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viernes, 22 de mayo de 2026

La indumentaria y sus alfayates, modistos , alfayatas, costureras, labranderas o bordadoras.

 

El Tejido de la Civilización: Cómo los Textiles Crearon el Mundo, de Virginia Postrel

https://ebiblioteca.org/lecturas/?/v/

https://archive.org/details/postrel-v.-el-tejido-de-la-civilizacion.-como-los-textiles-dieron-forma-al-mundo-2021



El Tejido de la Civilización: 


Cómo los Textiles Crearon el Mundo, 

de Virginia Postrel,

 es la fascinante historia de cómo la búsqueda de hilos, telas y prendas de vestir por parte de la humanidad construyó la civilización moderna, impulsando logros desde la Revolución Neolítica hasta la Revolución Industrial y más allá. Si bien gran parte del libro contiene inspiradoras historias de innovación, arte y emprendimiento, las secciones dedicadas a la era preindustrial también revelan algunos hechos oscuros e inquietantes sobre el pasado.

En la era preindustrial, la ropa solía producirse con esmero en casa. Postrel estima que, en la época romana, una mujer tardaba unas 909 horas (o 114 días, casi 4 meses) en hilar suficiente lana para una sola toga. Con la invención posterior de la rueca, el tiempo necesario para producir hilo para una prenda de tamaño similar se redujo a unas 440 horas (o 50 días). Incluso en el siglo XVIII, en vísperas de la industrialización, los hilanderos de lana de Yorkshire que utilizaban las ruecas de pedal más avanzadas de la época habrían necesitado 14 días para producir suficiente hilo para un solo par de pantalones. Hoy, en cambio, la hilatura está casi totalmente automatizada, con un solo trabajador supervisando máquinas capaces de producir 34.000 kilos de hilo al año, suficiente para tejer 18 millones de camisetas.


La mayoría de las mujeres preindustriales dedicaban enormes cantidades de tiempo a la producción de hilo, que aprendieron a fabricar durante la infancia. No es exagerado decir, como Postrel, que «la mayoría de las mujeres preindustriales dedicaban su vida a hilar». Esto era cierto en gran parte del mundo. Consideremos Mesoamérica:

Con tan solo cuatro años, una niña azteca aprendió a usar herramientas de hilado. A los seis, ya tejía su primer hilo. Si se descuidaba o hilaba mal, su madre la castigaba pinchándole las muñecas con espinas, golpeándola con un palo o obligándola a inhalar humo de chile.

Estas niñas solían realizar varias tareas a la vez mientras hilaban: «Las hilanderas preindustriales podían trabajar mientras cuidaban niños o rebaños, cotilleaban, hacían la compra o esperaban a que hirviera una olla». La naturaleza casi constante de la tarea implicaba que, antes de la Revolución Industrial, «la representación visual de la industria era una mujer hilando: diligente, productiva y absolutamente esencial» para el funcionamiento de la sociedad, y desde la antigüedad, la confección de telas se consideraba una virtud femenina clave. La cerámica griega antigua representa el hilado «como la actividad característica de la buena ama de casa y algo que las prostitutas hacían entre clientes», lo que demuestra que las mujeres de diferentes clases sociales dedicaban gran parte de su vida a esta tarea.

Mujeres de todos los orígenes trabajaban día y noche, pero aun así, sus esfuerzos nunca eran suficientes. «Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, producir suficiente hilo para fabricar tela requería tanto tiempo que esta materia prima esencial siempre escaseaba».


Tener suficiente hilo era solo el principio; aún faltaba transformarlo en tela. «Se necesitaban tres días de trabajo constante para tejer un solo rollo de seda, de unas trece yardas de largo, suficiente para vestir a dos mujeres con blusas y pantalones», aunque los propios tejedores de seda rara vez podían permitirse usar seda. Según Postrel, un poema chino del año 1145, acompañado de una pintura de un campesino modestamente vestido y descalzo tejiendo seda, sugiere que «la pareja vestida de seda damascena... debería pensar en quien viste cáñamo tosco».

Los colores tenues solían definir la vestimenta de las masas. «'Cualquier hierba puede ser un tinte', decían los tintoreros florentinos del siglo XV. Pero eso solo si se buscaban amarillos, marrones o grises, los colores producidos por los flavonoides y taninos comunes en arbustos y árboles». Otros tintes eran más difíciles de producir.

En la antigüedad, la púrpura de Tiro era un tinte derivado de caracoles marinos triturados, y su proceso de producción, notoriamente laborioso y maloliente, la encarecía. Como resultado, se convirtió en un símbolo de estatus, a pesar del hedor repulsivo que se adhería a la tela que teñía. De hecho, según Postrel, el poeta Marcial incluyó «un vellón dos veces empapado en tinte de Tiro» en una lista de olores ofensivos, con una broma sobre que una mujer adinerada usaba el color pestilente para ocultar su propio olor corporal. El hedor se convirtió en un símbolo de estatus. «Incluso el notorio hedor de la púrpura transmitía prestigio, porque demostraba que el tono era auténtico, no una imitación hecha con tintes vegetales más baratos». El color en sí no era púrpura, a pesar del nombre, sino un tono oscuro similar al color de la sangre seca. Más tarde, durante el Renacimiento, los tintoreros italianos produjeron un rojo brillante a partir de insectos cochinilla triturados importados de América, así como otros colores que se creaban utilizando agua de salvado ácida que se decía que olía “a vómito”.


