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jueves, 21 de mayo de 2026

La luz o a dónde voy

 




Historia de la luz




Breve historia de la luz

Aurora de la luz 
(Edad Antigua: 5000 a.C. ~ 476 d.C.) 
Luz en la oscuridad 
(Edad Media: 500 ~ 1500)
Revolución de la luz 
(Edad Moderna: 1500 ~ 1800)
Iluminando el mundo 
(Edad Contemporánea: 1800 ~ …)


Otra historia de la luz




Los antiguos griegos entendían la luz como algo cercano a la   verdad   de las cosas. Fue estudiada por filósofos como Empédocles y Euclides, quienes ya habían descubierto varias de sus propiedades físicas. A partir del Renacimiento europeo, en el siglo XV su estudio y aplicación a la vida humana tomó un gran impulso, con el desarrollo de la física moderna y de la   óptica





La luz en el arte muestra cómo los artistas han usado la luz en las pinturas y cómo han empleado la sombra ante la escasez de luz con obras de Giotto, Botticelli, Caravaggio, Vermeer, Courbet, Turner, Klimt, entre muchos otros para lograr la atmosfera deseada, expresar ideas y producir emociones en el espectador. También aborda teorías de Plato y Aristóteles, Descartes, Newton, Goethe y Chevreul.


Esquejes sobre luz y literatura

[Ponencia divulgativa en la Jornada sobre la Luz de la Confederación Española de Sociedades científicas (COSCE), Madrid, 6 de junio de 2019]

1) Luz como ente(lequia)

Cuando el filósofo Víctor Gómez Pin se plantea expresa y pertinentemente en Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen (2008) el esbozo del “catálogo relativo a qué ha de saber un filósofo”, que casi podríamos extender a cualquier intelectual contemporáneo, su lista incluye un vasto repertorio de materias: “Tal saber incluye necesariamente aspectos relativos a genética, lingüística, mecánica clásica, mecánica cuántica, Teoría de la Relatividad, teoría matemática de Conjuntos, topología algebraica, teoría físico-matemática del campo, teorías ondulatorias de la luz y del sonido, momentos de la historia de la teoría musical, historia conceptual del arte… y un no muy largo etcétera”[i]. No está mal para empezar, desde luego. Hoy seguramente añadiría la neurociencia y la inteligencia artificial.



Si nos preguntamos qué saben de ciencia los escritores contemporáneos, y, en concreto, qué saben de la luz, la respuesta es más sorprendente de lo que podía esperarse en un principio. Pero, si les parece, iremos dando esa respuesta poco a poco, inductivamente, y discúlpenme que utilice este modo empirista entre un colectivo que trabaja, supongo, con el método deductivo en su inmensa mayoría, pero hoy actuaré más bajo la protección luminiscente de Carnap que tras el escudo fotovoltaico de Popper.



2) Luz como metáfora

 El primer territorio en que los escritores actuales utilizan la luz es, por supuesto, la metáfora. Ustedes me dirán que una metáfora no es un ente físico, y tendrán razón, pero sí es una entidad conceptual cuya ontología viene salvaguardada por la fenomenología artística y literaria. E incluso, yendo más allá, si en la sala se encuentra algún neurocientífico que aplique el enfoque cognitivo a las ciencias del lenguaje, nos recordará que la metáfora es también preconceptual y que es el modo habitual en que las personas construyen su relación con el mundo, no sólo a nivel discursivo, sino comprensivo. Lakoff y Johnson establecieron en Metaphors We Live By (1980) y otros textos su Teoría de la Metáfora Conceptual para explicar de qué modo las metáforas, incluida por supuesto la de la luz, están entre nosotros y dentro de nosotros —estructurando nuestro pensamiento, tanto intuitivo como consciente—, arrojando luz sobre los fenómenos externos. En esta última frase, por ejemplo, hemos visto un uso metafórico de la luz, uno de los más frecuentes, por el cual el entendimiento sería una proyección de luz sobre la realidad fenoménica. Incluso para aquellos filósofos realistas especulativos hoy de moda que sostienen, y estoy de acuerdo con ellos, que existe un ahí fuera ontológico, lleno de objetos físicos, energías y las cuatro fuerzas que existen con independencia de que los percibamos o no, esa misma deducción es metafórica, establece que hay un dentro y un fuera del ser, y que la “realidad” —entrecomillada como recomendaba Nabokov—, es lo exterior, sito frente a nuestro interior. Al paso conceptual entre uno y otro se le denomina en humanidades arrojar luz, e iluminar a alguien, según el diccionario, es hacerle entender un extremo o concepto. Es decir, hay una correspondencia entre dos dominios, uno meta y otro fuente, por utilizar la terminología de Lakoff y Johnson, en que el mismo pensamiento es la luz, la luz interior o la luz del alma, según la antigüedad de la imagen. Recuerden que hay un siglo entero, el XVIII, al que por el empuje del racionalismo filosófico y el deseo de ilustración llamamos, no por casualidad, el Siglo de las Luces.



