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martes, 30 de junio de 2026

EL LECTOR DE KAFKA

 





Miralles Contijoch, Frances.



El lector de... Franz Kafka.

Barcelona, Océano Grupo Editorial, 2000


"El lector de Kafka" es un viaje guiado a los escenarios de "El proceso" y "El castillo", con sus sórdidas cancillerías y antes alas. Su lenguaje sencillo y clarificador, junto a los numerosos recuadros explicativos, tiene un único objetivo: acercar al lector la vida y la obra del escritor de Praga de manera concisa y dinámica. En este manual se incluye:


*) Un retrato íntimo del autor y su contexto.
*) Numerosas curiosidades biográficas.
*) La génesis de sus obras y su recepción.
*) Análisis detallado de sus principales narraciones.
*) Cronología de Kafka y su época.



Para (re)leer a Kafka
La Marabunta enero 30, 2017



Por A. Estián

En el terreno literario, los relatos de Kafka figuran entre los más negros, entre los más apegados a un desastre absoluto.


M. Blanchot

Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando como material único la basura de la realidad.
T. W. Adorno

I

Partiré de una observación preliminar: Kafka no sólo se lee: Kafka se estudia. Pues sólo estudiándolo es posible ingresar, provistos con el fino hilo de Ariadna, al enredado laberinto; pues sólo estudiándolo podremos hallar, sin riesgo a extraviarnos, al fiero, al indomable Minotauro. Mas cuando por fin avizoramos en Kafka al Minotauro, cuando, con la espada de bronce en la mano, nos enfrentamos a la bestia solitaria, ésta no luce, oh desilusión, como la imaginábamos: sus belfos sangrientos no dibujan sino una afable sonrisa serena; el infierno centelleante de sus ojos no manifiesta la agitación de la cólera, sino la dulce pasividad del ensueño; su envergadura colosal no es sino la grácil figura de un sabio artesano de Creta. Sólo en ese momento comprendemos que estudiar, que releer a Kafka, no es sólo el requisito para entrar al intrincado laberinto, sino una de las condiciones para poder interrogar al Minotauro, para establecer un diálogo con él, para entenderlo…

Teseo
Preguntas vanamente. No sé nada de ti: eso da fuerza a mi mano.

Minotauro
¿Cómo podrías golpear? Sin saber a quién, a qué. (Cortázar)





Seré más claro: el Minotauro, es decir, el vasto corpus de la obra kafkiana, es tanto más revelador cuanto más se le somete a interrogatorio. Su naturaleza, en apariencia hostil, confusa o contradictoria, revela la fecundidad de un pensamiento que ha recorrido las madrigueras, las alcantarillas, los sótanos de la azarosa condición humana. Por eso mismo el arte de Franz Kafka requiere de un lector sagaz, de un lector que no se reduzca a la fácil canonización de un escritor que ha trastocado el rumbo no sólo de la literatura del siglo XX, sino de la literatura de todas las épocas, así como de todas las regiones: bástenos recordar el notable trabajo de Borges sobre los precursores de Kafka. El lector perfecto de Kafka —si se puede hablar de un lector perfecto— es aquel que, no conforme con las interpretaciones simplistas o “neuróticas” de su obra, vislumbra en cada frase, en cada párrafo, en cada libro, una transliteración (subjetiva) de un conflicto sociopolítico de la vida cotidiana.[1] ¿No revela el injusto proceso impuesto a Josef K. una circunstancia con la que tenemos que convivir todos los días, es decir, la arbitrariedad, la irracionalidad del sistema de justicia penal en la era del capitalismo empresarial, vale decir, en la era de las terribles sociedades de encierro? ¿No augura el hormiguero burocrático de El Castillo el advenimiento de una burocratización —mecanización— ontológica del individuo en favor de los intereses exclusivamente económicos del Estado (fascista) neoliberal? [2] En uno de sus admirables estudios sobre literatura moderna, Georg Lukács indica que Kafka “desgarra la unidad real del mundo” para presentar su visión subjetiva como la “esencia de la realidad objetiva” (66). En la misma línea de análisis, Elias Canetti señala: “Si reflexionamos con un poco de valor, reconoceremos que nuestro mundo está dominado por el miedo y la indiferencia. Así pues, al expresarse sin miramientos, Kafka ha sido el primero en retratar a este mundo” (87). Desde este punto de vista, resulta necesario, casi imprescindible, desechar toda suerte de hermenéutica que intente mixtificar, teologizar o hipostasiar al conjunto de las narraciones kafkianas. Digámoslo abiertamente: Kafka es un escritor realista; tal vez uno de los escritores más realistas de todos los tiempos.






II

Theodor Adorno propone una regla para comenzar a leer a Kafka: “tomarlo todo literalmente, sin recubrirlo desde arriba con conceptos” (263). Gregor Samsa no se ha convertido metafórica, imaginariamente, en insecto; se ha convertido literal, objetivamente, en insecto. La metamorfosis no es el signo de una enfermedad; es la objetivación de una situación corriente. Si el ser humano es tratado como insecto por la sociedad, por el Estado, por la familia o por la empresa, ¿por qué no habría de convertirse en uno? El hombre, que ha sido explotado, coaccionado o reprimido por las distintas instituciones culturales de la humanidad, aparece en la obra de Kafka bajo la apariencia de su significante zoológico: ora un escarabajo, ora un ratón, ora un simio. Cuando se refiere a las técnicas de composición kafkianas, Roland Barthes hace hincapié en la íntima relación que un hombre singular (Kafka) mantiene con un lenguaje común (el alemán); así pues, la técnica de Kafka es una técnica de significación: “basta con hacer del término metafórico el objeto pleno del relato, remitiendo la subjetividad al dominio alusivo, para que el hombre insultado sea verdaderamente un perro: el hombre tratado como un perro es un perro. 



La técnica de Kafka implica pues, en primer lugar un acuerdo con el mundo, una sumisión al lenguaje usual, pero inmediatamente después una reserva, una duda, un temor ante la letra de los signos propuestos por el mundo” (191). Según Barthes, el arte de Kafka consiste, en esencia, en una subrogación de significantes; Samsa, el significante humano, es trocado (literalmente) por el escarabajo, el significante animal. De este modo, es absurdo hablar de una alegoría, de una metáfora, de una licencia poética. O bien, según Deleuze-Guattari: “Kafka elimina deliberadamente cualquier metáfora, cualquier simbolismo, cualquier significación, así como elimina cualquier designación. La metamorfosis es lo contrario de la metáfora” (37). Posiblemente una observación (aunque un tanto descontextualizada) de Jean-Luc Godard nos facilite la aprehensión del universo del discurso kafkiano: “La imagen de la realidad es la realidad de la imagen”. La imagen, que es el mapeo de un campo determinado de la realidad efectiva, representa al mismo tiempo la realidad efectiva de esa imagen. Kafka —como indica Lukács más arriba— impone su visión subjetiva del mundo como “esencia de la realidad objetiva”. Gregor Samsa (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Pedro el Rojo (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Josefina (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real. En consecuencia, es necesario abandonar, en cualquier exégesis de Kafka, la noción insostenible de un “subjetivismo fantástico” tan simple como inconsecuente.[3]





III

No me propongo, con lo anterior, establecer un método de lectura definitivo de la obra kafkiana. Después de todo, Kafka es Kafka en su multiplicidad, en su flujo inagotable de contradicciones. ¿Será Kafka —lector de Kierkegaard— un escritor piadoso o será Kafka —lector de Nietzsche— un escritor político? ¿Será lícito trazar una línea de demarcación entre ambas posibilidades? ¿O acaso todas las interpretaciones —existencialistas, materialistas o psicoanalíticas— poseen, como afirma Blanchot, la misma validez, que es la validez del vacío? ¿Acaso no existe una luz, por tenue, por desesperanzada que sea, que señale la línea de escape de la húmeda e insondable madriguera? Probablemente exista, sin embargo. Al abordar los componentes de la expresión kafkiana, Deleuze y Guattari sitúan —no sin justificación— las cartas por encima de las narraciones, pues las epístolas de Kafka, al igual que las páginas de los diarios, configuran la arcilla espiritual de su profusa e inquietante labor literaria. En ellas se encuentra, dolorosa, brutalmente esparcido, el rastro sangriento de las escaramuzas interiores que el autor de Praga, a lo largo de los últimos doce años de su vida, libró contra sí mismo. El proceso, novela en primera estancia inaprehensible gracias a su tratamiento técnico-dramático, se vuelve más clara, más asequible, menos confusa, cuando se verifica el infierno —latente en el epistolario— de la relación que Franz Kafka sostuvo con Felice Bauer a partir de su encuentro en la casa de los Brod el 13 de agosto de 1912. 



Elias Canetti ha recuperado admirablemente la conexión prevaleciente entre la intriga de El proceso y el otro “enjuiciamiento”, es decir, el compromiso nupcial con Felice Bauer, en el que tanto la berlinesa como los parientes más cercanos de su familia fungieron como los miembros del aciago “tribunal”. Se sabe que la relación con Felice culminó de manera desastrosa; no sorprende, por tanto, que el Tribunal dictamine a Josef K. una sentencia asaz desfavorable. A través del análisis de Canetti es posible darse cuenta, no obstante, de un hecho cardinal: que la literatura de Kafka está casi siempre referida, consciente o inconscientemente, a una determinada realidad sociopolítica, a un determinado entorno familiar. En este sentido, la pugna contra el padre se traduce, en la maravillosa pluma de Kafka, en narraciones como La condena, Un fogonero o La metamorfosis; su condición de artista (que por lo demás Kafka siempre contempló con reticencia) remite a relatos como “Un artista del hambre“ o “Un artista del trapecio“; El Castillo —¿hace falta acentuarlo?— está directamente emparentado con su empleo burocrático en la compañía de seguros aunque, no está de más decirlo, Maurice Blanchot ha querido entrever en el argumento de la novela rasgos de su breve pero vertiginoso amorío con Milena Jesenska (202-222). 