Numerosas leyes regulaban estrictamente el vestuario permitido a las personas. Las ciudades-estado italianas emitieron más de 300 leyes suntuarias entre 1300 y 1500, motivadas en parte por la avidez de los gobiernos ávidos de ingresos por imponer multas. Por ejemplo, a principios de la década de 1320, Florencia prohibió a las mujeres poseer más de cuatro atuendos que se consideraran lo suficientemente presentables como para usar en exteriores. Postrel cita al funcionario florentino de leyes suntuarias, Franco Sacchetti, quien escribió que las mujeres a menudo ignoraban las reglas y discutían con los funcionarios hasta que estos desistían de hacerlas cumplir; termina su exasperado relato con el dicho: "Lo que la mujer quiere, el Señor lo quiere, y lo que el Señor quiere se cumple". Pero se recaudaron suficientes multas como para motivar a los funcionarios a promulgar aún más restricciones.

En la China de la dinastía Ming, el castigo por vestirse por encima de la propia posición social podía incluir castigos corporales o trabajos forzados. Sin embargo, al igual que en Florencia, y aparentemente en casi todos los lugares donde se imponían leyes suntuarias, estas regulaciones se incumplían sistemáticamente, y los infractores estaban dispuestos a arriesgarse a castigos o multas. En Francia, en 1726, las autoridades endurecieron las penas por el tráfico de ciertas telas de algodón restringidas, que se declararon ilegales en 1686, incluyendo la pena de muerte. La ley francesa no era una ley suntuaria tradicional, sino una medida económica proteccionista destinada a aislar la industria textil nacional de la competencia extranjera. Postrel cita al economista francés André Morellet, quien lamentaba la barbarie de esta norma, escribiendo en 1758:

¿No es extraño que una sociedad por lo demás respetable solicite castigos terribles como la muerte y las galeras contra los franceses, y lo haga por razones de interés comercial? ¿Podrán nuestros descendientes creer que nuestra nación era tan ilustrada y civilizada como ahora nos gusta afirmar cuando lean que a mediados del siglo XVIII un hombre en Francia fue ahorcado por comprar [tela prohibida] para venderla en Grenoble por 58 [monedas]?


A pesar de estos castigos desproporcionados, el comercio de contrabando de textiles continuó.

El libro de Postrel expone las brutales realidades que se entretejen en la historia de los textiles; historias no solo de innovación inspiradora, sino también de trabajo incansable, represión y sufrimiento. Su libro fomenta una mayor apreciación de la amplia gama de telas y prendas que ahora damos por sentadas, y subraya la resiliencia humana que hizo posible tal abundancia y variedad.

EXAMEN PARA SER SASTRE (1743)

En el Siglo XVIII para ejercer oficios como el de sastre se requería pasar un examen y recibir el visto bueno del gremio correspondiente.

El presente documento es un examen de sastre de Pablo de Salazar, natural de Andújar, para ello se le hacen varias preguntas y se le pide elaborar varias piezas de ropa







de hombre y de mujer, cuestiones que "satisfizo tanto de obra como de palabra".

En el documento se dice finalmente que Pablo queda autorizado para ejercer públicamente el o


DEL ALFAYATE AL MODISTO EN LA DOCUMENTACIÓN HISTÓRICA: CASOS DE INNOVACIÓN, VARIACIÓN Y PÉRDIDA LÉXICA





En el dominio de los nombres de oficio, y más concretamente en el sector de la costura, hemos observado fenómenos de cambio léxico que han merecido nuestra atención, no solo por los factores externos que motivaron la importa-ción de voces del árabe (alfayate), del catalán (sastre) y del francés (modista) sino también por la dinámica interna que estas adquisiciones originaron. En un trabajo sobre historia del léxico es necesario constatar la vitalidad de vo-ces heredadas o transmitidas por vía patrimonial a partir del latín, sin embar-go, el principal objetivo de esta contribución es valorar si los neologismos de diferentes periodos provocaron cambios estructurales por modificación del significado o por pérdida léxica. Desde esta perspectiva también se contem-plarán otras posibilidades de renovación por formación interna de derivados: labrandero, a; bordador, a (léxico multiplicado).
Los datos indican que el arabismo alfayate fue voz de uso general en el periodo medieval1 y que los derivados romances del latín sartor, -ōris y sūtor,



1Variantes registradas en el DH (1960-1996): alfayate, ta, alffayate, alfaiate, alffaiate, alphayate; alfayat, alffayat, alfayath; alfayante, alfayalde. Véase también el DCECH: Joan COROMINAS y José A, PASCUAL, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid, Gredos, 1984-1991.
Según Rafael Lapesa, “el elemento árabe fue, después del latino, el más importante del vocabulario español hasta el siglo XVI”, en Rafael LAPESA, Historia de la lengua españo-la, Madrid, Gredos, 1981, p. 133). Federico Corriente ofrece un estudio muy completo sobre el elemento árabe en la historia lingüística peninsular, más concretamente sobre la interferencia árabe con los romances peninsulares; concluye que “la eliminación de arabismos es, en ocasiones, el resultado natural de la renovación técnica, que hace des-aparecer el objeto con su nombre (vgr. Alcandora, almajaneque, falleba, etc.), de la de-preciación de vocablos, a menudo unida a falta de transparencia semántica o a modas (vgr., albéitar frente a veterinario, alfageme frente a barbero, alfayate frente a sastre”, en Federico CORRIENTE CÓRDOBA, “El elemento árabe en la historia lingüística peninsu-ōris, corrieron suerte desigual en la Romania: de sartor ‘sastre remendón’ proceden el gall. y el port. xastre, el it. sartore, el prov. sartre y el cat. sastre, que pasó al español.