Jorge Luis Borges, un escritor al que nos referiremos hoy un par de veces, porque pensó mucho a la luz de la filosofía y de la ciencia —ahí tienen, por cierto, otra figuración lumínica—, escribió en Luna de enfrente (1925), en los comienzos de su trayectoria literaria, un poema titulado “Calle con almacén rosado”, donde podemos leer estos versos: “yo forjo los versos de mi vida y mi muerte / con esa luz de calle”. Empeñado en una fundación mítica de la ciudad de Buenos Aires, esto es, en una recreación de una ciudad que ya contaba no sólo con historia, sino también con mucha literatura, Borges entiende en libros como Luna de enfrente o Fervor de Buenos Aires que su mirada nueva requiere de un elemento fundamental, de una luz nueva. Y esa luz es “luz de calle”, es el resplandor urbano que por entonces él aún podía percibir, pues aún quedaba lejos el accidente de finales de 1938 y la posterior septicemia que convertirían su debilidad visual congénita en un proceso de enceguecimiento. Como dijimos en El lectoespectador, la modernidad de una literatura está en su modo de mirar su tiempo, y Borges quiere mirar en 1925 con esa luz de calle, para encontrar una expresión poética a la altura de su mirada distinta, utilizando para ello los recursos de la vanguardia literaria que había conocido muy bien en sus viajes por Europa, especialmente gracias a su contacto con los poetas ultraístas andaluces en Sevilla, pese a su rechazo posterior. Ese contacto con la vanguardia, aunque sea para negarla después, es necesario para refundar una literatura, como dijimos en otro ensayo, titulado significativamente, La luz nueva, o para renovar la mirada sobre la misma, que es en puridad lo que hizo Borges: mirar la literatura de todos los tiempos de una forma única y singular, para arrojar sobre ella una luz desusada, actualizadora.


3) Luz oximorónica

El hecho de que Borges fuera perdiendo progresivamente la vista, y con ella la percepción de la luz, tiene seguramente algo que ver con la progresiva abstracción que su obra literaria va teniendo con los años, cada vez más intelectual e histórica y menos plástica. En su relato “El zahir”, perteneciente al conjunto de cuentos El Aleph (1949), un Borges ya tardío nos recuerda que “En la figura que se llama oxímoron, se aplica a una palabra un epíteto que parece contradecirla: así los gnósticos hablaron de luz oscura; los alquimistas, de un sol negro”[ii]. Quizá no es casual la aparición de ese contrasentido lumínico en un momento en que el escritor argentino había perdido buena parte de su visión. La luz pasa de blanca a negra. Pero, en realidad, lo que hace Borges ahí es, de nuevo, releer la historia y la tradición literaria. Porque estas ideas de un sol oscuro, o de una luz negra, son imágenes constantes en la cultura occidental, que a veces han corrido subterráneamente, bajo formas esotéricas. Lo curioso es que estas visiones de la luz oscura, tan poéticas, podrían tener una correlación científica. Como ustedes saben mejor que yo, en el último siglo y medio se han descrito tres efectos que tenderían hacia la explicación de la luz como un fenómeno corpuscular, frente a quienes postulaban su naturaleza ondulatoria, antes de llegar al acuerdo de doble composición actual. Esos tres efectos eran el efecto Compton, el efecto fotoeléctrico, desarrollado con éxito por Einstein, y el llamado efecto de cuerpo negro. Para no equivocarme, o equivocarme menos, tomo la definición de Wikipedia:


Un cuerpo negro es un radiador teóricamente perfecto que absorbe toda la luz que incide en él y por eso, cuando se calienta se convierte en un emisor ideal de radiación térmica, que permite estudiar con claridad el proceso de intercambio de energía entre radiación y materia. La distribución de frecuencias observadas de la radiación emitida por la caja a una temperatura de la cavidad dada, no se correspondía con las predicciones teóricas de la física clásica. Para poder explicarlo, Max Planck, al comienzo del siglo XX, postuló que para ser descrita correctamente, se tenía que asumir que la luz de frecuencia ν es absorbida por múltiplos enteros de un cuanto de energía igual a hν, donde h es una constante física universal llamada Constante de Planck.

