ni una cicuta [...] Algunos lo llamaban el Árbol del Cielo. No importaba dónde cayera su semilla, creaba un árbol que luchaba por alcanzar el cielo. Crecía en parcelas tapiadas y en montones de basura descuidados, y era el único árbol que había crecido en cemento. Creció frondosamente, pero solo en los barrios de viviendas vecinas. Un domingo por la tarde saliste a pasear y llegaste a un barrio bonito, muy refinado. Viste uno pequeño de estos árboles a través de la verja de hierro que daba al jardín de alguien y supiste que pronto esa zona de Brooklyn se convertiría en un barrio de vecindarios. El árbol lo sabía. Llegó ahí primero. Después, los pobres extranjeros se colaron y las tranquilas casas antiguas de piedra marrón fueron desmontadas hasta convertirlas en planos, camas de plumas se colocaron en los alféizares de las ventanas para ventilar y el Árbol del Cielo floreció. Ese era el tipo de árbol que era. Le gustaban los pobres.
Y el niño, Francie Nolan, era de todos los Rommely y de todos los Nolan. Tenía las debilidades violentas y la pasión por la belleza de los chabolas Nolan. Era un mosaico del misticismo de su abuela Rommely, su narración, su gran fe en todo y su compasión por los débiles. Tenía mucho de la cruel voluntad de su abuelo Rommely. Tenía parte del talento de su tía Evy para imitar, algo de la posesividad de Ruthie Nolan. Tenía el amor por la vida de la tía Sissy y su amor por los niños. Tenía la sentimentalidad de Johnny sin su buena imagen. Tenía todas las maneras suaves de Katie y solo la mitad del acero invisible de Katie [...] Ella era los libros que leía en la biblioteca. Ella era la flor en el cuenco marrón. Parte de su vida la hizo el árbol que crecía con fuerza en el jardín [...] Ella era todas estas cosas y de algo más [...] Era algo que había nacido en ella y solo en ella […]
La biblioteca de Fray Vicents [Ramón Miquel i Planas: El librero asesino de Barcelona;
La librería de Fray Vicens.
Fray Vicens había llegado a su fin con la expulsión del monasterio, está equivocado. Una vez fuera del claustro, nuestro monje se asienta en Barcelona y busca la manera de sobrevivir en la gran ciudad. Debe haber pensado en todo, desde buscar un nuevo monasterio, hasta abandonar el hábito. Por lo visto, la crisis no duró mucho y en cuestión de meses, Vicens, abrió una librería.
EL LIBRERO ASESINO
Este libro del docto publicista señor Miquel y Planas pone de relieve la popularidad que ha alcanzado una leyenda inventada a primeros del siglo pasado, referente al amor desmedido que tenía un librero barcelonés a los buenos ejemplares de su tienda, hasta el punto de convertirle en asesino de aquellos clientes que con sumas abundantes tentaban su codicia y se llevaban un libro raro pagando una suma fabulosa.
Leyendo esta obrita de gran atractivo, por su asunto, por su impecable presentación, por sus bellas ilustraciones a varias tintas, y por el cuidado que se ha puesto en la estampación de los textos políglotas, para que se distingan perfectamente de la doctrina sentada por el autor, échase de ver cómo se forma la bola de nieve de una leyenda. De hoy más, nuestro cuerpo legendario cuenta con una pieza de extraordinario valor, incorporada a las compilaciones que se refieren a achaques bibliográficos.
Pero lo que más importa, el trabajo paciente, atinado, sólido de crítica e investigación del señor Miquel y Planas, ha legado a nuestras letras un modelo de trabajos literarios que bien podrán servir de guía a otros parecidos, siquiera para obtener tan favorables resultados sean menester la erudición y el ojo crítico del director y único redactor de «Bibliofilia».
No lleva esta leyenda subtítulo alguno que oriente al lector respecto al contenido del libro, pero luego de engolfarse en su lectura (y a ello invita la amenidad y el estilo que son característicos en su autor), se ve a las claras como la índole de la materia es su fuerte, y por lo tanto don Ramón Miquel se halla en sus delicias narrando, refutando, o haciendo apreciaciones respecto a la posible aparición y a las subsiguientes metamorfosis de esta narración del librero asesino.
Gustave Flaubert: Bibliomanía;
Giacomo es un librero cuya relación con los libros no tiene nada que ver con el amor a la lectura ni a las ideas. Para él, cada volumen es un objeto de deseo casi físico, algo que se posee, se acumula, se codicia. Hay en este personaje una especie de fetichismo que Flaubert dibuja sin concesiones: no es un bibliófilo excéntrico con sus manías encantadoras, sino alguien cuya obsesión lo va vaciando por dentro hasta que el deseo de posesión lo arrastra hacia lo irreparable. No desvelamos más, pero quien espere una historia costumbrista sobre libreros simpáticos se va a llevar un susto considerable.
Charles Nodier: El bibliómano]
«Del bibliófilo al bibliómano no hay más que una crisis (…) El bibliófilo sabe elegir los libros; el bibliómano los amontona. El bibliófilo añade un libro a otro tras someterlo a todas las indagaciones de los sentidos y la inteligencia; el bibliómano apila los libros sin mirarlos siquiera. El bibliófilo aprecia el libro; el bibliómano lo pesa o lo mide. El bibliófilo procede con lupa; el bibliómano, con vara. Sé de unos cuantos que miden la expansión de su biblioteca en metros cuadrados.
La biblioteca de Humboldt [Saul Bellow: El legado de Humboldt]
Había leído muchos miles de libros. Decía que la historia era una pesadilla durante la cual él intentaba conseguir una buena noche de descanso. El insomnio le hizo más erudito. De madrugada leía gruesos volúmenes: Marx y Sombart, Toynbee, Rostovzef, Freud. Cuando hablaba de la opulencia era capaz de comparar el luxus romano con las riquezas de los protestantes norteamericanos. Después solía tocar el tema de los judíos, los judíos con sombrero de seda de Joyce delante de la Bourse. Y acababa con la máscara mortuoria de Agamenón, aquel cráneo chapado en oro que había desenterrado Schliemann. Humboldt sabía hablar. Su padre, inmigrante judío húngaro, había cabalgado con la caballería de Pershing en Chihuahua, persiguiendo a Pancho Villa en un México de putas y caballos (nada que ver con la vida de mi propio padre, un hombrecillo cortés que rehuía cosas como aquéllas). El padre de Humboldt se había sumergido a fondo en América. Humboldt hablaba de botas, cuernos de caza y vivacs. Más tarde llegarían las limusinas, los hoteles de lujo, los palacios en Florida. Su padre vivió en Chicago durante el boom. Se dedicaba al negocio inmobiliario y tenía una suite en el Edgewater Beach Hotel. En verano hacía ir allí a su hijo. Humboldt también conocía Chicago. En la época de Hack Wilson y Woody English, los Fleisher tenían un palco en Wrigley Field. Iban al partido en un Pierce-Arrow o un Hispano-Suiza (a Humboldt le volvían loco los coches). Y allí estaban las encantadoras chicas de John Held, Jr., deslumbrantes, con escarpines.
La biblioteca de los Finzi-Contini [Giorgio Bassani: El jardín de los Finzi-Contini]
—Entonces, si tanto os gustaba ir a la escuela, ¿por qué estudiabais siempre en casa?—pregunté.
—Papá y mamá, sobre todo mamá, se oponían por completo. Mamá siempre ha estado obsesionada con los microbios. Decía que las escuelas están hechas a propósito para propagar las enfermedades más horribles, y de nada servía que el tío Giulio, siempre que venía por aquí, tratara de convencerla de que no tenía razón. El tío Giulio le tomaba el pelo, pero él, a pesar de ser médico, no creía mucho en la medicina, creía más bien en la inevitabilidad y en la utilidad de las enfermedades.