En documentos castellanos son mínimas las huellas de los derivados de sartor; estos se encuentran en la onomástica (Sartorio, Sarto-rius2) y en la terminología médica del español moderno y contemporáneo (músculo sartorio3), así mismo, es poco frecuente el adjetivo sartorial4, cul-tismo literario empleado por un escritor cubano del siglo XX.
La conexión entre costurero y sūtor, ōris es más remota. Sabemos que la voz romance deriva de costura, y esta del latín vulgar *consutūra ‘arte de co-ser’, reconstruida a partir del part. pas. de consuěre. La recuperación del cul-tismo sutura se produjo en el siglo XVIII por adquisición de la terminología científca.
Por otra parte, en los documentos del siglo XV que proporciona el COR-DE5 se han localizado los datos más antiguos de los deverbales broslador, bordador (1477-1491 en CORDE) y labrandera (1477-1491 en CORDE), deri-vados de broslar, bordar y labrar respectivamente6; este último con incre-mento fónico por analogía con filandera o hilandera (de hilando y ero). La presencia de neologismos revela que el sector de la confección estaba expe-rimentando una transformación importante en los siglos XV y XVI, así mismo indica cambios en las relaciones de las palabras de este campo7, por ejemplo, la difusión del femenino bordadora a partir del siglo XVI provocó el bloqueo y la pérdida de labrandera en la primera mitad del siglo XVII.


Compitieron igualmente brosladura y bordadura, o broslado y bordado, que vence al ante-rior en el siglo XVII.
Respecto de los arabismos relacionados con la costura hemos de precisar que entre tarasí y el devaluado alfayate no existió rivalidad por la escasa re-lar: actuación directa e indirecta. Los arabismos en los romances peninsulares (en espa-cial en castellano)”, en Rafael CANO, Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, 2004, p.203.
2 DOC.HIST. El Sr. Sartorius le combatió abiertamente (1845, Díaz, Nicomedes Pastor, Discurso sobre la devolución de los bienes).
3 DOC.HIST. detrás del tendón del sartorio (1870-1901, Calleja y Sánchez, J., Compendio de anatomía descriptiva), perfora al sartorio por su tercio inferior (1870-1901, ibid.).
4 DOC. CONT. Su aspecto era elegante. Pero, no obstante su refinamiento sartorial y su indiscutible prestancia física, trascendía de su persona algo que, a simple vista, no aca-baba de gustar (1938, Serpa, E., Contrabando, CUBA, apud CORDE).

5 CORDE=Corpus Diacrónico del Español (https://www.rae.es/banco-de-datos/corde).
6 Labrandera ‘mujer que realiza labores de costura’, ‘bordadora’, a diferencia del labrande-ro o labrador de la tierra.
7 Remitimos al trabajo de Carmen Pensado sobre las relaciones entre las palabras, en Carmen PENSADO, “Morfología y fonología. Fenómenos morfológicos”, en Violeta De-monte, Ignacio Bosque (coords.), Gramática descriptiva de la lengua española, vol.3, Ma-drid, Espasa Calpe, 1999, pp. 4423-4504.


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DEL ALFAYATE AL MODISTO EN LA DOCUMENTACIÓN HISTÓRICA...

presentatividad del primero en el español del periodo clásico. Es cierto que Cervantes selecciona tarasí como recurso caracterizador por alternancia de código, consciente de que esta palabra no pertenece al español, no obstante el DLE8 la registra sin marca de uso:

DOC. HIST. i sé coser un remiendo.
Cristiano: ¡Ved qué gentil tarasí! (1615, Cervantes Saavedra, Miguel de, Comedia fa-mosa intitulada La gran sultana).
Rustán: A buscar un tarasí español.
Madrigal: ¿No es sastre? (1615, Cervantes Saavedra, M. de, Comedia famosa intitulada La gran sultana).

Además del árabe y del catalán, otras lenguas han contribuido a enrique-cer el campo objeto de estudio: modisto es derivado de modista (fr. modiste), formado a partir del galicismo moda. Hasta la segunda mitad del siglo XIX no triunfa este nuevo masculino de oficio, que designa al varón especializado en la alta costura, es decir, en el diseño y confección de vestidos al alcance de mujeres de la alta sociedad.

1. ARABISMO VERSUS ROMANCISMO: LA PÉRDIDA DE ALFAYATE
Los datos obtenidos hasta ahora indican que el catalanismo sastre empieza a competir con el arabismo alfayate en el siglo XIV:


DOC.HIST. e Juan de Vitoria, sastre, vesinos de la dicha çibdad de Santo Domingo de la Calçada, e Juan de Foronda, criado del dicho Fray Françisco (1347, anón. Traslado de una carta de Alfonso XI, apud CORDE).

Arraiga en Aragón y desde allí se extiende a otros territorios del norte peninsular9. Refuerza esta hipótesis la preferencia del aragonés Fernández de Heredia por el catalanismo.

DOC.HIST. & depues fizo fazer vna crida: que se leuantassen todos los ferreros & de-pues todos los fusteros & depues todos los muradores o tapiadores & todos los sas-tres (1379-1384, Juan Fernández de Heredia, Traducción de Vidas paralelas de Plutar-co, apud CORDE).

El cambio en la relación de ambas voces tuvo consecuencias de cierta trascendencia estructural: nuevas connotaciones y restricción del significado


8 Tarasí (Quizá del ár. tarzī y este del persa darzi). 1. m. sastre (DLE).
9 Véase Patricia GIMÉNEZ EGUÍBAR, “Dos casos de sustituciones léxicas: los arabismos alfayate y alfajeme”, Actas del IX Congreso Internacional de Histpria de la Lengua Españo-la (Cádiz 2012), por José María GARCÏA MARTÍN (dir.), vol.2. / coord. por Francisco Ja-vier DE COS y Mariano FIGUEROA, 2015, Madrid, Iberoamericana, Vervuert, pp. 1409-1424.



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(alfayate ‘remendón’) o ampliación semántica (alfayata ‘costurera’). No es el único término que sufre este proceso degenerativo, por ejemplo, Nebrija defi-ne así la palabra calcetero: “que haze calças” (1495, Vocabulario español-latino), pero el Diccionario de Autoridades (1729) explica bien el descenso en la escala sociolaboral:

Calcetero. s. m. Antiguamente se llamaba assi al Maestro que hacia las calzas de paño ù otra tela de lana; pero no haviendo ya este oficio, ha quedado el nombre à los que remiendan y componen las médias, que por se oficio que dá poco útil, están siempre en la calle, ò en algún zaguán (NTLLE: 1729, Diccionario de la lengua castellana...).