La idea de cuerpo oscuro es bastante poética, sobre todo si le añadimos la idea de que ese objeto emita luz, sólo que una luz coherente con su estado, esto es, una luz negra. De “luz negra y radiante” habla por ejemplo el poeta Gabriel Celaya, disfrazado bajo su heterónimo Rafael Múgica[iii], y el libro de ensayos de Andrés Sánchez Robayna La luz negra (1985) se abre con este oscuro, pero luminoso a la vez, epígrafe de José Lezama Lima: “Después que la luz o el tiempo dimensión rebasaron el obstáculo en su potencial negativo, vuelve a buscar nuevos puntos de reconstrucción que fraccionan de nuevo al hecho para volverlo a unir en una nueva serie de puntos luz”[iv]. De nuevo aparece la idea de reconstrucción, de mirar de otra forma o bajo otra luz para replantear y refundar la realidad. La otra expresión, “sol negro”, suele asociarse a la depresión, desde el libro de Julia Kristeva Soleil noir: Dépression et mélancolie (Gallimard, 1987), que utiliza un verso del poema “El desdichado” de Gérard de Nerval, del que reproducimos la primera estrofa:



Je suis le Ténébreux, - le Veuf, - l'Inconsolé,

Le Prince d'Aquitaine à la Tour abolie :

Ma seule Etoile est morte, - et mon luth constellé

Porte le Soleil noir de la Mélancolie.

Yo soy el tenebroso —el viudo —el sin consuelo,

Príncipe de Aquitania de la torre abolida,

murió mi sola estrella —mi laúd constelado

ostenta el negro Sol de la Melancolía.

(Traducción de Octavio Paz)

           

Estas visiones oscuras de fenómenos en principio luminosos y alegres son una constante en la poesía romántica del XIX y gozan de un ritornelo en la modernista de principios del siglo XX, donde se deslizan en las obras literarias numerosos elementos reelaborados del romanticismo, pero también tomados de leyendas y mitos que no ocultaban su naturaleza esotérica. “En una época madura y cansada, los productos de la movilidad del espíritu comienzan a solidificarse en una masa negativa, en un ‘sol negro’ que produce un efecto invernadero allá donde se proyecta su sombra”, ha expuesto el sabio Fernando R. de la Flor[v], y quizá el romanticismo y el modernismo sean las épocas cansadas por excelencia de la literatura, las únicas donde la muerte y la oscuridad no sólo no están mal vistas, sino que proyectan un halo de esperanza. Los símbolos de las antiguas tradiciones alquímicas han seguido sembrando la cultura de alusiones y referencias, como estudió Carl Gustav Jung en Psicología y alquimia, y esa idea de la luz oscura tiene larga raigambre en la literatura y en el pensamiento. El filósofo francés André Comte-Sponville, en su libro Lucrecio. La miel y la absenta (2009), hace un recorrido por la obra del poeta y filósofo latino Lucrecio (siglo I a.C.), autor del vasto poema De rerum natura, una de las magnas obras que nos ha dejado Roma, y que es una mezcla de poesía y filosofía, una de esas extrañas emulsiones posibles en la antigüedad y que hoy parecen mal vistas en tiempos de triunfo de una poesía sencilla y “tardoadolescente” (Martín Rodríguez Gaona, La lira de las masas). Una excepción clara sería el excelente poema extenso La luz oída (1996), de Eduardo Moga, un canto cósmico, solar y visionario que cuenta entre sus epígrafes de partida, no por casualidad, uno del De rerum natura lucreciano. Comte-Sponville conforma el sustrato argumentativo de su ensayo también a partir de uno de los versos de Lucrecio, “sobre un tema oscuro, mi luminoso canto” (IV, 8-9), para colegir que el tema oscuro sería el pensamiento de Epicuro, mientras que el luminoso canto se constata como la aportación sustancial del propio poeta. 