"Respondí que sí, que había optado por una tesis de italiano. Mi vacilación -expliqué- se había debido sobre todo a que hasta pocos días antes había esperado poder doctorarme con el profesor Longhi, catedrático de Historia del Arte, pero, en el último momento, el profesor Longhi había pedido la excedencia por dos años. La tesis que me habría gustado redactar bajo su guía se refería a un grupo de pintores ferrareses de la segunda mitad del siglo XVI y comienzos del XVII: Scarsellino, Bastiniano, Bastarolo, Bonone, Caletti, Calzolaretto y otros. Sólo guiado por Longhi habría podido hacer algo que valiera la pena en relación con semejante tema. Y, en vista de que Longhi había conseguido del Ministerio dos años de excedencia, me había parecido más oportuno dedicarme a una tesis cualquiera de italiano.
Me había escuchado meditabundo.
-Longhi -me preguntó al final, torciendo los labios con gesto de perplejidad-. ¿Cómo? ¿Ya han nombrado al nuevo titular de la cátedra de Historia del Arte?
Yo no comprendía.
-Sí, sí -insistió-. Siempre he oído decir que el profesor de Historia del Arte en Bolonia es Igino Benvenuto Supino, una de las mayores glorias del judaísmo italiano... Conque...
Lo había sido -lo interrumpí-, lo había sido: hasta 1933. Pero desde 1934, para el puesto de Supino, tras la jubilación de éste, habían llamado a Roberto Longhi. ¿No conocía él -proseguí-, contento de sorprender una laguna en su erudición-, los fundamentales ensayos de Roberto Longhi sobre Piero della Francesca y sobre Caravaggio y su escuela? ¿No conocía la Officina Ferrarese del renacimiento ferrarés celebrada ese año en el Palazzo dei Diamanti? Para redactar mi tesis, yo me iba a basar en las últimas páginas de la Officina, que trataban el tema sólo de pasada: de modo marginal, pero sin profundizar.
Yo hablaba y el profesor Ermanno, más encorvado que nunca, me escuchaba en silencio. ¿En qué pensaba? ¿En el número de "glorias" universitarias que habían sido ornato del judaísmo italiano desde la Unidad hasta nuestros días? Era probable.
Cuando, mira por dónde, lo vi animarse de repente. Mirando a su alrededor y bajando la voz hasta reducirla a un susurro ahogado, como si fuera a comunicarme un secreto de estado, me dio la gran nueva: que él poseía algunas cartas inéditas de Carducci, cartas escritas por el poeta a su madre en 1875. Si me interesaba verlas y si las consideraba objeto válido para una tesis de doctorado en italiano, estaba dispuesto a cedérmelas.
Pensando en Meldolesi, no pude por menos de sonreír. ¿Y el ensayo que había de enviar a la Nuova Antoloia? Así, después de tanto hablar, ¿no había llegado a hacer nada? Pobre Meldolesi. Hacía varios años que lo habían trasladado al Minghetti de Bolonia: ¡con gran satisfacción suya, por supuesto! Un día de aquellos que tenía yo que ir a verlo...
Pese a la oscuridad, el profesor Ermanno advirtió mi sonrisa.
-¡Ya sé, ya sé! -dijo-, que vosotros, los jóvenes, de un tiempo a esta parte subestimáis a Giosuè Carducci. Ya sé que preferís a un Pascoli y a un D´Annunzio. "
La biblioteca imperial de Kakania [Robert Musil: El hombre sin atributos]
Sobre el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencia a esquivarlo desplazándose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, de Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto del año 1913.
"Si se pudieran medir los saltos de la atención, el rendimiento de los músculos de los ojos, los movimientos pendulares del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un hombre para conseguir abrir brecha a través de la afluencia de una calle, es de presumir que resultaría -él así lo había imaginado al jugar a investigar lo imposible- una dimensión frente a la cual sería ridícula la fuerza que necesita Atlante para sostener el mundo. De ahí se podría deducir qué esfuerzo tan titánico supone el de un individuo moderno que no hace nada. El hombre sin atributos era en la actualidad uno de ellos."
La biblioteca del laberinto [Pío Baroja: El laberinto de las sirenas]
Toscanelli le dio instrucciones de cómo debía distribuir la casa y de los muebles
que debía comprar.
El Inglés adquirió muebles magníficos, cuadros antiguos y una biblioteca de
treinta mil volúmenes, en la que abundaban los libros de geografía, de historia y de
viajes. La biblioteca se instalaría en una sala del piso bajo, con una galería circular y
una escalera interior para salir al primer piso, y tendría en el techo pintado el cielo
que se veía desde Roccanera, con las constelaciones y las estrellas doradas, copiado y
adaptado de un atlas antiguo.
Sobre los armarios habría estatuas, esferas y globos armilares, y en las paredes,
entre armario y armario, mapas pintados en relieve, con el mar azul lleno de delfines,
surcado por carabelas y galeones. Se compró también un magnífico órgano, que se
colocó en un salón. El Inglés recibía constantemente cajas y fardos y los metía, sin
desembalarlos, en el piso bajo de su casa. Mientras tanto, él vivía en la granja,
modestamente, y esperaba tener todo el mobiliario completo para instalarlo.
Hugo Werner le traía libros de la biblioteca de la universidad, que Hoffbauer
devoraba. Yo ya sabía que Hoffbauer era un hombre de gran talento; pero entonces se
reveló como un verdadero genio.
»El mismo no comprendía lo extraño y lo anómalo de su capacidad. A veces
debía pensar que cuando los demás no podíamos seguirle en el desarrollo de sus
concepciones era solamente por pereza, por no hacer caso. A veces su espíritu parecía
arder e incendiarse y llevaba entonces la claridad a las cosas más abstrusas y oscuras,
y sus ideas parecían relámpagos en medio de las tinieblas.
»Yo le admiraba, pero no le oía. En cambio, Hugo Werner sentía por él una
mezcla de ira y de admiración. Debía pensar: “¿Por qué este hombre tiene este
cerebro privilegiado y yo no? ¿Por qué ha de ir el genio a ese cuerpo miserable y
enteco y no al mío?”.
»Por entonces, Hoffbauer quiso poner en orden sus ideas y hacer un gran libro,
con una nueva exposición del sistema del cosmos.
La biblioteca de Mr. Shandy [Laurence Sterne: Tristram Shandy]
Esto era tan rigurosamente cierto que una noche, cenando, cuando un moscardón se obstinaba en zumbar en torno a su nariz atormentándolo insistentemente, se limito a decir: ¡Vete! Y cuando después de infinitas tentativas lo cogió le dijo: No te voy a hacer daño, y levantándose de la mesa abrió su mano y lo dejó escapar tras abrir la ventana. Vete, pobre diablo, ¿por qué habría de hacerte daño? Este mundo es lo suficientemente amplio para que quepamos juntos tú y yo.
Solamente tenía yo diez años cuando esto ocurrió; pero fuese porque la cosa en sí concordaba mejor con mi temperamento en aquella edad de compasión en la que por cualquier cosa vibraba toda mi sensibilidad, o fuese en cierto modo por la expresión, por la magia del tono de su voz y la armonía de sus movimientos, atemperados por la conmiseración que tocaron mi corazón; fuese por lo que fuese, lo cierto es que la lección de buena voluntad universal que entonces aprendí de mi tío Toby se quedó para siempre grabada en mi mente. Y aunque no desestimo el bien que me ha hecho la lectura de los literae humaniores en la universidad, ni menospreciaré otras influencias benéficas de una exquisita educación que me han sido dadas tanto en casa como fuera, debo reconocer con frecuencia que la mitad de mi filantropía la debo a aquella impresión accidental.