¿Leer a Kafka desde Kafka o leer a Kafka desde otras disciplinas? No es sencillo decantarse por un solo camino. Lo que debe quedar claro, sin embargo, es nuestra inquina hacia las lecturas piadosas, hacia las interpretaciones que quieran, a fuerza de arbitrariedad, hacer de Kafka un profeta de la ilusoria Divinidad supraterrena. ¿No era Kafka, después de todo, admirador de Gustave Flaubert, suspicaz preceptor suspicaz de los naturalistas?[4]



IV

¿Por qué no admitir el supuesto carácter mítico, el supuesto carácter religioso de la literatura kafkiana? Porque hacerlo sería negar a Kafka; sería colocarlo junto a los escritores dogmáticos, situarlo en el escaparate de los escritores burgueses. Sería admitir que la literatura de Kafka es un refugio, una evasión, una ruta de escape. Sería entregar una de las obras más sensibles (pero al mismo tiempo más brutales) de la literatura universal al “más allá” del mito hebraico: al mundo de las entidades etéreas, al paraíso de las ilusiones estériles. Sería recusar, transgredir, devastar la concepción foucaultiana de la literatura: “Más que cualquier otra forma de lenguaje, la literatura sigue siendo el discurso de la «infamia», a ella le corresponde decir lo más indecible, lo peor, lo más secreto, lo más intolerable, lo desvergonzado” (406). Kafka no es ningún poeta lírico; Kafka no acaricia, no seduce a la realidad. Aun por el contrario: la desgarra; la descompone en sus detalles más ínfimos para presentarla en su desnudez más vergonzosa, en su condición más vulnerable, en los delirios agonizantes de su enfermedad. «Por eso resulta tan burdo, tan grotesco, oponer la vida y la escritura en Kafka; suponer que se refugia en la literatura por carencia, por debilidad, impotencia frente al vida. Un rizoma, una madriguera, sí; pero no una torre de marfil. Una línea de fuga, sí, pero de ninguna manera un refugio” (Deleuze y Guattari 63). 



Como amanuense de la infame realidad, como antipoeta del desastre, Kafka quebranta cada una de las normas de la creación artística burguesa: el embellecimiento, el recubrimiento obstinado de las pestilentes inmundicias de la humanidad; la afirmación de un mundo que no corresponde a este mundo, de un mundo en el que tanto la felicidad como la libertad son asequibles por medio del trabajo asalariado, de la sumisión deliberada, de la alienación contumaz del individuo; la glorificación de l’art pour l’art, el desprendimiento del artista de la praxis política, el desinterés por los mecanismos de control que asedian la verdadera autonomía del ser humano. Ni decadente, ni depresivo, ni simbolista, ni fantasioso, Kafka pertenece a la nómina de los rebeldes que no soportan, que no toleran los estragos de la autoridad, los excesos del poder, la heteronomía que degrada a cada instante al individuo. ¿Un sollozo o una denuncia? ¿Un triste lamento en la oscuridad o un grito para desafiar al opresor, para despertar de nuestra negligente somnolencia? ¿Cómo leer, pues, a Kafka? Como un apóstata, como un inconforme, como un incendiario. En otras palabras, como un subversivo que se rebeló contra el sistema de dominación, contra los objetivos socialmente establecidos, haciendo, pese a cualquier circunstancia, lo que él más amaba: escribiendo.







Notas

[1] “Llamamos interpretación inferior, o neurótica, a toda lectura que convierta al genio en angustia, en trágico, en ‘problema individual’. Por ejemplo, Nietzsche, Kafka, Beckett, no importa quién: aquellos que no los lean con muchas risas involuntarias y con escalofríos políticos lo deforman todo” (Deleuze y Guattari 65).

[2] En el estudio que dedica al Mal en la literatura, George Bataille ha advertido el carácter profundamente escéptico de la narrativa kafkiana. Desde su perspectiva, Kafka no sólo pone en tela de juicio a la sociedad capitalista, sino a toda formación social que pretenda imponer su “razón” y su “justicia” como fuentes de “verdad” inobjetables.

[3] Dice Roger Garaudy: “Una idea, por más abstracta que sea, no tiene sentido ni valor sino por referencia a lo real: si no revela ningún vínculo interno de la realidad, si no tiene relación alguna con la realidad, no es propiamente una idea” (“Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista).


[4] “A la vida terrena no puede seguir un Más Allá, porque el Más Allá es eterno, de manera que no puede estar en contacto temporal con la vida terrena” (Cuadernos en octava). Borges ha señalado un hecho curioso al respecto: “[Kafka] Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra”.







Bibliografía

Adorno, T. W. “Apuntes sobre Kafka”. En Prismas. Ediciones Ariel: Barcelona, 1962.

Barthes, Roland. “La respuesta de Kafka”. En Ensayos críticos. Seix Barral: Buenos Aires, 2002.

Blanchot, Maurice. “El fracaso de Milena”. En De Kafka a Kafka. FCE: México, 1991.

Canetti, Elias. El otro proceso de Kafka. Muchnik Editores: Barcelona, 1981.

Cortázar, Julio. Los Reyes.

Deleuze, Gilles y Felix Guattari. Kafka. Por una literatura menor. Ediciones Era: México, 1978.

Foucault, Michel. “La vida de los hombres infames”. En Estrategias de poder. Paidós: Barcelona, 1999.

Garaudy, Roger. “Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista, 1964.

Lukács, Georg. “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”. En Significación actual del realismo crítico. Ediciones Era: México, 1984.








EL LECTOR DE KAFKA
Marco Antonio de la Parra
https://www.academia.edu/91070578/El_lector_de_Kafka


Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Ilumina- Leer a Kafka



Leer a Kafka por Enrique Lihn ( En la revsita del diario Granma, La Habana, 3 de junio de 1967) I Leer a Kafka es someterse a una de las experiencias más extraordinarias, por su intensidad y por su complejidad, que nos pueda proporcionar la literatura moderna; y no porque se trate de un autor que se haya propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente porque penetra en ella tan profundamente, de tal modo que "hay pocos escritores -escribe Georg Luckács- que hayan podido plasmar con tanta fuerza como él, la originalidad y la elementabilidad de la concepción y representación de este mundo, y el asombro ante lo que jamás ha sido todavía". La sinceridad es de todas las cualidades kafkianas la que, paradójicamente, se relaciona más estrechamente con la dificultad que debe vencer el lector para familiarizarse con el carácter difícil, "anormal" del genial escritor, pero los especialistas de la misma tampoco se han distinguido siempre- como lo ha puesto de relieve Roger Garaudy en De un realismo sin riberas, colección Arte y Sociedad, UNEAC- por la corrección de sus interpretaciones de áquella, en general unilaterales. Un amigo personal de Kafka, Max Brodt, pudo equivocarse -Ernst Fischer insiste en ello-, al presentar erróneamente el mundo de Kafka "como una especie de cábala, un registro misterioso de experiencia e iluminación religiosas". Ha sido necesario comprender que el judaísmo de Kafka nada tiene que ver con la religión judía o con la fe en un sistema cualquiera de creencias, y que es justamente "la búsqueda de una verdad que no se encuentra en ninguna parte" -La de la ley en El proceso- la que movió a Kafka a asumir, como él mismo lo dice, la negatividad de su época a la que no se sentía con derecho a combatir pero a la que representó poniendo en evidencia su decrepitud. "Con el mundo, contra el mundo, por el mundo", así entendió su misión de escritor. "Kafka -explica Garaudy- se agota en una interminable lucha contra la alienación dentro de la alienación misma"; por la ley dentro de un mundo absurdo que en El proceso aparece regido por un tribunal que ignora la ley; por la humanidad dentro de un mundo deshumanizado como al que Kafka le tocó vivir, en que "el capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma". Un mundo en que "un solo verdugo puede reemplazar a todo el tribunal" como ocurrió en la Alemania nazi de la que, como se ha repetido, Kafka presentó una imagen anticipada en su obra. 



El lector cubano de El proceso dispone de varios de los textos esclarecedores con que la crítica literaria marxista ha situado, en estos últimos años, la obra de Kafka, rescatándola del "sociologismo y esquematismo vulgares" en que la hundieron los teóricos de un realismo -socialista mal entendido. Este público puede consultar las obras de Roger Garaudy, Ernst Fischer y del profesor alemán Helmut Richter, del que trae la edición cubana de El proceso un magnífico ensayo. Todos ellos participaron en el "Encuentro de Franz Kafka" celebrado en Liblice, una reunión de los especialistas de Kafka procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria (Fischer) y Francia (Garaudy) en 1963. La conclusión a que se llegó en esa oportunidad puede expresarse así: Kafka no fue ni un revolucionario ni un autor de vanguardia decadente, nihilista, tesis ésta que expuso en el encuentro el profesor Luckács, para el cual sólo cuenta "la conciencia de la totalidad de la sociedad en su dinamismo, en su orientación y en sus etapas más importantes" como aporte positivo de un escritor a la transformación del mundo. La actitud general fue en cambio no sólo la de celebrar la indisputable genialidad del autor de El proceso, sino la de presentar la obra de Kafka -como lo hace Richter- bajo la especie de "un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir". II ( En la revista Bohemia, La Habana, año 59, número 31, 1967) El Instituto del Libro, con la reciente publicación de El proceso, propone al lector cubano una tarea especial: la lectura de Kafka a través de una de sus obras más fascinantes y enigmáticas; o simplemente absurdas, desde el punto de vista de un lector desprevenido. 



