sábado, 23 de mayo de 2026

Stendhal en el espejo de Leonardo Sciascia

 

Anoche, mientras estaba de paseo vi una luciérnaga en la hendidura de un muro. Hace por lo menos cuarenta años que no las veía por esos campos: mi primera sensación fue que se trataba de una saltadura del revoque con el que se habían amurado las piedras o de una escama de espejo; y que la luz de la luna, como un bordado entre las ramas, provocavaba esos reflejos verdosos. No pude pensar enseguida en que las luciérnagas habían vuelto, tantos años después de que hubieran desaparecido. Sólo eran un recuerdo de infancia, por aquel entonces atenta a las pequeñas cosas de la naturaleza, a las que sabía convertir en juego y en alegría. Llamábamos a las luciérnagas cannileddi di picuraru, como les decían los campesinos. Consideraban tan dura la vida del ovejero, esas noches cuidando el rebaño, que les ofrendaban las luciérnagas como reliquia o recuerdo de luz dentro de la aterradora oscuridad. Aterradora por los frecuentes abigeatos. Aterradora porque en general eran niños los que se dejaban al cuidado de las ovejas. Las velitas del ovejero, pues. Cada tanto capturábamos alguna, teníamos esa fosforecencia esmeralda encerrada delicadamente en el puño para luego abrirlo como una sorpresa, para los más pequeños de entre nosotros.

Se trataba realmente de una luciérnaga en la hendidura del muro. Sentí una alegría inmensa. Como si fuese doble. Y además, desdoblada. La alegría del tiempo recobrado -la infancia, los recuerdos, este mismo sitio ahora silencioso, lleno de voces y de juegos- y de un tiempo para encontrar, para inventar. Con Pasolini. Para Pasolini. Pasolini ahora alejado del tiempo pero aún no, en este terrible país en el que se ha convertido Italia, alterado en sí mismo («Tel qu’en Lui-même enfin l’éternité le change«). Pasolini es fraternal y lejano para mí. De una fraternidad sin confidencias, cubierta de pudor, y creo, de recíprocas intolerancias. Por mi lado, yo sentía que había una palabra que nos separaba como un muro, una palabra que él amaba, una palabra clave en su vida: la palabra «adorable». Puede bien ser que esta palabra yo la haya escrito alguna vez, y por cierto, más de una vez la haya pensado: pero para una sola mujer y para un solo escritor. Y el escritor, tal vez esté de más decirlo, es Stendhal.


Leonardo Sciascia

Adorable Stendhal




Se publica póstumamente un valioso volumen, editado por María Andrónico Sciascia, cuya portada roja ya es un símbolo de lo que se va a leer, titulado El adorable Stendhal que recoge ese conjunto de artículos, ensayos, meditaciones y pensamientos, entre la historia y ficción, que durante su existencia quizás el mayor escritor civil italiano de nuestro tiempo, Leonardo Sciascia, dedicó al autor de la Rouge y Noir.



En el ensayo de Massimo Colesanti, vinculado a él por una profunda amistad, insertado al final del volumen (“Sciascia y el misterio de Stendhal”, pp. 211-225), el erudito destaca claramente su pasión por la literatura francesa y en particular por los autores favorecidos por Henri Beyle; Sciascia “había obtenido – escribe - su propia vena precisa y sesgada, una galería de escritores que no eran todos homogéneos entre sí, por supuesto, pero agradables y dóciles con él […] a quien Stendhal también quería” (pp. 211-212). Este es un homenaje a la memoria de Sciascia, una exaltación de una fe que nunca fue alterada ni desvanecida: Stendhal es de hecho “adorable” para un genio vinculado al gusto por la mistificación, el encantamiento bíblico, lo no dicho; es un viaje cautivador, de hecho,siguiéndolo por los sinuosos caminos de una intimidad que delinea los contornos de las tensiones y los problemas. Stendhal, de hecho siempre lo es 
trabajo en progreso
: continúa sin parar, y continúa de nuevo, y la gran Sciascia lo entendió bien (incluso el nombre dado a su sobrino, Fabrizio, ciertamente no es accidental). Fue un amor que con el paso de los años se hizo cada vez más intenso y que aquí se documenta, se cuenta y se revive. Lo que leemos en este volumen es una internalización muy refinada que abarca varios campos: desde los napoleónidas (“El príncipe Pedro”, pp. 13-33, “Napoleón el escritor”, pp. 149-159), hasta los bandidos (“Les mémoires de Gasparoni”, pp. 93-101), desde el misterio de Casanova (“Casanova o disipación”, pp. 33-45) hasta Armance, a Brancati (“Armance y el apuesto Antonio”, págs. 137-141), a Lampedusa (“Stendhal y Tomasi di Lampedusa”, págs. 141-45), por nombrar sólo algunos títulos, y nuevamente a ese viaje a Sicilia, un viaje que sólo fue virtual porque Stendhal nunca lo logróque Colesanti considera “un estudio-ensayo ejemplar y emblemático, escrito con gran compromiso y gran alegría”, que fue presentado por Sciascia en una famosa conferencia de Stendhal, celebrada en Roma en 1983. (“Viaje a Sicilia”, págs. 55-93).

2María Andrónico Sciascia, de hecho, comprendió la extrema importancia de crear un libro sobre y por Stendhal, en el que no sólo se recogen los escritos, sino que en el apéndice se incluye el inventario de la biblioteca sciasciana, rico y muy interesante por las elecciones relacionadas con Henri Beyle, su producción literaria y sus críticos (“estante stendhaliano”, págs. 189-207). Y aquí está al lado del crítico-aficionado, El bibliófilo se pone de pie: “Tratando de recuperar algo de la compañía de mi marido en los muchos libros de nuestra casa – escribe Maria Sciascia – Pensé en hacer un inventario y comencé desde el estante de Stendhal, que era su favorita y en la que se encuentran todas las ediciones francesas e italianas de las obras de Stendhal y todos los libros y escritos que se habían publicado sobre Stendhal y que había logrado reunir” (p. 189). Ahora bien, ¿cómo podemos ignorar a un crítico tan perspicaz como Leonardo Sciascia y no incluirlo entre los principales estudiosos de la zona de Grenoblese en los últimos años?



Referencia bibliográfica

Annalisa Bottacina“Leonardo Sciascia, LAdorable StendhalEstudios franceses, 144 (XLVIII | III) | 2004, 628-629.

Referencia electrónica

Annalisa Bottacina“Leonardo Sciascia, LAdorable StendhalEstudios franceses [En línea], 144 (XLVIII | III) | 2004, En línea desde 30 de noviembre de 2015, conexión activada 03 de mayo de 2026URL: http://journals.openedition.org/studifrancesi/37907; DOI: https://doi.org/10.4000/studifrancesi.37907

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Stendhal


    - Marie Henri Beyle -
    Francia | 1783-1842

Stendahl para siempre
http://stendhal.ru/

 Fonds Stendhal de la Bibliothèque municipale de Grenoble 
http://www.bm-grenoble.fr/stendhal/accueil.htm
Stendhal
  Novelista y ensayista francés que figura entre los grandes maestros de la novela analítica. Marie Henri Beyle que éra su verdadero nombre nació en Grenoble, el 23 de enero de 1783, hijo de un abogado. Fue educado primero por un sacerdote jesuita y más tarde estudió en la École Centrale laica de Grenoble. Escapó de las limitaciones de la educación provinciana viajando a París, y a los 17 años ingresó en el ejército de Napoleón Bonaparte. Stendhal disfrutó de la vida social de los militares en Milán, pero en 1802 abandonó el ejército y llevó una vida bohemia en París. En 1806 se quedó sin dinero y volvió al ejército, donde desempeñó diversas misiones diplomáticas y participó en la fracasada campaña rusa de 1812. En 1814, tras la caída de Napoleón, Sthendal viajó a Italia, donde a lo largo de siete años escribió el tratado de crítica de arte Historia de la pintura en Italia (1817) y un libro de recuerdos personales y estudios académicos titulado Roma, Nápoles y Florencia en 1817 (1817). Esta última fue su primera obra publicada bajo el seudónimo de Stendhal.