Ocurre que la descripción de este viaje, cuando la revisé, me pareció que era tan superior al estilo y al modo del resto de lo que yo había sido capaz de hacer en este libro, que no podía dejarla sin desmerecer las otras escenas y sin romper, además, ese equilibrio y ese reposado empaque (para bien o para mal) entre capítulo y capítulo, de los que dimanan la armonía y el ritmo de toda la obra. Por mi parte, como no hace mucho que me dedico a esto, no tengo mucha experiencia al respecto, pero estimo que escribir un libro es para todo el mundo algo así como tararear una canción, no hay que perder el tono —señora mía— independientemente de lo alto o bajo que se haga.
La biblioteca de John Cromartie [David Garnett: Un hombre en el zoo]
En su caso, no existían esas dificultades añadidas. Se dijo que él era humilde de corazón y que
renunciaba a su libertad por voluntad propia. Incluso si no se le permitía tener libros, siempre podría observar a los visitantes con tanto interés como ellos lo observarían a él.
Después se preguntó por qué habría ella de ir, y empezó a convencerse a sí mismo de que no había motivo alguno por el que ella pudiera ir a verlo, y de que ése era el temor más irracional que podría hacer presa en él, pero eso no ocurriría.
«No», dijo por fin, sacudiendo al cabeza, «comprendo que tendrá que venir. Ella es libre de ir donde quiera, y un día, cuando yo levante la vista la veré ahí, mirándome aquí en la jaula. Tarde o temprano tiene que ocurrir.» Entonces se preguntó qué motivo podría tener ella para ir a verlo. ¿Por qué habría de ir?, ¿sería para burlarse de él y atormentarlo, o sería porque ahora que era demasiado tarde ella se arrepentía de haberlo mandado allí?
«No», se dijo, «no, Josephine nunca se arrepentirá, o, si se arrepintiera, nunca lo reconocería. Cuando venga será para hacerme más daño del que ya me ha hecho; vendrá a atormentarme porque eso le divierte y yo estoy a su merced. Oh, Dios mío, ella no conoce la clemencia.»
En este punto, el señor Cromartie, tan altivo sólo media hora antes, cuando decía que ya no le importaba en absoluto la humanidad ni nada de lo que la gente dijera, se echó a llorar y a gimotear como un niño, quedándose todo el tiempo escondido en su pequeño dormitorio. Estuvo allí, sentado
en el borde de la cama durante un cuarto de hora, con la cara hundida en las manos y las lágrimas corriéndole entre los dedos. Y todo ese tiempo estuvo dándole vueltas a aquel nuevo miedo, y diciéndose a sí mismo, primero, que su vida ya no estaba a salvo, que Josephine iría con una pistola y le dispararía por entre los barrotes, y después, recobrando el control de sus pensamientos, que a ella él no le importaba nada y no iría por hacerle daño sino por el placer de darse protagonismo y hacer que hablaran de ella sus amigos o los periódicos. Por fin se tranquilizó un poco, se lavó la cara y se refrescó los ojos, y entonces volvió a la jaula, donde pueden ustedes estar seguros de que el gentío estaba impaciente por verlo, después de haber estado esperando tanto rato.
Una vez más se pudo ver que a este señor Cro-martie «no le importaba nada la humanidad ni lo que la gente dijera». Porque en el momento en que entró en la jaula, a la vista del público, pasó de ser una criatura deplorable, con la cara contraída de manera cómica para contener las lágrimas, a estar al instante muy tranquilo, dueño de sí mismo, y a no mostrar atisbo de sentimiento alguno. Sin embargo, ¿demostraba esta fingida calma que no le importaba en absoluto la humanidad?
Cuando hubo enviado esta carta por correo, el
señor Cromartie se sintió en paz y se dispuso a
esperar la respuesta con mucha menos ansiedad
de la que muchos jóvenes habrían sentido en una
situación semejante.
La biblioteca de Nino Pérez Ríos [Almudena Grandes: El lector de Julio Verne]
“En mi pueblo, el invierno empezaba cuando quería el viento, cuando al viento se le antojaba perseguirnos por las callejas y arañarnos la cara con sus uñas de cristal como si tuviera alguna vieja cuenta que ajustar con nosotros, una deuda que no se saldaba hasta la madrugada, porque seguía zumbando sin descanso al otro lado de las puertas, de las ventanas cerradas, para cesar de repente, como empachado de su propia furia, a esa hora en la que hasta los desvelados duermen ya”.
“Mientras bajábamos juntos la cuesta, le comparé con mi padre, con los otros guardias, con los hombres que conocía, y que comprendí que no se parecía a ninguno, y algo más. Nunca en mi vida me había sentido tan cerca de nadie como me sentí aquella tarde de Pepe el Portugués, pero lo que me pasaba era todavía más grande, y tan confuso que no sabía qué nombre ponerle. Era la primera vez que me enfrentaba a la distancia que separa los ídolos de los modelos, y si alguien me hubiera preguntado si admiraba al hombre que caminaba a mi lado, habría contestado que sí, pero no habría dicho la verdad completa”.
El maestro le daba libros, hablaba con él,
resolvía sus dudas, le ponía a prueba, y todos los años, en junio, le acompañaba a
Jaén, donde su alumno se examinaba por libre en el instituto y aprobaba siempre con
buena nota. Hasta que se acabó todo, al maestro lo fusilaron en el cementerio de
Martos, como a los demás, y Elías cometió el error de intentar salvar algún mueble de
aquel naufragio.
—Es una novela —dije solamente—. Y tiene buena pinta. Me gustaría leerla.
—¿Sí? —y me miró como si nunca hubiera oído nada tan raro—. ¿Con lo gorda
que es? —asentí con la cabeza y nos echamos a reír—. Bueno, pues llévatela. Si
alguien la reclama, con decir que no la he encontrado… Pero antes, trae, que quiero
ver una cosa.
Me quitó el libro de las manos, lo puso boca abajo sosteniéndolo por las tapas y
lo movió de un lado a otro, como si creyera que de su interior podría caer algo
valioso.
—Nada —me lo devolvió con un gesto ambiguo, que parecía una sonrisa pero no
terminaba de serlo—. A la gente le gusta esconder dinero en los libros. Se me había
ocurrido que igual llevaba dentro algún billete de mil pesetas, pero no ha habido
suerte.
La biblioteca de Oswald [Roald Dahl: Mi tío Oswald]
Averigüé que, desde el punto de vista literario, monsieur Proust era un hombre
absolutamente carente de escrúpulos que estaba dispuesto a usar tanto la persecución
como el dinero a fin de inspirar artículos encomiásticos sobre sus libros. Y por si todo
esto fuera poco, era absolutamente homosexual. Ninguna mujer, aparte de la fiel
Céleste, recibía jamás autorización para entrar en su dormitorio. A fin de estudiarle
más de cerca, conseguí que me invitaran a cenar en casa de su amiga íntima la
princesa Soutzo. Y allí descubrí que monsieur Proust tenía un aspecto despreciable.
Después de Renoir, volvimos a nuestro cuartel general instalado en el Ritz de
París. Y de allí partimos en pos de Monet. Nos trasladamos en coche a su espléndida
casa de Giverny y dejé a Yasmin junto a la puerta según el método ya establecido.
Yasmin pasó en la casa más de tres horas, pero no me importó en lo más mínimo.
Sabía que me aguardaban en el futuro otras muchas esperas como aquélla, y había
instalado en la parte de atrás del coche una pequeña biblioteca: las completas de
Shakespeare, algunas cosas de Jane Austen, de Dickens, de Balzac, y el último
Kipling.