Lucrecio fue un personaje sobre cuya peripecia vital se tienen pocos datos, pero que legó a la humanidad una versión poética sobre la naturaleza en el epicureísmo que ha seguido teniendo lectores y estudiosos hasta el día de hoy, por su potencia lírica y filosófica y su negación de todo lo “sobrenatural” (p. 84). Como lírico, ha influido a poetas y pensadores de todas las épocas, como Fray Luis de León, Poliziano, Spenser, Montaigne, Molière, Goethe, Schlegel o Byron[vi], y fue incluido por George Santayana en su estudio Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe. Desde Lucrecio, por tanto, cobra cuerpo la idea cultural, casi siempre soterraña, de que la creación del mundo está ligada, no a la luz y a la sombra, sino a una luz blanca y otra negra, que se combinan ferazmente para producir el contraste o dialéctica de opuestos necesario para la vida. Entendida de este modo fértil, en palabras del poeta Marcos Canteli, “la claridad se tatuaba con tinta negra”, porque “la escritura sana / cuando incorpora sombras”[vii]. Así lo recuerda Sánchez Robayna, en la “Nota preliminar” a La luz negra: “El título general de estos ensayos alude al signo mismo de la escritura. L’homme poursuit noir sur blanc, escribió Mallarmé. El hombre busca -y se busca- en la iluminación de tinta, en la luz negra” (p. 11). Según este diagnóstico, la literatura, toda la literatura, sería la luz negra que el hombre arroja sobre lo existente; es la proyección, clara y oscura a la vez, con la que iluminamos el mundo. Esto nos liga con otra dimensión de la metáfora lumínica relacionada con la creación, no sólo con la creación artística, sino asimismo con la creación del universo.

4) Luz cósmica


Severo Sarduy escribió en 1974 un libro de poemas titulado Big Bang, donde lo cósmico, lo órfico y lo sentimental se entretejían en una obra singular, casi inclasificable, que parte de un “estallido de la vacuidad”, como Gustavo Guerrero asevera sobre Severo en la introducción a su poesía reunida. Poemas amorosos y eróticos se mezclan en Big Bang con citas científicas literales y hondas reflexiones sobre la materia y la luz, luz que tiene en el libro una importancia seminal —en todos los sentidos del término—. Sarduy teje un tapiz de referencias casi imprevisible, pero en el que creemos ver una metáfora sobre la riqueza y vastedad de los fenómenos observables, por un lado, y de su propia imaginación, por otro. Entre sus imágenes hallamos, precisamente, la de la “luz negra”, que enlaza a la de un “sol fósil”[viii], esto es, un sol que ha dejado de serlo y que, como explica en su poema dedicado a las estrellas conocidas como “Enanas blancas”, alcanza con éxito el mejor fin de todo sol: dar interminablemente su luz hasta extinguirse. En otras palabras, la finalidad de un cuerpo solar es apagarse; su súbita oscuridad es el hecho feliz que redondea su existencia, pues significa que ha agotado toda su reserva lumínica y consumido su capacidad de irradiar fotones. Sarduy no ignora, puesto que la explicita, la teoría científica sobre la “luz fósil”, que puede ser una prueba del Big Bang, el “testigo de la explosión que dio origen al universo” (p. 85), y que aún reverbera de forma detectable.



Ese décalage temporal entre la emisión de la luz estelar y su recepción por nuestros ojos o instrumentos ha dado pie a uno de los motivos científicos más abundantes en la literatura actual, aunque cuenta con luenga tradición. Por ejemplo, Gustave Flaubert se había hecho eco del fenómeno del desfase lumínico alrededor de 1881, en su inacabada novela Bouvard y Pécuchet: “La velocidad de la luz es de ochenta mil leguas por segundo. Un rayo de la Vía Láctea invierte seis siglos para llegar a nosotros, de tal forma que, cuando observamos una estrella, ésta pueda ya haber desaparecido. Algunas son intermitentes, otras ya no vuelven nunca; y cambian de posición. ¡Todo se agita, todo pasa!”[ix]. Las consecuencias digamos “metafísicas” de la demora receptiva las explica el poeta Jenaro Talens: “si la luz de una estrella [...] viaja por el espacio miles de años y llega a nosotros en la actualidad, lo que vemos como luz no es presencia sino la huella de una ausencia [...] La idea me parecía fascinante porque, de hecho, ¿lo que inscribimos en nuestro presente como recuerdo del origen, no es también la huella de la muerte?”[x]. Esta misma imagen, la de la luz retardada de las estrellas muertas, que ya había fascinado también a Robert Musil[xi], Gregor von Rezzori[xii], Roland Barthes o Susan Sontag, ha sido utilizada en la literatura contemporánea por César Aira[xiii], Roberto Bolaño[xiv], Rikardo Arregui, Pablo García Casado[xv], Ricardo Menéndez Salmón[xvi], Rodrigo Blanco Calderón[xvii], Jesús Carrasco[xviii], Javier Moreno[xix], Mario Cuenca[xx], Antonio Gracia[xxi], Agustín Fernández Mallo[xxii], Andrés García Cerdán[xxiii], Sergi de Diego Mas (“todavía veo estrellas que ya dejaron de existir”[xxiv]), Ben Clark (“Omage a la oscuridad”), Roberto Valdivia[xxv] o Juan Bello Sánchez[xxvi]. Como vemos, una misma cosmovisión, la científica, impregna el modo de escribir de estos autores de forma similar, apreciando en lo contingente —la luz—, no lo trascendente, sino las consecuencias digamos metafísicas que tiene su propia y finita inmanencia. Todo lo que se origina, parecen decirnos los textos, tiene en el mismo hecho de su nacimiento la perspectiva de la llegada, del des/aparecer. Recuperando el verso de Lowell, lo nacido puede decir “he hablado la extinción hasta la muerte”. Cabe agregar: desde el comienzo.