Acusado por el gobierno austriaco, que entonces gobernaba en el norte de Italia, de apoyar al movimiento de independencia italiano, Stendhal fue expulsado de Italia en 1821. Regresó a Francia cuando cesó la persecución de los defensores de Napoleón y se estableció en París para dedicarse a leer, llenar numerosos cuadernos de notas y escribir. Llevó una vida social e intelectual muy activa, frecuentando diversos salones literarios en los que destacó por su habilidad en el arte de la conversación. Un año más tarde terminó su famoso Sobre el amor (1822), un tratado semiautobiográfico sobre la naturaleza del amor, inspirado en una de las muchas mujeres a las que el autor amó a lo largo de su vida. En esta obra exponía sus opiniones vanguardistas sobre el matrimonio, el papel de la mujer, la moral y la política. En 1830, a la llegada al trono de Luis Felipe de Orleans, Stendhal fue nombrado cónsul de Francia en la localidad italiana de Trieste. En 1831 fue destinado a una ciudad más pequeña, Civitavecchia, cerca de Roma, donde escribió sus dos principales novelas. El rojo y el negro (1830) analiza la sociedad contemporánea a través de la mirada de Julien Sorel, un ambicioso joven de provincias que se abre camino en la vida. La cartuja de Parma (1839) narra las vicisitudes de Fabrizio del Dongo, un joven noble que se ve envuelto en las intrigas políticas del ducado de Parma. En ambas novelas Stendhal exalta la fuerza, la pasión y la espontaneidad. Sus héroes se descubren a sí mismos a medida que avanzan por la vida en pos de sus ambiciones. Stendhal permaneció en Civitavecchia hasta que murió de un ataque al corazón el 23 de marzo de 1842. Su apego al individualismo es la causa por la que generalmente se incluye a Stendhal entre los escritores románticos. Sin embargo, el extremado rigor crítico con que analiza la psicología humana lo hace destacar como uno de los primeros escritores realistas del siglo XIX.




Uno de sus principales logros fue la creación de un nuevo modelo de héroe. Tanto Julien como Fabrizio son personajes aislados psicológicamente, alejados de la sociedad y enfrentados a las imposiciones e ideales de ésta. Con frecuencia se dice que ambos personajes son retratos parciales del propio Stendhal.




La vida de Henri Brulard (fragmento)


"No tengo nada de memoria. Ese es uno de los grandes defectos de mi mente: sigo meditando sobre lo que sea que me interese; a fuerza de examinarlo desde distintos puntos de vista mentales, con el tiempo le veo algo nuevo, y modifico todo su aspecto. Apunto y extiendo los tubos de mis anteojos en todas las direcciones, o los retraigo. "





No hace un año que mi concepto de nobleza quedó fijado por completo. Por instinto, mi vida moral ha transcurrido considerando atentamente cinco o seis ideas principales y tratando de esclarecer la verdad sobre ellas.

[…]

Mi madre, Madame Henriette Gagnon, era una mujer encantadora y yo estaba enamorada de ella.
Me apresuro a añadir que la perdí cuando tenía siete años.
Al amarla a los seis años quizá –1789–, tenía yo absolutamente el mismo carácter que en 1828, cuando amaba apasionadamente a Alberthe de Rubempré. Mi manera de ir a la caza de la felicidad en el fondo no había cambiado en absoluto, con esta sola excepción: me hallaba, por lo que se refiere al aspecto físico del amor, en la misma situación que se encontraría César, si volviera al mundo, con respecto al uso de cañón y de las armas ligeras. Yo lo hubiera aprendido muy deprisa y ello no habría cambiado sustancialmente mi táctica.
Deseaba cubrir a mi madre de besos y que no estuviera vestida. Ella me amaba apasionadamente y me besaba mucho; yo le devolvía sus besos con un ardor tal que frecuentemente se veía obligada a marcharse. Aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos. Siempre quería dárselos en el cuello. Dígnese recordar el lector que la perdí, a consecuencia de un parto, cuando apenas tenía yo siete años.

 […]

En aquellos tiempos felices, mi abuelo tomaba la religión de una forma alegre y aquellos señores eran de su opinión; tan sólo se volvió triste y un poco religioso después de la muerte de mi madre (1790), y eso, creo, por la vaga esperanza de volver a verla en el otro mundo, como Monsieur de Broglie, que, hablando de su amable hija, muerta a los trece años, dice: “Me parece como si mi hija estuviera en América”.

[…]

Al llegar a Les Echelles me hice amigo de todo el mundo; todos me sonreían como a un niño rebosante de inteligencia. Mi abuelo, hombre de mundo, me había dicho: “Eres feo, pero nadie te reprochará nunca tu fealdad”.

[…]


Porque –no tengo más remedio que confesarlo– a pesar de mis opiniones entonces perfecta y esencialmente republicanas, mis parientes me habían inculcado profundamente sus gustos aristocráticos y reservados (…) Detesto al vulgo (para relacionarme con él), al mismo tiempo que deseo ardientemente la felicidad del así denominado pueblo, y creo que sólo es posible procurársela consultándole acerca de una cuestión importante. Es decir, instándole a elegir a sus diputados (…) Me horroriza lo sucio, y el pueblo es siempre sucio a mis ojos.

[...]

En una palabra, ya era por aquel entonces como soy hoy: amo al pueblo y detesto a sus opresores, pero tener que vivir con él sería para mí un suplicio infinito. Me serviré del lenguaje de Cabanis. Tengo una piel demasiado fina, una piel de mujer (posteriormente siempre me salían ampollas después de empuñar el sable durante una hora); por cualquier motivo me lastimo los dedos, que los tengo muy bellos; en una palabra, la superficie de mi cuerpo es de mujer. De ahí mi invencible repugnancia por todo lo sucio, lo húmedo o lo negruzco.

[…]

Mi confianza literaria en mi abuelo era absoluta (…) Sin confesar que había leído La Nouvelle Héloïse, me atreví a hablarle de ella  en términos elogiosos. Su conversión al jesuitismo no debía datar de lejos, porque, en vez de interrogarme con severidad, me contó que el barón de Adrets (el único amigo suyo en cuya casa continuaba comiendo dos o tres veces al mes después de la muerte de mi madre), cuando apareció La Nouvelle Héloïse (¿no fue en 1770?), se hizo esperar un día para comer en su casa; Madame des Adrets mandó a avisarle por segunda vez y por fin aquel hombre tan frío llegó bañado en llanto.
– ¿Qué le ocurre, amigo mío? –le preguntó Madame des Adrets muy alarmada.
– ¡Ay, señora, Julie ha muerto!–y apenas comió.


de Vie de Henry Brulard 
(traducción de Juan Bravo Castillo). 
Alfaguara, 2004.





El rojo y el negro (fragmento)

"Una o dos veces, durante aquella escena, la señora de Renal estuvo a punto de sentir algo de simpatía por la desgracia real de aquel hombre que, durante doce años, había sido su amigo. Pero las verdaderas pasiones son egoístas. Además, estaba esperando a cada instante que él le confesara haber recibido también una carta anónima el día anterior y aquella confesión no llegó.
Faltaba para que la señora de Renal se sintiera completamente segura, conocer qué ideas habían podido sugerir al hombre de quien dependía su suerte. Porque, en provincias, los maridos son los dueños de la opinión. Un marido que se queja de haber sido engañado se cubre de ridículo, pero su mujer, si él no le da dinero, tendrá que trabajar de obrera a quince sueldos al día y eso, si tiene suerte, ya que las personas "decentes" sentirán escrúpulos y no querrían darle trabajo.
Una odalisca, en el harén, tiene que amar al sultán a la fuerza; es todopoderoso y ella no puede quitarle su autoridad mediante toda una serie de pequeñas finezas. La venganza del amo es terrible, sangrienta, pero también militar y generosa: una puñalada acaba con todo. "



Ernestina o el nacimiento del amor (fragmento)


