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sábado, 23 de mayo de 2026

Stendhal en el espejo de Leonardo Sciascia

 

Anoche, mientras estaba de paseo vi una luciérnaga en la hendidura de un muro. Hace por lo menos cuarenta años que no las veía por esos campos: mi primera sensación fue que se trataba de una saltadura del revoque con el que se habían amurado las piedras o de una escama de espejo; y que la luz de la luna, como un bordado entre las ramas, provocavaba esos reflejos verdosos. No pude pensar enseguida en que las luciérnagas habían vuelto, tantos años después de que hubieran desaparecido. Sólo eran un recuerdo de infancia, por aquel entonces atenta a las pequeñas cosas de la naturaleza, a las que sabía convertir en juego y en alegría. Llamábamos a las luciérnagas cannileddi di picuraru, como les decían los campesinos. Consideraban tan dura la vida del ovejero, esas noches cuidando el rebaño, que les ofrendaban las luciérnagas como reliquia o recuerdo de luz dentro de la aterradora oscuridad. Aterradora por los frecuentes abigeatos. Aterradora porque en general eran niños los que se dejaban al cuidado de las ovejas. Las velitas del ovejero, pues. Cada tanto capturábamos alguna, teníamos esa fosforecencia esmeralda encerrada delicadamente en el puño para luego abrirlo como una sorpresa, para los más pequeños de entre nosotros.

Se trataba realmente de una luciérnaga en la hendidura del muro. Sentí una alegría inmensa. Como si fuese doble. Y además, desdoblada. La alegría del tiempo recobrado -la infancia, los recuerdos, este mismo sitio ahora silencioso, lleno de voces y de juegos- y de un tiempo para encontrar, para inventar. Con Pasolini. Para Pasolini. Pasolini ahora alejado del tiempo pero aún no, en este terrible país en el que se ha convertido Italia, alterado en sí mismo («Tel qu’en Lui-même enfin l’éternité le change«). Pasolini es fraternal y lejano para mí. De una fraternidad sin confidencias, cubierta de pudor, y creo, de recíprocas intolerancias. Por mi lado, yo sentía que había una palabra que nos separaba como un muro, una palabra que él amaba, una palabra clave en su vida: la palabra «adorable». Puede bien ser que esta palabra yo la haya escrito alguna vez, y por cierto, más de una vez la haya pensado: pero para una sola mujer y para un solo escritor. Y el escritor, tal vez esté de más decirlo, es Stendhal.


Leonardo Sciascia

Adorable Stendhal




Se publica póstumamente un valioso volumen, editado por María Andrónico Sciascia, cuya portada roja ya es un símbolo de lo que se va a leer, titulado El adorable Stendhal que recoge ese conjunto de artículos, ensayos, meditaciones y pensamientos, entre la historia y ficción, que durante su existencia quizás el mayor escritor civil italiano de nuestro tiempo, Leonardo Sciascia, dedicó al autor de la Rouge y Noir.



En el ensayo de Massimo Colesanti, vinculado a él por una profunda amistad, insertado al final del volumen (“Sciascia y el misterio de Stendhal”, pp. 211-225), el erudito destaca claramente su pasión por la literatura francesa y en particular por los autores favorecidos por Henri Beyle; Sciascia “había obtenido – escribe - su propia vena precisa y sesgada, una galería de escritores que no eran todos homogéneos entre sí, por supuesto, pero agradables y dóciles con él […] a quien Stendhal también quería” (pp. 211-212). Este es un homenaje a la memoria de Sciascia, una exaltación de una fe que nunca fue alterada ni desvanecida: Stendhal es de hecho “adorable” para un genio vinculado al gusto por la mistificación, el encantamiento bíblico, lo no dicho; es un viaje cautivador, de hecho,siguiéndolo por los sinuosos caminos de una intimidad que delinea los contornos de las tensiones y los problemas. Stendhal, de hecho siempre lo es 
trabajo en progreso
: continúa sin parar, y continúa de nuevo, y la gran Sciascia lo entendió bien (incluso el nombre dado a su sobrino, Fabrizio, ciertamente no es accidental). Fue un amor que con el paso de los años se hizo cada vez más intenso y que aquí se documenta, se cuenta y se revive. Lo que leemos en este volumen es una internalización muy refinada que abarca varios campos: desde los napoleónidas (“El príncipe Pedro”, pp. 13-33, “Napoleón el escritor”, pp. 149-159), hasta los bandidos (“Les mémoires de Gasparoni”, pp. 93-101), desde el misterio de Casanova (“Casanova o disipación”, pp. 33-45) hasta Armance, a Brancati (“Armance y el apuesto Antonio”, págs. 137-141), a Lampedusa (“Stendhal y Tomasi di Lampedusa”, págs. 141-45), por nombrar sólo algunos títulos, y nuevamente a ese viaje a Sicilia, un viaje que sólo fue virtual porque Stendhal nunca lo logróque Colesanti considera “un estudio-ensayo ejemplar y emblemático, escrito con gran compromiso y gran alegría”, que fue presentado por Sciascia en una famosa conferencia de Stendhal, celebrada en Roma en 1983. (“Viaje a Sicilia”, págs. 55-93).

2María Andrónico Sciascia, de hecho, comprendió la extrema importancia de crear un libro sobre y por Stendhal, en el que no sólo se recogen los escritos, sino que en el apéndice se incluye el inventario de la biblioteca sciasciana, rico y muy interesante por las elecciones relacionadas con Henri Beyle, su producción literaria y sus críticos (“estante stendhaliano”, págs. 189-207). Y aquí está al lado del crítico-aficionado, El bibliófilo se pone de pie: “Tratando de recuperar algo de la compañía de mi marido en los muchos libros de nuestra casa – escribe Maria Sciascia – Pensé en hacer un inventario y comencé desde el estante de Stendhal, que era su favorita y en la que se encuentran todas las ediciones francesas e italianas de las obras de Stendhal y todos los libros y escritos que se habían publicado sobre Stendhal y que había logrado reunir” (p. 189). Ahora bien, ¿cómo podemos ignorar a un crítico tan perspicaz como Leonardo Sciascia y no incluirlo entre los principales estudiosos de la zona de Grenoblese en los últimos años?



Referencia bibliográfica

Annalisa Bottacina“Leonardo Sciascia, LAdorable StendhalEstudios franceses, 144 (XLVIII | III) | 2004, 628-629.