El calcetero, al igual que el alfayate, descienden en el periodo clásico al nivel del remendón (s.XV) y también del zurcidor (s. XVII, NTLLE: 1739, Dic-cionario de la lengua castellana).
Tengamos en cuenta que el significado es una noción compleja y poliédri-ca, puesto que puede enfocarse desde diferentes puntos de vista10, por lo tan-to, para comprender el proceso de devaluación del término alfayate es nece-sario establecer las diferencias entre el significado descriptivo o denotativo, que nos permite etiquetar componentes de la realidad extralingüística (em-pleado), y el no descriptivo o derivado de asociaciones connotativas (curran-te). El cambio léxico del caso que nos ocupa comienza cuando la palabra com-bina los dos significados, el descriptivo y el no descriptivo o connotativo. En alfayate esta fusión se produjo a finales de la Edad Media y coincidió con la expansión de sastre y la crisis social de los moriscos hasta la firma de los de-cretos de expulsión (1609-1610).
Los nombres alfayate, costurero y sastre designan en la documentación medieval a profesionales de distinto rango. En textos del siglo XIII el arabismo equivale al oficial que asume funciones de responsabilidad:
a) El alfayate trabajaba con tejidos muy apreciados, por ello debía admi-nistrar adecuadamente el material que le proporcionaba el trapero.



DOC. HIST. Mas si el sennor el danno no pudiere prouar, el alfayat salue se assi como de furto, segund la razon del danno. (c) Et si el panno dannare en la taiadura, peche lo. Otrossi, si el vestido mal estante lo fiziere o si lo manzellare, peche lo. (d) El alfa-yate otrossi si de aquellas cosas que-l fueren dadas a laurar alguna // (fol. 176 vo.) cosa perdiere o ge lo furtaren, peche lo. (e) De las taiaduras e de las oriellas de los pannos el alfayate por costumbre no retenga nada pora si, ni de las pelleias, ni de las otras conposturas, ca todo es del sennor de los vestidos. (f) Otrossi, el alfayate que al dia establecido la uestidura fecha no la diere, peche.I. morauedi al almotaçan (a1296, anón., Fuero de Alcaraz, apud CORDE).

b) Servía a la nobleza y a comunidades monacales.



10 M. Victoria ESCANDELL VIDAL, Apuntes de Semántica léxica, Madrid, UNED, 2007.

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DOC.HIST. lo dan al conviento pora sus ommes del conviento que son estos: dos cozi-neros de su refictorio e de su alfayat que cose sus paños, e del cozinero de la enfer-meria, e un omme de su refictorio (1260, anón., Ordenanza del obispo de Burgos [Cartulario de Silos], apud CORDE).

c) Dirigía la actividad de los subalternos o costureros.

DOC.HIST. Ý luego la tienda que tiene don Yagüe Alfayate, en que mora e cosen los costureros (p1303, anón. Becerro de visitaciones de casas y heredades, apud CORDE)

El DH (1960-1996) subraya con claridad el declive profesional del alfaya-te, que a finales del siglo XV desciende a una categoría inferior.

Remendón.
1495 NEBRIJA: Alfaiate, en arávigo: sarcinator, oris. Ibíd.: Alfaiata, en arávigo: sarci-natrix, icis (apud DH, 1960-1996).


El texto siguiente confirma la pérdida de derechos de judíos y moriscos, y en este contexto de conflictividad es comprensible la preferencia por el cata-lanismo sastre11.

DOC. HIST. 20. Otrosi, que ninguno ni algunos Judios ni Judias, ni Moros ni Moras, non sean albeytares, ni ferradores, ni carpinteros, ni jubeteros, ni sastres, ni tundidores, ni calzeteros, ni carniceros, ni pellejeros, ni traperos de Christianos ni de Christianas, ni les vendan sapatos, ni jubones, ni calzas, ni cosan sus ropas, ni sus jubones ni otras cosas algunas. É qualquier que lo contrario feciere, que aya las penas en esta Ley suso contenidas (1412, anón., Leyes establecidas contra los judíos y moros a nombre de don Juan II).

A partir del siglo XV costureros y alfayates aproximan sus posiciones en la escala laboral. Finalmente el arabismo deja de ser voz de uso general y se dialectaliza.


F. Costurera.
1593 GUADIX [101]: Alfayata llaman en algunas Partes d'España a la muger cuyo ofi-cio es hazer camisas o coser cosas, a que (por mejor nombre) llaman costurera. 1607 OUDIN:Alfayata (apud DH 1960-1996).

La figura del sastre o maestro sastre acaparó el prestigio perdido por el al-fayate, voz que cae en desuso en el español moderno y contemporáneo12.

11 Steven DWORKIN: A History of the Spanish Lexicon. A Linguistic Perspective, Oxford Uni-versity, 201. Mihai ENĂCHESCU, Pérdida y sustitución de arabismos en español, Univ. de Szeged, 2020.
12 Javier GARCÍA GONZÁLEZ, “identidades y actitudes en el contacto entre el árabe y el español medieval y su reflejo en algunos cambios semánticos”, E-Spania: Revue électro-nique d’études hispaniques médiévales, nº, 13, 2012.

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DOC. HIST. Digo, a mas abundamiento, que sea fino el brocado, e por sastre de buen tiento bien cosido e bien cortado (a1424-1520, anón. Cancionero de Juan Fernández de Íxar).