"Durante todo un largo mes, no tuvo otro sentimiento que el de un dolor tanto más profundo cuanto que nacía del desprecio de sí misma; como no tenía ninguna experiencia de la vida, no podía consolarse diciéndose que nadie en el mundo podía sospechar lo que había pasado en su corazón, y que probablemente el hombre cruel que tanto le había importado no podría adivinar ni la centésima parte de lo que por él sintiera. En medio de su desgracia, no carecía de valor; no le costó ningún esfuerzo echar al fuego sin leerlas dos cartas en cuya dirección reconoció la funesta letra inglesa.
(...)
Se había propuesto no mirar al prado de allende el lago; en el salón, no levantaba nunca los ojos a las ventanas que daban hacia aquella parte. Un día, pasadas casi seis semanas de aquel en que leyera el nombre de Felipe Astézan, a su profesor de Historia Natural, el excelente monsieur Villars, se le ocurrió la idea de darle una larga lección sobre las plantas acuáticas; se embarcó con ella y se hizo conducir a la parte del lago que se internaba en el valle. Al poner Ernestina el pie en la barca, una mirada oblicua y casi involuntaria le dio la certeza de que no había nadie junto a la encina grande; observó apenas una parte de la corteza del árbol de un gris más claro que el resto. Dos horas más tarde, cuando volvió a pasar, después de la lección, frente a la encina, se estremeció al reconocer que lo que le había parecido un accidente de la corteza del árbol era el color de la cazadora de Felipe Astézan, que llevaba dos horas sentado en una raíz de encina e inmóvil como muerto. Haciéndose en su fuero interno esta comparación, Ernestina se sirvió también de estas mismas palabras: como muerto. La impresionaron. «Si estuviera muerto, ya no estaría mal pensar tanto en él.» Durante varios minutos, esta suposición fue un pretexto para entregarse a un amor que la vista del ser amado hacía omnipotente."

La abadesa de Castro (fragmento)

"Este aspecto de la civilización clama a la moral, lo admito; en nuestros días tenemos los duelos, las contrariedades y los jueces no se venden; pero estas costumbres del siglo dieciséis eran maravillosamente apropiadas para forjar hombres dignos de ese nombre.
Muchos historiadores, alabados aún en nuestros días por la literatura rutinaria de las academias, han intentado disimular este estado de cosas que, hacia el año 1550, forjó tan grandes caracteres. En su tiempo, sus prudentes mentiras fueron recompensadas con todos los honores de los que podían disponer los Médicis de Florencia, los d’Este de Ferrara, los virreyes de Nápoles, etc.

Un pobre historiador, llamado Giannone, quiso descorrer una esquina del velo; pero, como no se atrevió a revelar más que una mínima parte de la verdad, y aun así de forma dubitativa y confusa, sus escritos resultan muy aburridos, lo que no impidió que muriera en prisión a los ochenta y dos años, el 7 de marzo de 1758. Lo primero que hay que hacer, por tanto, si se quiere conocer la historia de Italia, es no leer en absoluto a los autores generalmente aceptados; en ningún otro sitio reconocemos mejor el valor de la mentira, en ningún otro sitio ha sido esta tan bien pagada. "

La cartuja de Parma (fragmento)

"Fabricio, lleno de asombro, subió a un campo, a la derecha del camino, y que se alzaba unos veinte o treinta pies; examinó la carretera por ambas partes, y la llanura, y no vio rastro de cosacos. ¡Qué gente tan divertida estos franceses!, se dijo. Ya que debo dirigirme hacia la derecha, pensó, lo mejor será irme enseguida, acaso tenga esa gente, para correr así, alguna razón que yo desconozco. "


Lamiel (fragmento)


"Estas cosas, y otras muchas parecidas, las decía en voz baja, pero de manera que Fedor las oyera muy bien. Lamiel procuraba en vano hacer comprender a su tía que era mucho dejar en toda libertad al joven viajero. Estas amabilidades de madame Hautemare no pasaron inadvertidas para Fedor, y todo su mal humor, que era grande, se concentró en madame Hautemare. Poco a poco, se dignó darse cuenta de que Lamiel tenía un pelo precioso y de que habría sido muy bonita si los aires campestres no le hubieran tostado un poco la piel. Luego se dignó descubrir que no tenía nada del gesto falso y de las meloserías de una pequeña intrigante de pueblo. Madame Hautemare subía a la torre cada cuarto de hora a escuchar a la puerta de la señora duquesa y ver si estaba despierta. En estas idas y venidas, Fedor se quedaba solo con Lamiel, y al fin se imponía el instinto de la juventud sobre la preocupación de pasar por desertor; miraba a Lamiel con mucha atención, y ella, por su parte, le hablaba con todo el interés que inspira una viva curiosidad. En esta situación, entró el doctor Sansfin en la cocina que servía de escena a esta primera entrevista. La actitud del doctor era como para pintarla; permanecía de pie, con el gesto de un hombre que va a echar a andar, la boca abierta y los ojos pasmados de sorpresa. "


Los Cenci (fragmento)


"El don Juan de Molière es un hombre galante, qué duda cabe, pero se trata ante todo de una persona distinguida; además de abandonarse a la inclinación irresistible que le arrastra hacia las mujeres hermosas, necesita seguir cierto modelo ideal, quiere ser alguien a quien se admiraría soberanamente en la corte de un rey galante y lleno de ingenio.
El don Juan de Mozart ya es más cercano a la naturaleza, menos francés, tiene menos en cuenta la opinión de los demás; lo que le importa más no es aparentar, como dice el barón de Fœneste, de d’Aubigné. Sólo contamos con dos retratos del don Juan italiano, como debió darse, en ese hermoso país, en el siglo dieciséis, en los albores de la civilización renacentista.
De esos dos retratos, hay uno que no puedo dar a conocer en absoluto, por lo estirada que es nuestra época; cabe recordar la genial expresión que le he oído repetir tantas veces a lord Byron: This age of cant. Esa hipocresía tan tediosa y que no engaña a nadie tiene la enorme ventaja de dar algo de qué hablar a los tontos: se escandalizan porque alguien se ha atrevido a decir algo; porque alguien se ha atrevido a reírse de otra cosa, etc. Su desventaja es que reduce demasiado el ámbito de la historia. "


Paseos por Roma (fragmento)


"17 de agosto de 1827.- Una vez, a fines de la Edad Media (1377), Roma quedó reducida a una población dé treinta mil habitantes; el señor cardenal Espina decía ayer hasta doce mil; acualmente tiene ciento cuarenta mil. Si los papas no hubieran vuelto de Aviñón, si la Roma del clero no hubiera sido construida a expensas de la. Roma antigua, tendríamos muchos más monumentos de los romanos; pero la religión cristiana no hubiera hecho una alianza tan íntima con la belleza; no veríamos hoy ni San Pedro, ni tantas iglesias magníficas extendidas por toda la tierra: San Pablo de Londres, Santa Genoveva, etc. Nosotros mismos, hijos de cristianos, seríamos menos sensibles a la belleza. Acaso a los seis años habéis oído hablar con admiración de San Pedro de Roma.
Los papas llegaron a estar enamorados de la arquitectura, ese arte tan eterno que tan bien se entiende con la religión del terror; pero gracias a los monumentos romanos, no se quedaron en el gótico. Esto fue una infidelidad al infierno. Los papas, en su juventud, antes de subir al trono, admiraban los restos de la antigüedad. Bramante inventó la arquitectura cristiana; Nicolás V, Julio II, León X fueron hombres dignos de emocionarse ante las ruinas del Coliseo y ante la cúpula de San Pedro.
Cuando Miguel Ángel, ya muy viejo, trabajaba en esta iglesia, lo hallaron un día de invierno, después de caer una gran nevada, errando por entre las ruinas del Coliseo. Iba a elevar su alma al tono necesario para sentir las bellezas y los defectos de su propio dibujo de la cúpula de San Pedro. Tal es el poder de la belleza sublime; un teatro da ideas para una iglesia. "


Victoria Accoramboni (fragmento)

"Esta boda hirió profundamente a Sixto V (pues tal fue el nombre elegido por el cardenal Montalto); había dejado ya las maneras de pensar que convenían a un fraile y había elevado su alma a la altura del grado en que Dios acababa de ponerle.