Tarea que se le propone al pueblo -de ahí su novedad- pues si bien Kafka es, desde hace largo tiempo, uno de "los grandes soñadores de la literatura mundial", hubo un periódo en que la crítica seudomarxista lo consideró un autor decadente; y en Latinoamérica, contra ese prejuicio superado, Cuba es, obviamente, el primer país que intenta socializar su lectura. La edición de El proceso trae la ficha bibliográfica de Kafka y una reseña de los acontecimientos más importantes de la época que le tocó vivir; un prólogo de Adolfo Sánchez Vázquez y, en el anexo, un ensayo del profesor alemán Helmut Richter, uno de los teóricos de la literatura que más y mejor han contribuido a la valorización justa de Kafka desde el punto de vista marxista y -a su divulgación en los países socialistas-. Se recomienda a los lectores que se interesen más profundamente en el caso kafkiano dos libros editados en Cuba: De un realismo sin riberas, de Roger Garaudy -ediciones Arte y Sociedad- y en la misma colección La necesidad de arte de Ernst Fischer. Este, Richter y Garudy participaron como congresales u observadores en un coloquio consagrado a Kafka por los especialistas marxistas de este escritor, procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria y Francia, el año 1963 en Checoslovaquia. Para un primer contacto con la obra de Kafka, el siguiente dato es particularmente importante: Franz Kafka es un escritor judío de lengua alemana nacido en Praga en 1883, bajo la monarquía austro-húngara de los Hamburgo. Su situación de judío -explica Garaudy- de idioma alemán, viviendo en un país hecho bajo la dominación austro-húngara exasperó en él el sentimiento de soledad y de desarraigo. El antisemitismo se desencadenaría bestialmente poco después de la muerte de Kafka ocurrida en la Alemania nazi; pero el escritor pudo presentir su cabal desarrollo en el clima de exaltación chovinista y racista, pangermanista, que lo impregnaba todo en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y sentir el peligro que significaba para la comundad judía de Praga la decadencia del liberalismo. 




Pero el judaísmo kafkiano subjetivizado, llevado hasta su máxima complejidad, es una de las claves que permite explcarse en gran medida varias de las características de la vida y la obra del autor de El proceso. "¿Qué tengo de común con los judíos? -se preguntaba. Apenas tengo nada en común conmigo mismo; debería ocultarme, contento de poder respirar". Pero a la vez son reiteradas las referencias que hace a la necesidad de explicar sus rasgos individuales y su carácter literario por su condición judía, y la caracterización que hace de "la situación de inseguridad de los judíos, a los que sólo se les permite poseer lo que aferran en la mano o entre los dientes" es idéntica a la que hiciera de sí mismo, con el agravante de que es el suyo un caso de aislamiento dentro del aislamiento, pues se segregó espiritualemnte de su comunidad desde el punto de vista de la religión en la que no creía y desde el punto de vista de su antipatía por el capitalismo en cuya órbita giraba esa comunidad. La falta de relación con la vida y el anhelo de reconciliarse con ella integrándose a un mundo que imaginaba a semejanza de la vieja patria perdida del judaísmo y rechazo de la sociedad en una época en que "el capitalismo era un estado del mundo y un estado del alma", son motivaciones kafkianas que se encuentran en la base de su fantástica vida interior. Como Kafka, el señor K (K. de Kafka) busca una verdad -el Tribunal Supremo- que no se encuentra en parte alguna. Y si Kafka se sentía incapaz de combatir al mundo para cambiarlo, asumiendo, en cambio, "poderosamente la negatividad de mi tiempo" (Kafka inicia El proceso en 1914, en la atmósfera de crimen ritual -escribía Rosa de Luxemburgo- en el que el agente de policía, en la calle es el único representante de la dignidad humana) el señor K, por su parte, es la encarnación de la impotencia misma del individuo ante un tribunal cuyas leyes nadie conoce, ni los acusados ni los funcionaros de la "justicia", tribunal que lo condena a muerte por un delito igualmente miserioso o deconocido. El proceso puede parecer absurdo, pero es que se trata justamente de presentar lo absurdo y de un mundo desprovisto de leyes y a la vez centrado en un tribunal abominable que puede ser reemplazado -como observa K- por un solo verdugo. ¿No ocurriría otro tanto con las víctimas de la "legalidad imperialista?". "En un mundo en que la ley ha dejado de ser algo viviente -explica Richter-, el tribunal sólo puede aparecer terriblemente deformado". 



En ese mundo -y son numerosas las ocasiones en que el escritor judío que no parece haber sido afectado, en lo inmediato, por la guerra, prefigura el carácter perverso, irracional del "nuevo orden germánico" y la suerte que correrían ulteriormente sus hermanos de raza -"los inocentes -observa K- se ven deshonrados ante asambleas enteras en vez de ser interrogados normalmente. Sus pertenencias les son arrancadas y conservadas en depósitos en los cuales se coloca lo que pertenece a los acusados" y "donde la propiedad penosamente amasada se pudre sin fruto mientras espera a que la roben funcionarios criminales". Las correspondencias entre el mundo subjetivo, irreal, fantástico de Kafka y la realidad histórica objetiva de su época son tantas que bien puede decir Garaudy: "El mundo de Kafka, el mundo que lo rodea y su mundo interior son el origen de las cosas sino en una situación social determinada. En este sentido, El proceso es, por ejemlo, un cuadro expresionista, minuciosamente objetivo, de la alienación burocrática". "A fuerza de pasar día y noche -así presenta K a los funcionarios de la justicia- sumidos en sus reflexiones, terminaban por perder el sentido exacto de las relaciones humanas y se notaba la falta de esos sentidos en los casos a que nos referimos". Pasajes como éste han sido empleados correctamente para ilustrar la antipatía de Kafka por el capitalismo y la teoría marxista de la deshumanización y cosificación del hombre en un mundo en que, para decirlo con palabras que Kafka emplea para describir, en su diario, una empresa capitalista. "Sólo el odio mutuo logra el equilibrio, y concede perfección a la empresa". 



Pero el esencialismo kafkiano (análogo al intento paralelo que hacía el objetivismo abstracto en pintura) supone lo que llama Richter "la errónea tesis de que el esfuerzo humano es totalmente inútil". "Kafka -explica Fischer- no creía fundamentalmente en el progreso sino en la eterna repetición de las mismas cosas". Una concepción estática de la historia, ahistoricismo o suprahistoricismo, más bien, antidialécticos. Distanciamiento del individuo respecto de la sociedad, del que Kafka era consciente como un médico puede serlo de su enfermedad, "... mi miedo, por otra parte, aumenta constantemente, porque significa un alejarse del mundo, por lo tanto un recrudecimiento de su presión, y por lo tanto un recrudecimiento del miedo". Palabras como éstas son las que parece tener inmediatamente presente el profesor Georg Luckács cuando afirma que Kafka "es la figura clásica de esta actitud inerte de miedo pánico y ciego a la realidad". Sólo que el proceso que le sigue Luckács a Kafka no tuvo éxito en el encuentro de Praga cuyo espíritu fue -así se lo definió en la sesión inaugural- el de honrar en Kafka al hombre que en el caos luchaba por la grandeza del hombre, por la ley verdadera de la vida. Kafka asumió el caos en la nostalgia indecible de un orden humano, nunca demasiado humano. en El circo en llamas: una crítica de la vida. Enrique Lihn edición de Germán Marín. Santiago. Lom, 1997.







 BIBLIOGRAFÍA 

Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Iluminaciones (I). Traducción de Jesús Aguirre. Madrid. Taurus Humanidades. 1991. 


Brod, Max. Kafka. Traducción de Carlos F. Grieben. Buenos Aires: Emecé Editores S.A., 1951. 


Canetti, Elías. El Otro Proceso de Kafka. Traducción de Michael Faber-Kaiser y Mario Muchnik. Barcelona: Muchnik Editores de Idiomas Vivientes S.A., 1976. 


De la Parra, Marco Antonio. “El Cuerpo de Kafka”. Revista Informativa, Biblioteca Nacional, Santiago de Chile, marzo de 1984.

 

Kafka, Franz. Obras Completas. Dos tomos. Edición de Carlos Pujol. Barcelona: Editorial Planeta, 1972 y 1976. ––––––– 


Obras Completas. Volumen I: Novelas. Traducción de Miguel Sáenz. Edición dirigida por Jordi Llovet. Barcelona: Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores, 1999. 


Millot, Catherine. La Vocación del Escritor. Traducción de Juan Carlos Martelli y Luz Freire. Buenos Aires: Ed. Ariel, 1993. 


Steiner, George. “K” (1963). Incluido en Lenguaje y Silencio. Traducción de Miguel Ultorio. Barcelona: Editorial Gedisa, 1994.


 ––––––– “Notas sobre ‘El Proceso’ de Kafka”. Incluido en Pasión Intacta (Ensayos 1978- 1995) Traducción de Menchu Gutiérrez y Encarna Castejón. Madrid: Ed. Siruela, 1997. 


Wagenbach, Klaus. Kafka. Traducción de Federico Latorre. Madrid: Alianza Editorial, 1981. 1951. 


 


Desconfiad de Kafka - Geoffroy de Lagasnerie

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viernes, 7 de febrero de 2025

OTRA VEZ " NADA", DE CARMEN LAFORET

 

CARMEN LAFORET, “NADA” Y TODO LO QUE QUISO CONTAR.