Referencia electrónica

Annalisa Bottacina“Leonardo Sciascia, LAdorable StendhalEstudios franceses [En línea], 144 (XLVIII | III) | 2004, En línea desde 30 de noviembre de 2015, conexión activada 03 de mayo de 2026URL: http://journals.openedition.org/studifrancesi/37907; DOI: https://doi.org/10.4000/studifrancesi.37907

Inicio de página

Stendhal


    - Marie Henri Beyle -
    Francia | 1783-1842

Stendahl para siempre
http://stendhal.ru/

 Fonds Stendhal de la Bibliothèque municipale de Grenoble 
http://www.bm-grenoble.fr/stendhal/accueil.htm
Stendhal
  Novelista y ensayista francés que figura entre los grandes maestros de la novela analítica. Marie Henri Beyle que éra su verdadero nombre nació en Grenoble, el 23 de enero de 1783, hijo de un abogado. Fue educado primero por un sacerdote jesuita y más tarde estudió en la École Centrale laica de Grenoble. Escapó de las limitaciones de la educación provinciana viajando a París, y a los 17 años ingresó en el ejército de Napoleón Bonaparte. Stendhal disfrutó de la vida social de los militares en Milán, pero en 1802 abandonó el ejército y llevó una vida bohemia en París. En 1806 se quedó sin dinero y volvió al ejército, donde desempeñó diversas misiones diplomáticas y participó en la fracasada campaña rusa de 1812. En 1814, tras la caída de Napoleón, Sthendal viajó a Italia, donde a lo largo de siete años escribió el tratado de crítica de arte Historia de la pintura en Italia (1817) y un libro de recuerdos personales y estudios académicos titulado Roma, Nápoles y Florencia en 1817 (1817). Esta última fue su primera obra publicada bajo el seudónimo de Stendhal.

Acusado por el gobierno austriaco, que entonces gobernaba en el norte de Italia, de apoyar al movimiento de independencia italiano, Stendhal fue expulsado de Italia en 1821. Regresó a Francia cuando cesó la persecución de los defensores de Napoleón y se estableció en París para dedicarse a leer, llenar numerosos cuadernos de notas y escribir. Llevó una vida social e intelectual muy activa, frecuentando diversos salones literarios en los que destacó por su habilidad en el arte de la conversación. Un año más tarde terminó su famoso Sobre el amor (1822), un tratado semiautobiográfico sobre la naturaleza del amor, inspirado en una de las muchas mujeres a las que el autor amó a lo largo de su vida. En esta obra exponía sus opiniones vanguardistas sobre el matrimonio, el papel de la mujer, la moral y la política. En 1830, a la llegada al trono de Luis Felipe de Orleans, Stendhal fue nombrado cónsul de Francia en la localidad italiana de Trieste. En 1831 fue destinado a una ciudad más pequeña, Civitavecchia, cerca de Roma, donde escribió sus dos principales novelas. El rojo y el negro (1830) analiza la sociedad contemporánea a través de la mirada de Julien Sorel, un ambicioso joven de provincias que se abre camino en la vida. La cartuja de Parma (1839) narra las vicisitudes de Fabrizio del Dongo, un joven noble que se ve envuelto en las intrigas políticas del ducado de Parma. En ambas novelas Stendhal exalta la fuerza, la pasión y la espontaneidad. Sus héroes se descubren a sí mismos a medida que avanzan por la vida en pos de sus ambiciones. Stendhal permaneció en Civitavecchia hasta que murió de un ataque al corazón el 23 de marzo de 1842. Su apego al individualismo es la causa por la que generalmente se incluye a Stendhal entre los escritores románticos. Sin embargo, el extremado rigor crítico con que analiza la psicología humana lo hace destacar como uno de los primeros escritores realistas del siglo XIX.




Uno de sus principales logros fue la creación de un nuevo modelo de héroe. Tanto Julien como Fabrizio son personajes aislados psicológicamente, alejados de la sociedad y enfrentados a las imposiciones e ideales de ésta. Con frecuencia se dice que ambos personajes son retratos parciales del propio Stendhal.




La vida de Henri Brulard (fragmento)


"No tengo nada de memoria. Ese es uno de los grandes defectos de mi mente: sigo meditando sobre lo que sea que me interese; a fuerza de examinarlo desde distintos puntos de vista mentales, con el tiempo le veo algo nuevo, y modifico todo su aspecto. Apunto y extiendo los tubos de mis anteojos en todas las direcciones, o los retraigo. "





No hace un año que mi concepto de nobleza quedó fijado por completo. Por instinto, mi vida moral ha transcurrido considerando atentamente cinco o seis ideas principales y tratando de esclarecer la verdad sobre ellas.

[…]

Mi madre, Madame Henriette Gagnon, era una mujer encantadora y yo estaba enamorada de ella.
Me apresuro a añadir que la perdí cuando tenía siete años.
Al amarla a los seis años quizá –1789–, tenía yo absolutamente el mismo carácter que en 1828, cuando amaba apasionadamente a Alberthe de Rubempré. Mi manera de ir a la caza de la felicidad en el fondo no había cambiado en absoluto, con esta sola excepción: me hallaba, por lo que se refiere al aspecto físico del amor, en la misma situación que se encontraría César, si volviera al mundo, con respecto al uso de cañón y de las armas ligeras. Yo lo hubiera aprendido muy deprisa y ello no habría cambiado sustancialmente mi táctica.
Deseaba cubrir a mi madre de besos y que no estuviera vestida. Ella me amaba apasionadamente y me besaba mucho; yo le devolvía sus besos con un ardor tal que frecuentemente se veía obligada a marcharse. Aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos. Siempre quería dárselos en el cuello. Dígnese recordar el lector que la perdí, a consecuencia de un parto, cuando apenas tenía yo siete años.

 […]

En aquellos tiempos felices, mi abuelo tomaba la religión de una forma alegre y aquellos señores eran de su opinión; tan sólo se volvió triste y un poco religioso después de la muerte de mi madre (1790), y eso, creo, por la vaga esperanza de volver a verla en el otro mundo, como Monsieur de Broglie, que, hablando de su amable hija, muerta a los trece años, dice: “Me parece como si mi hija estuviera en América”.

[…]

Al llegar a Les Echelles me hice amigo de todo el mundo; todos me sonreían como a un niño rebosante de inteligencia. Mi abuelo, hombre de mundo, me había dicho: “Eres feo, pero nadie te reprochará nunca tu fealdad”.

[…]


Porque –no tengo más remedio que confesarlo– a pesar de mis opiniones entonces perfecta y esencialmente republicanas, mis parientes me habían inculcado profundamente sus gustos aristocráticos y reservados (…) Detesto al vulgo (para relacionarme con él), al mismo tiempo que deseo ardientemente la felicidad del así denominado pueblo, y creo que sólo es posible procurársela consultándole acerca de una cuestión importante. Es decir, instándole a elegir a sus diputados (…) Me horroriza lo sucio, y el pueblo es siempre sucio a mis ojos.

[...]

En una palabra, ya era por aquel entonces como soy hoy: amo al pueblo y detesto a sus opresores, pero tener que vivir con él sería para mí un suplicio infinito. Me serviré del lenguaje de Cabanis. Tengo una piel demasiado fina, una piel de mujer (posteriormente siempre me salían ampollas después de empuñar el sable durante una hora); por cualquier motivo me lastimo los dedos, que los tengo muy bellos; en una palabra, la superficie de mi cuerpo es de mujer. De ahí mi invencible repugnancia por todo lo sucio, lo húmedo o lo negruzco.