Sin embargo, el papa no dio señal alguna de enojo, sólo que cuando el príncipe Orsini acudió aquel mismo día, con todos los grandes señores romanos, a besarle el pie, abrigando la secreta intención de leer, si fuese posible, en la cara del santo padre lo que podía esperar o temer de aquel hombre tan poco conocido hasta entonces, se dio cuenta de que se habían acabado las bromas. Como el nuevo papa miró al príncipe de manera singular y no contestó una palabra a los cumplimientos de rigor que el príncipe le dirigía, se decidió éste a descubrir sin más tardar las intenciones de su santidad respecto a él.
Por mediación de Fernando, cardenal de Médicis (hermano de su primera esposa), y del embajador católico, pidió y obtuvo que el papa le concediera una audiencia en su cámara; en esta audiencia dirigió a su santidad un discurso estudiado y, sin hacer mención de las cosas pasadas, se congratuló con el papa de su nueva dignidad y le ofreció como fiel vasallo y servidor todo cuanto tenía y podía. "




Buscar a un cosmopolita. La Italia de Stendhal


Si uno quisiera ir tras las huellas del autor de 'Rojo y Negro', ¿dónde empezar a buscarlo? ¿Es posible encontrar a Stendhal en Francia, donde nació, o en Italia, su patria adoptiva? ¿Cómo encontrar a un hombre que se escondió detrás de casi 200 seudónimos, que disfrazó de novelas sus autobiografías y mintió en sus diarios de viaje?

 

Todo escritor es, de algún modo, un peregrino. Devotos de esa religión que es también la literatura, buscamos a Kafka entre la bruma de Praga, a Joyce en Dublín, a Pessoa en el café A Brasileira de Lisboa y a Tolstoi en Yásnaia Poliana, en ese montículo que es su tumba sin nombre. 

Yo busqué a Stendhal por primera vez en París, en la rue Richelieu, esa calle que comienza en el carrusel del Louvre y sobre la que están la Biblioteca Nacional, la Comédie Française y el Palais Royal. En esa búsqueda me tropecé primero con Diderot, en el número 39, donde concibió su Enciclopedia. En el 40 fue Molière, en ese escenario de leyenda en el que se supone que murió tras la representación de su Enfermo imaginario. Pero un par de cuadras más adelante, en el 61, ahí estaba: al lado de un restaurante thai, el edificio de seis plantas en el que Henri Beyle, Stendhal, escribió sus Paseos por Roma Rojo y Negro, su novela más famosa. Y en el 71, el apartamento en el que redactó uno de sus tantos testamentos, donde pensó en suicidarse. Luego fui la rue Caumartin, donde otra placa recuerda que, en el cuarto piso, compuso y dictó La cartuja de Parma en un tiempo record de 52 días.


Pero después de visitar ambos lugares, la sensación fue de vacío. La presencia de Cavafis es llamativa en su casa en Alejandría –cercana a un burdel, un hospital y una iglesia (remedios para el cuerpo, la carne y el alma, como él decía)– y a Dostoievski todavía se le intuye tras su escritorio en San Petersburgo. Pero Stendhal no estaba allí. No lo encontré entonces en París como tampoco años más tarde en Grenoble, la ciudad en la que nació y detestaba –igual que todo lo provinciano (encontraba su aire asfixiante y sus calles malolientes, le daba nauseas)–. Ni siquiera tras hacer el recorrido que hoy ofrece el ayuntamiento por los que fueran sus escenarios: la casa natal, donde pasó sus años más felices hasta la temprana muerte de su madre, la casa del abuelo Gagnon, en la que vivió hasta los 16, el liceo que hoy lleva su nombre y la Biblioteca Municipal que guarda sus manuscritos, esos que reposaron entre el polvo y el olvido casi medio siglo y que conocemos solo gracias a Stanislas Stryienski, un joven profesor polaco que los descubrió en 1888 y decidió buscarles editor, cumpliendo así el presagio del propio Stendhal que aseguró que sería leído en un futuro lejano, no menos de 50 años después de su muerte (de nada le sirvió en vida el elogioso artículo de Balzac sobre La cartuja. Él es, probablemente, el escritor del que más se ha escrito a partir de unos años después de su muerte).

Entonces empecé a entender: si es fácil rastrear los pasos de un artista en una sola ciudad eso suele significar que aquel no fue un viajero. No se encuentra a Saint-Exupéry en Lyon como tampoco a Stevenson en Escocia o a Casanova en Venecia, aunque lo intenten las guías turísticas. Y Stendhal fue precisamente eso: un turista, un europeo, un cosmopolita.

 

El rastro de un turista

Aunque conocemos a Stendhal principalmente como novelista –el padre de la novela moderna, según tantos especialistas–, él fue sobre todo un escritor de no ficción: textos autobiográficos disfrazados de novelas, biografías, ensayos sobre pintura, literatura o sobre el amor, crónicas de sucesos y, en especial, un vasto testimonio de sus viajes. Fue, sobre todo, un escritor viajero, de esos que hacen del viaje una forma de vida elegida y para los que el movimiento es una necesidad vital. Gracias a su primo Pierre Daru, quien fuera entonces la mano derecha de Napoleón, ingresó en el Ejército en 1799 y a partir de entonces el destino hizo de él un viajero infatigable: huyó de su tierra natal de provincias hacia París y de ahí a las gestas napoleónicas, con las que recorrió por primera vez el continente y lo llevaron hasta la campaña de Rusia. Más adelante, ya como burócrata del Imperio –prefecto, intendente, cónsul– su vida fue un constante ir y venir entre Francia e Italia, con estancias temporales en Suiza, Alemania, Holanda e Inglaterra.


Esos viajes lo convirtieron en un hombre de vocación cosmopolita. Sus libros dan testimonio de su fascinación por Europa –entre ellos Paseos por Roma, Memorias de un turista Roma, Nápoles y Florencia–, y guardan la mirada de un adelantado de su tiempo, antichauvinista, gran observador y apasionado de las artes. Él fue el “verdadero descubridor del alma europea”, según Nietzsche, y “el primer gran europeo después de Montaigne”, como lo definen sus biógrafos.

Pero entre todos los destinos de su vida itinerante, Italia fue su tierra prometida, su patria por elección, un país del que escribió con una admiración contagiosa y en el que encontró todo lo que, según él, sus compatriotas franceses no eran: apasionados, irreflexivos, vitalistas, enamorados, caprichosos, encaminados a la búsqueda de la felicidad. Allí completó su formación artística, conoció sus grandes pasiones –la música, la pintura, la belleza y las mujeres (la estética que lo mantenía vivo)–, donde se descubrió ciudadano del mundo y se hizo escritor. Pasó, todo sumado, diecisiete años en ese país, que fue, de hecho, el que quiso que figurara en su epitafio: “Arrigo Beyle, milanese”, que luego quiso modificar por “Arrigo Beyle, romano”, cuando se enamoró más adelante de la ‘Ciudad Eterna’.

Ese deseo de no pertenecer a un sitio sino a otro era un ansia por completo nueva en su época: no era para nada corriente que un escritor rindiera tan poca reverencia a la patria que le había asignado el destino. Como nuevo fue también que utilizara la figura de un turista como protagonista, en un libro que escribió influenciado por el Viaje sentimental de Sterne y las Cartas persas de Montesquieu. Stendhal era consciente de que el viaje había cambiado y poco a poco se convertía en una práctica abierta, ya no de formación como el Grand tour, exclusivo de las clases aristocráticas. Él no es ni mucho menos el responsable del anglicismo, pero lo usa –es el primer escritor en hacerlo– consciente de esa nueva realidad. Su viajero es un burgués como él mismo: un hombre culto y de buen gusto, con un alma sensible, al que le gusta visitar museos, ir al teatro y hablar de arte y literatura. Y ello sólo se entiende por la pasión por la libertad que presidió la vida y obra de Stendhal, que viajaba impulsado por sus pasiones, que odiaba el trabajo, el tedio y la estupidez, que se vanaglorió de no haber hecho nunca nada que no le diera placer y que sabía que vivir la vida como una obra de arte era la condición indispensable para escribir una.

 

Roma, Nápoles y Florencia

Si Italia fue para Stendhal su lugar en el mundo, lo lógico es ir allí para encontrar sus huellas. Yo lo busqué primero en la capital. Desde el hotel Minerva, donde vivió al lado del Panteón, y armada con sus Paseos por Roma (1828)recorrí la ciudad a la luz esa guía que escribió por sugerencia de su primo Romain Colomb, para ganar dinero. Porque Stendhal pasaba entonces por una angustiosa situación económica: la modesta herencia que había recibido y su precaria pensión de funcionario no le alcanzaban para vivir.