Las bibliotecas de la bella Hortensia [Jacques Roubaud: trilogía de La bella Hortensia]
¿Qué es el Beeranalyse? Veamos la composición y etimología de la palabra. La cerveza viene del inglés; Es una palabra inglesa que significa "cerveza". Proviene del alemán Bier (en inglés "Beer"). El análisis contiene ana, como en "Anna". Finalmente, está lyse, que sirve para terminar la palabra de forma armoniosa. Cerveza+Anna+Lisa da Beeranálisis.
Beeranalysis viene después de muchos otros análisis x, de los cuales es la gloria suprema; primero está el análisis patético, de Alfred Jarry; existía el psicoanálisis con sus diversas ramas antiguas o recientes, como el S'aimeanalyse de Julio Bouddheveau. Y el padre Sinouls, finalmente, inventó Beeranalyse.
Va así: el paciente, o el paciente, entra en la consulta del padre Sinouls. Hay un escritorio, un sillón delante del escritorio, una lámpara y papeles sobre el escritorio. Hay un sofá. Hasta ahora, nada nuevo. Pero ten cuidado: en la mayoría de los análisis clásicos, el paciente se tumba en el sofá y habla. El analista se sienta en su escritorio y lee su correo. El padre Sinouls había cometido una ruptura epistemológica de importancia decisiva, que a partir de entonces será inevitable..
Él era el que estaba tumbado en el sofá con su cerveza. El Beeranalysed se sentó en el escritorio y habló.
La biblioteca de Pedro Sánchez [José María de Pereda: Pedro Sánchez]
La biblioteca de Peter Kien
[Elias Canetti: Auto de fe]
Biblioteca personal, el apartamento de Peter Kien, absolutamente dominado por sus veinticinco mil volúmenes, con apenas espacio para un escritorio un sofá que el sinólogo protagonista de Auto de fe de Elías Canetti
La Biblioteca Real del regente Felipe de Orleans [Dumas: El caballero de Harmental]
Albert le propuso utilizar su influencia para ver de conseguirle un puesto en la 64 Biblioteca. Buvat saltó de júbilo, sólo con pensar que iba a convertirse en un funcionario público. Aquel mismo día envió su solicitud, escrita con su mejor letra. Albert lo recomendó, y un mes después Buvat recibía la credencial de empleado de la Biblioteca Real, en la sección de manuscritos, con la asignación de novecientas libras.
—Monseñor, un hombre honrado pide hablar con Vuestra Eminencia. Es un empleado de la Biblioteca Real, que a ratos perdidos hace copias.
—¿Y qué quiere?
—Dice que haceros una revelación. Ha mencionado no sé qué relativo a España. —Hacedle entrar. Y vos, comadre, entrad en ese gabinete.
—¿Para qué?
—Pudiera darse el caso de que nuestro escribiente y el capitán se conocieran. La Fillon entró en el gabinete. Un instante después el lacayo abrió la puerta y anunció a Jean Buvat.
—Jean Buvat, empleado de la Biblioteca Real.
—Y tenéis que hacerme alguna confidencia respecto de España…
—Eso es, monseñor; este es el asunto: mi trabajo me deja seis horas libres por la tarde y cuatro por la mañana; como Dios me ha dotado de una bonita y clara escritura, hago copias…
La biblioteca de la Villa San Girolamo [Michael Ondaatje: El paciente inglés]
«Ella tomó un cojín y se lo colocó en el regazo, como para escudarse de él. «Si me haces el amor, no mentiré para ocultarlo y, si te lo hago yo, tampoco».
Se llevó el cojín al corazón, como si deseara sofocar esa parte de sí que se había desmandado.
«¿Qué es lo que más detestas?», preguntó él.
«La mentira. ¿Y tú?».
«La posesividad», dijo él. «Cuando me dejes, olvídame».
El puño de ella salió disparado hacia él y le golpeó con fuerza en el hueso debajo del ojo. Se vistió y se marchó. »
«Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado, como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado, como en cuevas. Deseo que todo eso esté inscrito en mi cuerpo, cuando muera. Creo en semejante cartografía: las inscripciones de la naturaleza y no las simples etiquetas que nos ponemos en un mapa, como los nombres de los hombres y las mujeres ricos en ciertos edificios. Somos historias comunales, libros comunales. No pertenecemos a nadie ni somos monógamos en nuestros gustos y nuestra experiencia. Lo único que yo deseaba era caminar por una tierra sin mapas.
Llevé a Katharine Clifton al desierto, donde está el libro comunal de la luz de la Luna. Estábamos entre los rumores de los pozos, en el palacio de los vientos. »
La biblioteca de Suecia [Danilo Kiš: La Enciclopedia de los muertos]
El hombro recostado en la inestable estantería de madera, el libro sujeto entre los
brazos, leí su biografía, perdiendo por completo la noción del tiempo. Los libros
estaban enganchados por medio de una gruesa cadena a unas anillas de hierro fijadas
en los estantes como en las bibliotecas medievales. Me di cuenta de ello al intentar
llevarme el grueso tomo para acercarlo a la luz.
Sergey Alexandrovich Nilus, autor del Anticristo, el padre Sergey para los
iniciados, llega a la escena histórica directamente de las tinieblas de la historia feudal
rusa. Tras haber perdido sus tierras, se dedica al peregrinaje, de un monasterio a otro,
poniendo largas velas amarillas por la salvación de las almas pecadoras, y golpea su
frente contra la fría piedra de las celdas monásticas. Estudiando las vidas de los
Santos y de los yurodivyi
en las bibliotecas de los monjes, descubre ciertas
analogías con su propia vida espiritual. Esto le da la idea de escribir la historia de sus propias andanzas —desde la anarquía y la impiedad hasta la verdad de la fe— y de
anunciarle al mundo su revelación: la civilización contemporánea se precipita hacia la
ruina, el Anticristo está a sus puertas; ya está poniendo su vergonzoso sello en lugares
recónditos: bajo los pechos de las mujeres, en las ingles de los hombres.
En la misma época en la que está acabando su propia biografía aparecen, pues, los
artículos de Krushevan. «La semilla ha caído sobre un suelo fértil».
El viajero francés Du Chayla publica en mayo de 1921 (creyendo que la
revolución había borrado de este mundo al viejo pecador) un artículo en el cual habla
de Nilus con un respeto que solo se debe a los muertos: «Antes de abrir el valioso
cofre, empezó a leerme fragmentos de su libro y también pasajes de un material que
estaba preparando como documentación: Los sueños del metropolitano Filarete, citas
de una encíclica del papa Pío X, los oráculos de San Serafín de Saboya, extractos de
Ibsen, de Solovyev, de Merezhkovsky… Entonces abrió el cofre. Dentro se
encontraban en un estado indescriptible de desorden varios samovares, cuellos
postizos, cucharas de plata, insignias de varias escuelas técnicas universitarias, la
cifra de la zarina Alexandra Feodorovna, la cruz de la Legión de Honor. La alucinación de Nilus le hacía encontrar en todos estos objetos el “sello del
Anticristo”, en forma de un triángulo o de dos triángulos cruzados: sobre los chanclos
de goma hechos en Riga, en la fábrica “Triángulo”, en la estilizada cifra de las
iniciales de la zarina, en la cruz de la Legión de Honor».
La biblioteca de la abadía de Vectis [Glenn Cooper: La biblioteca de los muertos]
La Biblioteca.
Sus puertas de acero estaban flanqueadas por vigilantes con pistoleras que
intentaban mostrarse lo más amenazadores posible. Introducían los códigos y las
pesadas puertas se abrían de manera silenciosa. Entonces los recién llegados eran
conducidos hacia esa cámara enorme tenuemente iluminada, un lugar tan tranquilo y
sombrío como una catedral, y se quedaban anonadados por la visión que tenían ante
sí.