[…]

Mi confianza literaria en mi abuelo era absoluta (…) Sin confesar que había leído La Nouvelle Héloïse, me atreví a hablarle de ella  en términos elogiosos. Su conversión al jesuitismo no debía datar de lejos, porque, en vez de interrogarme con severidad, me contó que el barón de Adrets (el único amigo suyo en cuya casa continuaba comiendo dos o tres veces al mes después de la muerte de mi madre), cuando apareció La Nouvelle Héloïse (¿no fue en 1770?), se hizo esperar un día para comer en su casa; Madame des Adrets mandó a avisarle por segunda vez y por fin aquel hombre tan frío llegó bañado en llanto.
– ¿Qué le ocurre, amigo mío? –le preguntó Madame des Adrets muy alarmada.
– ¡Ay, señora, Julie ha muerto!–y apenas comió.


de Vie de Henry Brulard 
(traducción de Juan Bravo Castillo). 
Alfaguara, 2004.





El rojo y el negro (fragmento)

"Una o dos veces, durante aquella escena, la señora de Renal estuvo a punto de sentir algo de simpatía por la desgracia real de aquel hombre que, durante doce años, había sido su amigo. Pero las verdaderas pasiones son egoístas. Además, estaba esperando a cada instante que él le confesara haber recibido también una carta anónima el día anterior y aquella confesión no llegó.
Faltaba para que la señora de Renal se sintiera completamente segura, conocer qué ideas habían podido sugerir al hombre de quien dependía su suerte. Porque, en provincias, los maridos son los dueños de la opinión. Un marido que se queja de haber sido engañado se cubre de ridículo, pero su mujer, si él no le da dinero, tendrá que trabajar de obrera a quince sueldos al día y eso, si tiene suerte, ya que las personas "decentes" sentirán escrúpulos y no querrían darle trabajo.
Una odalisca, en el harén, tiene que amar al sultán a la fuerza; es todopoderoso y ella no puede quitarle su autoridad mediante toda una serie de pequeñas finezas. La venganza del amo es terrible, sangrienta, pero también militar y generosa: una puñalada acaba con todo. "



Ernestina o el nacimiento del amor (fragmento)


"Durante todo un largo mes, no tuvo otro sentimiento que el de un dolor tanto más profundo cuanto que nacía del desprecio de sí misma; como no tenía ninguna experiencia de la vida, no podía consolarse diciéndose que nadie en el mundo podía sospechar lo que había pasado en su corazón, y que probablemente el hombre cruel que tanto le había importado no podría adivinar ni la centésima parte de lo que por él sintiera. En medio de su desgracia, no carecía de valor; no le costó ningún esfuerzo echar al fuego sin leerlas dos cartas en cuya dirección reconoció la funesta letra inglesa.
(...)
Se había propuesto no mirar al prado de allende el lago; en el salón, no levantaba nunca los ojos a las ventanas que daban hacia aquella parte. Un día, pasadas casi seis semanas de aquel en que leyera el nombre de Felipe Astézan, a su profesor de Historia Natural, el excelente monsieur Villars, se le ocurrió la idea de darle una larga lección sobre las plantas acuáticas; se embarcó con ella y se hizo conducir a la parte del lago que se internaba en el valle. Al poner Ernestina el pie en la barca, una mirada oblicua y casi involuntaria le dio la certeza de que no había nadie junto a la encina grande; observó apenas una parte de la corteza del árbol de un gris más claro que el resto. Dos horas más tarde, cuando volvió a pasar, después de la lección, frente a la encina, se estremeció al reconocer que lo que le había parecido un accidente de la corteza del árbol era el color de la cazadora de Felipe Astézan, que llevaba dos horas sentado en una raíz de encina e inmóvil como muerto. Haciéndose en su fuero interno esta comparación, Ernestina se sirvió también de estas mismas palabras: como muerto. La impresionaron. «Si estuviera muerto, ya no estaría mal pensar tanto en él.» Durante varios minutos, esta suposición fue un pretexto para entregarse a un amor que la vista del ser amado hacía omnipotente."

La abadesa de Castro (fragmento)

"Este aspecto de la civilización clama a la moral, lo admito; en nuestros días tenemos los duelos, las contrariedades y los jueces no se venden; pero estas costumbres del siglo dieciséis eran maravillosamente apropiadas para forjar hombres dignos de ese nombre.
Muchos historiadores, alabados aún en nuestros días por la literatura rutinaria de las academias, han intentado disimular este estado de cosas que, hacia el año 1550, forjó tan grandes caracteres. En su tiempo, sus prudentes mentiras fueron recompensadas con todos los honores de los que podían disponer los Médicis de Florencia, los d’Este de Ferrara, los virreyes de Nápoles, etc.

Un pobre historiador, llamado Giannone, quiso descorrer una esquina del velo; pero, como no se atrevió a revelar más que una mínima parte de la verdad, y aun así de forma dubitativa y confusa, sus escritos resultan muy aburridos, lo que no impidió que muriera en prisión a los ochenta y dos años, el 7 de marzo de 1758. Lo primero que hay que hacer, por tanto, si se quiere conocer la historia de Italia, es no leer en absoluto a los autores generalmente aceptados; en ningún otro sitio reconocemos mejor el valor de la mentira, en ningún otro sitio ha sido esta tan bien pagada. "

La cartuja de Parma (fragmento)

"Fabricio, lleno de asombro, subió a un campo, a la derecha del camino, y que se alzaba unos veinte o treinta pies; examinó la carretera por ambas partes, y la llanura, y no vio rastro de cosacos. ¡Qué gente tan divertida estos franceses!, se dijo. Ya que debo dirigirme hacia la derecha, pensó, lo mejor será irme enseguida, acaso tenga esa gente, para correr así, alguna razón que yo desconozco. "


Lamiel (fragmento)


"Estas cosas, y otras muchas parecidas, las decía en voz baja, pero de manera que Fedor las oyera muy bien. Lamiel procuraba en vano hacer comprender a su tía que era mucho dejar en toda libertad al joven viajero. Estas amabilidades de madame Hautemare no pasaron inadvertidas para Fedor, y todo su mal humor, que era grande, se concentró en madame Hautemare. Poco a poco, se dignó darse cuenta de que Lamiel tenía un pelo precioso y de que habría sido muy bonita si los aires campestres no le hubieran tostado un poco la piel. Luego se dignó descubrir que no tenía nada del gesto falso y de las meloserías de una pequeña intrigante de pueblo. Madame Hautemare subía a la torre cada cuarto de hora a escuchar a la puerta de la señora duquesa y ver si estaba despierta. En estas idas y venidas, Fedor se quedaba solo con Lamiel, y al fin se imponía el instinto de la juventud sobre la preocupación de pasar por desertor; miraba a Lamiel con mucha atención, y ella, por su parte, le hablaba con todo el interés que inspira una viva curiosidad. En esta situación, entró el doctor Sansfin en la cocina que servía de escena a esta primera entrevista. La actitud del doctor era como para pintarla; permanecía de pie, con el gesto de un hombre que va a echar a andar, la boca abierta y los ojos pasmados de sorpresa. "