Así, se dio a la tarea de escribir esa guía, en la que mezcló sus recuerdos e impresiones personales con plagios de otros libros, comentarios de arte, datos que le proporcionan expertos y amigos, bosquejos y anécdotas con las que reflejaba el carácter de los ciudadanos y descripciones de las costumbres de la ciudad. Con un estilo más espontáneo que preciso –el mismo que había usado años antes en Roma, Nápoles y Florencia– reseñó cada monumento, cuadro, ruina y edificio: desde El Coliseo hasta San Pedro, de Miguel Ángel a Cánova, de la historia de Roma a los bailes en los salones.

Pero esos Paseos, igual que sus otros diarios de viaje, permiten rastrear los escenarios, pero no la presencia del escritor. Stendhal propone recorridos que responden más a sus caprichos, a los chismes que escucha, la belleza de las mujeres o la emoción de ver un cuadro o llegar a un concierto que a la verdad histórica. Lo esencial, lejos del intelectualismo o la erudición, era ver las cosas a través del prisma de sus percepciones. Para él no había nada más verdadero que la sensación: “no pretendo describir las cosas en sí mismas, sino el efecto que tienen en mí”, escribió. Por eso no tiene reparos en abrir largas explicaciones –era un adicto a la claridad y un apasionado de los detalles “en los detalles está la verdad”, decía–, pero al mismo tiempo invita a sus lectores a saltar frases o párrafos completos que comprende que pueden resultar aburridos.

A Stendhal Roma le huele a coles podridas. Alaba las narices romanas y los helados, se emociona con las obras monumentales de Bernini y Borromini, con los cuadros del palacio Barberini. Allí se sentía “feliz de vivir” y la describe como “la ciudad de las almas, que tiene una lengua que todas las almas entienden”. La belleza es para él el territorio común de los hombres: “la belleza es la promesa de la felicidad”.

Pero así como no es posible encontrarle en Roma, tampoco en otras partes de Italia. Ni siquiera en Milán, donde la Scala fue más patria suya que cualquier calle parisina, esa ciudad que es además la verdadera protagonista de Roma, Nápoles y Florencia (1817) aunque no figure en el título, y que es, por otra parte, el único libro suyo que conoció el éxito de una segunda edición. Y no es posible hallarle entre otras razones porque su sitio fueron los salones, los bailes, la ópera y las tertulias –pasaba el tiempo literalmente hablando–, y ese mundo ha desaparecido. 

Aunque sí un poco en Florencia. Allí, un 22 de enero de comienzos del siglo XIX, escribió: “A la derecha de la puerta está la tumba de Miguel ángel (…) Diviso a continuación la de Maquiavelo y, en frente, la de Galileo. ¡Qué hombres! Y podría añadirles a Dante, Petrarca y Boccaccio. ¡Qué asombrosa reunión! (…). Estaba yo en una especie de éxtasis por la idea de estar en Florencia y la proximidad de aquellos grandes hombres cuyas tumbas acababa de ver (…) Había llegado a ese punto de emoción en el que convergen las sensaciones celestes provocadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a derrumbarme». 


Ahí lo encontré por primera vez. Después de recorrer Florencia con los ojos abiertos es fácil identificarse con esa sobredosis de belleza que mareó al francés y que hoy se conoce como el Síndrome de Stendhal. Y esa es una de las claves para entender su obra y biografía, difícilmente escindibles:  hablamos de un escritor que no se halla en el terreno, sino en la emoción y el sentimiento. De hecho, esos libros de viaje son, sobre todo, ficticios: ni las fechas corresponden con su biografía, ni parece que haya conocido en realidad muchos de los lugares que menciona. No tenía reparo en inventar una cita o falsear la información. Para él lo importante era la esencia. No trató de reproducir la belleza, ni de informar con exactitud, sino de sugerir. Por eso a veces se extiende, pero muchas más prescinde de las disquisiciones, también movido por su conocida pasión por el mot juste, la palabra precisa, una búsqueda que lo llevó incluso a leer todas las mañanas el Código Civil para contagiarse de su estilo seco y objetivo: “todo esto, explicado en diez páginas elegantes, sería comprendido por todos y aumentaría la dosis de ciencia que permite ser pedantes a los tontos (…) Las sensaciones pueden indicarse, pero no se comunican. Los recuerdos de los viajeros ante estas ruinas son excelsos y llenos de emoción. (...) pero nadie tiene el poder de hacerle apreciar a nadie las bellas artes. No se puede hacer tragar el placer como si se tratase de una píldora”.

 

Las huellas de un hombre apasionado

No sólo su naturaleza cosmopolita hace difícil encontrar a Stendhal. ¿Cómo rastrear a un hombre que no se sintió de una sola ciudad ni de colectivo ninguno, que detestaba la masa, los grupos, cualquiera que fueran, que se sentía feliz de no encajar en ninguna parte, clase social, profesión o patria y que además se escondió detrás de seudónimos?  

Sus máscaras y engaños fueron de todo tipo, empezando por el mote con el que ha pasado a la posteridad. Stendhal es el nombre de una localidad prusiana, y fue solo uno de los más de doscientos que usó en su vida. Pero nada de esto significa que mintiera. Maestro de la simulación, era en realidad un apasionado de la verdad, honrado en grado sumo a la hora de emitir sus juicios y explicar sus emociones. Un hombre independiente. Libre. Su máxima era ser “él mismo” y su intención, conocer a los hombres y los laberintos del alma –“soy un observador del corazón humano”, “no tengo pretensiones de ser veraz salvo en aquello que afecta mis sentimientos”. Eso lo hizo un adelantado a su tiempo, al ejercer una escritura casi de psicoanalista. De hecho, fue ese deseo el que lo llevó a disfrazarse: se sentía cómodo tras esos seudónimos que le daban la libertad para expresar su verdadera opinión sobre los otros, sobre el papismo y la iglesia –que conseguían ponerle de mal humor– o sobre sus fiascos amorosos, esos episodios de impotencia y fracaso con las mujeres que relató sin inhibición, como sólo Montaigne lo había hecho antes y nadie más después con tanta honradez.


Porque aunque disfrazó de novelas La vida de Henri Brulard o sus Recuerdos de egotismo, se trata de libros autobiográficos en los que se retrata con absoluta verdad –nadie antes había confesado tantas verdades sobre sí mismo como Stendhal–. Más seco que sensiblero, interesado en sentir pero sobretodo en comprender por qué y cómo sentía, fue un observador meticuloso de sus sentimientos, de sus opiniones generales a sus emociones y trastornos más íntimos, que luego expresó con franqueza, insolencia y osadía. Entre ellos, el desprecio que sentía por su padre –confesó haberse arrodillado para dar gracias al cielo cuando murió–, la pasión edípica por su madre, sus inhibiciones sexuales o su desmedida vanidad.

Y es con esa sinceridad tan suya –esa que Alain de Botton sitúa entre la emotividad de una niña de doce años y el rigor de un juez de la corte suprema–, con la que arremete contra lo intocable de su época, siendo un crítico precoz del pensamiento antecesor a lo políticamente correcto y que él denominaba lo adecuado. Sabía que para no ofender había que limitarse a decir generalidades. Pero no se callaba. Y esa franqueza hizo que incluso lo expulsaran de su amada Milán, acusado de un «espíritu político muy malo», por sus sarcasmos contra el gobierno y sus conductas anticlericales y revolucionarias.

Stendhal escribió que no había peor desgracia que llevar una vida aburrida y que había que vivir movido por el impulso de la emoción. Por eso un lugar para encontrarle, 173 años después de su muerte y cuando sigue siendo un iluminador de lo contemporáneo, es en el testimonio de sus grandes pasiones. Así como sus personajes Julian Sorel o Fabrizio del Dongo sufren al ardor de ciertas mujeres, también la vida del feo Stendhal –gordo, bajito, tímido, nariz rechoncha, cuello demasiado corto, ampulosa barriga y el rostro de ‘carnicero italiano’, como se describió él mismo – estuvo marcada por sus amores, a quienes sedujo con su elocuencia, matizando esos defectos físicos con el atractivo natural de la inteligencia y la buena conversación.