La Biblioteca era una construcción magnífica, bóvedas frías y secas tan vastas
que a la luz de la antorcha parecían no tener fin. Pasó por el estrecho pasillo central
de la primera cripta y respiró el intenso olor terrenal de las cubiertas de cuero. Le
gustaba hacer una revisión periódica para comprobar que no había roedores hurgando
ni insectos anidando que penetraran su fortaleza de piedra, y habría inspeccionado
escrupulosamente toda la Biblioteca de no haber oído un alboroto detrás de él.
La biblioteca tangerina del bulevar [Juan Goytisolo: Don Julián]
(en la biblioteca del bulevar existe un rico surtido de diferentes modelos
épico, dramático, poético, etc.)
en la vieja e inhóspita biblioteca que diariamente visitas has comprobado
pacientemente los abusos del verbo : cuánta proliferación cancerosa e inútil,
cuánta excrecencia parasitaria y rastrera! : palabras, moldes vacíos,
recipientes sonoros y huecos :
el libro se te cae de las manos y lo devuelves,
mosqueado, al limbo de donde inoportunamente lo sacaste : es la hora de
cerrar : el portero da cuerda al reloj y, mirándote oblicuo, ahoga un cavernoso
bostezo
apúrate Bulián : necesario será que conozcas a tan descomunal caballero
abrirás el libro del Poeta y leerás unos versos mientras te
desnudas : después, tirarás de la correa de la persiana sin una mirada para la
costa enemiga, para la venenosa cicatriz que se extiende al otro lado del mar :
el sueño agobia tus párpados y cierras los ojos : lo sabes, lo sabes : mañana
será otro día, la invasión recomenzará
La biblioteca de Tom Sawyer [Mark Twain: el ciclo de Tom Sawyer y Huck Finn]
Tom Sawyer
Tom se presentó ante la tía Polly, que estaba sentada junto a la ventana abierta de una agradable sala de la parte trasera, que era una mezcla de dormitorio, comedor y biblioteca. El balsámico aire estival, la quietud llena de reposo, el perfume de las flores y el soñoliento zumbido de las abejas habían obrado su efecto, y la tía Polly estaba dando cabezadas sobre su labor de calceta, pues no tenía más compañía que el gato y este se le había dormido en el regazo. Como medida preventiva, se había colocado las gafas sobre su cabeza gris. Estaba tan segura de que Tom habría desertado hacía un buen rato que se maravilló al ver que se entregaba a ella de un modo tan audaz.
El señor Walters comenzó a «exhibirse» con toda clase de ruidos y de actividades oficiales, dando órdenes, emitiendo opiniones, prodigando advertencias aquí y allá, dondequiera que hallaba un blanco propicio. El bibliotecario «se exhibió», corriendo de un lado para otro con los brazos llenos de libros y haciendo buena parte de la bulla y el alboroto con que alardea de autoridad un insecto. Las señoritas profesoras «se exhibían», inclinándose con dulzura sobre alumnos a los que antes habían apuñeado, alzando lindos dedos amonestadores a los niños malos y dando cachetes amorosos a los buenos. Los jóvenes maestros «se exhibían» con leves reprimendas y otras pequeñas muestras de autoridad y fina atención a la disciplina, y gran parte de los profesores, de uno y otro sexo, tenían algo que hacer en la biblioteca; y eran tareas que con frecuencia habían de repetirse dos y tres veces (con mucho disgusto aparente). Las niñas «se exhibían» de maneras variadas, y los chicos «se exhibían» con tal diligencia que las bolitas de papel y el murmullo de las riñas llenaban el aire. Y, dominándolo todo, allí estaba sentado el gran hombre, irradiando una mayestática sonrisa judicial sobre toda la casa, y calentándose al sol de su propia grandeza, pues también él, sin duda, estaba «exhibiéndose».
Huck Finn
–¿Rescaten? ¿Qué quiere decir eso?–Bueno, no lo sé, pero lo he leído en los libros, así que eso es lo que haremos.–Pero ¿cómo vamos a hacerlo si no sabemos qué es?–¡Tenemos que hacerlo! ¿No escuchaste que está en los libros? ¿Quieres hacer todo al revés? ¿No te das cuenta de que los que escribieron los libros saben qué hay que hacer?
Vivimos en esa cabaña y siempre cerraba la puerta con llave; por las noches, la ponía debajo de la almohada. No tardé mucho en acostumbrarme a vivir ahí, y me gustaba... salvo cuando mi papá me castigaba. Todo era bastante tranquilo y la pasaba bien. No tenía que hacer nada, solo pescar, y no había libros ni lecciones. Habían pasado dos o tres meses y mi ropa ya estaba rota y sucia. No entendía cómo me había gustado estar en casa de la viuda, donde había que lavarse, comer en un plato, peinarse y acostarse temprano. Ya no quería volver.
La biblioteca de Valentinito Torquemada, o de prodigios y superdotados [Pérez Galdós: Torquemada en la hoguera]
Cómo se quedó Torquemada al oír esto se comprenderá fácilmente.
Abrazó al profesor, y la satisfacción le rebosaba por ojos y boca en forma
de lágrimas y babas. Desde aquel día, el hombre no cabía en sí: trataba a
su hijo no ya con amor, sino con cierto respeto supersticioso. Cuidaba de
él como de un ser sobrenatural, puesto en sus manos por especial
privilegio. Vigilaba sus comidas, asustándose mucho si no mostraba
apetito; al verle estudiando recorría las ventanas para que no entrase aire,
se enteraba de la temperatura exterior antes de dejarle salir para
determinar si debía ponerse bufanda o el carric gordo, o las botas de agua;
cuando dormía, andaba de puntillas; le llevaba a paseo los domingos o al
teatro; y si el angelito hubiese mostrado afición a juguetes extraños y
costosos, Torquemada, vencida su sordidez, se los hubiera comprado.
Pero el fenómeno aquel no mostraba afición sino a los libros: leía
rápidamente y como por magia, enterándose de cada página en un abrir y
cerrar de ojos. Su papá le compró una obra de viajes con mucha estampa
de ciudades europeas y de comarcas salvajes. La seriedad del chico
pasmaba a todos los amigos de la casa, y no faltó quien dijera de él que
parecía un viejo. En cosas de malicia era de una pureza excepcional; no
aprendía ningún dicho ni acto feo de los que saben a su edad los retoños
desvergonzados de la presente generación. Su inocencia y celestial
donosura casi nos permitían conocer a los ángeles como si los hubiéramos
tratado, y su reflexión rayaba en lo maravilloso.
La biblioteca del Dr. Zerlendi [Mircea Eliade: El secreto del doctor Honigberger]
Me interesaba mucho la vida de aquellos rumanos que se habían dejado dominar por Pasión por Oriente. Para ser honesto, tengo que decir que, muchos años antes Por este incidente, lo descubrí en uno de los anticuarios del muelle Dimbovitei una caja entera con libros sobre China, libros que habían sido todos estudiado durante mucho tiempo, anotado y a veces incluso corregido con lápiz por quien Él los había comprado, y cuya firma había encontrado en la página de guardia de la mayoría muchos de ellos: Radu C. Este Radu C. no había sido más que un aficionado. Sus libros, que está en mi poder hoy, demostraron que había realizado un estudio Lengua china seria y disciplinada. De hecho, había anotado los seis volúmenes de Memoires historiques de Se-Ma Ts'ien, traducido por Édouard Chavannes, corrigiendo todos los errores tipográficos en los textos chinos,Él conocía los clásicos chino en las ediciones de Couvreur, se suscribió a la revista T'oung Pao y compró todos los volúmenes de las Variétés sinologiques que habían aparecido en Shanghaihasta el comienzo de la guerra. Hombre Me interesó cómo reconstruí parte de su biblioteca, aunque no Descubrí su nombre completo durante mucho tiempo. El anticuario había comprado varios cientos volúmenes hacia 1920, y aparte de algunos libros ilustrados, que había vendido Inmediatamente, no encontró aficionados para esta colección de textos y estudios sinológico.