Los Cenci (fragmento)


"El don Juan de Molière es un hombre galante, qué duda cabe, pero se trata ante todo de una persona distinguida; además de abandonarse a la inclinación irresistible que le arrastra hacia las mujeres hermosas, necesita seguir cierto modelo ideal, quiere ser alguien a quien se admiraría soberanamente en la corte de un rey galante y lleno de ingenio.
El don Juan de Mozart ya es más cercano a la naturaleza, menos francés, tiene menos en cuenta la opinión de los demás; lo que le importa más no es aparentar, como dice el barón de Fœneste, de d’Aubigné. Sólo contamos con dos retratos del don Juan italiano, como debió darse, en ese hermoso país, en el siglo dieciséis, en los albores de la civilización renacentista.
De esos dos retratos, hay uno que no puedo dar a conocer en absoluto, por lo estirada que es nuestra época; cabe recordar la genial expresión que le he oído repetir tantas veces a lord Byron: This age of cant. Esa hipocresía tan tediosa y que no engaña a nadie tiene la enorme ventaja de dar algo de qué hablar a los tontos: se escandalizan porque alguien se ha atrevido a decir algo; porque alguien se ha atrevido a reírse de otra cosa, etc. Su desventaja es que reduce demasiado el ámbito de la historia. "


Paseos por Roma (fragmento)


"17 de agosto de 1827.- Una vez, a fines de la Edad Media (1377), Roma quedó reducida a una población dé treinta mil habitantes; el señor cardenal Espina decía ayer hasta doce mil; acualmente tiene ciento cuarenta mil. Si los papas no hubieran vuelto de Aviñón, si la Roma del clero no hubiera sido construida a expensas de la. Roma antigua, tendríamos muchos más monumentos de los romanos; pero la religión cristiana no hubiera hecho una alianza tan íntima con la belleza; no veríamos hoy ni San Pedro, ni tantas iglesias magníficas extendidas por toda la tierra: San Pablo de Londres, Santa Genoveva, etc. Nosotros mismos, hijos de cristianos, seríamos menos sensibles a la belleza. Acaso a los seis años habéis oído hablar con admiración de San Pedro de Roma.
Los papas llegaron a estar enamorados de la arquitectura, ese arte tan eterno que tan bien se entiende con la religión del terror; pero gracias a los monumentos romanos, no se quedaron en el gótico. Esto fue una infidelidad al infierno. Los papas, en su juventud, antes de subir al trono, admiraban los restos de la antigüedad. Bramante inventó la arquitectura cristiana; Nicolás V, Julio II, León X fueron hombres dignos de emocionarse ante las ruinas del Coliseo y ante la cúpula de San Pedro.
Cuando Miguel Ángel, ya muy viejo, trabajaba en esta iglesia, lo hallaron un día de invierno, después de caer una gran nevada, errando por entre las ruinas del Coliseo. Iba a elevar su alma al tono necesario para sentir las bellezas y los defectos de su propio dibujo de la cúpula de San Pedro. Tal es el poder de la belleza sublime; un teatro da ideas para una iglesia. "


Victoria Accoramboni (fragmento)

"Esta boda hirió profundamente a Sixto V (pues tal fue el nombre elegido por el cardenal Montalto); había dejado ya las maneras de pensar que convenían a un fraile y había elevado su alma a la altura del grado en que Dios acababa de ponerle.


Sin embargo, el papa no dio señal alguna de enojo, sólo que cuando el príncipe Orsini acudió aquel mismo día, con todos los grandes señores romanos, a besarle el pie, abrigando la secreta intención de leer, si fuese posible, en la cara del santo padre lo que podía esperar o temer de aquel hombre tan poco conocido hasta entonces, se dio cuenta de que se habían acabado las bromas. Como el nuevo papa miró al príncipe de manera singular y no contestó una palabra a los cumplimientos de rigor que el príncipe le dirigía, se decidió éste a descubrir sin más tardar las intenciones de su santidad respecto a él.
Por mediación de Fernando, cardenal de Médicis (hermano de su primera esposa), y del embajador católico, pidió y obtuvo que el papa le concediera una audiencia en su cámara; en esta audiencia dirigió a su santidad un discurso estudiado y, sin hacer mención de las cosas pasadas, se congratuló con el papa de su nueva dignidad y le ofreció como fiel vasallo y servidor todo cuanto tenía y podía. "




Buscar a un cosmopolita. La Italia de Stendhal


Si uno quisiera ir tras las huellas del autor de 'Rojo y Negro', ¿dónde empezar a buscarlo? ¿Es posible encontrar a Stendhal en Francia, donde nació, o en Italia, su patria adoptiva? ¿Cómo encontrar a un hombre que se escondió detrás de casi 200 seudónimos, que disfrazó de novelas sus autobiografías y mintió en sus diarios de viaje?

 

Todo escritor es, de algún modo, un peregrino. Devotos de esa religión que es también la literatura, buscamos a Kafka entre la bruma de Praga, a Joyce en Dublín, a Pessoa en el café A Brasileira de Lisboa y a Tolstoi en Yásnaia Poliana, en ese montículo que es su tumba sin nombre. 

Yo busqué a Stendhal por primera vez en París, en la rue Richelieu, esa calle que comienza en el carrusel del Louvre y sobre la que están la Biblioteca Nacional, la Comédie Française y el Palais Royal. En esa búsqueda me tropecé primero con Diderot, en el número 39, donde concibió su Enciclopedia. En el 40 fue Molière, en ese escenario de leyenda en el que se supone que murió tras la representación de su Enfermo imaginario. Pero un par de cuadras más adelante, en el 61, ahí estaba: al lado de un restaurante thai, el edificio de seis plantas en el que Henri Beyle, Stendhal, escribió sus Paseos por Roma Rojo y Negro, su novela más famosa. Y en el 71, el apartamento en el que redactó uno de sus tantos testamentos, donde pensó en suicidarse. Luego fui la rue Caumartin, donde otra placa recuerda que, en el cuarto piso, compuso y dictó La cartuja de Parma en un tiempo record de 52 días.