 APROXIMACIONES A SU MUNDO

EMMA RODRÍGUEZ © 2021 / 

Bienvenidos sean los premios a toda una obra y las conmemoraciones si sirven de estímulo, si ayudan a regresar a un territorio literario o a descubrirlo. Sobre esto he reflexionado mientras disfrutaba volviendo a la palabra, a las ficciones, a los pensamientos de una mujer llamada Carmen Laforet, de la que ahora se celebra su centenario. Una mujer convertida en leyenda desde que ganara la primera edición del Premio Nadal en 1944, con apenas 23 años. Una sola novela, Nadasirvió para convertirla en una celebridad en la cerrada España franquista. A partir de ahí el desarrollo de un recorrido marcado por el oficio de la escritura, una aventura vital sobre la que se pondrá el foco en los próximos meses. 

Recuperamos ahora a esa chica tan joven, que con su indudable talento consiguió plasmar la oscuridad del tiempo posterior a la Guerra Civil, años de desmoralización, de hambre, de violencia y odio no superados dentro de los vecindarios, de las familias… Volvemos a emocionarnos con las experiencias de Andrea, la protagonista, con su afán de libertad, de ser ella misma fuera de las convenciones, los prejuicios, los barrotes de la prisión social en la que le tocó madurar. En su genial primera obra vemos reflejada a la autora, sus deseos y frustraciones de juventud. Volver a pasar las páginas de Nada puede convertirse también en un retorno a nuestro pasado. ¿En qué momento leímos la novela, cómo nos afectó? 

Me planteo la pregunta y me veo en mi etapa universitaria, cómplice de muchos de los anhelos de Andrea, atrapada en la corriente de una historia que me resultaba demasiado inquietante, preocupada por el destino de la protagonista. Como dice en el prólogo de la nueva edición de Destino la escritora Najat El Hachmi, hablamos de “una novela que nos impregna y se queda en nosotros para siempre”. Coincido plenamente con ella. El hondo impacto que provoca la obra permanece de algún modo en nuestra memoria, y también sus atmósferas en penumbra, sus acechos, sus fondos de agresividad y suciedad moral. Y junto a ello, como también indica la prologuista, el descubrimiento del mundo, las incertidumbres, las decepciones y desazones que acompañan a toda persona en los años de primera juventud, circunstancias reflejadas con tanta autenticidad que convierten la obra en universal, más allá de su momento histórico concreto.


Es obligada esta vuelta a Nada si queremos transitar por los mapas de Carmen Laforet (Barcelona, 1921- Madrid, 2004), a quien tanto gustaban las maletas, los viajes, los vagabundeos. Pero sus 100 años son, sobre todo, una ocasión para descubrir en las mesas de novedades otros de sus títulos, para acercarnos a escritos desconocidos, olvidados, para dejar de considerarla únicamente la artífice de una única novela. Se sucederán en los próximos meses actos diversos y exposiciones, surgirán nuevas publicaciones y reediciones. De Laforet seguirán hablando y escribiendo estudiosos, críticos, escudriñadores de su vida, de sus andanzas, a la caza de significados y enigmas.

Se seguirá analizando su legado, se indagará en las razones de sus silencios y en sus escapadas fuera de la España asfixiante de su tiempo, se querrá saber y contar aquello que ella nunca quiso sacar a la luz… Todo ello, siempre que no esté motivado por el morbo, siempre que no se acabe contagiando del sesgo de espectáculo, me parece positivo en la medida en que acabe dirigiendo el interés hacia los libros. A título personal, creo que la riqueza de toda obra de análisis, de toda exploración biográfica, consiste en provocar el acercamiento, la proximidad. Es a través de sus propios testimonios, como podemos llegar a conocer un poco mejor a Carmen Laforet e incluso a convertirla en una amiga, como le sucedió a ella con Elena Fortún antes de tratarla, o con Galdós y Baroja, a los que, por supuesto, no tuvo ocasión de conocer, que se convirtieron en amigos fuera de época, afines, cómplices por obra y gracia de la lectura.

Lo que no goza en absoluto de mi simpatía es la superioridad de quienes creen tener la capacidad de atrapar a una persona en determinados marcos, de juzgarla saltando por encima de sus complejidades, de sus zonas de intimidad. En estos días en que he buceado en algunos artículos sobre la autora me ha sorprendido comprobar el modo en que ciertos aspectos de la personalidad y de las circunstancias vitales de Laforet son juzgados a la ligera, a partir de consideraciones personales. ¿Acaso que fuera tímida, huidiza, insegura, excesivamente sensible, puede considerarse negativo y llevar a tacharla de “rara”? ¿Acaso es criticable que le costase asumir el éxito temprano o la adaptación a una sociedad pacata, en la que una y otra vez era interrogada sobre cómo compaginaba la escritura con las labores del hogar y la crianza de sus hijos? ¿Tan difícil es entender que no le gustase formar parte del mundillo literario e intelectual y que en cambio disfrutara viajando, emprendiendo la huida a ciudades extranjeras donde sentirse más libre, menos observada?

A todo ello, además, se refiere la escritora, de un modo u otro, en su obra, en sus escritos biográficos, especialmente en una interesantísima serie titulada Diario de Carmen Laforet, que inició en el “Arriba” y prosiguió en “ABC”, de 1969 a 1971, y en otros artículos en publicaciones como la revista “Destino”, donde ofrece sus puntos de vista sobre el mundo que la rodea, sobre la condición de la mujer.

Es ahí donde hay que buscarla, entendiendo que no fue una creadora convencional. Las ideas y planteamientos de Laforet alcanzan muchas veces un alto vuelo. En esta época dominada por el exceso de exposición, cuesta entender su deseo de ocultarse; hoy que tanto se ansía el éxito social y material; cuando la integridad ya no es un valor a tener en cuenta, chocan sus ideas sobre la amistad y el amor en mayúsculas, hacia las personas, hacia los animales, como impulso y sentido de la existencia. 

Todo recorrido vital es un proceso, un itinerario lleno de obstáculos, de logros y de caídas, y si algo queda claro cuando nos aproximamos a la obra de nuestra protagonista es que en su trayecto hubo transformaciones diversas, cambios de rumbo. A sus distintas etapas podemos aproximarnos a través de El libro de Carmen Laforet (Vista por sí misma), una hermosa entrega compuesta a la manera de un álbum de recuerdos, de fotos, por uno de sus hijos, el también escritor Agustín Cerezales.

La joven autora de Nada sufrió bloqueos creativos, atravesó etapas personales difíciles, cumplió con su destino de escritora como supo y pudo, en paralelo a su matrimonio con el editor y crítico literario Manuel Cerezales, con quien tuvo cinco hijos y del que se separó en 1970. La joven impetuosa, andariega, amante de las montañas y lectora apasionada, acabó sus días en una residencia, sin palabras, sin capacidad para escribir, afectada por una enfermedad degenerativa, “con toda probabilidad una afasia primaria progresiva”, que se fue intensificando con el tiempo y causó el gran silencio de sus últimos años, según explica Agustín Cerezales en el prólogo. Un triste final que contrasta con la alegría y la belleza que se transmite en muchos de los retratos que se conservan de ella.

ES OBLIGADO VOLVER A “NADA” SI QUEREMOS TRANSITAR POR LOS MAPAS DE CARMEN LAFORET. PERO SUS 100 AÑOS SON, SOBRE TODO, UNA OCASIÓN PARA DESCUBRIR OTROS DE SUS TÍTULOS, PARA ACERCARNOS A ESCRITOS DESCONOCIDOS, OLVIDADOS, PARA DEJAR DE CONSIDERARLA ÚNICAMENTE LA ARTÍFICE DE UNA ÚNICA NOVELA.

Como si se tratara de ir juntando las piezas de un puzzle, esta entrega ofrece, en su sencillez, las principales claves de la vida y la obra de Laforet, mezclando fragmentos de sus novelas, cuentos, artículos, entrevistas en medios y cartas personales, con discretas explicaciones del responsable de la edición, que actúa a modo de guía, alentando el descubrimiento, el diálogo, dejando muchos cauces abiertos para que seamos los lectores quienes prolonguemos el acercamiento siguiendo el  discurrir de sus creaciones, de las piezas escritas a lo largo del camino.

La niña que disfrutó de una infancia feliz en Las Palmas de Gran Canaria, hasta la muerte de Teodora, su madre, a la que se sentía muy unida, cuando apenas tenía 13 años, llena las primeras páginas con sus constantes preguntas, con su pasión temprana por la lectura, con sus juegos en la playa. “De mi infancia recuerdo mucho el sol, el mar, los juegos con mis hermanos y mis amigos. Y también una cosa extraña, que era la siguiente: yo me daba cuenta de que era feliz. Lo sentía. Y sin embargo deseaba crecer. No me daba ningún miedo enfrentarme con la vida. Al contrario. Enfrentarme con la vida me parecía obtener la libertad. Y lo mejor que me enseñaron es que esa libertad costaba trabajo, había que merecerla. Yo me propuse merecerla”, escribió en un texto de 1963


Una imagen de infancia de la escritora en las Palmas de Gran Canaria.

La búsqueda de la libertad, entendida como espacio de independencia, en el que ser ella misma, es una preocupación constante para Laforet, a la que seguimos en sus aventuras de adolescencia, en las evocaciones de su primer amor y sus primeras amistades, en el viaje que emprende a Barcelona, a punto de cumplir los 18 años, para vivir con la familia paterna. Un momento decisivo porque será ese entorno el que le inspire el oscuro retrato de posguerra que es Nada. Una novela que parte de lo vivido en el ámbito doméstico, universitario, social, para alzarse, por medio de la recreación, del talento literario, en una historia universal de formación, de crecimiento, de aguda introspección psicológica. 