No son pocos los escritores, tanto poetas como narradores, que han entendido que la luz que viene del cielo por la noche, cuando hay luna nueva y sólo cuelgan de nuestra cabeza las estrellas, es tan negra como blanca, como si el cosmos emitiese negror a la vez que luz estelar. Los escritores parecen percibir esa mezcla en forma de energía, como tal se puede ver en algunas obras. Por ejemplo, en este magnífico párrafo de Don DeLillo, incluido en su novela Point Omega, que les traduzco:

Antes de entrar en el interior Elster apretó mi hombro, diríase que de forma tranquilizadora, y yo permanecí en la terraza un rato, demasiado hundido en mi silla, en la noche misma, para alcanzar la botella de escocés. Detrás de mí, la luz de su dormitorio se proyectó hacia fuera, iluminando el cielo; y qué extraño parecía, la mitad del cielo acercándose, todas esas masas incandescentes incrementándose en número, las estrellas y constelaciones, porque alguien encendía una luz en una casa en el desierto, y yo lamentaba que él no estuviese ahí para escucharle hablar sobre esto, lo lejano y lo próximo, sobre lo que creemos que estamos viendo cuando no lo vemos[xxvii].




O en estos versos de Diego Doncel, donde el personaje conduce a solas de noche por una carretera despejada, y piensa en estos términos:



La mirada se pierde no en el tramo de carretera

que tengo ante mí, sino en las altas

profundidades astrales.

No me hago ninguna pregunta.

La sensación de volar es muy intensa

cuando traspaso la arista de los cambios rasante.

Las explosiones del motor, el ruido

con que el alquitrán succiona los neumáticos,

el roce de la chapa y de los plásticos,

me hacen pensar en las explosiones

de hidrógeno y de helio allá arriba,

en el movimiento de la materia celeste,

en la energía de la luz cruzando el espacio.[xxviii]






Unos versos que me recordaban, desde la natural diferencia, estos otros de Javier Moreno en Cortes publicitarios: “alcanza / la velocidad de las cosas / Mira la luz que intenta / darse a la fuga / y casi lo consigue / Huye tú también. Síguela / si puedes”. O estos versos de la peruana Blanca Varela en este fragmento de “Canto villano”:


aniquilar la luz

o hacerla



hacerla

como quien abre los ojos y elige

un cielo rebosante

en el plato vacío.



La luz, en sus distintas formas y planteamientos, es una obsesión para los escritores de todos los tiempos. Los escritores, especialmente los poetas, han sido considerados como iluminados, quizá por dar pábulo a sus Iluminaciones, que es el título que dio Arthur Rimbaud a uno de sus mejores libros. Harold Bloom, por ejemplo, ha podido estudiar el modo en que Dante y Milton utilizan la luz en sus obras, siempre con el trasfondo de la divinidad[xxix]. Los libros que incorporan la palabra “luz” en su título son incontables, y más infinitos aún aquellos en que la luz ocupa un lugar significativo en su interior, o que arden en la Light in August (Faulkner) o en Luces de bohemia. En la exposición que tienen ahí fuera, a la salida de la sala, en esta Biblioteca Histórica de la UCM, pueden ver un poema de José Hierro, titulado “Entre árboles”, que termina con estos versos: “Narcisos duplicados en el río / navegaron a la deriva, en busca de la luz, / la luz que fue el principio y será el final”[xxx]. Para responder, por tanto, a la pregunta de si los escritores actuales saben lo que es la luz, desde el punto de vista científico no lo tenemos del todo claro, pero sí saben usarla con fines estéticos.