Pero después de visitar ambos lugares, la sensación fue de vacío. La presencia de Cavafis es llamativa en su casa en Alejandría –cercana a un burdel, un hospital y una iglesia (remedios para el cuerpo, la carne y el alma, como él decía)– y a Dostoievski todavía se le intuye tras su escritorio en San Petersburgo. Pero Stendhal no estaba allí. No lo encontré entonces en París como tampoco años más tarde en Grenoble, la ciudad en la que nació y detestaba –igual que todo lo provinciano (encontraba su aire asfixiante y sus calles malolientes, le daba nauseas)–. Ni siquiera tras hacer el recorrido que hoy ofrece el ayuntamiento por los que fueran sus escenarios: la casa natal, donde pasó sus años más felices hasta la temprana muerte de su madre, la casa del abuelo Gagnon, en la que vivió hasta los 16, el liceo que hoy lleva su nombre y la Biblioteca Municipal que guarda sus manuscritos, esos que reposaron entre el polvo y el olvido casi medio siglo y que conocemos solo gracias a Stanislas Stryienski, un joven profesor polaco que los descubrió en 1888 y decidió buscarles editor, cumpliendo así el presagio del propio Stendhal que aseguró que sería leído en un futuro lejano, no menos de 50 años después de su muerte (de nada le sirvió en vida el elogioso artículo de Balzac sobre La cartuja. Él es, probablemente, el escritor del que más se ha escrito a partir de unos años después de su muerte).

Entonces empecé a entender: si es fácil rastrear los pasos de un artista en una sola ciudad eso suele significar que aquel no fue un viajero. No se encuentra a Saint-Exupéry en Lyon como tampoco a Stevenson en Escocia o a Casanova en Venecia, aunque lo intenten las guías turísticas. Y Stendhal fue precisamente eso: un turista, un europeo, un cosmopolita.

 

El rastro de un turista

Aunque conocemos a Stendhal principalmente como novelista –el padre de la novela moderna, según tantos especialistas–, él fue sobre todo un escritor de no ficción: textos autobiográficos disfrazados de novelas, biografías, ensayos sobre pintura, literatura o sobre el amor, crónicas de sucesos y, en especial, un vasto testimonio de sus viajes. Fue, sobre todo, un escritor viajero, de esos que hacen del viaje una forma de vida elegida y para los que el movimiento es una necesidad vital. Gracias a su primo Pierre Daru, quien fuera entonces la mano derecha de Napoleón, ingresó en el Ejército en 1799 y a partir de entonces el destino hizo de él un viajero infatigable: huyó de su tierra natal de provincias hacia París y de ahí a las gestas napoleónicas, con las que recorrió por primera vez el continente y lo llevaron hasta la campaña de Rusia. Más adelante, ya como burócrata del Imperio –prefecto, intendente, cónsul– su vida fue un constante ir y venir entre Francia e Italia, con estancias temporales en Suiza, Alemania, Holanda e Inglaterra.


Esos viajes lo convirtieron en un hombre de vocación cosmopolita. Sus libros dan testimonio de su fascinación por Europa –entre ellos Paseos por Roma, Memorias de un turista Roma, Nápoles y Florencia–, y guardan la mirada de un adelantado de su tiempo, antichauvinista, gran observador y apasionado de las artes. Él fue el “verdadero descubridor del alma europea”, según Nietzsche, y “el primer gran europeo después de Montaigne”, como lo definen sus biógrafos.

Pero entre todos los destinos de su vida itinerante, Italia fue su tierra prometida, su patria por elección, un país del que escribió con una admiración contagiosa y en el que encontró todo lo que, según él, sus compatriotas franceses no eran: apasionados, irreflexivos, vitalistas, enamorados, caprichosos, encaminados a la búsqueda de la felicidad. Allí completó su formación artística, conoció sus grandes pasiones –la música, la pintura, la belleza y las mujeres (la estética que lo mantenía vivo)–, donde se descubrió ciudadano del mundo y se hizo escritor. Pasó, todo sumado, diecisiete años en ese país, que fue, de hecho, el que quiso que figurara en su epitafio: “Arrigo Beyle, milanese”, que luego quiso modificar por “Arrigo Beyle, romano”, cuando se enamoró más adelante de la ‘Ciudad Eterna’.

Ese deseo de no pertenecer a un sitio sino a otro era un ansia por completo nueva en su época: no era para nada corriente que un escritor rindiera tan poca reverencia a la patria que le había asignado el destino. Como nuevo fue también que utilizara la figura de un turista como protagonista, en un libro que escribió influenciado por el Viaje sentimental de Sterne y las Cartas persas de Montesquieu. Stendhal era consciente de que el viaje había cambiado y poco a poco se convertía en una práctica abierta, ya no de formación como el Grand tour, exclusivo de las clases aristocráticas. Él no es ni mucho menos el responsable del anglicismo, pero lo usa –es el primer escritor en hacerlo– consciente de esa nueva realidad. Su viajero es un burgués como él mismo: un hombre culto y de buen gusto, con un alma sensible, al que le gusta visitar museos, ir al teatro y hablar de arte y literatura. Y ello sólo se entiende por la pasión por la libertad que presidió la vida y obra de Stendhal, que viajaba impulsado por sus pasiones, que odiaba el trabajo, el tedio y la estupidez, que se vanaglorió de no haber hecho nunca nada que no le diera placer y que sabía que vivir la vida como una obra de arte era la condición indispensable para escribir una.

 

Roma, Nápoles y Florencia

Si Italia fue para Stendhal su lugar en el mundo, lo lógico es ir allí para encontrar sus huellas. Yo lo busqué primero en la capital. Desde el hotel Minerva, donde vivió al lado del Panteón, y armada con sus Paseos por Roma (1828)recorrí la ciudad a la luz esa guía que escribió por sugerencia de su primo Romain Colomb, para ganar dinero. Porque Stendhal pasaba entonces por una angustiosa situación económica: la modesta herencia que había recibido y su precaria pensión de funcionario no le alcanzaban para vivir.

Así, se dio a la tarea de escribir esa guía, en la que mezcló sus recuerdos e impresiones personales con plagios de otros libros, comentarios de arte, datos que le proporcionan expertos y amigos, bosquejos y anécdotas con las que reflejaba el carácter de los ciudadanos y descripciones de las costumbres de la ciudad. Con un estilo más espontáneo que preciso –el mismo que había usado años antes en Roma, Nápoles y Florencia– reseñó cada monumento, cuadro, ruina y edificio: desde El Coliseo hasta San Pedro, de Miguel Ángel a Cánova, de la historia de Roma a los bailes en los salones.

Pero esos Paseos, igual que sus otros diarios de viaje, permiten rastrear los escenarios, pero no la presencia del escritor. Stendhal propone recorridos que responden más a sus caprichos, a los chismes que escucha, la belleza de las mujeres o la emoción de ver un cuadro o llegar a un concierto que a la verdad histórica. Lo esencial, lejos del intelectualismo o la erudición, era ver las cosas a través del prisma de sus percepciones. Para él no había nada más verdadero que la sensación: “no pretendo describir las cosas en sí mismas, sino el efecto que tienen en mí”, escribió. Por eso no tiene reparos en abrir largas explicaciones –era un adicto a la claridad y un apasionado de los detalles “en los detalles está la verdad”, decía–, pero al mismo tiempo invita a sus lectores a saltar frases o párrafos completos que comprende que pueden resultar aburridos.