Juventud y libertad van unidas en el camino de Laforet, como indica Agustín Cerezales, quien titula uno de los capítulos del libro Crecer hacia la juventud, una frase de Lou Andreas-Salomé que su madre hizo suya. Crecer hacia la juventud y la alegría era una idea a la que recurrió en más de una ocasión en sus artículos, faceta que para mí ha sido todo un descubrimiento. Hay lucidez en sus opiniones y una mirada original sobre los más diversos asuntos, a contracorriente de convenciones e ideas preconcebidas, desde una rebeldía de fondo que se convierte en una de sus indiscutibles señas de identidad y que explica muchas de sus actitudes.

Carmen Laforet se definió a sí misma como un mundo de novelista (…) Carmen Laforet es un mundo, un mundo en el que ella se ha transformado. Y un mundo no cabe en una explicación. Todo lo que sigue son aproximaciones, perspectivas tomadas desde distintos ángulos”, explica en sus anotaciones Cerezales, quien nos anima a entablar nuestros propios diálogos con la escritora.

LA BÚSQUEDA DE LA LIBERTAD, ENTENDIDA COMO ESPACIO DE INDEPENDENCIA, EN EL QUE SER ELLA MISMA, ES UNA PREOCUPACIÓN CONSTANTE PARA LAFORET, A LA QUE SEGUIMOS EN SUS AVENTURAS DE ADOLESCENCIA, EN LAS EVOCACIONES DE SU PRIMER AMOR Y SUS PRIMERAS AMISTADES, EN EL VIAJE QUE EMPRENDE A BARCELONA, A PUNTO DE CUMPLIR LOS 18 AÑOS, PARA VIVIR CON LA FAMILIA PATERNA.

Si algo voy teniendo cada vez más claro es que la experiencia lectora es un proceso particular, privado, en el que entran en juego las emociones, las experiencias de cada cual, las edades. En este libro del que os hablo se recogen algunos textos muy significativos, apenas una pequeña muestra de todo lo que escribió Laforet para distintos medios, ya que se calcula que publicó más de 400 artículos a lo largo de 50 años. Como decía antes, en estos escritos elaborados con la urgencia de la publicación, nos encontramos con lo que pensaba, sentía, y quería contar, transmitir a los demás, esta mujer que se refería al valor de vivir la vida con gusto. Entre los muchos de esos artículos que han llamado mi atención y despertado en mí una corriente de complicidad, me decanto por transcribir, en este recodo de mi propia lectura, un fragmento de Los elegidospieza aparecida en “La Actualidad Española” en 1967 que refleja muy bien la manera de ser de la autora, su natural sabiduría. 


Es claro que hay vidas prolongadísimas en un largo vegetar y que la “seguridad” sin grandes altibajos emocionales o económicos, la dorada mediocridad en todo, es la aspiración más corriente entre la masa humana. En la lucha contra el fantasma de la inseguridad se van las fuerzas de la mayoría de los hombres. / Pero hay un descubrimiento trascendental que a veces llega en la plenitud de la vida: el de que esa tan tópica seguridad es un espejismo. Un día se advierte que no hay nada tan inseguro como lo seguro (…) Si en vez de esconder la cabeza, aceptamos que la inseguridad, que sabemos cierta después de tantas pérdidas y encuentros, es también una promesa siempre renovada de algo nuevo, si lo sabemos y el pasado no es una nostalgia sino un trampolín, una base de apoyo para poder obtener nuevos puntos de vista, llegaremos a darnos cuenta de que cada momento tiene una plenitud en sí mismo y cada cosa un sentido, un sabor que no es el del día anterior ni quizá el del día de mañana. / Creo que es entonces cuando, al desaparecer el miedo a la inseguridad, desaparecen también el miedo al esfuerzo, el miedo a la vida y el miedo a la muerte…”

Esta entrega está llena de claves, de hilos de los que ir tirando. Es muy curioso comprobar la manera en que los recuerdos y las vivencias son traspasados a la ficción. Una y otra vez podemos reparar en ello a través de los testimonios que se van incluyendo, muchas veces cartas familiares, incluso relatos elaborados para los hijos, que salen de los cajones privados, para entablar enriquecedores puentes con la obra literaria.

La actitud de descubrimiento constante define a Laforet en todo momento y nos acompaña también mientras vamos pasando las páginas de la entrega que nos ocupa. Sus experiencias y pareceres, tan lejanos en ocasiones a los parámetros de la sociedad española de su tiempo, están cerca, aunque ella nunca se identificó con grupos ni corrientes, de los de otras escritoras como Carmen Martín Gaite Ana María Matute, a las que allanó el camino tras obtener el Nadal. Las tres lucharon, cada una a su manera, contra los embates del machismo. Sus puntos de vista también la sitúan al lado de creadoras de otros ámbitos.

EN LOS MÁS DE 400 ARTÍCULOS QUE ESCRIBIÓ A LO LARGO DE 50 AÑOS, ELABORADOS CON LA URGENCIA DE LA PUBLICACIÓN, NOS ENCONTRAMOS CON LO QUE PENSABA, SENTÍA, Y QUERÍA CONTAR A LOS DEMÁS, ESTA MUJER QUE SE REFERÍA AL VALOR DE VIVIR LA VIDA CON GUSTO.

En un momento de la lectura, mientras me sumergía en sus textos, establecí paralelismos con la autora italiana Natalia Ginzburg, a la que nuestra protagonista llega a citar posteriormente, para mi sorpresa. Algunas de sus estampas sobre sus allegados –su madre y su abuela, principalmente– me trasladaban a los testimonios de Ginzburg en Léxico familiarsus preocupaciones y opiniones sobre la educación de los hijos o sobre el oficio de la escritura me llevaban a las páginas de Las pequeñas virtudes.

En un capítulo titulado Mi oficio, incluido en esta última obra, escribe Ginzburg, tras repasar sus distintas etapas, que la escritura es un oficio que se alimenta de los días y los asuntos de la propia existencia y de las existencias de los demás, pero que también se nutre de cosas horribles. “Se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos”. 

En un texto de 1957, que lleva por título ¿Vocación o destino?, elaborado como prólogo para una publicación de su obra en Planeta, señala Laforet, estableciendo una similitud con el pescador de El viejo y el mar de Hemingway: He salido, después de superar todas mis dudas y mis temores, dispuesta a aprisionar el gran pez de la literatura. He luchado y casi he dejado la vida en esta lucha, he vencido, he creído vencer al menos… ¡Y al volver a mi playa he visto empequeñecida mi ilusión, he visto detrás de mi barca sólo el gran esqueleto de lo que hubiera querido hacer!… / Pero he alcanzado una sabiduría difícil y pequeña (…), la humildad. Por esta humildad sé que no importa que el combate  sea grande y el resultado desproporcionado. Por ella sé que no puedo renunciar a la obligación de una vocación verdadera, sea cual sea el resultado final de esta vocación, que quizá mi vida humana tiene sentido solo por perderla en esta entrega apasionada, es bella por esto y no por el resultado de este esfuerzo sincero...”

Carmen Laforet reflexionó honda y sinceramente sobre su oficio, del mismo modo que Natalia Ginzburg. En una conferencia de 1971, titulada Tiempo libre y creación literaria, ella misma reconoce que entre ambas hay una corriente de afinidad, que coincide en muchísimos puntos con las percepciones de su colega de letras. “El oficio, como ella dice, no le deja a uno nunca (…) No se puede contraponer una ocupación a esta tarea de escribir una vez que nos ha apresado. Todo lo que uno vive se transforma, se vuelve vida distinta en nuestro interior cuando cogemos el lápiz o nos sentamos a las máquinas…”, vamos leyendo. Y, en otros momentos, cuando aboga por educar a los hijos en libertad, fomentando en ellos el vuelo de la imaginación, la invención de sus propios juegos, el disfrute del campo, del aire libre, también, de algún modo, se hace presente la escritora italiana cuando señalaba en un hermosísimo texto que “a los hijos hay que enseñarles no las pequeñas, sino las grandes virtudes”.

Carmen Laforet con Marta y Cristina, dos de sus hijas, en 1951.

Toda lectura es un trazado de complicidades, de puentes, de ríos que se juntan. Visitando el mundo de Carmen Laforet propuesto en el recorrido del que os estoy hablando, también me he cruzado yo con otra gran dama de las letras, Victoria Ocampo, que al igual que ella consideraba que las mujeres de su tiempo aún debían de conquistar y contagiar su propio lenguaje y su manera de ver, enfocar y sentir el mundo, hablando de sí mismas con claridad y también de los hombres que tanto les han dado voz, seguros de conocerlas a fondo. 

“Es fácil comprobar que hasta ahora la mujer ha hablado muy poco de sí misma, directamente. Los hombres han hablado enormemente de ella, por necesidad de compensación sin duda, pero, desde luego y fatalmente, a través de sí mismos, a través de la gratitud o la decepción, a través del entusiasmo o la amargura que este ángel o este demonio dejaba en su corazón, en su alma y en su espíritu. Se les puede elogiar por muchas cosas, pero nunca por una profunda imparcialidad acerca de este tema (…) Y es a la mujer a quien le toca no solo descubrir este continente inexplorado que ella representa sino hablar del hombre, a su vez, en calidad de testigo sospechoso. Si lo consigue, la literatura mundial se enriquecerá incalculablemente”, argumenta Ocampo en sus cuadernos biográficos.