Es famoso el pasaje de La vida de Henri Brulard en el que cuenta que en el lago Albano, en el polvo, escribió las iniciales en las que podía resumirse su biografía: V. Aa. Ad. M. Mi. Al. Aine. Ang. Mde. C. G. Ar –Virginie, Angela, Adele, Mèlanie, Mina, Alexandrine, Angeline, Métilde, Clémentine, Gulia–. Romántico del siglo XIX, uno encuentra a Stendhal en esas mujeres que amó, casi siempre sin éxito, y quizá fue eso, como explica Stefan Zweig, lo que lo llevó a observar con tanta atención la psiquis y la urdimbre de los sentimientos.

Él hizo de la búsqueda de la felicidad la razón de su existencia. Pero esa dicha no estaba en la conquista sino en el anhelo. “La espera es la felicidad”, escribió en sus Paseos, en la misma línea de Stevenson cuando dice que “viajar esperando es mejor que llegar”Y el motor de esa búsqueda fue su enorme curiosidad. En una carta a su hermana Pauline escribió: “de todas mis pasiones, la única que me queda es la de ver cosas nuevas”.  Ese ímpetu fue el que presidió su biografía, el que lo hizo viajar sólo por el placer de escuchar las óperas de Rossini y Cimarosa, ver un cuadro de Rafael, disfrutar de una buena conversación –con Byron y Merimée, por ejemplo– o de la compañía de una mujer.

 


Una tumba como biografía

Como no es posible encontrar al autor de La Cartuja de Parma en Grenoble, ni en las calles de París y tampoco en la Italia de la que se sitió ciudadano, el último lugar para buscarle es su tumba. Una que, por cierto, no hubiera querido que fuera la suya, pero la tibia pobreza que enfrentó al final de su vida hizo que no tuviera suficiente dinero para ser enterrado en el cementerio que prefería, y lo fue en el de Montmartre, en una sepultura sacudida durante años por las vibraciones del metro hasta que una sociedad de amigos consiguió trasladar sus restos a un sitio mejor.

¿Pero quién yace en la tumba de un poeta? El poeta desde luego no, como dice Cees Nooteboom. Tampoco Stendhal está en su tumba, pero es verdad que en pocos casos un epitafio resume tan bien un destino, es una condensación igual de la biografía de un poeta de su propia vida, maestro en el arte de vivir: “Arrigo Beyle, milanese. Vivió, escribió, amó”.

Uno sólo va a tumba de los muertos que le importan. Y como una especie de comunión, somos muchos los que hemos ido hasta allí para pedirle permiso de ser parte a esos Happy few para los que decía escribir –esas “almas afines” que buscó en vano a lo largo de su vida–, para contarle que, como él, desconfiamos de los grupos, no tenemos una sola patria y estamos llenos de curiosidad por nosotros mismos, observadores persistentes del sentimiento y el alma. Entonces, ¿dónde está en realidad el escritor? Como a la mayoría, es inútil buscarlo en ningún escenario. Un artista está en su obra. En ella vivieron y es allí donde no mueren nunca. 


El misterio Stendhal

Stendhal

Stendhal ha llegado a ser tan importante para mí que cada cinco o seis meses tengo que volver a él. No importa en absoluto de qué obra se trate, siempre que sean frases que contengan su respiración. A veces leo veinte o treinta páginas suyas y pienso que viviré eternamente. Incontables son las obras que aguardan ante mí y con incrédulo horror me digo entonces que él murió a los cincuenta y nueve años.

Stendhal tiene la cabeza llena de cosas relacionadas con la “cultura”: cuadros, libros, música; muchas me resultan hoy tan importantes como lo fueron entonces para él, otras, aún más numerosas, me son indiferentes o repelentes y dulzonas, pero lo único importante es la manera como él está lleno de esas cosas. De todas saca algo que sólo se asemeja a él mismo. Acaso pueda yo consolarme pensando que estoy demasiado poblado de bárbaros y religiones, porque es posible que se hayan convertido en mí mismo. Ya se trate de Canova o de Wotruba, el azar del origen desempeña aquí un papel puramente secundario. La pasión con la que uno se posesiona de cualquier objeto, y la pasión con la que se distancia de él en la contemplación, lo son todo.

Elias Canetti
Hampstead. Apuntes rescatados 1954-1971
Editorial: Anaya & Mario Muchnik
Traducción: Juan José del Solar

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Albert Thibaudet, que fue un crítico extraordinario, trazó una interesante distinción entre los escritores que “tienen una posición” (piénsese en Víctor Hugo, por ejemplo) y los escritores que “tienen una presencia” (y aquí el ejemplo de Stendhal nos viene enseguida a la mente).
Cuando leemos Los miserables nos sentimos cautivados, inspirados, abrumados, sin por ello sentir necesariamente una especial urgencia por conocer a fondo la vida de Hugo; o, si lo hiciéramos, ello probablemente no supondría un aumento de nuestra estima por su obra maestra, puede que incluso disminuyera nuestra admiración, a medida que fuésemos descubriendo que el autor fue un poco menos magnánimo que su creación.
Con Stendhal sucede precisamente lo contrario. Los beylistas (no deja de ser curioso que los admiradores de Hugo no se llamen a sí mismo hugolistas) devoran con pasión cada pedazo de papel en el que Henri Beyle escribió algo –de hecho, algunas de sus ideas más originales, ocurrencias y paradojas fueron surgiendo a voleo, de manera totalmente casual: anotadas en los márgenes de los libros, en hojas sueltas o en el reverso de sobres usados. Las leemos todas ellas con la misma avidez, con la esperanza de lograr una comprensión cada vez más íntima del hombre que hay detrás de lo escrito.
En la conclusión de su ensayo sobre Stendhal, Paul Valéry comprendió el corazón del maestro: “A mi modo de ver, Henri Beyle es mucho más un tipo de “talento” que un literato. Es demasiado él mismo como para ser reductible a la condición de escritor. Eso es lo que gusta de él, lo que disgusta y me gusta. No acabaría nunca con Stendhal. No se me ocurre mayor alabanza”.

Simon Leys
Con Stendhal
Editorial: Acantilado
Traducción: José Ramón Monreal

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El stendhalismo, pese a su origen francés, es un fenómeno de alcance mundial y, al parecer, casi inagotable. Paul Valéry decía que Stendhal nunca tendría fin, y aunque ese nunca suena hoy a nuestros oídos bastante falaz e incierto no sólo respecto a Stendhal, sino a todo aquello que apenas ayer nos parecía estable, el stendhalismo es seguramente la pasión más duradera, la más amplia, la más ferviente que ha surgido en la historia, la vida y las costumbres literarias. Algo parecido ocurre con Casanova, aunque sin la misma intensidad y duración. En lo que respecta a Stendhal, el mejor modo para definir una pasión semejante sería, quizá, hacerle tomar cuerpo en uno de los mayores stendhalistas de nuestro tiempo, tal vez el más importante de todos: Pietro Paolo Trompeo, católico profundamente interesado por el jansenismo, romano afecto a la memoria de la Roma papal, aunque, honestamente, a través de los escritores católicos franceses que florecieron entre el primero y segundo imperio y no como consecuencia de oscuras nostalgias papistas. Convendría tener en cuenta a Trompeo, hombre de vida retirada, severa y apacible, para poder entender qué actitud, qué aspiración y qué inspiración lo llevaron a amar a Stendhal, a apasionarse por él, a seguir :sus huellas en la Italia romántica; también para comprender y definir la esencia del stendhalismo. El misterio del stendhalismo de Trompeo, al menos para mí, se ha incorporado al misterio de Stendhal (y aquí viene a cuento lamentarse de que en este año stendhaliano ningún editor haya emprendido la reimpresión, no ya de todos los escritos de Trompeo sobre Stendhal, sino, al menos, del primero de ellos, un volumen ahora dificil de encontrar, cuyo título es Sulle orme di Stendhal nell’Italia romantica).

Digo el misterio de Stendhal porque las razones que nos hacen amarlo, que nos empujan a buscarlo y nos iluminan tienen siempre algo de misterioso e inaprehensible. Haciendo hincapié en la frase definitiva del ensayo de Valéry sobre Lucien Leuwen, es posible que en un momento determinado desaparezcan del mundo los happy few (siempre pocos pese a los inmensos ecos que suscitan) que lo aman; pero, mientras éstos existan, no terminarán nunca de investigarlo, de descubrirlo, de profundizar en sí mismos gracias a su obra.


