"En mi época no había best sellers y no podíamos prostituirnos. No había quien comprara
nuestra prostitución" (Borges)
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Una novela acorazada de palabras que con su volumen, dan al momento que relatan, una personalidad segura y perfecta, tal y como ocurren, no hay un quizá o un después ya será otra cosa, es lo que se dice o se hace con las razones que la definición de la palabra contiene.


El argumento está en la vida don Gumersindo, profesor de latín que se jubila, tras haber enseñado toda su vida en el instituto de Murania, deja 237 folios de memorias, que el narrador esculpe. Todos los antes, jóvenes y maduros surgen con la narración en un lento y encauzado vocabulario que nos exige estar perfectamente asentados en el idioma, abrazados a tareas que no nos disuadan en añoranzas, pues la palabras hacen ruido al caminar sobre la tarima con el paso firme de quien conoce todas las rutas dentro del laberinto idiomático, sin desviarse de las precisiones lingüísticas para que comprendamos tanta lucidez en un solo mentor, que sentencia cada momento de duda de sus co-mentores, con una descripción desde el origen o las ajusta con un pensamiento de sabio.

- “Don Bonifacio no pudo contener su sagrada iracundia y, contraviniendo la ortodoxia sacramental, abandonó el confesionario ferozmente para defender manualmente, es decir, a bofetada limpia, su jurisdicción espiritual [y la emprendió a cachetes, mamporros y coscorrones con Sindo]”
Conversación
La sed de sal
«Llamadme Travel.» Así comienza el relato de su aventura el narrador de esta novela, un hombre que viaja a Murania. Es tiempo de fiestas y Travel es arrestado en relación con la desaparición de una joven. Desde el calabozo, siente que la muchedumbre quiere lincharlo. Y ni las conversaciones con los guardias ni la huida, frustrada, logran rescatarlo de la pesadilla, que por momentos parece diabólica y después tal vez sea una peculiar estratagema. Con los referentes cinéfilos de Sed de mal, de Orson Welles, o Al final de la escapada, de Godard, el narrador no puede dejar de pensar en el destino y la culpabilidad, mientras reconstruye la red y los intereses de los posibles culpables.

Campo de amapolas blancas
Esta historia empieza con las aventuras de dos niños en el colegio de los padres hervacianos en la ciudad de Murania y concluye con el encuentro fortuito por la calle, muchos años después y también en Murania, con un hombre taciturno y desolado que despierta en el narrador los recuerdos de esos días pasados. Entre un tiempo y otro transcurre la juventud de dos amigos, sus viajes, sus primeros amores, los estudios en Madrid y en Salamanca, París y el Barrio Latino, los libros, el cine, las canciones... O quizá sea mejor decir que transcurren los eslabones del tiempo que escribe la memoria. O ese aire exacto y familiar de olvidos y recuerdos por el que todos algún día sabemos, quizá calladamente, dónde están –si es que alguna vez los hubo– esos campos de amapolas blancas y el desesperado sueño de su blancura.
Certidumbre de invierno
Para Ángela Bayal
cum dies hibernorum complures transissent
Julio César
áspero temporal de helado invierno
Francisco de Aldana
1

de miniadas columnas,
con angostos senderos,
líneas que se entrecruzan
(vértices y horizontes anulados)
dibujando un perfil del paraíso,
el relieve labrado en que limita
la ventura final de todo anhelo.
Como un paisaje nítido de agujas
que reduce la muerte a certidumbre.
Paradoja del interventor
Una noche de noviembre, un hombre mayor, «casi en la edad de los desguaces», se apea en una estación a tomar un café y llenar una botella de agua y, sin saber cómo, pierde el tren. Como además no ha tenido la preocupación de bajar con chaqueta, se queda sin dinero ni identificación: el tren se ha llevado su equipaje y su destino.
El cerco oblicuo
El cerco oblicuo es la representación poética de una condena, la personificación de un nuevo Sísifo que, gobernado por la fatalidad y el azar, no encuentra más destino que deambular interminablemente de casilla en casilla sobre la espiral del tablero, prisionero en el irremisible veredicto que conduce del laberinto al treinta y en la certeza geométrica de una proposición: que «el hombre experimenta ante la imagen de una cosa pasada o futura la misma afección de gozo o de tristeza que ante la imagen de una cosa presente».
Nemo
Quien renuncia al lenguaje, dice, también renuncia al hombre: de ahí el desconcierto, de ahí la hostilidad. Nemo es el sujeto del que no se espera nada, que no va a salvar a los habitantes de esta tierra ni va a hacer aflorar sus miserias, como los forasteros en el cine del oeste, que ni siquiera va a hablar y contar historias remotas, como si hubiera llegado enfermo a los mares del sur. Nemo no es un mesías, dice, ni siquiera un precursor. Pero tal vez la negación del lenguaje ya sea una forma de hacer lo uno y lo otro, de ser lo uno y lo otro, forastero en el oeste, tuberculoso en los mares del sur, y entonces, en realidad, sí es un mesías, sí es un precursor, voz que clama sin voz en el desierto, que no anuncia la redención sino el desastre, que niega todo paraíso y sólo propone el cumplimiento sordo del apocalipsis: de ahí nuestra solicitud. De ahí, dice, la sucesión o la coexistencia de dos comportamientos colectivos: el intento de ganarse la voluntad de Nemo, de incluirlo en nuestra comunidad, junto al afán por hacerle la vida imposible, de excluirlo, de anularlo, de hacer callar por miedo la voz amenazante de quien calla y no habla. Tal vez ambos violentos, añade. Nos movemos en la contradicción y la paradoja: entre el magnetismo de lo ignoto y la magnitud de la ignominia. (p. 236)

La experiencia, al fin y al cabo, no es otra cosa que acumulación de amarguras. Nadie tiene experiencia de la felicidad, porque ni la felicidad es el destino del hombre ni el hombre nace preparado para la felicidad. Por eso los hombres no son felices, porque no pueden ser felices. La felicidad es una fantasía encefálica, dice Sín, delirio neuronal. Los hombres no sólo no son felices sino que están específicamente incapacitados para serlo. La demostración se encuentra en la incompetencia católica (que no es sino reflejo de la incapacidad intelectual general) para describir el cielo. En cambio, en la enumeración de las penalidades del infierno… (pág. 498).
“Me gustaría escribir una novela en la que no ocurra nada, pero que obligue al lector a ser leída de forma compulsiva”.
Gonzalo Hidalgo Bayal
nació en Higuera de Albalat en 1950. Se licenció en Filología Románica y en Ciencias de la Imagen por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente trabaja impartiendo clases de Lengua y Literatura en un instituto de Plasencia. Ha publicado el poemario Certidumbre de invierno (1986) y las novelas Mísera fue, señora, la osadía (1988), El cerco oblicuo(1993) y Amad a la dama (2003). Además de su obra narrativa, Hidalgo Bayal ha hecho incursiones en el ensayo con Camino de Jotán (1994) y Equidistancias (1997). Suyo es también el relato Campo de amapolas blancas (1997) y el libro de cuentos La princesa y la muerte (2001).

Sobre “El espíritu áspero”
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/25682/El_espiritu_aspero
Obras, entrevistas, reseñas de otras obras, blog ...
LAS REPRESENTACIONES FIGURADAS DEL YO Y SUS REFLEXIONES EN LA NARRATIVA DE GONZALO HIDALGO BAYAL
Ana Calvo Revilla
Universidad CEU San Pablo