Carmen Laforet, por su parte, en una carta dirigida en 1967 al escritor Ramón J. Sender, quien fuera uno de sus grandes confidentes, le hace saber que tiene el proyecto de escribir una novela sobre los secretos del mundo del Gineceo, el de las mujeres dentro de las casas, con los hijos. Las pobres escritoras no hemos contado nunca la verdad, aunque queramos. La literatura la inventó el varón y seguimos aplicando el mismo enfoque de las cosas. Yo quisiera intentar una traición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin  sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros… Tiene que llover mucho para eso. Pero, ¿verdad que está usted de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con un lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?

A la desigualdad entre hombres y mujeres dedicó Laforet  su atención en una gran variedad de textos. Educada del mismo modo que sus dos hermanos varones, con “las mismas oportunidades de estudio y de independiencia”, según sus palabras, cultivados los tres en la lectura por parte de la madre, y en la práctica deportiva, por deseo del padre, nuestra protagonista no experimentó de cerca la discriminación por sexos y tampoco el drama de la Guerra Civil, que vivió a distancia desde Canarias. Pero pronto hubo de enfrentarse a normas y disposiciones legales que, según cuenta en una página de su “Diario” para “ABC”, le ponían los pelos de punta. 

Sé que la luz de mi corazón se apagaría de pronto si en un movimiento a favor de algo que considero tan natural como la libertad humana en cualquier faceta, yo no estuviera al lado de los que luchan contra una esclavitud de consecuencias tan tremendas como ha sido y aún es la esclavitud de la mujer”.

Cuando en un cuestionario una estudiante romana le preguntaba en 1976 si se consideraba feminista, Carmen Laforet respondía que sí, que estaba en contra de cualquier discriminación y creía en la emancipación de la mujer en todos los terrenos, en el “político, profesional, matrimonial y sexual”. En distintos escritos para la revista “Destino”, analiza muchos aspectos de la desigualdad entre hombres y mujeres en la sociedad de su época: la aceptación de la infidelidad masculina frente a la exigencia de fidelidad femenina; la sorpresa cuando la mujer es la que trabaja y lleva el sueldo a la familia; el trato humillante hacia ellas en los documentos oficiales…

CUANDO EN UN CUESTIONARIO UNA ESTUDIANTE ROMANA LE PREGUNTABA EN 1976 SI SE CONSIDERABA FEMINISTA, CARMEN LAFORET RESPONDÍA QUE SÍ, QUE ESTABA EN CONTRA DE CUALQUIER DISCRIMINACIÓN Y CREÍA EN LA EMANCIPACIÓN DE LA MUJER EN TODOS LOS TERRENOS, EN EL “POLÍTICO, PROFESIONAL, MATRIMONIAL Y SEXUAL”.

El libro de Carmen Laforet permite conocer sus querencias y sus tomas de postura, como ya he señalado, pero su gran valor radica en que nos permite aproximarnos a su figura desde su propio espejo, sobrevolar su mundo y apreciarlo en su conjunto, comprobando que las fronteras de su territorio son amplias y se expanden más allá de Nada. El centenario es, sí, una oportunidad para explorar ese territorio, para acceder a sus bifurcaciones, independientemente de que la maestría de su sorprendente primera obra no fuera alcanzada en títulos posteriores. ¿Cuántos autores han alcanzado esa obra genial capaz de sobrevivir generación a generación, de formar parte de la conciencia colectiva, de servir de reflejo a un tiempo concreto y trascenderlo?, me pregunto llegada a este punto.

Laforet vivió su carrera literaria bajo presión, a consecuencia de un éxito tan temprano, y tuvo la determinación de no seguir prolongando las peripecias de Andrea, su gran personaje, a la que deja abandonando el piso barcelonés de la calle Aribau. Una casa como “una prisión”, de la que no se llevaba nada que no fuese decepción, expone Ana Merino en el epílogo de la última edición de la novela. No llegamos a saber más de Andrea desde que puso rumbo a Madrid en el coche del padre de Ena, su mejor amiga, aunque muchos lectores y críticos no dejaron de reclamar una continuación de la historia. Dice mucho de la escritora que no sucumbiera al camino fácil, que prefiriera seguir por otros derroteros, de la mano de nuevos personajes.

Primera página del manuscrito de “Nada”.

Su producción novelística, apunta Agustín Cerezales, está llena de guiños y paralelismos, de confluencias y contraposiciones que permiten entenderla “como un conjunto sutilmente trabado”. Nada, como novela de juventud, se acompaña de La isla y los demonios, que abarca la etapa de adolescencia, y La mujer nueva, que puede considerarse la obra de madurez. A ellas hay que añadir La insolación y Al volver la esquina, publicada póstumamente, las dos primeras entregas de una trilogía, protagonizada por un mismo personaje, Martín Soto, con el que aborda el tema de la homosexualidad en una sociedad opresiva. El tercer título proyectado, Jaque mate, no ha llegado a ver la luz. 

Laforet también escribió siete novelas cortas, a mediados de la década de los 50, en las que comparte temas y ambientes con sus obras de mayor recorrido, y un ramillete de cuentos, entre 1948 y 1954, que se fueron publicando en distintas revistas. La editorial Menoscuarto ha rescatado esta parte de su producción, las novelas en un tomo prologado por Álvaro Pombo y los cuentos, bajo el título de Carta a don Juan, con introducción de Carme Riera.

Señala Riera que los relatos, “a menudo protagonizados por personas de su misma condición social, las sufridas clases medias, nos trasmiten de manera vívida el ambiente de precariedad que éstas también padecieron en los años cuarenta y cincuenta” y que la autora “siente predilección por los personajes desvalidos y de entre éstos por los femeninos”, porque “le basta con mirarse a sí misma” y dar cuenta de la situación de “las mujeres casadas, madres de familia, preocupadas por el bienestar de los suyos, pendientes de la economía doméstica”.

LA PRODUCCIÓN NOVELÍSTICA DE LA ESCRITORA ESTÁ LLENA DE GUIÑOS Y PARALELISMOS QUE PERMITEN ENTENDERLA “COMO UN CONJUNTO SUTILMENTE TRABADO”, INDICA AGUSTÍN CEREZALES. “NADA”, NOVELA DE JUVENTUD, SE ACOMPAÑA DE “LA ISLA Y LOS DEMONIOS”, QUE ABARCA LA ADOLESCENCIA, Y “LA MUJER NUEVA”, SU OBRA DE MADUREZ.

La amistad y el amor son temas a los que vuelve una y otra vez, afrontándolos desde distintas perspectivas, búsquedas y edades. En el trayecto es posible atisbar los cambios que ella misma va experimentando a lo largo de la vida, sus desasosiegos, obsesiones, aprendizajes, búsquedas. Al respecto me parece especialmente interesante la manera en la que traslada al personaje de Paulina, en La mujer nueva, su propia conversión religiosa, mística. Se trata de una experiencia que modifica la mirada de Laforet de manera profunda y se refleja en su obra.

La correspondencia que mantuvo con Elena Fortún permite acercarnos a ese proceso en el que parece emerger otra persona. De manera impetuosa le habla a su interlocutora de su inmersión en los libros religiosos, de su acercamiento a los místicos, de su acceso a la parte más espiritual de la existencia. “Me ha sucedido algo milagroso, inexpresable, imposible de comprender para quien no lo haya sentido (…) Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable… Es que no se puede no creer en ello…”, le hace saber a la creadora de la popular serie de Celia, una amiga en la que depositó sus confidencias. 

La responsable de tan profunda transformación es Lilí Álvarez, escritora, periodista y conocida tenista de los años veinte y treinta, que a principios de los 50, cuando traba amistad con Laforet, lideraba “un singular y valiente feminismo católico”, como lo define Agustín Cerezales, quien circunscribe la amistad entre ambas al ámbito de lo espiritual. No coincide con él la biógrafa Anna Caballé, quien en la obra que dedica a la autora, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, escrita en colaboración con Israel Rolón, sostiene, basándose en cartas cruzadas entre las protagonistas, que entre ellas hubo una intensa relación de carácter amoroso.

La escritora en el verano de 1950, de regreso a Las Palmas, a los paisajes de su niñez.

Lo que está claro, como se aprecia en sus escritos, es que Laforet  aspiraba a la amistad verdadera, al amor sin cadenas, sin posesión, y no solo en lo que atañe a las parejas. Habla de ello respecto a las relaciones entre padres e hijos, mostrándose muy crítica con el dominio ejercido por madres excesivamente controladoras que ponen freno a la libertad de sus vástagos. Se trata de un ideal que asoma en su obra, de un ideal difícil de entender y de alcanzar en la España de su tiempo.

El amor en todas sus ramas es lo más importante, lo único importante, esa expansión de llama desde nuestro ser, ese encuentro con todo o con algo entre todo, se hace por el amor (…) Qué duro es en la juventud no creer o no saber qué cosa mágica y necesaria –tanto como el correr de la sangre– es el amor...”, escribe en una carta dirigida a su hijo Agustín en 1977

Y, años antes, en el prólogo que hizo para un libro de Ytho Parra, 

Monstruos domésticos, señala: “Dentro de una severa línea social de represión de lo que los mayores llaman “indecencia”, el amor en nuestro país no ha perdido aún su nombre y es difícil. Tenemos que saltar muchas barreras hasta llegar a ser nosotros mismos (…) Ya se inicia en nuestro espíritu la seguridad de que nuestra época es una época tremenda y hay que vivirla en todo su tremendismo. Nuestras fuerzas se agotan en gestos de rebeldía que son como zarpazos en el aire. Por ejemplo, exponernos a una multa en la playa por quitarnos el albornoz, simplemente, para tomar el sol...”

Hay otro artículo muy interesante, escrito en 1958 para la revista “Destino”, en el que rebate las ideas de Goethe sobre el aislamiento y la soledad de las mujeres porque son incapaces de concebir la amistad. 