Quizá sería oportuno cerrar con el conocido poema de la estadounidense Sarah Howe, bastante fiel a la teoría einsteniana, en la traducción de Sergio Eduardo Cruz. Con estas líneas me gustaría concluir, agradeciéndoles su atención:


La naturaleza de la luz (I)







RELATIVIDAD



            para Stephen Hawking





Cuando despertamos, movidos por el pánico, en la oscuridad

nuestras pupilas se aferran a la forma de las cosas conocidas.



Los fotones sueltos de sus rendijas como sabuesos husmeantes

revelan la doble naturaleza de la luz en sus sombras contenidas



que llenan de rayas un laboratorio sin luz, y ya no son partículas,

sino que ondean para dar a todas las certezas su despedida.



Porque, ¿qué es certero en un universo que hace efecto doppler

como si fuera el grito de una sirena a media noche? Se diría



que una luz vista desde arriba o desde abajo cuando se mueve el tren

explica certeramente por qué el tiempo se dilata como una tarde



perfecta: predice agujeros negros donde se entrecruzarán las líneas

rectas, cuyos horizontes pesados no serán conocidos siquiera



por la luz de las estrellas. Si a tanta abstracción podemos llegar,

¿podrán nuestros ojos alguna vez acostumbrarse a la oscuridad?




[i] Víctor Gómez Pin, Filosofía. Interrogaciones que a todos conciernen. Espasa Calpe, Madrid, 2008, p. 29.

[ii] J. L. Borges, Obras Completas. Tomo I. Buenos Aires: Emecé, 1989, p. 590.

[iii] Con ese título rubricó Celaya una de las secciones del libro (Rafael Múgica, Poemas de Rafael Múgica. Bilbao: Comunicación Literaria de Autores, 1967).

[iv] A. Sánchez Robayna, La luz negra. Madrid: Júcar, 1985, p. 7.

[v] F. R. de la Flor, Biblioclasmo. Por una práctica crítica de la lecto-escritura; Junta de Castilla y León, Salamanca, 1997, p. 31.

[vi] Cf. Michael von Albrecht, “Fortuna europea de Lucrecio”; Cuadernos de Filología Clásica: Estudios Latinos, vol. 20, núm. 2 (2002) [pp. 333-361], pp. 335-38; y Ángel Jacinto Traver Vera, “Dos ejemplos de recepción clásica: Lucrecio 2, 1-13 en fray Luis y Lord Byron”, Anuario de Estudios Filológicos, vol. 22, 1999, pp. 459-474.

[vii] M. Canteli, Su sombrío. Barcelona: DVD Ediciones, 2005, pp. 81 y 39.

[viii] Severo Sarduy, Obras I. Poesía. Ed. Gustavo Guerrero. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 92.


[ix] “La velocidad de la luz es de ochenta mil leguas por segundo. Un rayo de la Vía Láctea invierte seis siglos para llegar a nosotros, de tal forma que, cuando observamos una estrella, ésta pueda ya haber desaparecido. Algunas son intermitentes, otras ya no vuelven nunca; y cambian de posición. ¡Todo se agita, todo pasa!”; Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet; Montesinos, Barcelona, 1993, traducción de Marga Latorre y Mónica Maragall.

[x] J. Talens, Negociaciones para una poética dialógica. Biblioteca Nueva, 2002, p. 43.

[xi] “(…) su existencia podía equivaler a la fe en algunas estrellas que vemos ahora, a pesar de haber desaparecido hace miles de años”; Robert Musil, El hombre sin atributos; tomo 1, Seix Barral, Barcelona, 2002, p. 87; traducción de José M. Sáenz.

[xii] “¿Quién sabe cuántas de aquellas estrellas estarían ya muertas entonces, mientras su luz temblorosa aún nos alcanzaba?”; Gregor von Rezzori, La muerte de mi hermano Abel; Sexto Piso, Madrid, 2015, traducción de José A. Campos, p. 696.

[xiii] “Miraban la agonía de las estrellas. Se perdían en las fosas galácticas. Todo lenguaje extinguido, todo se adivinaba.”; César Aira, (2009). Dante y Reina. Ilus. Max Cachimba. Buenos Aires: Mansalva, p. 65.