DOC. HIST. tenía un maestro sastre muy bueno. El qual sabía bien cortar las ropas y vestiduras a qualesquier tiempos y personas convenibles de todas maneras. Y tenía muchos discípulos de su arte, entre los quales tenía uno que se llamava Nedio (c1520, anón. Vida de Ysopo).

En tiempos de persecución y expulsión de los moriscos la paremiología no deja en buen lugar al alfayate y lo convierte en un tipo sospechoso de mala praxis. Tal reputación aceleró la muerte de la palabra.

Alfaiate sin dedal, kose poko i eso mal; o kose poko i pareze mal. Alfaiate de las mentiras, todo el paño haze tiras.
Alfaiate ke no hurta, poko medra kon la aguxa.
(1627, Correas, Gonzalo: Vocabulario de refranes y frases proverbiales).


Es sabido que numerosos arabismos fueron sustituidos por cultismos y, en menor grado, por otros préstamos o por formaciones internas. Tanto las pérdidas léxicas como la aparición y difusión de neologismos anuncian cam-bios estructurales. La lexicografía histórica da cuenta de esta dinámica y nos enseña que el léxico de las ocupaciones relacionadas con la costura no dejó de crecer, a pesar de la muerte de alfayate: capotero (m., NTLLE:, 1780, RAE), golillero, -a (m. y f. NTLLE: 1734, RAE), coletero (m.,NTLLE: 1729, RAE), jubo-nero (m. NTLLE: 1803, RAE). Lógicamente los primeros testimonios en los corpus son anteriores a los primeros registros lexicográficos: jubonero (s.XV, CORDE), golillero (s.XVII, CORDE).
Además del bloqueo de alfayate han de tenerse en cuenta otros casos de rivalidad en este dominio léxico, por ejemplo, broslador y brosladora cedieron ante la presión de bordador y bordadora.



2. MUJERES CON OFICIO: ALFAYATAS, COSTURERAS, LABRANDERAS O BORDADORAS, ENTRE OTRAS PROFESIONALES
La documentación medieval proporciona suficiente información de la impli-cación de la mujer en la confección de ropa, lo que da lugar a la aparición de nuevos femeninos de oficio. La alfayata, como el alfayate, debía administrar adecuadamente el material que se le entregaba para evitar sanciones.

DOC.HIST. Et el alfayat o el alfayata que lo fizieren quel corten el polgar (1252, anón., Actas de las Cortes de Alcalá de Henares, apud CORDE).

DOC. HIST. auos Maria Alfon, alfayata, fija de Pero Garcia, vezina que sodes enla dicha collacion, vnas casas que son enesta mesma collacion que se tienen con casas de Rruy Ferrandez, monedero, & con casas de Martin Rruyz & conla calle; e por estos ljnderos

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que son dichos son conosçidas estas dichas casas que vos vendemos (1370, anón., Carta de venta [Documentos del Reino de Castilla], apud CORDE).



La mujer sigue avanzando profesionalmente por su condición de especia-lista en distintas artes: hilar (1), coser (2), tejer (3) y aderezar (4).
(1) En textos medievales está bien representada la figura de la hilandera, sin embargo, conocemos pocos testimonios del masculino hilandero antes de la industrialización del sector.

Filandera. DOC.HIST. La filandera denos kada un anno, medio almud de pan (1237, anón., El monasterio de Oña...), enlos dedos dela filandera (1490, Palencia, Alfonso de, Universal vocabulario en latín y en romance, apud CORDE). Hilandera. DOC.HIST. la hilandera o otra qualquier persona (1500, anón., Real cédula de los señores Reyes Católicos), había de ser hacendosa y casera, buena hilandera y mejor tejedora (1536-1541, Motolinía (Fray Toribio de Benavente), Historia de los Indios de la Nueva Espa-ña, MÉXICO, apud CORDE).

Hilandero. DOC.HIST. En efecto, si yo soy hilandero de algodon en Suiza (1881, Ca-rreras y González, Mariano, Tratado didáctico de economía y política, CORDE).

(2) En el periodo clásico el femenino sastra ya se empleaba con dos acep-ciones, la de parentesco (a) y la de profesión (b).

(a) Sastra ‘mujer del sastre’DOC.HIST. y los mete en paz aquella música que dan a cuatro voces en esotra calle unos criados de un señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a puñaladas.
—Si yo fuera el marido —dijo don Cleofás— más los tuviera por gatos que por músi-cos.
—Agora te parecerán galgos —dijo el Cojuelo—, porque otro competidor de la sastra, con una gavilla de seis o siete, vienen sacando las espadas (1641, Luis Vélez de Gue-vara, El diablo cojuelo, CORDE).
(b) Sastra ‘mujer que confeccionaba ropa, principalmente de mujer’.DOC.HIST. Vino Barbula de Repollo medio comadre i medio sastra, la mejor camisonera de todo el lu-gar (1655, Fernández, Marcos, Olla podrida a la española, CORDE).

El virtuosismo de estas profesionales trajo en el siglo XIX nuevas unida-des semilexicalizadas: sastra de toreros, sastra de teatro, sastra de curas, sas-tra de planchón. La posibilidad de especialización de este nombre contrasta con el de costurera, reservado para las mujeres que ocupaban una posición inferior en la escala del sector de la aguja.

DOC.HIST. Aluyra, costurera, muy pobra es (1350, anón., Libro de monedaje de la Na-varrería de Pamplona, CORDE).

DOC. HIST. E como Dios quiere guiar las cosas, arribóla en el río de Londres e, salien-do en tierra, púsose con una costurera en la calle a coser. E pasando este rey Richarte,

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seyendo mançebo, por la calle, viola e, pareçiéndole bien, que era fermosa, preguntó dónde era e dixiéronle que era françesa. Mandó que gela llevasen aquella noche e dormió con ella e fue preñada e, dándole dineros, enbióla a su ama encobriendo su fecho (1471-1476, García de Salazar, Lope, Istoria de las bienandanzas e fortunas).

