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lunes, 25 de mayo de 2026

Aléksandar Vutimski

 


Aléksandar Vutimski vivió rápido, murió joven. Veinticuatro años. Sí, a esa edad, como a menudo se nos recuerda, se puede ser Rimbaud. Ah, Rimbaud… Cuántos destinos ligados a una vida y una obra excepcional. A Vutimski se lo llevó la tuberculosis y, mientras tanto, habitó las noches, entregado a una búsqueda de la belleza. Si consideramos todo ese lado autobiográfico de Ojos que lloran, una vida de bohemia. Ya sabemos lo que esto viene a querer decir: pobreza, incomprensión (de los demás para con uno, también de uno para con los demás), atracción por la muerte (o indiferencia), amores cambiantes, sentimientos más grandes que la vida y esa sensación de haberlo visto todo pese a una juventud galopante, cafés, prostitutas, atracciones fatales, poesía, profundas caídas y un gusto por la decadencia, propia y ajena. 

Bulgaria al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de jóvenes bohemios y alcohólicos intentan encontrar su camino, vagando de taberna en taberna. Víctor es un vagabundo perezoso cuyos padres no saben cómo encauzar sus vidas. Una noche, asiste a una fiesta y queda prendado del atractivo de Grigori, un joven alto y extravagante que hipnotiza a las chicas con su baile y su figura esbelta. Víctor se une al grupo de amigos de Grigori, pero este pronto es hospitalizado con tuberculosis. Tanya y Nikolay, una pareja con altibajos, sumergen a Víctor en los rincones más excéntricos de la vida nocturna de Sofía. Grigori pronto abandona el sanatorio y el grupo de amigos continúa vagando por las calles, parques y tabernas de la ciudad, intentando comprender sus sentimientos.

"Ojos llorosos" es una novela de tono autobiográfico, en la que, por primera vez, el sentimiento homoerótico se plasma magníficamente en la literatura búlgara. Una historia llena de imágenes y descripciones, en la que el silencio, los gatos callejeros, la lluvia, las farolas y la saturación del color azul transportan al lector a la decadente vida nocturna de la ciudad y sus tabernas llenas de prostitutas, conciertos improvisados ​​y peleas de borrachos. El poeta búlgaro Alexander Vutimski logra retratar con una prosa sublime e intrincada la compleja naturaleza de las relaciones humanas.



Al menos, así es en Ojos que lloran. Hay más, claro, pero estas son las cosas que giran en ese torbellino de vida. Grígori sería el escritor. Alrededor de él (o él alrededor de ellos) están Víctor, que recién llega cuando Grígori es internado por tuberculosis. Su relación va más allá de la amistad y en eso la novela tiene su atrevimiento, no escapando a esas relaciones homosexuales o bisexuales. En definitiva, una atracción por los cuerpos que no hace distinciones. Una atracción no solo física, sino también intelectual y de dependencia, que es un poco la que mantienen todos, también incluida la chica del grupo, Tania, con Nikolái, formalmente pareja de esta, en la práctica un ángel caído que juega a la perversidad y a ser el destino fatal de todos. Un personaje venido del siglo XIX, del que no están especialmente lejos. Andamos por el final de los años treinta y principio de los cuarenta. Las vanguardias, pasado el momento inicial de euforia, se van asentando, y el periodo de entreguerras llega a su final con el ascenso del nazismo y el comienzo de una nueva guerra mundial, tras la invasión a finales de 1939 de Polonia. Una guerra que aquí también está presente, pero que pese a ser una fatalidad más, no es lo peor que les puede pasar, porque ellos tienen su propia agenda, su propio tiempo, su propio plan de destrucción. Caer, caer, caer, desde una cierta superioridad. Con ese azul dominante, que es el color del cielo, pero también de la tristeza. O el color de unos ojos, pero, de la misma manera, el de unos ojos que lloran. Cuánta impotencia, hay después de todo en este libro. Esa idea de que se puede estar solo, alcanzar la individualidad en contra de una sociedad que desprecian. Sin embargo, no pueden separarse. Hay una atracción incluso cuando uno de ellos elige el suicidio. Un apego y un desapego. Abrazar abismos. Los tres amigos tienen cosas que reprocharse, aunque Víctor sea el más flojo. Tania es otra cosa. Es el sentido común. Ella ama. Los demás, en el mejor de los casos, desean. Mientras tanto, deambulan, viviendo eso que han dado en llamar vida. Una vida en sombras (he escrito sobras, y bien pensando…).



Se emborrachan, son incapaces de trabajar, viven esperando algo que nunca llegará (tal vez Grigorí, que cree que la poesía puede salvarle), algo que nunca llegará porque ni tan siquiera tienen muy claro qué es. Saben lo que no quieren, esa escala de grises, mientras piensan en abstracto, después de todo, en la belleza. Vivir para ella, vivir en ella. En algún momento pensé en La danza piadosa, de Klaus Mann. Ojos que lloran, es nieta o biznieta de los decadentistas, pero comparte su tiempo con otras derivas. Juventud en marcha, sin saber hacia dónde… hasta que la Historia les alcanza.




Aunque caiga rendido…
5 poemas de Aleksandar Vutimski








¿Por qué?



¿Por qué me acaricias mis manos tú?

¿Por qué tan serenamente besas

las palmas de mis manos?

¿Por qué sonríes en silencio

mientras me tocas la mano?



¿Por qué junto a mis labios respiras

en la esquina junto al silente mostrador?

¿Por qué tan sigilosamente bailas tú

al anochecer mientras llueve?



¿Será esta noche lluviosa y azul

en la que nos hundamos ebrios en el silencio?

Bajo la sombra en la oscuridad de algún parque

¿Gemiremos abrazados de nuevo los dos?



¿Por qué en esta vieja taberna siempre

me buscas tú y yo te busco solo?

Solo de día pero sediento de noche

sediento de tu voz, de tu baile, de ti…



Siéntate a mi lado ahora… Baila más conmigo…

…Aunque caiga rendido…

El tabernero mañana me dirá en voz baja:

“De nuevo está usted solo, amigo, ¿por qué?”







Poemas al muchacho azul



1.

El muchacho de plata,

aquél de las boinas azules y las charreteras

resultó ser un sueño.

Que me halle hablando con gatos y estrellas

posiblemente al ron se deba.



Yo no he vivido en un patio entre árboles

bajo nubes y anaranjados atardeceres.

Para el muchacho de plata cogí yo el retrato

del negro del calendario francés.



Borrachos y dorados ángeles he anhelado.

No ha llovido, pero la lluvia yo he oído.

En la oscuridad atardeceres yo he presenciado

y no son manos lo que he besado, sino farolas…



Desde el azul yo mismo he contemplado

labios y ojos imaginarios

tazas vacías, lágrimas y bailes…

He estado ebrio y entiendo que he estado loco.



Ya no te espero… ¿Marcharás tú junto al sol

que se escabulle?

Acaso de nuevo desaparecerás tú

sin llamas, sin sangre ni lágrimas…

Viaja, fúndete en el crepúsculo, saluda a la lluvia.



No soy yo quién te beso, no soy yo el que llora, ni siquiera quien sonríe.

…Me temo que solo has sido un ángel imaginario.

Y tú te eclipsas.



Pero el muchacho azul no ha sido

el muchacho del gorro azul y plata

con ojos de baile sureño,

aquél ebrio muchacho que de lejos susurraba: Sasha

………………………………………………Y esta noche

…Ay, la vieja farola me llevaba a la iglesia

……………………..bajo el horizonte nocturno.

Cúpulas de niebla, luna e invierno.

Yo también he caído en la nieve

bajo dos fríos y mudos ojos.

¡Policía!

Sálveme de mis recuerdos

¡Policía!

Haz que el día tenga lugar…

………………………….Pero no voy a llorar…



Es posible que el muchacho azul no haya existido.



El poeta Aleksandar Vutimski (primero de izq. a der.) con amigos. 1936


Júbilos cielos



No sufras por ser diferente

ni por no parecerte a los demás.

¿No ves cómo los niños corren

siguiendo las nubes que se fugan?



Ama al viento, al agua

anda, toca y canta con la lluvia

Y a través del sinfín del mundo

baila tú solo en la oscuridad.



Tus ojos verán el bello, inmenso

y azul del cielo…

Y en este desierto de la felicidad

muchos colores emergerán…



Junto al universo tú vivirás

y los árboles florecerán

al igual que la gente crece

al igual los continentes se mueven.



En tu madurez tú solo aparecerás

apaciblemente entre la gente

y con simples palabras les hablarás

de los júbilos cielos.





¿Llegaré a vivir algún día?




La luna se acerca a mi ventana

justo cuando las agujas del reloj se detienen.

La luna desciende sobre una nube dorada

y sobre la cornisa se asienta frente a ti.



La luna es tan fría como yo,

pero tú nunca me has visto de noche…

Lentamente por las paredes me subo,

mientras tus manos yo toco, permanezco en silencio,

mudo y frío como la luna.

Entonces no debes moverte tú.



La luna deambula solo en noches taciturnas.

¿Verdad que no la has visto de día?

De día yo soy como ella

un mero reflejo, infinito y pálido,

apenas reconocible e innecesario.



En la mudez de la noche quiero yo que me veas,

y que desciendas sobre mí, pero no sé yo

si con el roce tuyo acabaré marchito…

Marchito como polvo de luna.


El poeta Aleksandar Vutimski y su hermano K. Kotsev.
1938



Poemas a un muchacho



I

El muchacho estaba paseando por el viejo y oscuro bosque.

Del rocío sus botas hace tiempo que se cubrieron de plata.

Él iba silbando, con los árboles hablaba,

y con sus manos rozaba su corteza

……………………………………………..rojo-dorada.