El gozo que suscita Stendhal es imprevisible como la propia vida, como las horas de un día y como los días de una existencia. Cuando y cuanto más creemos conocerlo, nos sorprendemos de pronto descubriéndolo en un fragmento, en una frase, o subvirtiendo en sus libros el orden de las preferencias o de los gustos. Se empieza concediendo preferencia al Rojo y negro, pero en un determinado momento, casi sin darnos cuenta, nos inclinamos por La cartuja de Parma, y un día, de repente, nos descubrimos inmersos en el Henri Brulard como en la esencia misma de la obra stendhaliana y plenamente conscientes de las razones de nuestro entusiasmo. Ésos son los tres grados del stendhalismo. Se ha señalado que en las páginas que sobre Stendhal nos ha dejado el stendhaliano Lampedusa encontramos al final la confesión del. paso del grado Rojo y negro al grado La cartuja de Parma: nos queda el pesar de que al autor de El gatopardo le haya faltado tiempo para una segunda e inevitable conversión a Henri Brulard (y a los Recuerdos de egotismo, una especie de apéndice de esta última).

Esos grados del stendhalismo poseen un valor objetivo y subjetivo: representan lo que, utilizando la famosa frase de Sobre el amor, podríamos denominar proceso de cristalización que se empieza a producir en la mente y en el ánimo del lector asiduo, del lector fiel, del lector que asume el lema Stendhal for ever (frase que era el ex libris de un stendhaliano cuyo nombre no recuerdo). Pero ponen también en evidencia de qué modo la obra de Stendhal encuentra su vértice en el magma, en el caos incandescente del Henri Brulard. El hecho de que se prefiera al final una autobiografía desordenada a dos novelas bien construidas, casi perfectas y de una vitalidad encantadora indica pura y simplemente que Stendhal es un escritor completamente distinto y que también es completamente distinto el lector que encuentra en sus páginas afinidades y confianza.

En el caso de otros escritores, la autobiografía, los momentos autobiográficos y los recuerdos sirven para ilustrar la obra toda; en el caso de Stendhal son la obra misma. Esto se puede comprobar también en Cellini o en Casanova; pero con estos dos escritores, con estos dos libros que son la historia de sus vidas, el’ lector apasionado realiza una lectura, por decirlo de algún modo, anagráfica: es decir, de deslinde entre verdad y falsificación de los hechos, los datos y las fechas; una lectura bastante festiva, también aplicada a Stendhal y parte del propio stendhalismo. Sin embargo, ni en el caso de Cellini ni en el de Casanova entran en juego las razones del corazón, del conocimiento del corazón humano y de nosotros mismos. Respecto a Stendhal, sólo hay un único precedente: Montaigne. Y Stendhal tiene plena conciencia de ello. «He tratado de narrar como Montaigne», dice. Y lo dice con cautela: «De narrar». Ambos, en su tiempo, escribieron (como Auerbach comenta de Montaigne) para unos lectores que no existían, escribieron a la par que creaban sus futuros lectores. Ha sido preciso que transcurrieran por lo menos dos generaciones para alcanzar su nivel (como dice Nietzsche de Stendhal). Ambos se encuentran en eso que podríamos llamar el finis terrae de la literatura: allí donde empieza el océano tempestuosamente festivo -o festivamente tempestuoso- de la vida.

Leonardo Sciascia
«El amor a Stendhal»
El País, 20 de noviembre de 1983

***


y como expresión logradísima de una curiosidad y un talento inventivo auténticamente franceses para este reino de estremecimientos delicados podemos considerar a Henri Beyle, ese notable hombre anticipador y precursor, que, con su tempo (ritmo) napoleónico, atravesó a la carrera su Europa, muchos siglos de alma europea, como un rastreador y descubridor de esa alma: -dos generaciones han sido precisas para darle alcance en cierto modo, para adivinar tardíamente algunos de los enigmas que le atormentaban y embelesaban a él, a ese prodigioso epicúreo y hombre-interrogación, que ha sido el último psicólogo grande de Francia.

Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y el mal
Editorial: Alianza
Traducción: Andrés Sánchez Pascual

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«Mi novelista favorito es Stendhal. Para mí es el más grande. Y Stendhal tardó 53 días en escribir ‘La cartuja de Parma’. Eso es ser un novelista. ¡53 días en escribir ‘La cartuja de Parma’!

Roberto Bolaño
Presentación de Nocturno de Chile
Instituto Cervantes de Londres, Marzo de 2003

“Sí, el que se mete a fondo en la obra completa de un escritor. Por ejemplo, leer un solo libro de Camus me parece imperdonable. O uno solo de Flaubert. O de Stendhal. Hay que leer todo Stendhal. Buscar sus libros, coleccionar sus libros, acariciar sus libros.”
Roberto Bolaño
Entrevista con Uwe Stolzmann
¿Qué autores influyeron en su literatura?
Muchísimos. En realidad todo libro que uno lee influye en la literatura que posteriormente hace. A mí me ha influido desde Arquíloco, que es un poeta griego, arcaico, que releo siempre, hasta los clásicos del siglo de oro, a quienes leo bastante a menudo. Y contemporáneos: Melville, Flaubert, Stendhal. Este último me ha influido muchísimo, aunque no se nota, porque sigo siendo muy malo y Stendhal es muy bueno.
Roberto Bolaño
«Roberto Bolaño: inédito y final»
La Tercera
Soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia: una sombra se deslizaba por la cerámica de los reactores. Es el fantasma de Stendhal, decía un joven con botas y desnudo de cintura para arriba. ¿Y tú quién eres?, le pregunté. Soy el yonqui de la cerámica, el húsar de la cerámica y de la mierda, dijo.
Roberto Bolaño
Un paseo por la literatura
Editorial: Acantilado



Artículo

Reseña del libro


Stendhal en Open Editio
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Tiempos Lovecraft: La razón de la sinrazón del siglo XXI


El siglo XXI : sensación de que hay fuerzas poderosas—tecnológicas, históricas o cósmicas— que escapan a nuestro control, y no las entendemos..

La razón de la sinrazón
Benito Pérez Galdós


CELESTE:

¡Oh, el mundo! Por un lado, los tiólogos, atrapando á la gente rica con el
cebo de la bienaventuranza eterna; por otro, los filósofos, con su jerigonza
materialista, han puesto á la humanidad en tal estado de corrumpición, que
poco tendrá que discurrir nuestro Señor Satán para hacerla suya. (Lanza el cuervo un fuerte graznido.)


«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.»



Lovecraft dijo que «vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud»

Tiempos Lovecraft: sus mensajes, de horror cósmico, más que de terror, cobran nueva relevancia en estos tiempos que algunos perciben como de locura. «La emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y fuerte de los miedos es el miedo a lo desconocido». Y hoy hay miedo a este nuevo mundo desconocido, en sus diversas dimensiones, en el que hemos entrado.
Slavoj Žižek insiste en que en Lovecraft el terror no procede de la violencia física, sino del conocimiento. Lovecraft, según este filósofo esloveno, es interesante porque, como los mundos que describe, este puede contener algo radicalmente incomprensible, el conocimiento puede destruir nuestras certezas, y el horror aparece cuando lo Real irrumpe en nuestra visión ordenada del mundo.

Cultura Woke







Cthulhu




Realizado por Carlos Lombas en noviembre de 2014 
en la Universidad Complutense de Madrid.
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 Si el escritor de horror H.P. Lovecraft vuelve a estar de actualidad en las reflexiones sobre el siglo XXI es porque anticipó la sensación de que fuerzas poderosas—tecnológicas, históricas o cósmicas— escapan a nuestro control, y no las entendemos.



Desde principios de siglo, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, trauma del que, en términos psico-geopolíticos, ni Estados Unidos ni el mundo se han recuperado (España no lo ha hecho del impacto de los atentados del 11M de 2004), vivimos unos «tiempos Lovecraft». Por algo el autor (1890-1937) –que me fascinó de adolescente en aquella primera antología en castellano de 1969, Los mitos de Cthulhu, de Rafael Llopis


https://hplovecraft.fandom.com/es/wiki/Los_Mitos_de_Cthulhu_(Alianza_Editorial)
 

–vive un significativo revival. No ya porque haya festivales «weird and decadent» que lo celebren, sino porque ha vuelto tanto de la mano de referentes neorreaccionarios estadounidenses como de escritores críticos en Europa o las Américas. Quizás porque sus mensajes, de horror cósmico, más que de terror, cobran nueva relevancia en estos tiempos que algunos perciben como de locura. En una de sus obras cumbre, la novela ucrónica En las montañas de la locura (1931),

 

apunta que «la emoción más antigua y fuerte de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y fuerte de los miedos es el miedo a lo desconocido». Y hoy hay miedo a este nuevo mundo desconocido, en sus diversas dimensiones, en el que hemos entrado.