Ver desde el primer vistazo que el doctor había hecho hizo un feliz debut en su colección de libros ocultistas. Faltaban esas obras de vulgarización, especialmente la librería francesa Se estaba desperdiciando en el mercado a finales del siglo pasado. La mayoría estaban desaparecidos libros teósofos, en su mayoría mediocres y equívocos. Sólo algunos de los libros de Leadbeater y Annie Besant, junto con la obra completa de la Sra Blavatsky, a quien convencí, en otra ocasión, de que el Dr. Zerlendi lo había leído atención especial. En cambio, aparte de Fabre d'Oliver y Rudolf Steiner,fuera por Stansilas de Guaita y Hartmann, la biblioteca era extremadamente rica en clásicos ocultismo, hermetismo y teosofía tradicional. Ediciones antiguas de Swedenborg, Paracelsius, Cornelius Agrippa, Bohme, Della Riviera, Pernety se junto con las obras atribuidas a Pitágoras, los textos herméticos, las colecciones Alquimistas famosos, tanto en los grabados antiguos de Salmón como de Manget, cit y en la edición moderna de Berthelot. También hubo libros olvidados por Fisonomía, astrología y quiromancia.tanto en los grabados antiguos de Salmón como de Manget, cit y en la edición moderna de Berthelot. También hubo libros olvidados por Fisonomía, astrología y quiromancia.tanto en los grabados antiguos de Salmón como de Manget, cit y en la edición moderna de Berthelot. También hubo libros olvidados por Fisonomía, astrología y quiromancia.
La biblioteca del cementerio de los libros olvidados [C. Ruiz Zafón: tetralogía de El cementerio de los libros olvidados
;
Un secreto vale lo que aquellos de quienes tenemos que guardarlo. Al despertar, mi
primer impulso fue hacer partícipe de la existencia del Cementerio de los Libros
Olvidados a mi mejor amigo. Tomás Aguilar era un compañero de estudios que
dedicaba su tiempo libre y su talento a la invención de artilugios ingeniosísimos pero
de escasa aplicación práctica, como el dardo aerostático o la peonza dinamo. Nadie
mejor que Tomás para compartir aquel secreto. Soñando despierto me imaginaba a mi
amigo Tomás y a mí pertrechados ambos de linternas y brújula prestos a desvelar los
secretos de aquella catacumba bibliográfica. Luego, recordando mi promesa, decidí
que las circunstancias aconsejaban lo que en las novelas de intriga policial se
denominaba otro modus operandi. Al mediodía abordé a mi padre para cuestionarle
acerca de aquel libro y de Julián Carax, que en mi entusiasmo había imaginado
célebres en todo el mundo. Mi plan era hacerme con todas sus obras y leérmelas de
cabo a rabo en menos de una semana. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que mi padre,
librero de casta y buen conocedor de los catálogos editoriales, jamás había oído
hablar de La Sombra del Viento de Julián Carax. Intrigado, mi padre inspeccionó la
página con los datos de la edición.
—En mi casa tengo una biblioteca con catorce mil volúmenes, Julián. Yo de joven
leí mucho, pero ahora ya no tengo tiempo. Ahora que lo pienso, tengo tres ejemplares
autografiados por Conrad en persona. Mi hijo Jorge no entra en la biblioteca ni a
rastras. En casa la única que piensa y lee es mi hija Penélope, así que todos esos
libros se están echando a perder. ¿Te gustaría verlos?
Las broncas y el ingenio de la bibliotecaria ofrecían un bálsamo impagable con
que sobrevivir a aquellos textos de factura pétrea y seguir con mi peregrinaje
documental.
Cuando Eulalia tenía un rato libre se acercaba a mi mesa y me ayudaba a
poner orden en todo aquel galimatías. Eran páginas en las que abundaban relatos de
padres e hijos, madres puras y santas, traiciones y conversiones, profecías y profetas
mártires, enviados del cielo o de la gloria, bebés nacidos para salvar el universo, entes
maléficos de aspecto espeluznante y morfología habitualmente animal, seres etéreos y
de rasgos raciales aceptables que ejercían como agentes del bien y héroes sometidos a
tremendas pruebas del destino. Se percibía siempre la noción de la existencia terrenal
como una suerte de estación de paso que invitaba a la docilidad y a la aceptación del
sino y de las normas de la tribu porque la recompensa siempre estaba en un más allá
que prometía paraísos rebosantes de todo aquello de lo que se había carecido en la
vida corpórea.
María Zaragoza: La biblioteca de fuego]
En casa de Felipe nos sentábamos a leer los libros de poemas de la
biblioteca familiar, algunos que ni siquiera éramos capaces de comprender
aunque fingiéramos que sí. De vez en cuando, uno recitaba en voz alta unos
determinados versos. Algunos días elegíamos precisamente los más
complicados para sorprender al otro, y eso se convertía en una especie de
competición silenciosa por encontrar lo más difícil. Aquel día me percaté de
que Adela, la hija adolescente de la cocinera que a menudo limpiaba el polvo
mientras nosotros leíamos en silencio, había dejado de trabajar mientras yo
recitaba unos versos de Calderón.
Aquella noche, en la antigua casa del poeta Villalón, cuando la Biblioteca
Invisible había renacido, junto al arquitecto, la impresora, el aprendiz, el
escritor, el Tonto y Rayo de Luna, destacaba un hombre que llevaba un ojo
ortopédico. Un hombre en el que, le advertirían después a Lolita, no se podía
confiar. Sentí frío y negué con la cabeza.
—Creo que deberíamos irnos
La biblioteca de Babel [J. L. Borges: Ficciones]
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante. Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací.
Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
La biblioteca celestial [Fred Schepisi: El genio del amor]
La biblioteca del Capitán Nemo mientras el Nautilus surcaba las profundidades marinas
Algunas noches no podía dormir, puesto que esa inmensa eternidad me llenaba de
terror. Sí, quizá fuera en realidad esa biblioteca suya tan pequeña, compuesta por
doce libros, lo que formaba mi mundo. Quizá los cuentos, las imágenes y las visiones
terroríficas se establecieran ya allí para luego persistir inalteradas. Pero durante
mucho tiempo estuve seguro de cómo iba a terminar: me llevarían a la biblioteca
definitiva, donde los mitos serían reemplazados por la claridad, la angustia por la
explicación, y donde todo al final llegaría a tener sentido.
Era viejo ahora. Tenía un aspecto bastante entrañable. Lo rodeaba su biblioteca.
Ya no eran doce libros, como aquella vez cuando me dio uno de ellos. Ahora se
trataba de centenares, quizá de miles. Enseguida supe que él los había escrito todos.
Se había encerrado en su biblioteca, tal y como había prometido cuando éramos
jóvenes.
Mundo bibliotecario, como es el caso de la Biblioteca Wong, que custodia en la Universidad de Marte —por todos conocida gracias a la serie de dibujos Futurama
En el episodio “de Mars University” de Futurama, que se emitió por primera vez el 3 de octubre de 1999, la tripulación del Planet Express va a Marte, que, en el universo de esta maravillosa comedia animada, ha sido terraformado y tiene un campus universitario típico llamado Mars University. Antes de que el episodio se convierta en un homenaje/parodia a Casa de animales, hay una escena en la que el profesor Farnsworth les cuenta a Leela, Fry y Bender sobre la Biblioteca Wong, y agrega que tiene “la colección de literatura más grande del universo occidental” Después de eso, Fry mira hacia adentro y ve estos dos discos:
Los mejores momentos literarios en Futurama
https://bookriot.com/greatest-bookish-moments-futurama/
«—Nunca hubiera imaginado que la colección Fargas, que figura en todas las bibliografías, estuviese así. Libros apilados en el suelo, sin muebles, contra la pared, en una casa vacía…
—Es la vida, amigo mío. Pero debo precisar, en mi descargo, que todos se encuentran en impecable estado… Yo mismo los limpio y reviso, procuro airearlos y que estén a salvo de insectos y roedores, la luz, el calor y la humedad. De hecho no hago otra cosa durante el día.