Los pájaros silentemente cantaban escondidos entre las oscuras

………………………………………………………………………………………..ramas,

el muchacho con tristeza les alzaba la mano, él llevaba

…………………………………………….una pluma sobre su sombrero,



El bosque llegaba a su fin por la tarde. Un gran horizonte

…………………………………………………………………………….se expandió.

Una carroza viajaba junto a caballos viejos, cubiertos de polvo.



El muchacho se detuvo en el camino y miró el dorado

……………………………………………………………………………atardecer.

La carroza azul en el crepúsculo; el bosque, oscuro

…………………………………………………………..……..y silencioso.

Con su frente dorada por el sol,

……………………………………..…con sus ojos en llamas y rojizos,

el muchacho se puso a llorar en silencio y la noche

……………………………………………………..…..en tristeza aconteció.



II

Yo soy aquel muchacho que viaja por un oscuro bosque.

El sol está enfermo, el aire está enfermo,

…………………………….….los pájaros están enfermos.

Tal como flor endeble, crecida en algún lugar

……………………………………….a la oscuridad,

así de bello y débil es el muchacho de oscuras pupilas.



Yo no vivo al sol, yo respiro, yo crezco

……………………………….………….entre tinieblas.



Yo amo las habitaciones sombrías, aquellas con retratos y cómodas

………………………………………………………………………………………..amarillentas,

mi espejo, aquél que reflejaba la oscuridad, junto a la pared;

a su lado el gato – el morador de las tinieblas –

……………………………………………….él es mi mejor compañero.



Yo amo las grandes y vacías tabernas,

……………………..…inaccesibles para el sol azul.

Yo deliraba horizontes morados, farolas

………………………………..…bailando en lo negro.

Yo estoy loco, yo estoy enfermo, el aire sobre mí contagiado

………………………………………………………………………………….….está.

Ciérrate, enorme horizonte… Cerrad,

cerrad la antesala.



III

El muchacho bajo la vieja y triste farola sonríe

……………………………………………………..…con impotencia.

No toquéis nunca sus dedos, ni tampoco sus oscuros

…………………………………………………………………………….ojos.

Su contagio penetrará en vuestro tranquilo, feliz

…………………………………………………………………y apacible hogar.

Entonces despreciaréis el mundo, aquél que sufre y canta

……………………………………………………………………..…….bajo el sol.




EUROPA – ALTA

1

El mundo está atronador y ya estamos ensordecidos
de noticias, de discursos y acontecimientos.
La noticia vuela en un instante.
Y ya eres indiferente a todo.

Europa está perdiendo aliento de destrucción,
por centésima vez bajo banderas de combate.
París está muerto. Londres en una desolación
Me casaré para siempre.

Una guía fea y fanática
dibuja una señal de cruz en ambos postes.
Se decide que hoy no a partir de volúmenes
Europa necesita, pero bayonetas.

¿Qué pasaría si este aire respirara aquí
¿Rembrandt y Hus, y Kant, y Dostoievski?
Con una Europa de bahía, se nota de manera convincente
de su cultura y progreso.

¿Será el atardecer,
o nacerá un nuevo mundo bajo el trueno...
El mundo está atronador y ya estamos ensordecidos,
Por desgracia, se volvieron insensibles a todo.

2

Eran muy pequeños, pero construyeron
Tus ferrocarriles, tus ciudades.
Cavaron tu tierra en busca de mineral.
Con tractores, con rally y heroísmo
Otras vacaciones, tus llanuras,
esperando que no los patees,
lavarlos como a un perro patético –

tus trabajadores, oh, Europa.

Y he aquí, pagas tus pecados.
Ella olvidó que hay justicia,
mimado, sofisticado y codicioso,
chupaste oro de los continentes.
Robó dátiles y diamantes,
cacao, frutas, hierro, carbón,
tirando a la basura un miserable su
a los ojos del ganado –

de vuestros trabajadores, Europa.

Ahora escondes a un patético y asustado
en las oscuras mazmorras de Londres.
No bostezas aburrido detrás del ventilador,
No escuchas jazz y ya no bailas.
El trueno ahora es tu música,
fuegos – tu digna decoración.
Pero de nuevo, por desgracia, gracias a ti lo son
bajo el rugido de las bombas rotas –

tus trabajadores, oh, Europa.

3

No desprecio a vuestros pueblos.
Y creo que ya te estás agonizando.
No en el cuerpo de sus trabajadores
Terminarás tu propio campo de depredadores.
Las manos que construyan destruirán
y toda la tierra se volverá diferente.

Pero me mataste, una bruja europea.
Por encima de tus calderas con sangre y oro
Respiraba vapores con avidez.
Bailé, canté, escribí versos.
Y ahora soy mayor que tú,
y como si hubieras amenazado con la perdición.

Los inteligentes sobre mis versos
Sonreirán sabiamente, pasarán.
„Poeta reaccionario “ – producirá.
No echarán de menos el caso de un camino desfavorecido
hablar de superestructuras, bases.
Seguirán discutiendo sobre Hitler.
Vivirán en su sublime
Estética de la llamada callejera.

Depredador europeo, tienes hijos –
manadas de habladores y tontos.
Oh, que al menos sean estiércol
por un futuro mejor y más fructífero.
Te retuerces, mueres y maldices.
Espero que tu oponente muera contigo, bruja.

Y moriré a causa de mi herida.


SE INFORMÓ DE UNA FALSIFICACIÓN

Hacía mucho tiempo que no te veía. Aici,
Fuiste a Bed Street hoy.
El cielo brillaba en tu crepúsculo.
¿Y mi llanto tranquilo y triste no te escuchó?...

Tus ojos están tan azules como siempre...
Tus ojos me miraron.
Y las crisis en el crepúsculo fueron –
y nos escucharon hablar en el parque.

¿A veces te acuerdas de mí?...
No lo sé, pero no te olvidé.
Pasan días silenciosos y aburridos.
Viví imperceptiblemente con recuerdos...

¿Con quién caminaré por la noche?
Soy diferente de la mayoría de la gente.
¿Podría hablarnos de versos,
¿dónde me detendré cuando esté gris,

¿Cuando estoy triste y frío?...
Intentaré vivir solo.
Pero la alegría que el sol tiene sobre mí es,
¿Será suficiente para calentar mi juventud?



MONÓLOGO SANTIMENTAL

Cuando te recuerdo, veo la guitarra, los libros,
el espejo dócilmente en la esquina, el piso bajo y distorsionado,
tu rostro oscuro junto a la ventana, iluminado por el sol por la noche,
Te veo sonriendo al anochecer, sentado tranquilamente en la silla.

Mírame. Dame tus manos en silencio. Una vez más. Una vez más.
Me sentaré a tu lado en el crepúsculo. Te suspiraré, seré feliz.
Para sacudirme borracho, me viene a la mente, como un mendigo en los pubs por la noche
pelear por las esquinas por la noche con guardias y borrachos desconocidos.

Me duele por ti. ¿No puedes ver? Estoy solo, me estoy haciendo viejo en silencio.
Y lo entendí hace mucho tiempo, y lo aprendí hace mucho tiempo, es imposible
luchar, sufrir, regocijarse como los demás,
No ser un borracho inútil, un joven fracasado y un holgazán.

Por eso, en una mañana tranquila, cuando duda de las casas,
Me sentaré en la puerta, miraré los árboles, el sol,
Perdonaré la ventana en silencio y luego me tragaré el barril yo mismo.
Y oiré sobre el último sonido, sonido sangriento... cuando amanece lentamente.


¿POR QUÉ?

¿Por qué me enciendes en tus manos?
¿Por qué besas mis palmas en silencio?
¿Por qué sonríes tan silenciosamente?
¿cuando tocas mi mano?

¿Por qué respiras por mis labios
¿en la esquina al lado del manso mostrador?
¿Por qué bailas sin anochecer,
¿Cuando llueve sobre el pub?

Y en esta noche lluviosa y azul,
Nos hundiremos en el silencio
bajo la sombra de un parque oscuro,
¿Ambos nos apretaremos la espalda?

¿Por qué en este viejo pub siempre,
¿siempre me estás buscando – y yo mismo te estoy buscando?
Solitario durante el día, pero sediento por la noche –
por tu voz, por tu baile, por ti...

Siéntate a mi lado ahora... Baila más conmigo...
...Aunque me quedara exhausto...
El padrino me lo dirá mañana en voz baja:
„Estás solo otra vez, amigo mío–¿por qué?“


HOTEL

Subo las viejas escaleras con alfombras rojas,
con barandillas de madera, de hierro, de cada vuelta – espejo.
En la oscuridad miro a mi alrededor, mis manos, la frente – azul, oscura,
El árbol alto, mi manto y el manto de sol y polvo se amarillearon.

Golpeo lentamente mi cuello, lo abro y por dentro hay silencio.
Me saluda con cara mansa, mi propio retrato desde la pared.
Desde la ventana, aquí está la bondadosa kima.
El reloj se detuvo y las dos rosas se marchitaron en el jarrón.

Estoy sentado en la ventana iluminada por una linterna lejana.
Viene – negro, luna – ardiendo en la oscuridad.
Los perros frambuesa en el rincón oscuro están dormidos.
El negro está en las casas, el negro – en el cielo, en mi habitación.

... ¿De dónde vengo en este viejo y remoto hotel?
¿De qué lado, a través de qué océanos y puestas de sol?
– No lo sé. Pero por la noche me atormenta una nostalgia brutal:
Camino, sueño, lloro, estoy aquí – ¿de lo contrario?