Yo, como mujer, no puedo estar conforme con esta afirmación del genial escritor. Me sentiría ingrata con una multitud de rostros de mujer que la palabra amistad me evoca. Mujeres que a lo largo de mi vida han descansado mis preocupaciones con su charla amable, que me han comprendido y a las que, en su diversidad, he comprendido yo también”, asegura, concluyendo con una alusión a Orlando, de Virginia Woolf, personaje que cambia de sexo y al que en más de una ocasión menciona en sus textos.

Carmen Laforet y Manuel Cerezales, con quien se casó en 1946.

Testimonio a testimonio, en sus artículos Laforet se muestra apasionada, anhelante de libertad siempre, a la busca de una habitación propia donde poder escribir, feliz en la montaña, entre sus perros y gatos, con las maletas preparadas para emprender rumbo a lugares nuevos, disfrutando de ciudades como París, Nueva York o Roma, donde vivió una larga temporada y mantuvo contactos con Rafael Alberti, con María Teresa León, con María Zambrano… Son estampas diversas, momentos diferentes de su vida. Todas sus etapas, sus grandes momentos, encuentran cabida en este recorrido en el que no es notoria la figura de Manuel Cerezales, su marido y padre de sus hijos. No se alude a la relación de la pareja, apenas se nombra la ruptura.

Fue Cerezales, reconocido crítico literario, quien animó a la joven escritor a presentar el manuscrito de Nada al Premio Nadal y quien puso como condición a la separación en 1970 que no contase nada de su vida conyugal en novelas futuras. Curiosamente a partir de esa fecha, no publicó ninguna más. Apunta Anna Caballé, en la biografía ya citada, que Cerezales pudo ser un freno para la plena libertad creativa de Laforet. Pienso en lo difícil que es comprender las relaciones, siempre complejas, cargadas de matices, cambiantes… Busco al hombre, al compañero, en las páginas del libro preparado por su hijo. Se hace presente en el tramo final, en el apartado titulado Epílogo con espejosen el que el responsable de la edición busca otras miradas, de amigos, de seres queridos, para acabar de componer el retrato de la protagonista. 

En ese espacio no puede faltar la visión del que fuera su marido, quien en 1985, escribió un texto para el diario “Ya” dando cuenta de sus impresiones cuando la conoció: 


Carmen era entonces una joven de veintitrés años, menuda, risueña, muy atractiva, tanto por su belleza física, con una cabeza de facciones angulosas, de bella talla ósea, como por su carácter, libre de prejuicios y de convencionalismos sociales (…) En algunas de las informaciones que le dedicaron al salir “Nada” se la presentaba como una muchacha tímida y distraída. Nada de eso. Era una joven intrépida, dada al vagabundeo y a la aventura, discreta en el trato social, comportándose siempre con sencillez y naturalidad, y si rehuía alguna clase de relaciones no lo hacía por timidez, sino simplemente porque no le interesaba. El rasgo más acusado de su carácter era el espíritu de independencia”.

Voy acabando este artículo, pero no sin volver a las palabras de la mujer de la que ahora celebramos su centenario, concretamente a una de las páginas del Diario que fue publicando, fechada en 1972. Se trata de una bellísima narración sobre una excursión al campo en compañía de la segunda de sus hijas, de su nieta Clara, entonces un bebé, y otros miembros de la familia. El paisaje, la búsqueda de su hija de una casa en el bucólico entorno la llevan a recordarse cuando tenía su edad y a reflexionar sobre su desapego hacia lo vivido. Recojo aquí un fragmento de la que es una de mis piezas favoritas de entre sus publicaciones de prensa. Todo un descubrimiento, como os decía. He aquí la Carmen Laforet que me cautiva, que me emociona. He aquí la gran escritora que siempre fue. He aquí sus confidencias, lo que de verdad importa, porque fue lo que quiso contar.

Veo a aquella mujer, pero tan despegada de mí que no puedo encontrar ni siquiera un hilo de nostalgia para prenderla, para coserla a mis talones, para pegarla con goma a mi sombra. No encaja con mis cortos cabellos grises aquella mujer de espeso cabello rubio oscuro, rodeada de criaturas pequeñas, escuchando el primer canto del grillo, contenta de la felicidad de los niños que jugaban sin peligro, al caer la tarde a la luz de su lámpara de trabajo, encendida ya en el interior de la casita del bosque. Ni el bebé ni yo echamos de menos a aquella mujer entre los tréboles y las violetas. Nada queremos saber de ella y de las pesadas máquinas de escribir que arrastraba en todos sus viajes (…) Me llena la sensación de que el pasado y el futuro no son nada. Solo presente que existe hoy entre estos tréboles, esta llovizna que cae, estas flores abiertas y el circo de montañas nevadas”. 

El libro de Carmen Laforet. Vista por sí misma, con edición y textos a cargo de Agustín Cerezales Laforet, ha sido publicado por Destino para conmemorar el centenario de la escritora. La editorial también ha lanzado una nueva edición de “Nada”, con prólogo de Najat El Hachmi y epílogo de Ana Merino, dos de las más recientes ganadoras del Premio Nadal.

En este artículo también se cita la biografía Carmen Laforet. Una mujer en fuga, de Anna Caballé e Israel Rolón-Barada, editada por RBA. Y las antologías recientes realizadas por el sello Menoscuarto de las novelas cortas de la autora, Siete novelas cortas, con prólogo de Álvaro Pombo, y de sus cuentos, introducidos por Carme Riera en un volumen titulado Carta a don Juan.

Los artículos escritos por Laforet para la revista Destino han sido recuperados en un tomo que lleva el mismo título de la sección que mantuvo entre 1948 y 1953, Puntos de vista de una mujer. La edición ha sido preparada por Ana Cabello y Blanca Ripoll.

Las fotografías que ilustran este artículo, cedidas por la editorial Destino, forman parte de El libro de Carmen Laforet.

María Dolores de la Fe compartió confidencias y entusiasmos literarios con la autora de 'Nada' a finales de los años treinta, en los meses previos a la partida de esta última a Barcelona


Destino, su editorial, publica una nueva edición de Nada, de la que Zenda ofrece el prólogo de Najat el Hachmi (Nador, Marruecos, 1979. Premio Nadal 2021), en el que reivindica el placer de leer Nada sin limitarla


Prólogo


Todo está en Nada


De vez en cuando me pasa que al leer una novela, un cuento, parte de su contenido acaba apareciendo en mis sueños. Son los textos de los que más me acuerdo, hasta el punto de que ya no sé si alguna vez fui sin haberlos leído, como si hubieran estado siempre allí, en algún lugar cercano y familiar, y formaran parte de mí desde siempre. Para que provoquen este efecto no hace falta que sean páginas de la más excelsa prosa ni especialmente deslumbrantes en su forma, pero me impregnan sin que pueda oponer resistencia alguna y a veces incluso llegan a transformarme como si de un acontecimiento vital trascendente se tratara. Aunque no recuerdo las coordenadas espaciotemporales exactas en las que leí Nada por primera vez, sí tengo la sensación de haberla leído siempre, o de haberla llevado leída e interiorizada desde muy pronto.


Durante años he atribuido al impacto emocional que me provocó la novela la penetración tan profunda que tuvo en mi consciencia. Desde ciertas lecturas androcéntricas y dualistas, nuestro gusto literario se educó para menospreciar todo aquello que pudiera contener un exceso de emotividad. Asimilando carga emocional con sentimentalismo, a las mujeres nos acusaron desde muy temprano en la historia de la literatura de ser excesivas en este terreno. Incluso en este presente del siglo XXI, con tantas y tan variadas mujeres escribiendo, se sigue impugnando nuestra producción por ser demasiado sentimental, testimonial o introspectiva. Algo que no ocurre con los escritores hombres, porque en ellos saber describir las emociones es una virtud. A causa de esta carga prejuiciosa, las escritoras y especialistas en literatura intentamos evitar hablar de sentimientos, no sea que se nos relegue a la casilla de la literatura femenina. Una casilla en la que, según lo que describen sus detractores, encajaría perfectamente un Proust, por poner un ejemplo.

En fin, expongo todo esto para reivindicar la lectura emocional de cualquier obra que pueda considerarse literaria, un elemento imprescindible si se quiere comprender el hondo impacto que provoca o no en el lector. Al fin y al cabo, una novela es una obra artística, ¿no?, es algo creado con la intención de tener un determinado efecto en quien lo recibe, efecto que puede ser muy variado: admiración por el dominio técnico, placer por las virtudes estilísticas, curiosidad por los personajes y la trama, impacto por los temas tratados, asombro por descubrir algo nuevo o la reconfortante sensación que provoca en el lector verse representado en las páginas que escribió una desconocida. Nada, de Carmen Laforet, provoca todo esto y mucho más, pero es que yo soñé con Andrea la primera vez que la leí y sigo soñando con las habitaciones de la casa en la que se instaló al llegar a Barcelona cada vez que la releo. La oscuridad de la escalera, el sonido de los pasos de la joven al deambular por una ciudad desconocida, la claridad de la familia de su amiga en contraste con la mezquindad de la propia, todo lo que contiene la novela es parte de mi imaginario y del de generaciones enteras. Incluso hoy en día, cuando paso por la calle de Aribau pienso: «Aquí vivió Andrea», como si de una amiga de la infancia se tratara, mezclándose con los recuerdos reales y los paisajes de mi propia juventud.