—¿Qué fue del resto?
El bibliófilo miró hacia la ventana, haciéndose también la misma pregunta. Arrugaba el ceño.
—Imagínese —repuso, y se diría un hombre muy infeliz cuando sus ojos volvieron a encontrarse con Corso—. Salvo la quinta, algunos muebles y la biblioteca de mi padre, no heredé más que deudas. Cada vez que obtuve dinero lo invertí en libros, y cuando mi renta tocó fondo liquidé cuanto quedaba: cuadros, muebles y vajilla. Usted sabe, creo, lo que significa ser un bibliófilo apasionado; pero yo soy bibliópata. El sufrimiento era atroz con sólo imaginar dispersa mi biblioteca.
—He conocido gente así.
—¿De veras?… —Fargas lo miró con curiosidad—. A pesar de eso, dudo que se haga una idea exacta. Me levantaba por las noches para vagar como alma en pena frente a mis libros. Les hablaba, acariciaba sus lomos entre juramentos de lealtad… Todo fue inútil. Un día tuve que tomar la decisión: sacrificar la mayor parte, conservando los ejemplares más queridos y valiosos… Ni usted ni nadie comprenderán nunca lo que fue aquello: mis libros pasto de los buitres.
—Me lo figuro —dijo Corso, a quien no le hubiera importado en absoluto oficiar en semejantes funerales.
—¿Se lo figura? No. Aunque viviese un siglo no podría. Separar unos de otros me costó dos meses de trabajo. Sesenta y un días de agonía, y también un acceso de fiebre que casi me mata. Por fin se los llevaron, y creí volverme loco… Lo recuerdo como si fuese ayer, aunque han transcurrido doce años.
—¿Y ahora?
El bibliófilo mostró su copa vacía, cual si aquello simbolizase algo.
—Desde hace tiempo tengo que recurrir otra vez a mis libros. Aunque no necesito gran cosa: vienen un día por semana a hacer limpieza, y la comida la suben desde el pueblo… Casi todo el dinero se lo llevan los impuestos que pago al Estado por conservar la quinta.
Dijo Estado como podía haber dicho roedores, o carcoma. Corso hizo una mueca comprensiva, echando otro vistazo a las paredes desnudas de la casa.
—Puede venderla también.
—En efecto —Fargas asintió con indiferencia—. Pero hay cosas que usted no comprende.«
El club Dumas (Arturo Pérez Reverte)
La biblioteca de Pemberley en Orgullo y prejuicio por Jane Austen
Elizabeth le dio las gracias de corazón, y se dirigió a una mesa sobre la que había unos cuantos libros. Su anfitrión se ofreció inmediatamente a traerle más, cualquier título que tuviera en su biblioteca.
OTRAS EXTRAORDINARIAS BIBLIOTECAS SIGLO XXI
La biblioteca en Mount Char por Scott Hawkins
Cuando era niña, Carolyn y sus hermanos fueron acogidos por el hombre al que llaman Padre y se criaron en una biblioteca que contiene todos los secretos del universo. Antes eran niños normales pero ahora son otra cosa y crecieron preguntándose si su padre y tutor podría ser Dios. Cuando el padre desaparece, Carolyn debe crear un plan para controlar la biblioteca.
d+
Biblioteca antigua en Babel por RF Kuang
Robin Swift, un huérfano traído a Londres desde China, vive en un mundo en el que la magia se trabaja a través de la traducción. Criado por un misterioso académico, se espera que ingrese a Babel, el centro mundial de traducción en Oxford. Atrapado entre sus estudios en Babel y la Sociedad Hermes, que se opone a la expansión imperial en curso provocada por el trabajo de la plata basado en el lenguaje, Robin debe decidir si puede continuar siendo parte de la institución en la que se encuentra o si es necesaria una revolución violenta. Hay muchas bibliotecas mencionadas en Babel ya que tiene su sede en la Universidad de Oxford, pero lo que más me cautivó fue Old Library, la biblioteca a la que se le dio un nombre mundano porque estaba destinada a pasar desapercibida.
Los comedores de libros por Sunyi Dean
En los páramos de Yorkshire hay un clan de personas para quienes los libros son alimento. Una vez consumidos, pueden recordar todo el contenido de un libro (verdaderamente, un sueño). Devon, una comedora de libros, se crió con una dieta de libros convencionales, pero ¿qué debe hacer ella como madre de un hijo cuyos gustos corren hacia las mentes humanas? Las bibliotecas familiares en este libro se describen con sabores que nos recuerdan nuestros propios gustos individuales, y algunas de ellas incluso están llenas de dragones.
El archivado por Victoria Schwab
Hay un lugar en las afueras de nuestro mundo donde se guardan las almas de los muertos. Estas almas se llaman Historias. Los Bibliotecarios pueden leer las Historias, pero a veces se escapan y depende de los Guardianes como Mackenzie Bishop traerlos de vuelta.
La biblioteca de medianoche por Matt Haig
Imagina una biblioteca que contiene la historia de tu vida, así como las historias de todas las demás vidas que podrías haber vivido. Esta es la Biblioteca de Medianoche y el dilema al que se enfrenta Nora Seed.
Biblioteca Obi de la serie Nsibidi Scripts de Nnedi Okorafor
En bruja akata, Sunny se encuentra con su mentora, Sugar Cream, en la Biblioteca Obi, que contiene la mayor colección de conocimientos de África occidental. La economía de la Gente Leopardo en realidad proviene de la adquisición de conocimientos
La biblioteca Scholomance de la serie Scholomance de Naomi Novik
Desde que existen los libros y las bibliotecas, las voces e ideas del pasado se han conservado como auténticos tesoros del saber y del placer. Que algo invisible como la lengua, a través de la escritura, perviva en silencio hasta que una mano lo despierta para alegría de los ojos y felicidad del corazón es una trampa que lo perdurable le tiende al tiempo. Bibliotecas imaginarias de Mario Satz rastrea y resucita la atmósfera de esos lugares de estudio en los que tanto el reposo como la inspiración revelaban a los visitantes sus respectivos beneficios. Así, entre pérdidas, incendios, robos o donaciones de libros, recorremos la historia de estas bibliotecas fantásticas con el sentimiento de contemplar a la humanidad entera empeñada en adquirir conocimiento, fiel a sí misma o bien enemiga de sus mejores causas. Más que la historia de los libros, Mario Satz nos narra la de sus irrenunciables lectores.
Sala de Lectura Albert D. Hutzler: Ubicada en el Edificio Gilman en el campus Homewood, conocida por sus techos altos y ventanas de vidrio.
Un conjunto de relatos en los que la escritora escocesa vuelve a demostrar que el lenguaje es algo vivo y brillante y que la literatura nos ayuda a vivir. ¿Por qué los libros son tan poderosos? ¿Qué significa conocer a un escritor a través de sus libros? Una colección de historias inteligentes, unidas por la literatura y el amor por el lenguaje, y que constituye una defensa muy elocuente de las bibliotecas públicas, esos lugares de alegría, libertad, comunidad y descubrimiento. Como en el resto de sus obras, la escritora muestra en este volumen su amor por los libros y la pasión por sus autores favoritos, sosteniendo que uno puede conocer a un escritor mejor que a un amigo y que leer es pedir prestado sin culpa.