Eran trabajadoras ambulantes que prestaban sus servicios a clientes de baja extracción social. Más específica era la labor de la batera o costurera de batas (NTLLE: 1770, RAE) o la realizada en tiempos modernos por la chale-quera (NTLLE: 1904, Pagés; 1918, Rodríguez Navas; DRAE, ediciones de 1914 a 1950). La variación del género de esta palabra indica que en principio no era una profesión convencionalmente asignada a uno o a ambos sexos. Hasta la edición académica de 1956, unos lexicógrafos interpretan que es oficio de mujer y otros de varones: Alemany (1917) y Rodríguez Navas (1918) lemati-zan con el masculino chalequero.
(3) La lexicografía del siglo XVIII marca como arcaísmo el lema agujade-ra: “la que trabaja bonetes ú otras cosas de punto de media” (NTLLE: 1770, RAE), entonces el deverbal tejedora ya tenía la primacía.
(4) La mujer laborera13 también dominaba el arte de hacer golillas, así como el de cortar y hacer mantos para mujeres.
Golillero y golillera (NTLLE, 1734, RAE), mantera (NTLLE, ibid.).
El trabajo de las vainiqueras consta todavía en la documentación de prin-cipios del siglo XX: “obrera que se dedica a hacer vainicas” (NTLLE: 1925, DRAE).


3. NUEVOS NOMBRES PARA LA ALTA COSTURA: DE LA MODISTA AL MODISTO
En el siglo XVIII se introduce el derivado modista, sustantivo que fue primero común en cuanto al género (la modista, el modista). En la lexicografía del XIX el grado de cualificación o experiencia se distingue mediante el recurso de la lexicalización: el lema modistilla designa a la “modista poco apreciable” (NTLLE: 1853, Domínguez), “modista de poco valor, escasamente adelantada en su arte; también se llama así a las oficialas y aprendizas” (NTLLE: 1855, Gaspar y Roig).
Unos decenios más tarde prospera el masculino modisto. Los datos más antiguos proceden de la textos literarios, españoles e hispanoamericanos, de finales del XIX.

Los modistas. DOC.HIST. ahora hay nuevo para los modistas (1762, Cruz, Ramón de la, El Hospital de la Moda), los modistas como moscas van cayendo (1762, Cruz, Ra-món de la, El Hospital de la Moda).


13 Laborera: Mujer diestra en las labores de costura (NTLLE: 1734, Aut.).



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Las modistas. DOC HIST. Y mando que la modista venda todos sus enredos por libras (1762, Cruz, Ramón de la, El Hospital de la Moda), una modista. Ministros de ronda (1762, Cruz, Ramón de la, El Hospital de la Moda).

El diccionario académico explica que modisto procede de modista (m. y f.). El desdoble opone especialidad y también cualificación: el modisto se dedica a la alta costura, principalmente para la mujer, y la modista cose para clientela femenina de distintas clases sociales. A diferencia de la costurera, la modista trabaja en el taller, ha pasado por centros de formación y está capacitada para diseñar la indumentaria.

El modisto. DOC.HIST. Del vizconde de Fariña, del modisto francés que tomaba me-dida a Cleo (1884, Ortega Munilla, José, Cleopatra Pérez, CUBA), dos vestidos firma-dos por un buen modisto (1890, Picón, Jacinto Octavio, La honrada), El modisto To-rres ha metido la mano en aquellos trapos( 1896, Carrasquilla, Tomás, Frutos de mi tierra, COLOMBIA).

Se han localizado en el CREA varios testimonios de la locución alta costu-ra en referencias a los modistos formados en Francia, lo que indica que entra-ron por la puerta grande en el sector de la moda, sin embargo, no se emplea tal especificación con el femenino.

DOC. CONT. pasó de joven estudiante de arquitectura en la escuela de Bellas Artes de París a modisto de alta costura. Modisto de fama cuyos diseños se exponen en el Mu-seo de Arte Moderno de Nueva York (1994, PRENSA, La Vanguardia, 15/11/1994); las medias no son objeto de culto de los modistos de alta costura (1995, ibid., 16/07/1995), boutiques de renombre, lujosas galerías y modistos de alta costura (2003, EFÍMERO, Propaganda impresa, 2003, MÉXICO).



La alta burguesía del XIX copia los diseños de París y materiales textiles muy valorados: calicot, crinolina, franela, organdí, surá, guipur, etc. En asuntos de moda Francia sigue ocupando una posición hegemónica; se importan sus creaciones y con ellas llegaron nuevos galicismos y nuevas especialidades: el pantalonero o la pantalonera, el corsetero o la corsetera. Las discrepancias en la interpretación del género de estas palabras indican que para unos lexicógrafos eran oficios de mujeres, para otros exclusivos de varones y finalmente triunfó la moción de género.
Corsetero (NTLLE: 1853, Domínguez; 1895, Zerolo).
Corsetera (NTLLE: 1853, Domínguez; 1853, Gaspar y Roig; de 1899 a 1914, DRAE; 1901, Toro y Gómez; 1904, Pagés; 1918, Rodríguez Navas).
Corsetero y corsetera (NTLLE: 1917, Alemany. La Academia sigue este crite-rio a partir de 1925, antes había lematizado con el femenino).
Pantalonera (NTLLE: 1917, Alemany). El diccionario académico no contem-pla los dos géneros (m. y f.) antes de la edición de 1956.