[xiv] R. Bolaño, 2666; Debolsillo, Barcelona, 2017, p. 1099.


[xv] “[…] igual que esas estrellas que están muertas / tu cuerpo brilla aún en la pantalla”, P. García Casado, El mapa de América, DVD Ediciones, 2002.

[xvi] “De las estrellas, apenas si vemos otra cosa que viejas fotografías”; Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor; Seix Barral, Barcelona, 2010, p. 62.

[xvii] Rodrigo Blanco Calderón, The Night; Alfaguara, Barcelona, 2016, p. 101.

[xviii] “Miles de millones de estrellas sobre su cabeza, muchas de ellas ya muertas, enviaban su luz a guiños”; Jesús Carrasco, Intemperie; Seix Barral, Barcelona, 2013, p. 127.

[xix] Javier Moreno, Alma; Lengua de Trapo, Madrid, 2011, p. 55.

[xx] M. Cuenca, Los hemisferios; Seix Barral, Barcelona, 2014, p. 286.

[xxi] A. Gracia, “Noche estrellada”, Lejos de toda furia; Devenir, Madrid, 2015, pp. 19-20.

[xxii] “El cosmos está lleno de esta clase de fantasmas, / estrellas cuya luz nos engaña incluso muerta”; Agustín Fernández Mallo, Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012); Seix Barral, Barcelona, 2015, p. 66.


[xxiii] “Míralas, siempre ahí. / Son las estrellas extinguidas.”; Andrés García Cerdán, “Estrellas”, Puntos de no retorno; Reino de Cordelia, Madrid, 2017, p. 35.

[xxiv] Sergi de Diego Mas, E-mails para Roland Emmerich; Honolulu Books, Barcelona, 2012, p. 58. También nosotros hemos utilizado la imagen en Construcción (2005).

[xxv] “[…] y mi brazo derecho apuntará a una estrella / extinta que pensaremos aún existe”, Roberto Valdivia, EP (poemas de Salinger). Cáceres: Ediciones Liliputienses, 2018, p. 62.


[xxvi] “llegan luces de alguna parte, / lo que uno llama / estrellas consumidas hace millones de años, / lo que otro llama / una linterna que nos muestra el camino en la noche”; Juan Bello Sánchez, Mi tiempo perdido. Sevilla: La Isla de Siltolá, 2018, p. 65.

[xxvii] Don DeLillo, Point Omega; Scribner, New York, 2010, p. 54.

[xxviii] Diego Doncel, En ningún paraíso. Madrid: Visor, 2005, pp. 50-51.

[xxix] Harold Bloom, (1991): Poesía y creencia. Madrid: Tecnos, p. 42.


[xxx] Este poema ilustró el libro de artista Arboledas del pintor Luis García-Ochoa (Madrid: Editorial Casariego, 1976).



https://edicioneslitoral.com/tienda/escribir-la-luz-fotografia-literatura-rl-250-ed-impresa/?v=796834e7a283DE LA CAVERNA PLATÓNICA A LAS PRISIONES MODERNAS: VISIÓN Y OSCURIDAD EN LA LITERATURA, EL CINE Y EL ARTE POLÍTICOS DEL SIGLO XX


Escribir la luz. Fotografía & literatura



No. 250, 2010, Escribir la luz: fotografía & literatura
Litoral

https://www.jstor.org/stable/i40135674


Bombillas en la literatura y la filosofía











La luz en el cine: Cómo se ilumina con palabras. Cómo se escribe con la luz (Los pequenos cuadernos de Cahiers du Cinema) (Spanish Edition) 
Sin luz, no hay imagen. La luz también aporta sentido a la imagen por el modo en que ilumina el tema y por la atmósfera emotiva que genera. Los pintores, los fotógrafos y más tarde los cineastas han explorado todas las distorsiones a las que la luz puede someterse para elaborar esa emoción. «Crear luz en el cine» es participar en el desarrollo de la historia que el director cuenta, dominando las emociones que la luz produce. Para construir la luz de una escena, el director de fotografía se sirve de sus conocimientos técnicos, de su observación de la realidad y de su cultura estética, así como de referencias a la pintura, la fotografía, la literatura, e incluso a la música, al lenguaje, la arquitectura... Jacques Loiseleux propone al lector que comparta esta experiencia. A través del estudio de sus cuadernos de notas, del comentario a sus propios documentos de trabajo, del diálogo con otros directores de fotografía, el autor transmite aquí su sabiduría del oficio y los secretos de su arte.










Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)


La luz es como el agua
Doce cuentos peregrinos (1992)


         En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
         —De acuerdo —dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
         Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
         —No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
         —Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
         Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de reinos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
         —EI bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
         Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
         —Felicitaciones —les dijo el papá ¿ahora qué?
         —Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
         La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
       

 Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
         —La luz es como el agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.
         De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
         —Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
         —¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
         —No —dijo la madre, asustada—. Ya no más.
         El padre le reprochó su intransigencia.
         —Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
         Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
         En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
         El papá a solas con su mujer, estaba radiante.
         —Es una prueba de madurez —dijo.
         —Dios te oiga —dijo la madre.
       

 El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salí por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
         Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
       

 Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Diciembre, 1978.

Veo en los sueños,  sin luz

La fuerza del sueño: 
las convivencias de todos los vivos

La Bienal de la Ciudad de Quebec se inspira en el invierno canadiense y la tierra dormida para centrarse en el sueño humano y los múltiples matices del proceso de vigilia. Tanto el sueño como la estación fría son tiempos de latencia, transición y pausa, de productividad suspendida y de resistencia contra la explotación de cuerpos y recursos. Estas alteraciones diarias o estacionales, donde diferentes especies y sus entornos se interconectan, brindan a los vivos la oportunidad de regenerarse, así como de escucha, atención al autoconocimiento e interacción con otras formas de vida. Al liberar fortalezas internas, incontroladas y a veces cruciales, y al alterar nuestros reflejos y cambiar nuestras percepciones, el sueño puede cambiar la forma en que percibimos el mundo.

Los ritmos biológicos de actividad y descanso tienen una historia social y política. De hecho, tanto la duración como la estructura del sueño se han regido por una sucesión de normas. En la era industrial, el sueño, que impone la ociosidad, ha sido un tema político candente, como lo demuestran los esfuerzos del capitalismo por imponer el reinado de las ganancias “24 horas al día, 7 días a la semana”. La modernidad quiere que el cuerpo sea “reciclado” de la noche a la mañana. El mundo contemporáneo cultiva y explota la ideología de los trastornos del sueño. Mientras tanto, los más desposeídos entre nosotros, en las metrópolis de todo el mundo, duermen a la intemperie.

La Bienal está organizada en diferentes exposiciones: momentos de despertar destinados a atraer múltiples niveles de atención. Los procesos artísticos involucrados pueden provocar asombro, experiencias imprevistas que desencadenan un reordenamiento de nuestras percepciones, nuestras certezas y las jerarquías que nos gobiernan. A medida que los visitantes avanzan por las exposiciones, encontrarán espacios de retiro fértil: salas de proyección, dormitorios y camas donde nos abandonamos y nos encontramos, casas y madrigueras donde nos refugiamos y nos unimos a los demás, escondites y refugios donde nacen las resistencias y las observaciones. Otros asuntos a considerar incluyen navegar en el frío profundo y las extraordinarias estrategias de supervivencia del mundo vegetal.

Vigilias, meditaciones, ensoñaciones: son formas de semisueño que nutren nuestros días y nos dan tiempo para experimentar percepciones desincronizadas, pensamientos discordantes y juicios suspendidos. Los artistas nos recuerdan que estos momentos están hechos de fuerzas que nos permiten crecer en nuestras formas de vivir y convivir en un planeta del que no somos dueños y donde no somos los únicos sujetos.



Artistas

Abbas Akhavan, Alexis Gros-Louis, Ali Eyal, Andy Warhol, Barbara Manzetti, Catarina Simão, Christine Rebet, Dawit L. Petros, Elodie Pong, Emily Wardill, Eveline Boulva, Felix Gonzales-Torres, Francis Alÿs, François Morelli, Joachim Koester y Stefan A. Pedersen, Jannick Deslauriers, Joseph Tisiga, Julie Picard, Jumana Manna, Kapwani Kiwanga, Laure Tixier, Liz Magor, Marie-Claude Gendron, Magali Hébert-Huot, Mounira Al Solh, Moyra Davey, Nour Bishouty, Pascale Leblanc Lavigne , Paul Cox, Raqs Media Collective, Rodney Graham, Sarah F. Maloney, Suzanne Lafont, Tiffany Shaw, Tuumasi Kudluk, Xavier Le Roy, Yann Pocreau e Yto Barrada.




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