Una novela ‘feel good’ sobre la importancia de defender los lugares que nos unen, un homenaje a los espacios como las bibliotecas que propician el encuentro y la amistad y en los que destaca la importancia de la colaboración mutua para defender lo que da sentido a nuestra vida. En definitiva, sitios donde solo hace falta una causa común para que un desconocido se convierta en un amigo. La protagonista es June Jones, una bibliotecaria que vive en Chalcot, una pequeña población de Reino Unido, y que solo se relaciona con las personas que trata cada día en el trabajo: una joven que busca un lugar tranquilo para estudiar, una mujer refugiada que aprende inglés con la ayuda de los libros de cocina que June elige para ella o una activista en defensa de los derechos sociales. Pero fuera de la biblioteca es una chica tímida y solitaria que prefiere la compañía de los libros a la de otras personas. Cuando el Gobierno regional amenaza con cerrar la biblioteca, los usuarios habituales organizan una protesta y June tendrá que salir de su mundo y unirse a ellos si quiere salvar lo que da sentido a su vida. En el camino, aprenderá mucho sobre sí misma y sobre la importancia de la amistad, la comunidad y, por último, pero no menos importante, del amor.
Biblioteca de la abadía benedictina de San Michele de la Chiusa en El nombre de la rosa de Umberto Eco, todo un símbolo, marco incomparable para custodiar el pretendido único ejemplar conservado del Tratado de la Risa de Aristóteles.
La Biblioteca de los Sueños contiene aquellos libros que quedaron inconclusos o ni siquiera fueron escritos. Producto de Neil Gaiman en su serie de cómics The Sandman, y dirigida por Lucien —quien “no se hace responsable de lo perdido o encontrado aquí”, según proclama en un cartel dispuesto a la entrada—, su colección mengua a medida que cada libro ideado se termina de escribir en el mundo real, desapareciendo el ejemplar en una especie de fuego purificador.
La Biblioteca de los Sueños es lo más parecido a la Tierra Prometida para muchos de nosotros. Una biblioteca que alberga las historias que fueron creadas, pero nunca terminadas, ya fueran un sueño febril, una novela a medio camino o un revolucionario guion que nunca vio la luz.
Michael Ende recogiera en La historia interminable —el relato de las aventuras de Bastián Baltasar Bux en el Reino de Fantasía— la leyenda sobre la Biblioteca de Armaganz, fundada por Aqüil y Muqua. Por su parte, Terry Prachett ideó para su Mundodisco dos bibliotecas.
https://bibliobizien.blogspot.com/2014/05/la-biblioteca-de-amarganz.html
Una fue la Biblioteca de la Muerte, en la que los volúmenes con las crónicas vitales de cada persona se ordenan solos en sus anaqueles —¡qué suerte!— cuando abandonan el escritorio al concluirse su redacción. La otra será la Biblioteca de la Universidad Invisible —cuyo nombre coincide con el de una institución, por otra parte tan inmaterial como real, fundada en el Londres de 1645—, una biblioteca sobrenatural situada en una dimensión alternativa, llena de extraños seres en la que los libros están dotados de vida propia y en la que se acumula una cantidad de exorbitada de conocimiento.
Ese afán “totalitario” de algunas bibliotecas imaginarias las dota de un cariz oscuro y tenebroso. Los profesionales de la Biblioteca Galáctica ubicada por Isaac Asimov en el sector imperial del planeta Trántor cumplen estrictamente las directrices burocráticas, obstaculizando el acceso de sus usuarios al conocimiento como si fueran fieles seguidores del bibliotecario asesino.
Para lograr su cometido, Obi-Wan recurre a la biblioteca del Templo Jedi de Coruscant con la intención de cotejar la información que posee y continuar con su investigación.
La Biblioteca de San Víctor que Rabelais sitúa en las cercanías de París, tal vez con el propósito de que se identifique con la de la Abadía de San Víctor de Marsella en la Isla de Francia, una de las más prestigiosas durante el medievo. Los títulos que menciona, sin embargo, son claramente jocoso fruto de su ingenio, sin duda inapropiados para institución eclesiástica como aquella: Tartaretus de modo cacandi, Ars honeste fartandi in societate, Formicarium artium, Cacatorium medicorum, Lyrippii Sorbonici moralisationes…
Libro imaginado por Lovecraft, los Manuscritos Pnakóticos, supuestamente creados por la Gran Raza de Yith antes de la aparición del hombre sobre la Tierra, aunque en algún lugar existiría una traducción inglesa del siglo XV elaborada a partir de la versión griega.
De Vermis Mysteriis, ideado por Robert Bloch,
Cultos sin nombre, mencionado primeramente por Robert E. Howard, del que se conservaría un ejemplar en la también ficticia Miskatonic University.
J. R. R. Tolkien, cuyo origen supuestamente se encuentra en el Libro Rojo de la Frontera del Oeste,
Sobre los motetes polifónicos de Lassus o un Compendio del arte del detectivismo.
.-Sobre los tatuajes. Ed. privada. Londres 1878. En 4º
-Sobre el rastreo de huellas. Ed. privada. Londres 1878. En 4º
-Sobre la diferenciación entre las cenizas de diversos tabacos. Ed. privada. Londres 1879. En 8º.
-Estudio sobre la influencia de una profesión sobre la forma de la mano. Ed. privada. Londres 1886. En 4º
-Escrituras secretas. Ed. privada. Londres.1890. En 8º.
-Sobre los motetes polifónicos deLassus. Londres. Read, Allen & Simon. 1896. En 8º.
-Manual práctico de apicultura con algunas observaciones sobre la segregación de la abeja reina. Londres Beach&Thompson. 1910. En 4º.
-Compendio del Arte del Detectivismo. New York. Clarkson,N.Potter, Inc. Sin fecha. 4 tomos en 4º.
Claro que su más “ferviente” enemigo, el profesor Moriarty, tampoco se quedaría corto, pues se le atribuyen al menos un tratado sobre el binomio de Newton y otro sobre La dinámica de un asteroide.
Douglas Adams inventó la Guía del autoestopista galáctico, con millones de páginas escritas por voluntarios.
Si una noche de invierno un viajero, en cambio, Italo Calvino concatena fragmentos de hasta diez libros jamás escritos para construir una novela en la que se mezclan diferentes universos.
Bibliotecario del Mundodisco
El Bibliotecario en la saga del Mundodisco de Terry Pratchett es un orangután encargado de custodiar la Biblioteca de la Universidad Invisible.
Antiguamente el bibliotecario era un mago al cual un accidente mágico que involucraba al "Octavo" (el más poderoso libro de magia del mundo) lo convirtió en simio. Los demás magos trataron de devolverlo a su forma original, pero fue imposible. Al final, llegaron a la conclusión de que sus esfuerzos eran en vano, ya que el Bibliotecario no quería ser devuelto a su forma humana. Y es que ser un simio tiene ventajas, como disponer de cuatro manos para poder trepar a las estanterías más altas o poder rascarse en público. Odia que le llamen mono, y sería capaz de arrancar algún apéndice importante a la persona que lo llamase así. Es un gran amigo de Rincewind, de hecho él es la única persona que conoce su nombre "real", parte fundamental del hechizo para convertirlo en humano. Es un gran conocedor del Espacio B, agente especial de la guardia de la ciudad y tiene la particularidad de que a pesar de todo su vocabulario se limita a la expresión "Oook", es muy fácil entender sus sabias palabras, además de ser el mejor organista de todo Mundodisco (tener patas prensiles ayuda mucho) y un gran amante del teatro, en especial de la comedia.





































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