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4. CONCLUSIONES
1. La figura del alfayate sufre un proceso de desprestigio a raíz de la crisis social que comienza en el siglo XV y culmina con la expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII. Si primero fue un reconocido profesional de la cos-tura, a finales de la Edad Media la voz alfayate se asocia con connotaciones negativas y se convierte en sinónimo de ‘remendón’.
2. El catalanismo sastre y el galicismo modista influyeron sobremanera en la reestructuración de este campo léxico. El primero a finales de la Edad Me-dia y el segundo en el periodo moderno y contemporáneo.
3. El desplazamiento de nombres relacionados con el oficio de la costura hacia el espacio de la mujer es una demostración del protagonismo y del peso que esta fue adquiriendo con el paso del tiempo: se pierde la figura del costu-rero y se mantienen las costureras. Desaparecen los alfayates y alfayatas, pero se amplía el repertorio con el femenino sastra. Igualmente se pierde el deri-vado labrandera, pero se salva bordadora, además de hilandera. El femenino modista sirvió para equiparar el trabajo de la mujer al del sastre, y el triunfo de modisto marcó el hito de la excelencia en el ámbito de la costura.


4. Las pérdidas léxicas en este campo responden a dos motivos: uno es la coexistencia de sinónimos, por ejemplo, broslador y bordador; otro el rechazo del arabismo en tiempos conflictivos. La muerte de unas palabras queda com-pensada con la aparición de nombres de especialidad. En el periodo moderno la demanda de chalequeras o chalequeros, pantaloneras o pantaloneros, corse-teras o corseteros propició la especialización.

Cuando la moda se convirtió en revolución


Cuando la moda se convirtió en revolución

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Moda francesa del Nuevo Larousse Ilustrado, 1617–1898

A lo largo de la historia, la moda ha sido mucho más que una simple expresión estética o una respuesta a las necesidades prácticas del vestir. En determinados momentos críticos, la indumentaria se convirtió en un lenguaje político, en una herramienta de desafío y en un catalizador de profundas transformaciones sociales. Vestirse de cierta manera podía significar obediencia o rebelión, pertenencia o exclusión, sumisión o ruptura. La ropa, lejos de ser neutra, ha funcionado como un sistema de signos que comunica valores, jerarquías y aspiraciones colectivas.

Este artículo propone una mirada profunda y poco convencional sobre el papel de la moda en los procesos revolucionarios. No se trata únicamente de analizar tendencias o estilos, sino de comprender cómo el acto de vestir ha participado activamente en la caída de regímenes, en la redefinición de identidades y en la construcción de nuevas formas de poder. La moda, en estos contextos, se transforma en un espacio de tensión entre tradición y cambio.

Explorar cuándo la moda inició revoluciones implica reconocer que los grandes giros históricos no siempre comenzaron con armas o discursos, sino también con telas, colores y cuerpos que se atrevieron a desobedecer. Desde las calles de París hasta los movimientos de liberación del siglo XX, el vestir se convirtió en una declaración visible de ruptura.


La moda como lenguaje político

Mucho antes de que existieran los medios de comunicación de masas, la moda ya funcionaba como un lenguaje político altamente codificado. En sociedades jerárquicas, la indumentaria indicaba estatus social, ocupación, género y grado de poder. Determinados colores, tejidos o adornos estaban reservados exclusivamente para las élites, mientras que otros quedaban asociados a las clases trabajadoras. Vestirse era, en esencia, aceptar un lugar dentro del orden establecido.

Precisamente por esta razón, alterar las normas del vestir se convirtió en un acto profundamente subversivo. Adoptar prendas prohibidas, simplificar deliberadamente la vestimenta o imitar el atuendo de grupos marginados podía interpretarse como una amenaza directa al sistema social. La moda se transformó así en una forma silenciosa pero poderosa de protesta, comprensible para quienes compartían el mismo código cultural.

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Mujer hindú vistiendo un sari, una de las prendas de vestir más antiguas y populares del subcontinente indio

En contextos revolucionarios, este lenguaje visual adquirió una fuerza aún mayor. La ropa permitía identificar aliados y enemigos, expresar lealtades ideológicas y generar un sentido de comunidad. Vestirse de una determinada manera no solo comunicaba ideas, sino que ayudaba a construir identidades colectivas capaces de sostener procesos de cambio prolongados.

La Revolución Francesa y el fin del lujo aristocrático

Durante el Antiguo Régimen francés, la moda era una herramienta fundamental de legitimación del poder aristocrático. Las telas importadas, los bordados elaborados, las pelucas empolvadas y los tacones altos no eran simples adornos, sino símbolos visibles de privilegio y distancia social. El lujo extremo servía para recordar constantemente quién gobernaba y quién obedecía.

Con el estallido de la Revolución Francesa en 1789, esta estética pasó a ser vista como un emblema de opresión. La violencia simbólica contra la moda aristocrática fue tan intensa como la violencia política. Vestirse como la nobleza podía despertar sospechas, rechazo o incluso persecución. En respuesta, los revolucionarios adoptaron una apariencia deliberadamente austera, alineada con los valores de igualdad y virtud republicana.

La figura del sans-culotte se convirtió en un ícono revolucionario. El rechazo a los pantalones cortos aristocráticos y la adopción de pantalones largos, propios de artesanos y obreros, fue una declaración visual de ruptura con el pasado. La moda dejó de marcar distancia social para convertirse en un instrumento de identificación política y pertenencia popular.


Vestir el cuerpo libre: la moda tras la Revolución

Tras la caída de la monarquía, la transformación no se limitó a las instituciones políticas, sino que alcanzó al propio cuerpo. La moda posterior a la Revolución Francesa se inspiró en la Antigüedad clásica, considerada un modelo de virtud, racionalidad y libertad. Las siluetas se volvieron más simples, los tejidos más ligeros y las estructuras rígidas comenzaron a desaparecer.

En particular, la moda femenina experimentó un cambio radical. Los corsés, las faldas voluminosas y los elementos que restringían el movimiento fueron temporalmente reemplazados por vestidos de líneas rectas y cintura alta. Este nuevo ideal estético reflejaba una aspiración simbólica: liberar el cuerpo de las imposiciones del antiguo orden.