A Stendhal Roma le huele a coles podridas. Alaba las narices romanas y los helados, se emociona con las obras monumentales de Bernini y Borromini, con los cuadros del palacio Barberini. Allí se sentía “feliz de vivir” y la describe como “la ciudad de las almas, que tiene una lengua que todas las almas entienden”. La belleza es para él el territorio común de los hombres: “la belleza es la promesa de la felicidad”.

Pero así como no es posible encontrarle en Roma, tampoco en otras partes de Italia. Ni siquiera en Milán, donde la Scala fue más patria suya que cualquier calle parisina, esa ciudad que es además la verdadera protagonista de Roma, Nápoles y Florencia (1817) aunque no figure en el título, y que es, por otra parte, el único libro suyo que conoció el éxito de una segunda edición. Y no es posible hallarle entre otras razones porque su sitio fueron los salones, los bailes, la ópera y las tertulias –pasaba el tiempo literalmente hablando–, y ese mundo ha desaparecido. 

Aunque sí un poco en Florencia. Allí, un 22 de enero de comienzos del siglo XIX, escribió: “A la derecha de la puerta está la tumba de Miguel ángel (…) Diviso a continuación la de Maquiavelo y, en frente, la de Galileo. ¡Qué hombres! Y podría añadirles a Dante, Petrarca y Boccaccio. ¡Qué asombrosa reunión! (…). Estaba yo en una especie de éxtasis por la idea de estar en Florencia y la proximidad de aquellos grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver (…) Había llegado a ese punto de emoción en el que convergen las sensaciones celestes provocadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a derrumbarme». 


Ahí lo encontré por primera vez. Después de recorrer Florencia con los ojos abiertos es fácil identificarse con esa sobredosis de belleza que mareó al francés y que hoy se conoce como el Síndrome de Stendhal. Y esa es una de las claves para entender su obra y biografía, difícilmente escindibles:  hablamos de un escritor que no se halla en el terreno, sino en la emoción y el sentimiento. De hecho, esos libros de viaje son, sobre todo, ficticios: ni las fechas corresponden con su biografía, ni parece que haya conocido en realidad muchos de los lugares que menciona. No tenía reparo en inventar una cita o falsear la información. Para él lo importante era la esencia. No trató de reproducir la belleza, ni de informar con exactitud, sino de sugerir. Por eso a veces se extiende, pero muchas más prescinde de las disquisiciones, también movido por su conocida pasión por el mot juste, la palabra precisa, una búsqueda que lo llevó incluso a leer todas las mañanas el Código Civil para contagiarse de su estilo seco y objetivo: “todo esto, explicado en diez páginas elegantes, sería comprendido por todos y aumentaría la dosis de ciencia que permite ser pedantes a los tontos (…) Las sensaciones pueden indicarse, pero no se comunican. Los recuerdos de los viajeros ante estas ruinas son excelsos y llenos de emoción. (...) pero nadie tiene el poder de hacerle apreciar a nadie las bellas artes. No se puede hacer tragar el placer como si se tratase de una píldora”.

 

Las huellas de un hombre apasionado

No sólo su naturaleza cosmopolita hace difícil encontrar a Stendhal. ¿Cómo rastrear a un hombre que no se sintió de una sola ciudad ni de colectivo ninguno, que detestaba la masa, los grupos, cualquiera que fueran, que se sentía feliz de no encajar en ninguna parte, clase social, profesión o patria y que además se escondió detrás de seudónimos?  

Sus máscaras y engaños fueron de todo tipo, empezando por el mote con el que ha pasado a la posteridad. Stendhal es el nombre de una localidad prusiana, y fue solo uno de los más de doscientos que usó en su vida. Pero nada de esto significa que mintiera. Maestro de la simulación, era en realidad un apasionado de la verdad, honrado en grado sumo a la hora de emitir sus juicios y explicar sus emociones. Un hombre independiente. Libre. Su máxima era ser “él mismo” y su intención, conocer a los hombres y los laberintos del alma –“soy un observador del corazón humano”, “no tengo pretensiones de ser veraz salvo en aquello que afecta mis sentimientos”. Eso lo hizo un adelantado a su tiempo, al ejercer una escritura casi de psicoanalista. De hecho, fue ese deseo el que lo llevó a disfrazarse: se sentía cómodo tras esos seudónimos que le daban la libertad para expresar su verdadera opinión sobre los otros, sobre el papismo y la iglesia –que conseguían ponerle de mal humor– o sobre sus fiascos amorosos, esos episodios de impotencia y fracaso con las mujeres que relató sin inhibición, como sólo Montaigne lo había hecho antes y nadie más después con tanta honradez.


Porque aunque disfrazó de novelas La vida de Henri Brulard o sus Recuerdos de egotismo, se trata de libros autobiográficos en los que se retrata con absoluta verdad –nadie antes había confesado tantas verdades sobre sí mismo como Stendhal–. Más seco que sensiblero, interesado en sentir pero sobretodo en comprender por qué y cómo sentía, fue un observador meticuloso de sus sentimientos, de sus opiniones generales a sus emociones y trastornos más íntimos, que luego expresó con franqueza, insolencia y osadía. Entre ellos, el desprecio que sentía por su padre –confesó haberse arrodillado para dar gracias al cielo cuando murió–, la pasión edípica por su madre, sus inhibiciones sexuales o su desmedida vanidad.

Y es con esa sinceridad tan suya –esa que Alain de Botton sitúa entre la emotividad de una niña de doce años y el rigor de un juez de la corte suprema–, con la que arremete contra lo intocable de su época, siendo un crítico precoz del pensamiento antecesor a lo políticamente correcto y que él denominaba lo adecuado. Sabía que para no ofender había que limitarse a decir generalidades. Pero no se callaba. Y esa franqueza hizo que incluso lo expulsaran de su amada Milán, acusado de un «espíritu político muy malo», por sus sarcasmos contra el gobierno y sus conductas anticlericales y revolucionarias.

Stendhal escribió que no había peor desgracia que llevar una vida aburrida y que había que vivir movido por el impulso de la emoción. Por eso un lugar para encontrarle, 173 años después de su muerte y cuando sigue siendo un iluminador de lo contemporáneo, es en el testimonio de sus grandes pasiones. Así como sus personajes Julian Sorel o Fabrizio del Dongo sufren al ardor de ciertas mujeres, también la vida del feo Stendhal –gordo, bajito, tímido, nariz rechoncha, cuello demasiado corto, ampulosa barriga y el rostro de ‘carnicero italiano’, como se describió él mismo – estuvo marcada por sus amores, a quienes sedujo con su elocuencia, matizando esos defectos físicos con el atractivo natural de la inteligencia y la buena conversación.

Es famoso el pasaje de La vida de Henri Brulard en el que cuenta que en el lago Albano, en el polvo, escribió las iniciales en las que podía resumirse su biografía: V. Aa. Ad. M. Mi. Al. Aine. Ang. Mde. C. G. Ar –Virginie, Angela, Adele, Mèlanie, Mina, Alexandrine, Angeline, Métilde, Clémentine, Gulia–. Romántico del siglo XIX, uno encuentra a Stendhal en esas mujeres que amó, casi siempre sin éxito, y quizá fue eso, como explica Stefan Zweig, lo que lo llevó a observar con tanta atención la psiquis y la urdimbre de los sentimientos.