Probablemente estoy hablando en algún idioma desconocido y olvidado.
Quizás mis antepasados sean mis Incas – sacerdotes de un templo misterioso.
No lo sé. No lo sé. Aquí la luna está sentada en una chimenea.
Ambas rosas se marchitaron en el jarrón. Está tranquilo. Estoy solo en el hotel.


PRACES

¿No es raro que esté borracho otra vez?
En las calles desiertos y remotas
Las linternas se están quedando dormidas. Ahí abajo
El guardia camina solo contra la luna.

Como perros grandes,
En la oscuridad acechan y escuchan.
Los relojes tiemblan durante mucho tiempo
sobre sus caras se quedaron atrapados.

Te amo, fantasmas silenciosos y nocturnos.
Uno de ustedes está parado sobre mí borracho
con ojos grandes, oscuros, indagación
en mi vientre como una araña larga...

Él sonríe tranquilamente y guarda silencio,
y sus labios no están besados
olor a jardines. Y sus dientes
Mi carne está perforada como espinas...

Me apoyan los árboles comprensivos...
La luna lamo con mi lengua...
Su sudor me ha mojado las manos
y crujir bajo su aliento mi grito.

Ardo como un libro sobre una llama.
Los guardias están atrapados en el sueño.
Trago piedras sudorosas e insaciables.
Los relojes están oscuros.

¿Morí a medianoche,
Soplando bajo una vieja linterna.
Nunca me he besado...
Pero ellos, ellos miran, respiran... huelen...

DE UNO GRATIS

Qué fuerte me golpeó una bofetada
en esta habitación llena de crepúsculo.
Pero ¿por qué temblé de miedo
¿Y se resbaló en el suelo llorando?

No tengas miedo de tu bofetada.
Soy el mismo hombre, mírame. –
No tengo el pesado azote de un guardia,
En mi mano está la copa de vino.

No te pongas de rodillas frente a mí...
Estoy harta del vino y de las caricias.
Me cansé de mucha embriaguez.
Y quieres un beso y una pelea.

Oh, tan silencioso y pacífico
dame tus dedos y palmas.
Soñar con la infancia entre ellos
y la luna sobre la patria.

Soñar con el ruido de los árboles
y la cama con flores de campo.
Para recorrer los trineos, las campanas,
y la nieve para abrumar la noche...

Te ríes insidiosamente. ¿Por qué?
Buscas con risa sin esperanza.
Oh, mi vida está devorada
del vino y de tu ternura.

No me queda nada, de verdad...
Aquí tienes un vaso, bebe hasta el fondo.
Dale otra bofetada si quieres,
y volver a agacharse en el suelo.

Soy igual, aquí están mis manos.
Pero ahora me verás a mí y a otro.
Te golpearé con una caja de cajas y cuerdas.
Gemirás ante mi bota.

Y cuando vuelves los ojos,
Te pondré en mi cama,
besar mi boca cama
y la frente fría y sudorosa...

...

Basta, diablo. Detener. Qué tontería.
Para, cállate, cállate.
¿Así es como tratas tu enfermedad?
Será mejor que cierres los ojos...

Desaparecer de manos con vino,
Esta habitación estaba llena de crepúsculo.
Para terminar el grito de borracho.
Para hacerlo tú mismo, oh, para siempre.


UNA FOTO PARA EL CHICO AZUL

1.

Fue un sueño del niño de plata,
con feed azul y pagones.
Hablar con estrellas y gatos
La razón probablemente esté en el ron.

No he vivido en un patio entre árboles
bajo nubes y puestas de sol de color naranja.
Tomé el retrato de un niño plateado
del negro del calendario francés.

Soñé con ángeles dorados borrachos.
No llovió, escuché la lluvia.
Estaba oscuro y vi el atardecer
y no besé manos, sino pilares...

Me estaba contemplando desde el azul
ojos imaginarios y labios,
y vasos vacíos, y lágrimas, y baile...
Estaba borracho, lo entiendo, estaba loco.

Ya no te espero... ¿Te vas?
¿con el sol que se va?
¿Caerás de nuevo
Sin llamas, sin sangre ni lágrimas...
Viaja, sal en el crepúsculo, triunfa bajo la lluvia.

No te beso, no vuelvo a llorar, no sonrío.
... Un ángel imaginario eras tú – ¡ay!
Y tú estás acostado.

Pero el niño azul no lo era
Un sombrero azul y un niño plateado
con los ojos de una danza sureña,
El niño borracho que susurra lejos: Sasha –
Y esa noche –
... Ah, la vieja linterna me llevó a la iglesia
bajo un horizonte nocturno.
Latas de niebla, luna y cubos de invierno.
Y caí en la nieve
bajo dos ojos, frío y silencioso...
Poliția! Poliția!
Sálvame de mis recuerdos.
¡Guardia!
Dime que sea un día...
Pero no lloraré...

Era posible que el niño azul no lo fuera.


O-HI-KU-SAN

Un gato sin hogar gatea en la oscuridad
siguiendo los pasos del chico azul.
Su rostro está oscuro por las lágrimas.
Llora, muchacho...

El niño bajo la lluvia llora en silencio.
Busca a su ángel en la oscuridad.
Pero su ángel está borracho;
con rizos dorados canta en el crepúsculo –
Oh-hi-ku-san, O-hi-ku-san.
Un ángel pervertido, con ojos de oro
baila en un pub negro y transparente.

El niño está llorando.

– – –

Baila rumba, treper.
Canta con la garganta borracha, pasa un muslo.
Llama a las pulseras rojas como a un negro. Rumba.

En tus dedos el aire arde.
Pasa los hombros en llamas bajo el aliento de ron.
Disuelve tus rodillas bajo labios codiciosos como un negro.
Rumba, rumba.

– – –

El niño solía decir: O-hi-ku-san,
mi ángel de plata. Oh-hi-ku-san.

Pero el ángel está desnudo,
en la acera frente a una puerta.
Se come mediante la danza y el alcohol.
Para seducir la noche con las rodillas
Oh-hi-ku-san está desnudo.

– – –

Pero eres una prostituta o una bestia,
Eres hermafrodita, O-hi-ku-san.
Y el gato debajo de la vieja linterna
Estás disgustado, O-hi-ku-san.

– – –

Yo, el chico azul, no lloro más.
Pero hoy vivo en China.
Ho-kul-sai.
La niebla de una camisa fina me cosió.
Ching-shi, ching-shi.
Viajo al mar bajo un pico lejano
y toco el mes con mis manos.
En la tierra de los muertos, O-hi-ku-san,
Sueño con una cara muerta y helada.

Chang-chan, Chung-chan.
Tal sabiduría enseña Tao.


GRIS DIRECTO

1.

La frente es masculina y limpia,
con una pequeña y tierna arruga entre las cejas.
Él no habla, no se lamenta, no pregunta.
Está sólo ligeramente doblado de la silla.

En su mano delgada y oscura
Él permanece tal como es concebido.
Los pelos, oscuros, invitan silenciosamente,
aunque inaccesible para militarlos.

Ojos sanos y fríos y tiernos,
suavizar el rigor del perfil
bajo la sombra de los párpados bajados.

El rostro, soñador y masculino,
con los labios tentadoramente cerrados,
irradia un encanto extraño en un retrato antiguo.

2.

Con paso descuidado, frío y alto,
Caminabas lentamente en el crepúsculo de la habitación.
Para mí era azul. Parecías estricto.
Las dos rosas del jarrón olían finas.

Estabas sentado en silencio, cansado al piano,
Sonaba triste, profundo, de media tonelada.
Los rizos cayeron sobre tu frente involuntariamente. –
¿Sufriste, Dorian, Dorian?

En tu delgada y exquisita mano
reflejaban el resplandor de las tiernas piedras.
Una llama plateada brilló en tus ojos. –
Querías algo, ¿no, Dorian?

Te lo pregunté, pero ya no hablaste más,
aburrido de mí también, – ¿pero no solo?...
Inútil hermosa, solitaria a tu lado,
Las dos rosas del antiguo jarrón se marchitaron.


Capítulo I y II de Ojos que lloran
                                                            
Nunca escribiría porque es un sinsentido. A pesar de que durante toda mi vida solo he causado y vivido sinsentidos. ¿Para qué evitar las locuras si dan forma a mi vida? Sin ellas no existiría; no estaría hoy aquí.
Recuerdo a un muchacho peculiar. Puede que ahora esté escribiendo sobre él. ¡No es para menos! Se llamaba Víctor Goránov. Sus ojos eran oscuros y húmedos. Cantaba romances y tangos sentimentales con total pasión. Cuando bailaba, los movimientos de sus rodillas y brazos caían en frenesí, y hacían que se moviera como un negro. ¡Hipnotizante belleza!

Puede que alguna vez Víctor deseara ser artista. Puede que su nombre hubiera llegado a embellecer los afiches más brillantes de los grandes teatros. Quién sabe… Las mujeres lo amaban, siempre lo amarán, aunque nunca llegó a ser artista, ni se casó con una mujer adinerada, ni poseyó millones. Llevó una vida lamentable, propia de un chalado. ¡Pobre Víctor! ¿Por qué?

.                                                                                       ***

Nevaba sobre la vieja ciudad. Nevaba en silencio sobre las solitarias farolas, las blancas ventanas, los árboles. Víctor adoraba la nieve… Observaba los grandes y luminosos tranvías bajo el crepúsculo. Los policías permanecían en los cruces cubiertos de blanco. Un niño reía mientras sus manos trataban de cazar copitos de nieve.

Víctor caminaba alegre. Era un buen día… Ya no pensaba en nada, ni siquiera soñaba con nada… Se limitaba a sonreír. Su deseo es que siempre, siempre, oscureciera sobre las casitas argentadas y la nieve. Se detuvo frente a una puerta y permaneció durante un buen rato de espaldas. Cuando tocó el timbre era ya muy de noche y las farolas resultaban grandes y lucían argentadas entre los copos que caían.