Pongo el énfasis en esta cuestión porque resulta sumamente difícil aportar una contribución al imaginario colectivo, más aún cuando una escritora se ocupa de aquello de lo que todavía nadie se había ocupado. En realidad, lo que acaba siendo universal y canónico es siempre fruto de una misteriosa alquimia, de una alineación de elementos poco habitual. ¿Quién podía imaginar que el día a día de una joven de lo más normal podía convertirse en una historia leída y releída sin cesar desde que se publicara? Pero por otro lado, ¿quién podía imaginar que el viaje de un marinero que quiere volver a casa perduraría miles de años? Andrea también viaja, como Ulises, aunque su viaje es hacia la edad adulta, un doloroso trance de descubrimiento del mundo tal y como es y no como lo vimos filtrado por la candidez infantil.


Dicen los entendidos que soñar con una obra artística significa que es buena porque se produce una conexión de subconsciente a subconsciente. Esta conexión traspasa fronteras temporales, geográficas, de sexo y condición social y toca lo que de universal y humano hay en nosotros. Creo que a esto se debe el éxito de la novela de la que estamos hablando. Generación tras generación, la obra sigue atrapando a miles de lectores, instalándose una y otra vez en las profundidades de su ser. Millenials que manejan el último modelo de móvil se sienten atrapados por las peripecias de la joven Andrea porque comparten con ella lo que no cambia ni con todos los avances tecnológicos imaginables: el entusiasmo por empezar una nueva vida, el anhelo de libertad y el descubrimiento del mundo, la incertidumbre ante lo desconocido, la decepción y las preocupaciones cuando no sabemos aún cómo leer el comportamiento de los demás ni su forma de comunicarse. Incluso en detalles muy particulares del comportamiento de nuestra heroína vemos reflejados a algunos jóvenes de la época actual: pienso, por ejemplo, en el hecho de que Andrea decida gastarse el dinero del que dispone en caprichos y regalos en detrimento de su propia comida. A menudo la veo en la cocina, bebiendo a escondidas el caldo de las verduras, y a pesar de que conozco el contexto de carestía y penalidades de la posguerra, no puedo evitar interpretar esa expulsión alimenticia de Andrea como el elemento que simboliza su lugar en la casa y en la familia: la de una excluida extranjerizada por el ambiente hostil. La comida es quizá uno de los elementos que más se pueden vincular con el amor, no tanto porque sea necesaria la querencia por alguien para ofrecerle platos deliciosos sino porque en el comienzo de la vida es la madre la que, con su leche y su afecto, nos permite sobrevivir y crecer, descubrir el amparo que supone el amor, imprescindible para seguir existiendo. Andrea no es muy amada y puede que por eso ella misma acabe restringiéndose la comida, que decida no comer con los otros habitantes de la casa. Y en esto se parece increíblemente a muchas adolescentes de hoy que no saben muy bien qué hacer con la intensidad de sus emociones, con la incertidumbre y la sensación de extrañeza, con la pujanza imparable del deseo.


Con todo esto no pretendo minusvalorar la importancia que el texto tiene como retrato de un tiempo histórico concreto. Todo lo contrario, porque el relato desde ese pasado es universal y llega a quien no conoce el contexto, se vuelve más relevante como reflejo de un mundo concreto, sobre todo al tratarse de una época que algunos quieren reescribir, mientras que otros pretenden olvidarla bajo el manto de un silencio traumático. La audacia de Carmen Laforet fue contar unas circunstancias difíciles, las de la posguerra, a través del tipo de protagonista que no lo es nunca en los libros de historia pero que sin embargo sufre sus consecuencias. A pesar de que la autora no ponga un énfasis especial en el trasfondo por el que deambulan los personajes, sí queda claro que la oscuridad en la que están inmersos es en parte debida a las consecuencias de la contienda bélica. Y que Andrea recuerda que hubo un mundo claro y luminoso anterior a la guerra, y ese recuerdo se resquebraja y estalla en añicos al confrontarse con la realidad de un presente de carestía y violencia cotidiana, de agresividad constante entre quienes se supone cercanos por el vínculo de parentesco. Claro que las dos líneas temporales coinciden en el texto, pues el mundo de la infancia de Andrea es también el mundo anterior a la guerra y el desencanto es real a la luz de sus consecuencias nefastas, pero a ello también contribuye lo ya mencionado: la dolorosa toma de conciencia que provoca crecer y ver las cosas tal y como son.


Carmen Laforet fue audaz e inteligente al retratar su tiempo enfocándolo desde lo marginal en aquella época. Una chica joven conviviendo con una familia venida a menos es sin duda un personaje marginal. Puede que también por eso la leyera tanta gente desde el primer momento: contaba lo que no se podía contar y casi sin decir nada. El malestar provocado por la condición femenina, por ejemplo, era algo todavía inédito. La introspección psicológica tampoco era habitual, y menos tratándose de una mujer, y permite rastrear las consecuencias íntimas tanto de las dinámicas sociales como de los sucesos históricos, sean estos explicitados o no. Cierto objetivismo en el estilo, aunque nada frío, cargado de emoción pero despojado de juicios morales, dota al viaje de la protagonista de una fuerza a la que resulta imposible resistirse. A este respecto, yo siempre he sentido que este texto dialogaba de forma fluida con otro escrito pocos años más tarde sobre la misma Barcelona en un tiempo que se solapa con el de Nada, La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda. Otra mujer que intenta sobrevivir a las circunstancias, en este caso viviendo directamente la guerra. Ambas novelas se complementan a la perfección.


Nada destila verdad y razón, honestidad por parte de la autora, que deposita en el lector su creación con enorme generosidad. Por esto sorprende, al repasar la prensa de la época y lo escrito sobre ella, tanto entonces como ahora, que se siga queriendo hacer una lectura literalista de esta gran novela, que se pretenda rebajarla a ras de suelo para convertirla en materia de cotilleo. Al fin y al cabo, la forma más fácil de intentar denigrar el trabajo de una escritora es reducir todo lo que escribe a lo autobiográfico. Incluso en contra de lo manifestado por la interesada. Los lectores de Carmen Laforet hemos tenido el privilegio de disfrutar de lo que ella decidió compartir con nosotros, pero parece ser que no basta y hay que indagar en su intimidad para entender el texto. Nada más perverso que disfrazar de justificación académica o periodística lo que en realidad no es más que chismorreo. Agradezcamos a Carmen Laforet que nos hiciera este regalo maravilloso que es Nada y, si queremos más de ella, leamos el resto de su obra y dejemos en paz su intimidad.

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 Carmen Laforet


«Si uno es escritor, escribe siempre, aunque no quiera hacerlo, aunque trate de escapar a esa dudosa gloria y a ese sufrimiento real que se merece por seguir una vocación.»

Carmen Laforet


 Carmen Laforet: 

«La espantada de mi madre fue quizá una forma de no doblegarse»


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Intensidad y ritmo en la adaptación teatral de Nada


Un potente haz de luz cruza la diagonal del escenario. Ilumina una maleta que se intuye pesada y anticipa el viaje que Andrea, a sus 18 años, está a punto de comenzar, un viaje de lo rural a lo urbano en una España de postguerra desgastada por la miseria y los sueños rotos. Andrea es el personaje central de Nada, la novela con la que en 1944 una entonces desconocida Carmen Laforet (Barcelona, 1921 - Majadahonda, 2004) obtendría, con solo 23 años, el Premio Nadal.



La adaptación de Joan Yago y la dirección de Beatriz Jaén sobre el escenario la dotan de una intensidad y un ritmo casi frenéticos. Tres horas en las que el espectador asistirá al crecimiento emocional y madurez de esta ingenua y pletórica protagonista que llega a la Barcelona de 1939, recién terminada la Guerra Civil, para estudiar su primer año de universidad.


Todas sus ilusiones se ven cercenadas en el mismo momento en el que se abre la puerta de la casa familiar donde la esperan. La atmósfera se vuelve entonces irrespirable. Todo se nos presenta desordenado y descolorido, polvoriento. Ni rastro de la calidez y la alegría que Andrea recordaba de niña. Sus tíos Román y Juan, la mujer de este, la tía Angustias, la abuela y la criada viven en una tensión constante que asfixia al espectador y lo hace cómplice de brutales estallidos de violencia que terminan por dejarlo exhausto.





La casa que acoge a Andrea es el reflejo de esta familia perteneciente a una burguesía venida a menos que a duras penas sobrevive en una importante calle de la ciudad condal, Aribau, un nombre que se repite constantemente en un intento de aferrarse a lo que un día fue. Hoy, sin embargo, no hay un plato caliente que llevarse a la boca y la excesiva vanidad de los personajes, anclados en tiempos mejores y empeñados en negar la realidad, les impide buscar una salida.


La vía de escape de esta muchacha es la universidad. El ambiente estudiantil se presenta ante ella como un mundo lleno de osadas posibilidades y una libertad hasta entonces desconocida, donde las amistades, concretamente la de otra mujer, Ena, se convertirá en el eje de su existencia e intimidad. El mundo femenino adquiere aquí una presencia insólita para la época y la figura masculina se ve relegada a un segundo plano.


Julia Roch es la actriz que da vida a Andrea. Sobre ella el peso de una obra en la que se alternan el diálogo y la descripción de escenas, pensamientos y sensaciones. Una simbiosis difícil de llevar a cabo que esta joven actriz, diez años mayor que el personaje al que interpreta, ejecuta con maestría hasta el punto de que el espectador normalice lo que en otras manos podría llegar a resultar irritante.


Sorprende la similitud entre los conflictos internos a los que se enfrenta esa Andrea de la España de hace sesenta años y los de los jóvenes de hoy, como las miserias, vicios y pasiones de los oscuros personajes que la rodean, perfectamente reconocibles en la sociedad actual.



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