Él hizo de la búsqueda de la felicidad la razón de su existencia. Pero esa dicha no estaba en la conquista sino en el anhelo. “La espera es la felicidad”, escribió en sus Paseos, en la misma línea de Stevenson cuando dice que “viajar esperando es mejor que llegar”Y el motor de esa búsqueda fue su enorme curiosidad. En una carta a su hermana Pauline escribió: “de todas mis pasiones, la única que me queda es la de ver cosas nuevas”.  Ese ímpetu fue el que presidió su biografía, el que lo hizo viajar sólo por el placer de escuchar las óperas de Rossini y Cimarosa, ver un cuadro de Rafael, disfrutar de una buena conversación –con Byron y Merimée, por ejemplo– o de la compañía de una mujer.

 


Una tumba como biografía

Como no es posible encontrar al autor de La Cartuja de Parma en Grenoble, ni en las calles de París y tampoco en la Italia de la que se sitió ciudadano, el último lugar para buscarle es su tumba. Una que, por cierto, no hubiera querido que fuera la suya, pero la tibia pobreza que enfrentó al final de su vida hizo que no tuviera suficiente dinero para ser enterrado en el cementerio que prefería, y lo fue en el de Montmartre, en una sepultura sacudida durante años por las vibraciones del metro hasta que una sociedad de amigos consiguió trasladar sus restos a un sitio mejor.

¿Pero quién yace en la tumba de un poeta? El poeta desde luego no, como dice Cees Nooteboom. Tampoco Stendhal está en su tumba, pero es verdad que en pocos casos un epitafio resume tan bien un destino, es una condensación igual de la biografía de un poeta de su propia vida, maestro en el arte de vivir: “Arrigo Beyle, milanese. Vivió, escribió, amó”.

Uno sólo va a tumba de los muertos que le importan. Y como una especie de comunión, somos muchos los que hemos ido hasta allí para pedirle permiso de ser parte a esos Happy few para los que decía escribir –esas “almas afines” que buscó en vano a lo largo de su vida–, para contarle que, como él, desconfiamos de los grupos, no tenemos una sola patria y estamos llenos de curiosidad por nosotros mismos, observadores persistentes del sentimiento y el alma. Entonces, ¿dónde está en realidad el escritor? Como a la mayoría, es inútil buscarlo en ningún escenario. Un artista está en su obra. En ella vivieron y es allí donde no mueren nunca. 


El misterio Stendhal

Stendhal

Stendhal ha llegado a ser tan importante para mí que cada cinco o seis meses tengo que volver a él. No importa en absoluto de qué obra se trate, siempre que sean frases que contengan su respiración. A veces leo veinte o treinta páginas suyas y pienso que viviré eternamente. Incontables son las obras que aguardan ante mí y con incrédulo horror me digo entonces que él murió a los cincuenta y nueve años.

Stendhal tiene la cabeza llena de cosas relacionadas con la “cultura”: cuadros, libros, música; muchas me resultan hoy tan importantes como lo fueron entonces para él, otras, aún más numerosas, me son indiferentes o repelentes y dulzonas, pero lo único importante es la manera como él está lleno de esas cosas. De todas saca algo que sólo se asemeja a él mismo. Acaso pueda yo consolarme pensando que estoy demasiado poblado de bárbaros y religiones, porque es posible que se hayan convertido en mí mismo. Ya se trate de Canova o de Wotruba, el azar del origen desempeña aquí un papel puramente secundario. La pasión con la que uno se posesiona de cualquier objeto, y la pasión con la que se distancia de él en la contemplación, lo son todo.

Elias Canetti
Hampstead. Apuntes rescatados 1954-1971
Editorial: Anaya & Mario Muchnik
Traducción: Juan José del Solar

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Albert Thibaudet, que fue un crítico extraordinario, trazó una interesante distinción entre los escritores que “tienen una posición” (piénsese en Víctor Hugo, por ejemplo) y los escritores que “tienen una presencia” (y aquí el ejemplo de Stendhal nos viene enseguida a la mente).
Cuando leemos Los miserables nos sentimos cautivados, inspirados, abrumados, sin por ello sentir necesariamente una especial urgencia por conocer a fondo la vida de Hugo; o, si lo hiciéramos, ello probablemente no supondría un aumento de nuestra estima por su obra maestra, puede que incluso disminuyera nuestra admiración, a medida que fuésemos descubriendo que el autor fue un poco menos magnánimo que su creación.
Con Stendhal sucede precisamente lo contrario. Los beylistas (no deja de ser curioso que los admiradores de Hugo no se llamen a sí mismo hugolistas) devoran con pasión cada pedazo de papel en el que Henri Beyle escribió algo –de hecho, algunas de sus ideas más originales, ocurrencias y paradojas fueron surgiendo a voleo, de manera totalmente casual: anotadas en los márgenes de los libros, en hojas sueltas o en el reverso de sobres usados. Las leemos todas ellas con la misma avidez, con la esperanza de lograr una comprensión cada vez más íntima del hombre que hay detrás de lo escrito.
En la conclusión de su ensayo sobre Stendhal, Paul Valéry comprendió el corazón del maestro: “A mi modo de ver, Henri Beyle es mucho más un tipo de “talento” que un literato. Es demasiado él mismo como para ser reductible a la condición de escritor. Eso es lo que gusta de él, lo que disgusta y me gusta. No acabaría nunca con Stendhal. No se me ocurre mayor alabanza”.

Simon Leys
Con Stendhal
Editorial: Acantilado
Traducción: José Ramón Monreal

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El stendhalismo, pese a su origen francés, es un fenómeno de alcance mundial y, al parecer, casi inagotable. Paul Valéry decía que Stendhal nunca tendría fin, y aunque ese nunca suena hoy a nuestros oídos bastante falaz e incierto no sólo respecto a Stendhal, sino a todo aquello que apenas ayer nos parecía estable, el stendhalismo es seguramente la pasión más duradera, la más amplia, la más ferviente que ha surgido en la historia, la vida y las costumbres literarias. Algo parecido ocurre con Casanova, aunque sin la misma intensidad y duración. En lo que respecta a Stendhal, el mejor modo para definir una pasión semejante sería, quizá, hacerle tomar cuerpo en uno de los mayores stendhalistas de nuestro tiempo, tal vez el más importante de todos: Pietro Paolo Trompeo, católico profundamente interesado por el jansenismo, romano afecto a la memoria de la Roma papal, aunque, honestamente, a través de los escritores católicos franceses que florecieron entre el primero y segundo imperio y no como consecuencia de oscuras nostalgias papistas. Convendría tener en cuenta a Trompeo, hombre de vida retirada, severa y apacible, para poder entender qué actitud, qué aspiración y qué inspiración lo llevaron a amar a Stendhal, a apasionarse por él, a seguir :sus huellas en la Italia romántica; también para comprender y definir la esencia del stendhalismo. El misterio del stendhalismo de Trompeo, al menos para mí, se ha incorporado al misterio de Stendhal (y aquí viene a cuento lamentarse de que en este año stendhaliano ningún editor haya emprendido la reimpresión, no ya de todos los escritos de Trompeo sobre Stendhal, sino, al menos, del primero de ellos, un volumen ahora dificil de encontrar, cuyo título es Sulle orme di Stendhal nell’Italia romantica).