Le abrió el anfitrión. Un muchacho joven e imberbe.

—Hola —le dijo de manera familiar—. Has tardado un poco, ¿no?… Venga, pasa. —Era el momento más animado de la noche.



Tras sacudirse la nieve, Víctor le dio la mano, se quitó el abrigo y con cuidado colocó sus zuecos en el rincón de la puerta. A continuación, se fueron abriendo más puertas: en un gran salón con sillones unos hombres permanecían sentados, envueltos por el humo del tabaco, varias parejas bailaban rumba, sobre una mesita azul barnizada y bajo una gran lámpara china de colores se apreciaba el tocadiscos negro… Víctor avanzaba en silencio, la suave alfombra persa estampada de tonos oscuros estaba recogida junto a la pared. Se presentó a varios hombres y mujeres, se sentó en un pequeño sofá y miró tras la ventana. Las cortinas eran de seda amarilla y estaban algo levantadas. La nieve ya no podía apreciarse… Víctor empezó a aburrirse.

—¡Rapsodia en azul! —gritó alguien a su oído. Víctor se sobresaltó. Resulta que había un muchacho a su lado en el mismo sofá. Un muchacho curioso. Sin duda, muy curioso. Víctor lo miró con asombro.

—Rapsodia en azuuuuuul… Venga… ¡Rápido! —gritó el muchacho y se levantó—. Sus ojos emanaban una inusual luz verdosa. Era alto, su figura era delgada y elegante, y sus manos se movían de forma brusca y tierna. De tez pálida, su cabello rojizo, o dorado, caía sobre su frente rodeándola como un resplandeciente halo.

—¡Rapsodia en azul! —continuó gritando ronco el muchacho. Se notaba que estaba ebrio.

El tocadiscos seguía puesto. Rapsodia en azul de George Gershwin comenzó a sonar con el alocado y tierno bramido del clarinete. Los huéspedes estaban en su sitio… Solo aquel muchacho alto y delgado permanecía de pie en el centro de la habitación con el rítmico tembleque de sus hombros.

—¡Grisha! —aclamaban todos desde su sillón—. ¡Venga, Grisha, dale!

Entonces Víctor presenció algo extraordinario.

Aquel muchacho alto y elegante empezó a girar sobre una de sus piernas con sus brazos extendidos. Después, con un movimiento repentino y apasionado inclinó su cabeza hacia atrás y comenzó a bailar. Oh, ¡menudo baile!… Un baile sin reglas ni instrucciones. Un caos total de dedos, hombros y rodillas vibrando que podían doblarse en cualquier momento. Apasionados e inesperados saltos.

Víctor lo miraba hipnotizado: la desmesurada expresividad de su rostro, sus temblorosos labios y sus alocados ojos delirantes que no lograban distinguir a nadie… Mientras tanto, el muchacho bailaba soltando algún que otro gemido. Gemía junto al tocadiscos entre alocados y tiernos chillidos.



El tocadiscos se detuvo. El muchacho se tambaleó del cansancio. Empezó a jadear por la tos apoyado en el sofá; temblaba y posó sin querer una mano sobre la rodilla de Víctor.

—¡Bravo! —exclamó alguien—. Los huéspedes aplaudieron. Los bailes y la charla se reanudaron.

Una hora más tarde Víctor tuvo una breve conversación con el anfitrión en la cocina.

—No conozco a la mayoría —dijo Víctor.

—¿No te lo estás pasando bien?

—Sí, bueno…

—¿Te gusta alguna chica?

—Hay una rubia con el pelo rizado y con los ojos oscuros…

—Y con unos muslos… Es Marche. No está nada mal. La favorita de todos.

—Y… este, el que estaba bailando… No lo había visto en ningún sitio. Está un poco loco, ¿no?…

—¡No, hombre!… Es Grisha… Está borracho. Es buen chaval. Algo peculiar… Siempre anda con una gente… No he visto nada igual. ¿Quieres que te presente a los demás? ¡Son todos raros! ¡Una panda de borrachos!… Los he invitado para que el ambiente fuera más diverso. Aunque para ellos no hay nada como las tabernas.

Durante la cena, Víctor se sentó enfrente de Grígori, que estaba hablando entre risas con otro joven a su izquierda. Bebían sin parar y brindaban. De repente, Grisha se levantó de su sitio y un instante después todos oyeron cómo le gritaba a una chica:

—Tania, quiero que brindemos juntos y nos marquemos un brüderschaft.

La chica lo miró y sonrió agotada.

—¿Me escuchas, Tania? —Grígori zapateaba como un niño—. Oye, que te lo digo de verdad. Si me rechazas no voy a volver a mirarte nunca más.

Tania volvió a mirarlo y esta vez murmuró sin sonreír.

—Que no quiero, Grisha —insistió.

De pronto Grígori se enfureció y Víctor escuchó unas palabrotas que rara vez había oído.


Grígori expulsó como un volcán todo tipo de términos zoológicos, improperios serviles e insultos.

—Está borracho —dijeron algunos de los huéspedes y se levantaron. El anfitrión permanecía perplejo.

El amigo de Grígori se levantó y, mientras agarraba con ternura la mano de Tania, le susurró algo en su pequeña oreja, que llevaba un pendiente de plata con una piedrecita rojiza.

Entonces Víctor vio a la chica levantarse en silencio, sonriendo, con la copa en mano, y delante de todos los huéspedes, dijo:

—Oye, Grisha, nosotros somos amigos, ¿no?

La muchacha acarició su mejilla, se bebió todo el vino de un trago y a continuación lo besó. Grisha se volvió a sentar en la silla, ya satisfecho. Su amigo hablaba animado y gastaba bromas, mientras hacía esfuerzos para apaciguar aquella mala e inesperada impresión.

—Debería rehabilitarse. Y si no nos canta algo, que nos recite algún poema —comentó la muchacha.

Él levantó su copa y continuó tras un distendido suspiro:

—Bebo por la salud de nuestro amigo, cuyo santo celebramos hoy, así como por el ambiente tan agradable que tenemos todos los que estamos aquí. ¡Abajo esas sonrisas de preocupación! Hemos venido a celebrar un santo. El vino es garantía suficiente de que nuestra celebración será buena y sincera. ¡Que viva esa juventud borracha que se ama!

Víctor se dejó llevar por el entusiasmo del grupo. Echó vino en su copa y bebió. Sintió cómo algo cosquilleaba en su pecho. Estaba alegre. Entonces olvidó la nieve. La infinidad de la nieve. Las áureas farolas. Veía cómo las copas se rozaban. El vino destellaba bajo las lámparas chinas… Todos reían.


Grisha recitó parte de un poema revolucionario de Vladimir Mayakovski:

¡A fuego,
a llama,
a hierro,
a luz,
abrasa,
quema,
corta,
destruye!

Grisha gesticulaba enérgico y gritó:

—Como escrito por nosotros. ¡Así será el mundooo!

Los invitados le aplaudían entusiasmados. Y tras una inesperada y elegante reverencia, Grisha añadió:

—Profundo poema… Pero no me pega… El autor delira con fusiles, explosiones y rebeliones. Y en realidad, lo que yo desearía es que el mundo se embriagara y comenzara a bailar claqué.

Los invitados cantaban, los invitados bailaban. Entre ellos, Víctor bailaba junto a la muchacha de ojos verdes. Grisha entonaba una canción de jazz junto a la puerta. Víctor lo miró y se marcó frente a él un extraordinario y flexible movimiento con todo su cuerpo, propio de un negro.

Grisha detuvo la canción por un momento y fijó en él su mirada… Víctor logró entablar conversación con él y sus amigos. Estaba borracho, algo mareado, muy alegre. Cuando la gente empezó a marcharse era tarde y ya había dejado de nevar.
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Delante de la puerta de la taberna había un pequeño muñeco de madera con una boina de colores y botones amarillos. En verano parecía que sonreía e incluso parecía moverse. Las niñas se detenían frente a él con sus vestiditos de colores y lo miraban con admiración. Pero ahora el viento lo mecía sobre su base de madera, la lluvia lo embarraba, se estaba volviendo más amarillento por la nieve y se mostraba cada vez más desgastado. Parecía triste, desamparado.

Antes de entrar, Víctor leyó el nombre del local, El Gallo Verde, que estaba dibujado con grandes letras negras. «Aquí es», pensó y a continuación abrió la puerta con cuidado.
Entre la cargante y casi traslúcida humareda los objetos palidecían y parecían estar más alejados. Un grupo de clientes borrachos estaba sentado en pequeñas sillas de mimbre alrededor de unas mesas de piedra. Parejas ebrias bailaban en mitad de la mugrienta taberna.

En la esquina más alejada, bajo el gran reloj, estaba sentado Grígori junto a sus amigos. Todos hablaban a la vez, fumaban y reían. Y frente a ellos había una enorme botella vacía. Víctor se acercó lentamente. En un cartón cuadrado de color azul colgado sobre la pared leyó la cromática inscripción: club de las agujas seguras. En la pared había un dibujo de un negro bailando claqué con un bastón y una chistera.

Con un alfiler Grígori estaba inscribiendo en un cartoncito clan de los gandules.

—Oh, mirad a nuestro viejo amigo —gritó de pronto Tania, que llevaba puesta una blusa amarilla con una mancha. Sus labios sostenían un cigarrillo, estaba algo borracha y despeinada.

—Siéntate con nosotros —le dijeron invitándolo.