Aunque estas transformaciones no significaron una emancipación plena para las mujeres, sí marcaron un precedente importante. El cuerpo dejó de ser únicamente un objeto disciplinado por la moda para convertirse en un espacio donde se proyectaban ideales políticos, filosóficos y sociales vinculados a la noción de libertad.


El siglo XIX: uniformes, nacionalismo y revolución

Durante el siglo XIX, la moda desempeñó un papel clave en la construcción de identidades nacionales y en los movimientos revolucionarios que atravesaron Europa y América. Los uniformes militares y civiles adquirieron una carga simbólica enorme, ya que representaban disciplina, sacrificio y compromiso colectivo con una causa común.

Vestir un uniforme revolucionario no era un acto neutral. Implicaba asumir públicamente una identidad política y aceptar los riesgos asociados a ella. La ropa funcionaba como un marcador visible de lealtad, facilitando tanto la cohesión interna como la confrontación con el enemigo.

Paralelamente, los trajes tradicionales comenzaron a ser revalorizados como símbolos de resistencia cultural frente a imperios y potencias coloniales. En muchos contextos, recuperar la vestimenta local fue una forma de afirmar la existencia de una nación distinta, con historia, valores y aspiraciones propias.







Moda y género: revoluciones silenciosas

La moda ha sido históricamente uno de los principales mecanismos de control sobre el cuerpo femenino. Prendas como el corsé, los miriñaques o los zapatos restrictivos no solo respondían a ideales estéticos, sino que limitaban físicamente la movilidad y autonomía de las mujeres. Cuestionar estas normas implicaba desafiar estructuras profundas de poder.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los movimientos feministas comenzaron a utilizar la moda como una herramienta de emancipación. El abandono progresivo de prendas opresivas y la adopción de ropa más funcional representaron una ruptura simbólica con el rol tradicional asignado a las mujeres.

La incorporación de pantalones, trajes sastre y estilos considerados masculinos no fue simplemente una cuestión de comodidad. Fue una declaración política que cuestionaba la división rígida de géneros y reclamaba el derecho a ocupar espacios públicos en igualdad de condiciones.

En el siglo XX, la relación entre moda y revolución se intensificó a través de las subculturas juveniles. Grupos como los hippies, punks o movimientos contraculturales utilizaron la estética como una forma directa de protesta contra el sistema político, económico y social dominante.

La ropa dejó de aspirar a la elegancia tradicional y comenzó a celebrar la imperfección, la provocación y el rechazo consciente de las normas establecidas. Prendas rasgadas, peinados extremos y símbolos incómodos funcionaron como herramientas de confrontación visual.

Estas subculturas demostraron que la moda podía ser un espacio de resistencia cotidiana. Vestirse de manera disruptiva era una forma de hacer visible el descontento, incluso en contextos donde la protesta abierta resultaba peligrosa o imposible.








Moda, raza y descolonización

En los procesos de descolonización y en las luchas contra el racismo, la moda se convirtió en un instrumento de afirmación identitaria. Durante siglos, los sistemas coloniales impusieron modelos estéticos europeos, deslegitimando las expresiones culturales locales.

Recuperar peinados, textiles y formas de vestir tradicionales fue un acto político de enorme potencia simbólica. Vestirse según la propia herencia cultural implicaba rechazar la idea de inferioridad impuesta por el colonizador y reivindicar una historia propia.








En movimientos como el de los derechos civiles, la estética fue utilizada estratégicamente para desafiar estereotipos, proyectar dignidad y construir una narrativa alternativa frente a los discursos dominantes.

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Gensei Kajin Shū, de Yōshū Chikanobu, 1890. Diversos estilos de vestimenta tradicional japonesa y estilos occidentales.

La moda contemporánea como espacio de protesta

En la actualidad, la moda sigue siendo un terreno de disputa política y social. Diseñadores, artistas y activistas utilizan prendas, pasarelas y plataformas digitales para denunciar desigualdades, violencias estructurales y crisis medioambientales.

Las camisetas con consignas, los desfiles performativos y las colecciones conceptuales demuestran que la moda continúa siendo un medio eficaz para generar debate y visibilizar problemáticas complejas. Incluso dentro de un sistema profundamente ligado al consumo, surgen espacios de crítica y transformación.

Cada elección estética puede convertirse en una postura ética. Vestirse, hoy como ayer, sigue siendo un acto cargado de significado político.


Conclusión

Desde las revoluciones del siglo XVIII hasta las luchas identitarias contemporáneas, la moda ha acompañado e impulsado procesos de cambio profundo. Lejos de ser frívola, la indumentaria ha funcionado como lenguaje, símbolo y herramienta de resistencia.

Comprender cuándo la moda inició revoluciones nos permite reconocer su capacidad para cuestionar estructuras de poder, visibilizar conflictos y redefinir identidades colectivas. En cada tela, color o silueta se esconde una historia de ruptura y transformación.

La moda, finalmente, nos recuerda que incluso los gestos cotidianos pueden convertirse en actos políticos cuando se realizan en el momento adecuado y con plena conciencia de su significado.




Riello, Giorgio,
 Breve historia de la moda. De la Edad Media a la actualidad, Barcelona: Gustavo Gili, 2016.





Historiones de la moda 
| Ana Velasco Molpeceres 

La moda no es solo pasarelas y tendencias: es historia, geografía, identidad, guerra, revolución… y hasta ciencia ficción. En este libro lleno de sorpresas, Ana Velasco Molpeceres recorre con humor, inteligencia y muchísima curiosidad el fascinante mundo de la ropa y los accesorios. Desde el sari hasta las chanclas, pasando por la corbata, el mono, el kimono, el chándal o el reloj de pulsera, cada prenda tiene un pasado insólito y un relato que contar.









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