Digo el misterio de Stendhal porque las razones que nos hacen amarlo, que nos empujan a buscarlo y nos iluminan tienen siempre algo de misterioso e inaprehensible. Haciendo hincapié en la frase definitiva del ensayo de Valéry sobre Lucien Leuwen, es posible que en un momento determinado desaparezcan del mundo los happy few (siempre pocos pese a los inmensos ecos que suscitan) que lo aman; pero, mientras éstos existan, no terminarán nunca de investigarlo, de descubrirlo, de profundizar en sí mismos gracias a su obra.


El gozo que suscita Stendhal es imprevisible como la propia vida, como las horas de un día y como los días de una existencia. Cuando y cuanto más creemos conocerlo, nos sorprendemos de pronto descubriéndolo en un fragmento, en una frase, o subvirtiendo en sus libros el orden de las preferencias o de los gustos. Se empieza concediendo preferencia al Rojo y negro, pero en un determinado momento, casi sin darnos cuenta, nos inclinamos por La cartuja de Parma, y un día, de repente, nos descubrimos inmersos en el Henri Brulard como en la esencia misma de la obra stendhaliana y plenamente conscientes de las razones de nuestro entusiasmo. Ésos son los tres grados del stendhalismo. Se ha señalado que en las páginas que sobre Stendhal nos ha dejado el stendhaliano Lampedusa encontramos al final la confesión del. paso del grado Rojo y negro al grado La cartuja de Parma: nos queda el pesar de que al autor de El gatopardo le haya faltado tiempo para una segunda e inevitable conversión a Henri Brulard (y a los Recuerdos de egotismo, una especie de apéndice de esta última).

Esos grados del stendhalismo poseen un valor objetivo y subjetivo: representan lo que, utilizando la famosa frase de Sobre el amor, podríamos denominar proceso de cristalización que se empieza a producir en la mente y en el ánimo del lector asiduo, del lector fiel, del lector que asume el lema Stendhal for ever (frase que era el ex libris de un stendhaliano cuyo nombre no recuerdo). Pero ponen también en evidencia de qué modo la obra de Stendhal encuentra su vértice en el magma, en el caos incandescente del Henri Brulard. El hecho de que se prefiera al final una autobiografía desordenada a dos novelas bien construidas, casi perfectas y de una vitalidad encantadora indica pura y simplemente que Stendhal es un escritor completamente distinto y que también es completamente distinto el lector que encuentra en sus páginas afinidades y confianza.

En el caso de otros escritores, la autobiografía, los momentos autobiográficos y los recuerdos sirven para ilustrar la obra toda; en el caso de Stendhal son la obra misma. Esto se puede comprobar también en Cellini o en Casanova; pero con estos dos escritores, con estos dos libros que son la historia de sus vidas, el’ lector apasionado realiza una lectura, por decirlo de algún modo, anagráfica: es decir, de deslinde entre verdad y falsificación de los hechos, los datos y las fechas; una lectura bastante festiva, también aplicada a Stendhal y parte del propio stendhalismo. Sin embargo, ni en el caso de Cellini ni en el de Casanova entran en juego las razones del corazón, del conocimiento del corazón humano y de nosotros mismos. Respecto a Stendhal, sólo hay un único precedente: Montaigne. Y Stendhal tiene plena conciencia de ello. «He tratado de narrar como Montaigne», dice. Y lo dice con cautela: «De narrar». Ambos, en su tiempo, escribieron (como Auerbach comenta de Montaigne) para unos lectores que no existían, escribieron a la par que creaban sus futuros lectores. Ha sido preciso que transcurrieran por lo menos dos generaciones para alcanzar su nivel (como dice Nietzsche de Stendhal). Ambos se encuentran en eso que podríamos llamar el finis terrae de la literatura: allí donde empieza el océano tempestuosamente festivo -o festivamente tempestuoso- de la vida.

Leonardo Sciascia
«El amor a Stendhal»
El País, 20 de noviembre de 1983

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y como expresión logradísima de una curiosidad y un talento inventivo auténticamente franceses para este reino de estremecimientos delicados podemos considerar a Henri Beyle, ese notable hombre anticipador y precursor, que, con su tempo (ritmo) napoleónico, atravesó a la carrera su Europa, muchos siglos de alma europea, como un rastreador y descubridor de esa alma: -dos generaciones han sido precisas para darle alcance en cierto modo, para adivinar tardíamente algunos de los enigmas que le atormentaban y embelesaban a él, a ese prodigioso epicúreo y hombre-interrogación, que ha sido el último psicólogo grande de Francia.

Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y el mal
Editorial: Alianza
Traducción: Andrés Sánchez Pascual

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«Mi novelista favorito es Stendhal. Para mí es el más grande. Y Stendhal tardó 53 días en escribir ‘La cartuja de Parma’. Eso es ser un novelista. ¡53 días en escribir ‘La cartuja de Parma’!

Roberto Bolaño
Presentación de Nocturno de Chile
Instituto Cervantes de Londres, Marzo de 2003

“Sí, el que se mete a fondo en la obra completa de un escritor. Por ejemplo, leer un solo libro de Camus me parece imperdonable. O uno solo de Flaubert. O de Stendhal. Hay que leer todo Stendhal. Buscar sus libros, coleccionar sus libros, acariciar sus libros.”
Roberto Bolaño
Entrevista con Uwe Stolzmann
¿Qué autores influyeron en su literatura?
Muchísimos. En realidad todo libro que uno lee influye en la literatura que posteriormente hace. A mí me ha influido desde Arquíloco, que es un poeta griego, arcaico, que releo siempre, hasta los clásicos del siglo de oro, a quienes leo bastante a menudo. Y contemporáneos: Melville, Flaubert, Stendhal. Este último me ha influido muchísimo, aunque no se nota, porque sigo siendo muy malo y Stendhal es muy bueno.
Roberto Bolaño
«Roberto Bolaño: inédito y final»
La Tercera
Soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia: una sombra se deslizaba por la cerámica de los reactores. Es el fantasma de Stendhal, decía un joven con botas y desnudo de cintura para arriba. ¿Y tú quién eres?, le pregunté. Soy el yonqui de la cerámica, el húsar de la cerámica y de la mierda, dijo.
Roberto Bolaño
Un paseo por la literatura
Editorial: Acantilado



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