Grígori miraba callado a Víctor que se sentó frente a él sin darse cuenta y, desconcertado, no sabía qué decirle. Grígori miraba ese cabello negro, esos ojos oscuros y esos labios grandes y candentes, esa esbelta figura, algo encogida en ese momento, e inesperadamente postergada en el rincón más alejado y oscuro de la recóndita taberna El Gallo Verde.

—Yo soy Nikolái Tómov —se presentó de repente el amigo de Grígori—. Y estos son mis amigos… Nosotros no tenemos nada para beber —continuó Nikolái, susurrándole a Víctor en la oreja, mientras lo miraba de arriba abajo sin cortarse—. Si tienes dinero, pídete algo. Somos gente alegre e inteligente. Y tenemos buena conversación. Pero sobre todo… ¡Más que nada somos unos borrachos! Y al que no le guste, ¡que coja la puerta!


Víctor golpeó la mesa con el cenicero.

Cuando el vino ya brillaba traslúcido tras las copas sus rostros sonreían apacibles. Nikolái se sentó junto a Víctor y en silencio le llenó la copa de vino. Las copas resonaban al rozarse. Todos se pusieron de pie para cantar una alegre canción callejera… El primer brindis lo hicieron en honor a Víctor.

—Nos encanta el alcohol —decía Nikolái Tómov algo inclinado, tranquilo, con gestos seguros—. Bebemos con los gitanos y los limpiabotas en las tabernas más recónditas. Pero no somos ni gitanos ni unos imbéciles… Uno puede ser un borracho, pero ante todo debe ser sofisticado, de buen ver y fuerte… Porque lo importante no es qué se hace, sino cómo y con qué gusto.
En el escenario, un hombre triste de complexión grande y rostro inmóvil extendía su acordeón. Otro tocaba el violín y cantaba afligido.

Un tango en aquella vieja y recóndita taberna… Un tango entonado por una voz ronca, algo fingido. Los caballeros borrachos, con sus boinas y sus ásperas manos, invitaban a sus damas. Damas no muy elegantes, ni sobrias, pero sonrientes y libres, aunque sus vestidos resultaran ya algo desgastados y sus viejos bolsos tuvieran la piel raída.

—Esta inscripción está de más —dijo Grígori, mirando al cartoncito de la pared. clan de los gandules—. Ya está, ¡menos mal! Y arrancó aquel inútil cartel.

Grígori se puso a bailar con una muchacha y, como estaba tan ebrio, le tocó los pechos y la besuqueó en el hombro. Los que presenciaron la escena se rieron a carcajadas.

Víctor estaba algo borracho y Nikolái bailaba sosegado con Tania, mientras clavaba su mirada en sus oscuros ojos. Los dos estaban bebidos, pero no llegaban a besarse. Solo se miraban a los ojos… y bailaban un lento y apacible tango.


El acordeón cambió drásticamente de compás. ¡Rumba! Las parejas se volvieron frenéticas, sus cuerpos se retorcían en un caótico baile mientras gemían y se apretujaban.

Tania seguía bailando con su Nikolái mientras lo miraba a los ojos. Pero ya empezaba a sentirse cansada, a toser y a jadear. Nikolái la levantó en brazos, de forma que sus piernas quedaron suspendidas en el aire y se balanceaban extenuadas, bailando un rato furiosas mientras Tania apretaba su cabeza en el hombro de Nikolái… y una vez el baile hubo terminado, ella se levantó pálida y se dirigió sola hacia la pared, jadeando, agarrándose los pechos con las manos, mientras abría sus grandes ojos de los que manaban lágrimas como poseída por la locura.

—¡Tania, vete! —dijo Nikolái—. Te gusta mucho armar jaleo… Vete ya.

Tania, callada, inclinó la cabeza, cogió su manto arrugado y, tras decir adiós con la mano, se marchó en silencio hacia la salida.

—Está enferma —dijo Nikolái tomando asiento—. ¡Ya está bien!

Todos se echaron vino y se lo bebieron de un trago.

—Tiene tuberculosis —continuó Nikolái, encendiendo a un lado su cigarrillo—. Estoy esperando a que se muera para quedarme algo más libre. Ya estoy cansado… de ser una oficina de caridad. Pero parece que no piensa morirse, ¡joder! Y me quiere, una locura… Ya está.

Seguro que ya era demasiado tarde. Víctor ya no pensaba en el tiempo. La pequeña orquesta de la taberna había cesado. Grígori no veía a nadie, seguro que ni siquiera oía nada. Parecía un sonámbulo… ¡Un viejo borracho! Con apenas veinte años. Seguro tendrá los veinte.

—Te llamabas Víctor, ¿no? —dijo de repente Grígori agachándose—. Eres muy simpático, ya me di cuenta cuando te vi en el santo de Bogomil. Tienes una expresión curiosa, tus ojos también, nunca he visto nada igual… Oh, esta noche estoy muy borracho. ¿No lo ves?… Estoy loco… Ahí fuera está nevando, caen grandes copos; infinita nieve. Las farolas resultan frías y lejanas. Los cables tiemblan por el roce imperceptible del viento; blanquecinos y argentados cables; un bajo e incomprensible soniquete…



A continuación agarró la mano de Víctor y fijó su tierna mirada en sus ojos. Grígori palideció: sus ojos y los movimientos de sus labios y manos mostraban extrañeza. Su voz a momentos resultaba tierna y de bajo tono, hasta cariñosa, para que al final de la frase lograra apreciarse su brusco carraspeo.

Hacia la pequeña ciudad polvorienta,
donde usted pasó su niñez.

Cantó Grígori bajito una canción melancólica de Vertinsky que contaba la historia de una muchacha solitaria de una pequeña y vieja ciudad polvorienta que había encargado en París un hermoso traje en primavera, para poder soñar con carruajes, pajes y bailes… y, sin embargo, bailaba sola en su habitación con un pálido príncipe imaginario. Pero:

En esta ciudad soñolienta
carente de bailes,
y sin ninguna carroza decente,
pasaban los años. Usted languideció,
también se marchitó el vestido,
su vestido divino.

Grígori cantaba ahora casi susurrando sin apenas moverse. O… puede que no cantara, sino que hablara, y sus palabras sonaran como una emocionante melodía, repleta de ternura y sufrimiento; silentes y lejanas palabras, casi inaudibles… Más adelante la canción decía que al final los sueños de la muchacha se cumplieron: llevaba su preciado traje, ya algo gastado; tras el coche fúnebre la gente la seguía; las plumas de luto se balanceaban sobre caballos ciegos; el viejo sacerdote mecía apacible el incensario.

Así, en primavera, en ese postizo
y ridículo carruaje
usted se dirigió al baile de Dios.

Terminó la canción. Grígori recitó los últimos versos dos veces, los labios le temblaban de dolor y tenía los ojos medio cerrados… La armónica volvió a sonar. Víctor le besó las manos.

—Siéntate a mi lado —dijo Grígori y llenó las dos copas.


Víctor se cambió de una parte de la mesa junto a la pared y los dos brindaron con sus copas y bebieron.

—Estoy mal, Víctor. Sufro. Los tengo a todos, pero nadie viene hacia mí. Puedo hacer que me besen los pies. Que se arrastren, se retuerzan… ¡Todos!… Pero no los quiero. Me resultan ajenos.

Todos, Víctor… Los desprecio. ¡Blandengues!… ¡Cobardes! ¡Gentuza!… Solo se la juegan por lo seguro, por el beneficio… Yo me la juego por el sinsentido, por la nada… Nosotros nos la jugamos por el propio riesgo… Puedo emocionarme con un simple atardecer… Y bebo en la taberna mientras cae la lluvia. Y le sonrío al sol que recuerdo como un enorme cisne blanco reflejado en la copa de vino…

»Oh, amo los bailes y la locura, y las mujeres histéricas… y el alcohol, ¡el alcohol ante todo! Amo los ojos que contemplan habitáculos inexistentes… Y tú tienes esos ojos, Víctor. Mírame…

Víctor puso las manos sobre las suyas. Estaban borrachos.

—Grisha —le dijo Víctor—. Qué cosas más raras dices. Pero ¿por qué a mí? ¿Por qué a mí…? Soy muy pequeño, Grisha. Ya comprenderás lo pequeño que soy.

De todas formas Víctor era consciente de que cuando Grisha decía «ellos» se refería a toda la gente del mundo excepto a sí mismo, y cuando decía «nosotros», quería decir él mismo y el grupo de amigos que se juntaban para ir de fiesta por las tabernas.

—Voy a bailar —exclamó Grígori.


La taberna ya se estaba vaciando. Había silencio… Se percibían las agujas rítmicas del reloj. Grígori empezó a levantarse.

—Quiero bailar… Makárich, toca un tango, por favor. Un tango lento y bajito… Víctor va a bailar conmigo… ¿A qué sí, Víctor? No te importa, ¿verdad? Aquí todo está permitido.

Bailaron juntos. Muy emocionados… sus hombros se balanceaban, sus manos se tocaban desde la distancia, sonrientes, ebrios… El oscuro y apasionado rostro de uno junto al tierno y pálido rostro del otro, con su transparente y brillante cabello. Sin duda una vista peculiar y bella en aquella vieja taberna que se estaba ya desvaneciendo, donde un hombre triste y corpulento tocaba como si estuviera inmerso en un sueño, y caía rendido sobre su armónica bajo el inmóvil reloj de la pared…

Una hora más tarde todo el grupo empezó a marcharse en silencio de la taberna. Se despidieron en un cruce.

—Voy contigo —le dijo Víctor tambaleándose un poco.

—¿Adónde? —le preguntó Grígori—. Es muy tarde. Hay que dormir. Mañana nos vemos otra vez.

—Si no dejas que me vaya contigo ahora, estaré toda la noche deambulando por la ciudad.

—Estás muy borracho. ¡No vas a poder deambular con este frío!… No lo hagas, Víctor, ¡escúchame!

—Grisha, he caído muy bajo —se lamentó Víctor de súbito—. Nunca voy a llegar a nada más… Nada va a salir de mí.

—Ojos negros, ojos negros —cantaba Grígori.

—Ojos negros, ojos negros —cantaba Víctor.

Los dos se agarraron de la mano y perdieron el equilibrio. Las casas eran negras y grandes, las calles infinitas y silentes. Como si los únicos habitantes de la ciudad fueran las farolas.

—Qué silencio —dijo Grígori y se detuvo bajo una farola—. Va a nevar, va a nevar… Siento cómo van cayendo los copos de nieve.

—Se llama Neli —empezó a hablar Víctor—. Tiene los ojos profundos y negros. Es frágil y elegante… La conocí en el monte Vítosha, cuando subía entre la nieve en dirección a la cabaña y se cayó en mitad del camino como una pequeña estatuilla de porcelana. La cogí en mis brazos, Grisha, pero pesaba muy poco. Nevaba, Grisha… Por la noche salimos juntos de la cabaña, solos… y me besó, Grisha… me besó, querido Grisha… Pero ahí quedó todo. Neli… Neli… —gemía en voz baja Víctor con una expresión extraña, bella y doliente en su rostro, con sus ojos grandes, nublados; ojos que no veían nada…


Grígori lo miraba sorprendido. ¡Qué rostro!… Podría dibujarlo. Sin duda. Si supiera dibujar… Emocionado, Grígori lo agarró de los hombros y clavó una profunda mirada en sus ojos.
Víctor se sobresaltó.

—Grisha —le dijo Víctor y lo miró durante un rato—, Grisha, estás loco…

A continuación ambos se quedaron callados a la sombra de un enorme edificio. Por la calle no pasaba nadie. Estaba todo en silencio.

De pronto, Víctor tomó la cabeza de Grígori entre sus manos y lo besó en silencio; lo besó en los labios, con un leve quejido, temblando entre fuertes abrazos.

Cuando Grígori volvió en sí, pudo ver a lo lejos la figura de Víctor sumida en la oscuridad; huía de aquel oscuro callejón sin salida sin detenerse, sin girarse y sin caerse, bajo los fríos e indiferentes rostros de las farolas…

Grígori suspiró y se sentó exhausto y perplejo en la acera.

De Ojos que lloran 







ALEXANDER VUTIMSKY Y BORIS SHIVACHEV: LA MELANCOLÍA Y LO SENSACIONAL EN LA (HOMO)SEXUALIDAD DEL ANTIHÉROE URBANO


Galina Goncharova

Colocar a autores con identidades creativas diferentes en un contexto común rara vez encuentra la justificación adecuada, incluso cuando se trata de casos biográficos relativamente similares. Dos hombres, juventud inquieta, enfermedades incurables, aura romántica, escritura (versos, poemas, relatos de viajes, novela): estas son las coordenadas de la proximidad condicional entre Bytimsky y Shivachev, aún más desdibujada al intentar verlos como bardos de temas marginales y escandalosos para la literatura de los años 30 y 40. El motivo de la profundidad y la singularidad de la experiencia homoerótica es el único punto crítico que los paraleliza y los distancia a la vez. Primero, uno es novelista, y el otro es principalmente poeta, es decir, sus textos son inconsistentes en términos de forma y expresión, lo que también explica la disimilitud en las actitudes hacia lo (de)scrito: en Bytimsky, la hermetización en la atmósfera, la sensualidad, la emoción; en Shivachev, la captura fotográfica de situaciones, cuerpos, gestos. En segundo lugar, la posición del observador es diferente: cómplice, autoexponiéndose y acusándose, exponiendo a la víctima-violador, que se rinde y se fragmenta en los recuerdos y huellas de una intimidad deseada pero estigmatizada, y a la víctima-juez, que persigue y a su vez es perseguida por un torturador que se agoniza en su voluptuosidad, envenenando las ilusiones y esperanzas de la juventud.

La homosexualidad como espejo de la ruptura sensual con uno mismo y con los demás, y la heterosexualidad como choque con el horror de lo antinatural y el poder del género. El tema es picante y agresivo, presentando a los autores como autoridades de una estética y tradición precisamente definidas y exponiéndolos a interpretaciones superficiales. La «salida» no reside en la puntuación y el comentario precisos y disciplinarios de las unidades textuales, sino en el esbozo de complejos condicionales de imágenes con diferentes intensidades de presencia y comunicabilidad. Las imágenes aluden a los tópicos de lo sexual y erótico: hombres, mujeres, encuentros...

 


HOMBRES

El exterior como retrato e identificación está ausente en los poemas de Bytimski, tanto en singular como en plural. El hombre es un muchacho azul plateado, "mi querido", "un ángel depravado". Los hombres son cadetes, amigos, borrachos. El hombre es el otro en mí, mi afán por el otro, mi alteridad. Los hombres son la vista en la calle, la vida del bar, el ruidoso "nosotros" de la juventud. El grupo y la compañía no tienen otra característica que su estatus socioantropológico. Es el paraíso perdido y perecedero de la (comunidad) -sin agitación ni sentimentalismo-cínico y todopoderoso: "Vosotros, mis amigos, mis cerdos y borrachos/ ¿dónde estáis ahora, queridos, en la taberna para sentaros todos,/ para cortar jamones asados...?"1. Se opone a la imagen única y sumamente personal de la memoria interior: el recuerdo saturado, «empapado en crepúsculo», de las manos y los hombros. Con líneas y tonos limpios, con una mirada a lo corporal local con su relieve e intrusión —«la frente oscura y severa», «el aliento a tela de lana y tabaco»—, el hombre ve a través de la niebla del sueño y la visión. Pero no solo es contemplado, sino que es el contemplador. —«El niño está llorando». —«Yo, el niño azul, ya no lloro».2 Él es el torturado y besado, el que se divierte y se enamora, el que descompone la realidad en metamorfosis de sensualidad y sentimientos, para buscar apoyo en el rechazo de su propio pasado: "Quizás el chico azul no era"3. La masculinidad como no-identidad y madurez no experimentada, como una presencia de género prometida pero no futura, que se instala en los vapores melancólicos de las mañanas bohemias.


Ramón, Alfonso, Rafael, Gosho - Nikolas Stavridis, Don Ricardo/el inventor, Jorge Montes, primo Julio - el campamento scout contra la civilización de los sodomitas. La doble nominación de los portadores de la depravación traza el campo de distancias y diferencias entre los dos polos de la masculinidad. El hombre con signo positivo - bello y atlético, talentoso y heroico, supersexual - objeto de admiración para ambos sexos. El hombre con signo negativo - insidioso y repulsivo, cruel o suplicante, humillantemente entregado a su vergonzosa pasión. El homosexual de Shivachev es tipificado y zonificado según los pisos de la vida cotidiana: en el salón, en las cenas familiares, en el cine y en el restaurante. "Los ojos de un tigre de Bengala" ataca la castidad de la "naturaleza compleja" de Iván Bystrov/el héroe. Pero entre sospechas y revelaciones, después de insinuaciones y seducciones, permanece obstinadamente sin nombre. El registro de lo "antinatural" culmina con la presentación de lo criminal y sensacionalista, con las "Perversiones Sexuales" de Forel (el cuaderno de escritorio del personaje). Así como la apariencia del "benefactor" se reduce a lo corporal límite —la mirada de un depredador—, la homosexualidad se caracteriza como lo absolutamente negativo e imposible. La división del género como un "sexo muerto". El asalto de/sobre lo no masculino como un shock, un impacto, pero en última instancia también como una novedad picante: "¡Interpretar el papel de un hombre para otro hombre! No, eso era repugnante. En los primeros instantes, la curiosidad, la curiosidad infernal que se apoderó de mí, pareció destruir toda resistencia..."4 El otro miembro de la oposición, el hombre de verdad, a diferencia del andrógino, goza de una simpatía expresada activamente, tanto por parte de los personajes secundarios como del autor (el superhombre y sus amigos). El soñador virgen e idealista, sexualmente completo, en compañía de sus afines deportistas, exhibe músculos y sentimientos sublimes tras noches de sueños eróticos, expiando los pecados de Metrópolis: «El pensamiento de que este hermano desconocido, de corazón grande y ardiente, ya no esté entre los vivos…»5

La atracción sexual normal como masculinidad profética con patetismo social.



MUJER

"Ahí están los árboles dorados, la luna azul, / ahí suspiran muchachas silenciosas."6 "De repente, mi mirada se posa en los pechos de Doña Pepa. Y los tentáculos negros de mi pensamiento comienzan a acariciarlos, apretarlos y desgarrarlos..."7 Las mujeres como una ausencia imperceptible y una presencia agresiva, pero en ambos casos como una imagen frágil con connotaciones estéticas, sin pretensiones de psicologismo. Niñas, ancianas y niños en la calle o madres-esposas, viudas, son el momento y el estado de ánimo de la mirada interior: óptica excitante, pero no una configuración personal ni una actividad consciente. En Shivachev, un objeto erótico deseado instintivamente; en Butimsky, simplemente un objeto, distante y semi-real, que fija el ángulo de alejamiento de la existencia disponible/impersonal. En la novela, es el campo de expresión del personaje principal, donde su dignidad y virtudes adquieren densidad. En los poemas, carece de voz y rostro, es un objeto viviente de una serie de impresiones sensoriales: "nuestras mujeres, árboles y gatos".8. En contraste con la fatalidad bohemia de la eterna juventud, su devoción al mundo es pasiva. El epíteto estático para la indeterminación de la forma femenina —"silenciosa", "sin ruido"— se sincroniza con el color azul de la masculinidad insatisfecha. Solo la carne herida, que sufre la violencia del tiempo y la lujuria, otorga el derecho a la autonomía y viola el orden "natural" de las cosas. La anciana y la ramera se encuentran entre las pocas imágenes negativas, iguales a las de los hombres, en la poesía de Bytimsky. La ruptura con el cuerpo como promesa de un encuentro amistoso, como base oculta para el gesto marginal: "¡Escápense, mujeres de la calle, / en silencio junto a los enormes edificios oscuros! / Me aferraré a mi corazón con el suyo /9



Las mujeres están por todas partes —en sueños y cabarets— desnudas y excitadas ante la naturaleza despierta del joven varón. Las únicas acciones racionales que se permiten son el coqueteo y las insinuaciones. Son la cara oculta y agresivamente expuesta de la ambición masculina. Ivan Bystrov se siente literalmente abrumado por la «carne de mármol», las «pupilas tubulares» y los «cuellos de alabastro». Admite tímidamente sus necesidades carnales, pero al final recurre a «Sexo y carácter» de Otto Weininger. Las mujeres son las «flores del mal» que el superhombre admira, pero ignora, porque antepone sus metas e ideales a la felicidad sexual.

 


LAS REUNIONES

El encuentro como elección de lugar y actitud, como un escenario constantemente renovado de movimiento hacia el otro. El encuentro como experiencia sensual, como tocar y recrear la intimidad del otro en el lienzo de lo cotidiano. El encuentro con/del homosexual como la iniciación del antihéroe. La pasión animal del "benefactor" lleva a Ivan Bystrov a través de las cloacas de la civilización: el escenario de las prostitutas (cabaret), la casa del hombre rico y la villa de placeres prohibidos. Pero aunque registra lo que ve —el diligente registro del diario—, se desvía de la intención del gesto y del significado que le otorga la pareja no reconocida. El erotismo del lugar, la invitación silenciosa, permanecen sin respuesta ni aprecio. La relación recíproca, a su vez, se rompe: la sonrisa y la caricia del inventor se mantienen dentro de los límites de la cercanía paternal. Solo con la brutal claridad del contacto forzado —la mano deslizándose bajo los pantalones— se abre el diálogo entre lo normal y lo pervertido, entre la curiosidad de lo incorrupto y la picardía de lo voluptuoso. El resultado es una huida de la polis de los experimentadores sexuales hacia la sana (para el alma y el cuerpo) escasez de la «Siberia argentina». Sin tales intenciones, Shivachev presenta al idealista virgen como un antihéroe. Lleva los estigmas de una fuerte personalidad que ha cumplido su misión, pero al final todo adquiere los contornos reducidos de una ridícula lucha contra una homosexualidad envejecida. La lucha del superhombre transgrede a una resistencia histérica a una perversión que se ha instalado en su (in)ordinaria vida cotidiana.

En los textos de Bytimsky encontramos dos figuras de reciprocidad y actitud: el niño y el ángel. La primera estiliza la aceptación indefensa de la invasión del otro; la segunda, la intrusión segura en la autonomía ajena. El niño está triste y enfermo. En la oscuridad y las lágrimas de la melancolía, oculta la infección de "tu pequeño y alegre hogar". En sus ojos, "de una danza sureña", se dispone a disolverse en la memoria ebria. El niño es la víctima silenciosa, la pasividad desnuda de lo profundo. El ángel es depravado, negro y transparente. Es la visión incendiaria del cuerpo desvergonzado, el centro imitador del deseo errante. Es la actividad concentrada de la seducción. Repugnantemente indulgente y atractivo.


El chico y el ángel se encuentran: en el bar y en la habitación del hotel. La perversión compartida de la disposición sadomasoquista rompe los espacios decadentes de la presencia innominada. La simetría de la relación se revela en la biografía del antihéroe: «...En una obra de teatro a la antigua, donde, sin público, / bajo una luna blanca, dos actores se besaron».10 El lugar real de los encuentros es la ciudad: turbulenta y anónima. A través de la arquitectura de su comunidad sentimental, se materializa y se devuelve la individualidad robada. Los chicos de la ciudad la aceptan como algo imposible y propio.

 

* * *

"La homosexualidad. Un nuevo tema..."11 En forma de tesis, el prefacio de «El inventor» expresa la pretensión del autor de trasladar a su tierra natal una experiencia literaria de gran valor (André Gide, Panays Istrati, Hernández Cata), pero de dudoso éxito entre compatriotas ignorantes. A diferencia de él, Bytimsky no hace alarde de sus autoridades (Wilde, Rimbaud, Safo). Estas constituyen el mínimo lastre erudito en una poesía centrada en la experiencia existencial y la antropología del sentimiento y el comportamiento corporal. No registra ni discute la (homo)sexualidad, a diferencia de los héroes de Shivachev, que con estruendo y furia desvelan los secretos de la libido. El lirismo lacónico no puede compararse con el discurso barroco de la asepsia criminal.

La paradoja reside en que no Shivachev, sino Bytimsky, coincide con el antihéroe de su generación, mientras que su contraparte literaria binaria, hipnotizada por el sano erotismo de las masas, cae fuera de la euforia de su cinismo sensacionalista. «Si, por voluntad de mi corazón, he elegido el mundo que me gusta, entonces también puedo encontrar en él los significados que quiera».12



NOTAS:

1. Al. Vutimski, "Brilla sobre la ciudad", S. 1989, "Vosotros, mis amigos, mis cerdos y borrachos...", p. 137. [ atrás ]

2. Ibíd., "O-hi-ky-san", pág. 154. [ atrás ]

3. Ibíd., "Poemas sobre el Niño Azul", pág. 260. [ volver ]

4. Boris Shivachev, "El inventor", S., 1992, "Nicholas Stavridis", p. 20. [ volver ]

5. Ibíd., «Epílogo», pág. 166. [ volver ]

6. Al. Bytimski, "Brillando sobre la ciudad", "Un extraño muchacho sonríe bajo la lluvia...", pág. 130. [ atrás ]

7. Boris Shivachev, "El inventor", págs. 122-123. [ volver ]

8. "Resplandor sobre la ciudad", "Puesta de sol neurásténica", pág. 183. [ atrás ]

9. Ibíd., "Noches", pág. 299. [ volver ]

10. Ibíd., "Vieja semi-elegía", pág. 232. [ volver ]

11. "El inventor", "Al lector", pág. 5. [ atrás ]

12. Jean Jeunet, "Diario de un ladrón", pág. 5. [ atrás ]




Alexander Vutimsky: una ventana abierta a la soledad
Cada vez se recuerda menos quién se esconde tras este nombre. En vida, uno de sus amigos, nuestro maravilloso poeta Alexander Gerov , dijo: «Vutimsky es mucho mejor poeta que yo».
Otro gran maestro de la poesía, Valeri Petrov , también amigo suyo, lo considera el "mejor poeta" de su generación.
Y al considerar las elogiosas valoraciones y leer sus obras más significativas, resulta sorprendente que todo lo que creó lo hiciera en tan poco tiempo. Alexander Vutimsky vivió una vida insultantemente corta, en la pobreza y la miseria. Debió de ser tremendamente difícil para él, pues poseía una sensibilidad extraordinariamente aguda y las dotes de un aristócrata espiritual. (Sus contemporáneos afirman que escribió obras al nivel de los inmortales franceses Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire).
Alexander Vutimski es el seudónimo de Alexander Kotsev Vutov, poeta búlgaro, uno de los primeros autores de obras con temática y estética homosexual en nuestra poesía. Este reconocimiento no altera en absoluto la calidad de su poesía; solo los críticos búlgaros, con cierta timidez, lo tachan de "diferente".
Vutimski nació el 30 de agosto de 1919 en Svoge, en el seno de la familia de Kotse Vutov Vrazhalski. La pobreza asoló a toda la familia, y la enfermedad, conocida como "el huésped amarillo", se lo llevó en poco tiempo. En menos de un año, asesinó a sus padres y a dos de sus hermanos, y más tarde a su única hermana. Alexander no se libró de la enfermedad y también acabó con su vida.
El poema del poeta, "Infancia", interpretado por el actor Dimitar Mitev, grabación del Fondo de Oro de la Radio Nacional Búlgara:

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El pequeño Sasho quedó huérfano a los 10 años y fue llevado a un orfanato. Más tarde, fue acogido por su único hermano superviviente, Kiril. Era músico y vivía en un apartamento muy modesto. Durante su infancia, Alexander Vutimsky vivió en casas de diferentes amigos en distintos momentos.
Alexander estudió hasta tercer grado en Svoge y luego continuó en Sofía. En 1937, se graduó del Primer Liceo Masculino de la capital. A partir de 1938, estudió filología clásica en la Universidad de Sofía, pero después de solo un año enfermó de tuberculosis e interrumpió sus estudios. Sus primeras apariciones creativas estuvieron vinculadas a publicaciones estudiantiles y otras publicaciones de izquierda: "Levantamiento Estudiantil", "Zvan", "Svetlostruy", donde colaboró ​​y publicó algunos poemas. Se dedicó por completo a la literatura y especialmente a la poesía, aunque también escribió prosa. Al principio, creó los poemas: "Sed", "Iskra", "En los confines", "Restaurante", "Mi país", "Despertar", "Primavera"...
«La vida misma lo inspiró, todo lo que veía: las calles, el bulevar, el puente, el anciano, el niño, la lluvia», dice el poeta Alexander Gerov. Grabación del Fondo de Oro de la Radio Nacional Búlgara.

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En sus recitales literarios, recitaba con poética emoción a sus propios autores y a otros (principalmente franceses). Estudió francés con ahínco para poder leer y recitar a sus autores favoritos en su idioma original. Según Radoi Ralin, «si Vutimski se hubiera dedicado al teatro, se habría convertido en un actor maravilloso».
Alexander Vutimsky sabe cómo liberarse de la opresiva rutina diaria de un solitario y se eleva a voluntad al ritmo de bailes con sus melodías favoritas. Sus amigos recuerdan: «Bailaba como un dios» (Alexander Gerov). A Vutimsky le encanta bailar y sus amigos disfrutan de su claqué «al estilo de Fred Astaire». Uno de sus compositores favoritos es George Gershwin. Tamara Tacheva-Gerova dice: «Cuántas veces había bailado claqué al son de “Rhapsody in Blue”».
Su talento musical también causa asombro. Asiste con frecuencia a los ensayos de la Filarmónica Estatal, donde su hermano Kirill toca el fagot. Memoriza y reproduce las melodías de composiciones completas. Además, dominó el arte de tocar el piano en un tiempo inusualmente corto. Tamara Gerova afirma: «Su profesora quedó asombrada: en pocos meses, Alyosha dominó material destinado a ejercicios de cinco años». Alexander Vutimsky también cuenta con un repertorio de aproximadamente 30 canciones, que sus amigos lamentan no haber podido grabar.
Además de recitar, a Sasho también le gusta hablar de poetas y artistas que tuvieron un destino turbulento y conocieron caminos lejanos. Y probablemente soñó con esos caminos, porque en sus canciones y cuentos siempre inventa archipiélagos distantes, olas del océano y atardeceres a la luz de la luna sobre gente bailando con piel oscura. Pero Vutimski solo conoce unas pocas calles y plazas de Sofía: Svoge, la estación de Bov, Berkovitsa y su último hogar: el sanatorio de Surdulitsa.
Sin embargo, ni su talento ni sus dotes artísticas le permitieron a Vutimsky integrarse en la élite literaria de la década de 1930. No podía ganarse la vida solo escribiendo y publicando. Por ello, trabajó en cualquier cosa que encontrara (lo que contribuía al alto desempleo de la época), incluso como supervisor de cantera. Durante un tiempo, vivió en la casa de madera de los jardineros en el Jardín del Doctor y recorría los senderos como un guarda forestal.
No había pan para mí en la ciudad.
No se encontró ninguna casa para mí en la ciudad,
una casa tranquila... Pero entró en mí
un amor y malicia... Y frunciendo el ceño
Ahora vuelvo otra vez...
"Devolver"
La soledad lo vuelve manso y triste, el viento en sus poemas es manso, y los gatos se sientan en el umbral de su habitación. En sus ojos, el horizonte se oscurece, hundiéndose en el crepúsculo vespertino, la habitación polvorienta, ahogada en sombras y oscuridad, lo aburre. Tal es la atmósfera en sus primeros poemas. Predomina una rara calma y una contemplación serena.
Duérmete, duérmete en el crepúsculo.
con el viento.
Y presta atención a los ruidos que se produzcan lejos de los coches.
Vientos y estrellas descienden sobre ti,
La niebla se desliza silenciosamente por tu rostro.
El cansancio matutino pesa sobre sus poemas. Vutimsky busca calmar su alma, crear un equilibrio interior y, al mismo tiempo, dar expresión a esos sentimientos contradictorios que lo agitan. Durante las tranquilas noches de otoño, Alexander Vutimsky camina por las húmedas calles de la ciudad, entabla amistad con perros callejeros, conversa en voz baja con faroles. La gente se vuelve ajena a él, siente la bajeza de los actos humanos, odia la mezquindad, odia el egoísmo. Llega tarde a casa, triste y cansado.
Y ya es muy tarde, al amanecer,
Llego a casa empapado por la niebla.
Las linternas se despiden de mí con un gesto de cabeza.
y el viento me lleva hasta nosotros.
"Por la noche"
Sus poemas son: «Por la patria», «¿Por qué?», «Al pueblo», «A un desesperanzado», «Fantasmas», «Nana», «El vagabundo y los cuervos», «Huérfano» y otros. Su poesía es un reflejo de un destino, puro y directo, sin falsedad ni artificios. En ella brilla él mismo, no el héroe ni el impostor, sino aquel muchacho manso y atormentado para quien la poesía es el contenido de toda su vida. «Era un lírico nato, un don poético excepcional y desafortunado», escribe Bogomil Nonev.
Su colaboración habitual en la prestigiosa revista «Zlatorog» y en otras publicaciones le valió el reconocimiento de ser el más talentoso de su generación. En «Zlatorog» publicó algunos de sus mejores poemas. Lamentablemente, no logró publicar en libro ni su poesía ni su narrativa durante su vida. Se conservan quince ensayos breves escritos entre 1941 y 1943 : «Sobre la sencillez», «Sobre la fuerza», «Sobre el dinero», «Sobre la alegría», «Sobre la belleza», «Sobre los más humildes», entre otros. Vutimsky es también autor del relato autobiográfico «Ojos que lloran». Sus poemas y obras selectas comenzaron a publicarse en los años 1960, 1970, 1979, 1983... Y en 2020 se publicó la edición bilingüe de «El niño azul». Los versos fueron traducidos al español por Marco Vidal.
Fragmento de "El niño azul", interpretado por el actor Antoniy Genov, regrabado de un disco ("Balkanton").

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Alexander Vutimsky busca nuevos temas, diversificando su universo poético. Sus obras son confesiones directas, frescos sombríos, delicadamente bordados con un rico contenido emocional. Soñador del tranquilo regreso a su tierra natal
en Debelyanovsko , revela su corazón, su amor por la patria.
Tus tallas, tus coloridas bufandas,
los sukmans bordados con alambre,
y los adornos, tus brillantes fiestas,
con quien fui concebido y amamantado.
Bulgaria silenciosa, antigua y hermosa,
Bajo tu cielo dorado de cuento de hadas
Respiro tu crepúsculo como un niño,
quien duerme en una casa antigua, de su tierra natal.
"Bulgaria"
Él no es ajeno a lo que sucede en el mundo, y después de la guerra cree que llegará un futuro mejor. Al fin y al cabo, estos son sus poemas:
En el principio la tierra era niebla
y no había ni sol ni estrellas.
Del caos nació la tierra.
La oscuridad se convirtió en luz.
Y aquí estamos esperando ahora.
para hacer resonar la voz de un nuevo creador –
para que la tierra nazca por segunda vez
del caos de la guerra actual.
"A través del caos"
Alexander Vutimsky, el nuevo creador, no esperó, no pudo darnos todo lo que tenía, contarnos lo que quería contarnos, porque en 1943, el 23 de septiembre, murió en un sanatorio de Surdulica, con apenas 24 años. Pero sus poemas conservan la pureza, la ternura y los latidos de su corazón sufriente. Tal como vivió, tal como sufrió, tal como se debatía entre la verdad y el engaño, entre la virilidad y la negativa a luchar, entre la brillante esperanza de la reflexión y el corrosivo escepticismo de la soledad, sigue siendo un misterio y una contradicción. Es difícil comprender al mismo tiempo el himno entusiasta a "tus trabajadores, oh Europa" (en  " Europa, la depredadora") y esa parte donde aparecen ecos de viejas disputas, desconfianza, incluso cierta amargura. La verdad es que "Pero me mataste, Europa, la bruja... Y aquí estoy ahora, mayor que tú y, como tú, amenazado de muerte". Esta es una era terrible y cruel (la de la Segunda Guerra Mundial) que mata a miles, y miles se levantan de nuevo gracias a su valentía y su corazón para un nuevo tiempo y una nueva lucha en esta Europa que no tiene piedad ni con sus hijos talentosos ni con sus niños enfermos.
Sobre el difícil destino de Alexander Vutimski en vida y en la muerte, su amigo Bogomil Nonev lo cuenta en una grabación de 2002, Fondo de Oro de la Radio Nacional Búlgara:

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Sin hogar, sin tumba, condenado a morir lejos de la capital que odia y ama, su vida parece una catástrofe. Sin embargo, la profunda comprensión de su trayectoria humana y creativa nos demuestra que en Alexander Vutimsky encontramos a uno de los individuos más lúcidos, libres y trascendentales de nuestra cultura.
"La ventana", interpretada por Dimitar Mitev, grabación del Fondo de Oro de la Radio Nacional Búlgara:

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La publicación está siendo elaborada por: el equipo de la Radio Nacional Búlgara



Se dedicó una película a Alexander Vutimsky.
El documental «No soy un círculo cerrado» narra la vida del poeta Alexander Vutimski (1919-1943). La película está dirigida por Milan Ognjanov y el guion es de Bozhidar Kunchev. El papel del poeta lo interpreta el director Rosen Penchev, quien recrea al personaje principal de su relato autobiográfico inédito «Los ojos que lloran». Los textos del autor sirven de banda sonora para las escenas filmadas en los lugares que frecuentaba Vutimski en Sofía: el Jardín del Doctor, donde Alexander trabajaba como guardia; el puente «Slivnitsa», donde contemplaba las puestas de sol; el Primer Gimnasio Masculino; y la Universidad de Sofía, donde estudió filología clásica durante un semestre. La película también muestra el sanatorio donde el poeta falleció de tuberculosis a los 24 años.
 Alexander Vutimski, uno de los poetas búlgaros más confesionales y trágicos. Él, que presagió su próximo fin, y capturó con la perspicacia de un clarividente el espíritu de los tiempos totalitarios que llegaron a reinar sólo un año después de su muerte, aristocrático hasta la médula de sus huesos, brilló como un trueno pero nunca debe ser olvidado.


  


 



























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