Sin embargo, ante ese miedo, la gente puede preferir seguir esa pasión humana (junto al amor y el odio, según Lacan) que es la ignorancia; mejor no saber. «Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud», según el escritor de Providence (La llamada de Cthulhu, 1926).



Benjamin Labatut, en su opúsculo La piedra de la locura (2)(2021, ahora reproducido por Le Grand Continent), 


acude a Lovecraft para explicar esa «cierta demencia que se ha infiltrado en el mundo, gota a gota, y está tomando cada vez más fuerza». Ante ella, pensaba Lovecraft, la ignorancia nos protege. Slavoj Žižek insiste en que en Lovecraft el terror no procede de la violencia física, sino del conocimiento. Lovecraft, según este filósofo esloveno, es interesante porque, como los mundos que describe, este puede contener algo radicalmente incomprensible, el conocimiento puede destruir nuestras certezas, y el horror aparece cuando lo Real irrumpe en nuestra visión ordenada del mundo.
Howard Phillips Lovecraft era abiertamente racista (una pieza estructural de su imaginación literaria, según Michel Houllebecq), antidemócrata, anticristiano, politeísta, de unos dioses que tienen poder absoluto, pero carecen de comprensión. Un filósofo neoreaccionario como Nick Land, uno de los impulsores de la llamada «Ilustración Oscura», también bebe en Lovecraft. Como ese autor bloguero de ciencia ficción que firma como Zero HP Lovecraft (el cero se refiere a «cero puntos de vida» de los videojuegos), como recoge Arnaud Miranda (Les Lumières sombres. Comprendre la pensée néoréactionnaire).

Claro que el tecnomagnate Peter Thiel no anda lejos cuando predica el Anticristo.


Lovecraft dijo que «vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinitud»

Michel Houellebecq, el novelista francés que tan bien sabe captar el espíritu de los tiempos, le dedicó en 1991 una biografía.


Sostiene que la fuerza de Lovecraft nace de una emoción muy concreta: el rechazo visceral del mundo moderno. En cierto sentido, Houellebecq se ve a sí mismo como heredero parcial de Lovecraft, ante un mundo desprovisto de sentido trascendente y la fragilidad de la civilización moderna. Para el francés, el de Providence anticipa el nihilismo del mundo contemporáneo. No es casualidad que el resurgimiento de Lovecraft vaya acompañado, desde aquel 11-S y aún más en tiempos más recientes, del de Dostoievski y su nihilismo.

Hay otra idea de Lovecraft que resurge: la de inteligencias superiores a la humana, que nos perturban. En las dos obras citadas, los protagonistas descubren, con horror, que la humanidad no ocupa un lugar central ni privilegiado en el cosmos. Él hablaba de seres no terrestre o primigenios. Pero sus consideraciones bien podrían aplicarse a la nueva Inteligencia Artificial y sus amenazas. En esto, Lovecraft resulta también muy siglo XXI. Hoy la ciencia y la tecnología modernas pueden revelar cosas que la humanidad no está preparada para asumir, y que somos sumamente vulnerables.

El escritor insistía en que el verdadero horror no era el monstruo visible, sino lo que apenas podemos concebir

Muchos de los grandes desafíos actuales son difíciles de imaginar plenamente. Lovecraft insistía en que el verdadero horror no era el monstruo visible, sino lo que apenas podemos concebir. Fue un artista de la no descripción, de la sugerencia. Así el imaginario lovecraftiano puede servir como herramienta para pensar lo que todavía no sabemos describir bien.


Ahora se le cita como un «filósofo involuntario del siglo XXI», especialmente en debates sobre la IA u otros riesgos existenciales, como el cambio climático, las crisis geopolíticas (dadas, especialmente, las armas nucleares), u otras consecuencias de la ciencia y la tecnología como en biotecnología o ingeniería genética. Él, claro, no habló de la IA, pero su enfoque encaja con los debates actuales. Sus relatos ofrecen una metáfora poderosa para pensar inteligencias o fuerzas que superan radicalmente a la humana. Muchos de sus protagonistas descubren, siempre con horror, que la realidad es más compleja de lo que la mente humana puede procesar. Además, los sistemas de IA avanzados se están volviendo opacos, difíciles de interpretar incluso para sus creadores, no digamos ya para sus usuarios, lo que plantea enormes problemas. También para su uso militar, que ya han surgido en la guerra de Irán. Estamos ya en una situación en que no nos enteramos cuando una decisión la ha tomado una persona o un agente de IA.

Peter Thiel, Elon Musk y otros «señores del aire» no creen en la democracia, o creen que la democracia coarta la libertad, y su prioridad es esta última. Sí creen en un gobierno -y en la guerra- por IA. No es que de esas inteligencias lovecraftianas surja la maldad, sino la total indiferencia hacia la suerte de los humanos. ¿También la IA? Descontrolada, puede volverse un agente del Caos, algo que se está empezando a estudiar en serio. El universo que describía Lovecraft era caótico. Labatut se pregunta, con Lovecraft, ¿Cuándo dejamos de entender el mundo, y empezamos a ser gobernados por la sinrazón? La sinrazón era parte central del universo de Lovecraft. Se ha vuelto acuciantemente actual.

Andrés Ortega es analista y escritor. Sus dos últimos libros son ‘Soledad sin solitud’ (Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2025), y la novela de anticipación ‘Sé Agua’.

El clérigo malvado, es un fragmento de una carta a Bernard Austin Dwyer, escrita por H. P. Lovecraft en 1933. Se trata de uno de los sueños de Lovecraft. El fragmento fue publicado posteriormente como un relato corto de forma póstuma en 1939, en la revista Weird Tales.



La razón bajo sospecha
El autor analiza las diversas tendencias y modas culturales presentes en el mundo contemporáneo y concluye que lo que tienen en común es la renuncia apriorística a mirar con aprecio al ser humano.

EL SIGLO XXI es una época de pensamiento débil. Se rechaza cualquier pretensión de verdad objetiva, más allá de las aseveraciones basadas en el método científico experimental, que reduce el campo de observación a lo cuantitativo y matematizable. Las grandes certezas sobre Dios, el hombre y el mundo que han definido a todas las civilizaciones, han sido sustituidas por convicciones subjetivas, suaves y adaptables, como escribe Russell Ronald Reno en El retorno de los dioses fuertes.

Reno ha defendido, no sin fundamento, que esta situación no es casual sino el fruto de un miedo colectivo y consciente a las verdades fuertes, como si estas implicasen necesariamente violencia e imposición. El siglo XX ha sido testigo de modas ideológicas que han destruido la fe en la razón y su capacidad de generar convicciones compartidas mediante un diálogo racional sobre el hombre y el bien y el mal. Pero el fruto de este ataque a la razón no ha sido un paraíso de tolerancia, como algunos soñaron, sino un mundo de inseguridades personales y colectivas generador de nuevas violencias y crisis.


El reto de nuestra época es reconstruir la confianza en nuestra capacidad de llegar racionalmente a seguridades intelectuales sobre la dignidad humana, el valor de la libertad, la igualdad en dignidad de todos los seres humanos, nuestra capacidad de identificar lo valioso

El reto de nuestra época es reconstruir la confianza en nuestra capacidad de llegar racionalmente a seguridades intelectuales sobre la dignidad humana, el valor de la libertad, la igualdad en dignidad de todos los seres humanos, nuestra capacidad de identificar lo valioso; y de compartir, con razones fundadas, estas seguridades con nuestros conciudadanos para construir así sociedades humanistas por convicción y no solo sistemas de coexistencia precaria.

La calidad humanista de nuestras sociedades –la democracia, el estado de derecho, el compromiso colectivo con la libertad y los derechos humanos– es herencia de lo mejor de la tradición occidental, basada en el aprecio a la razón de nuestros ancestros griegos, el compromiso romano con la justicia como medio de respetar lo suyo de cada cual, y la convicción cristiana de que todo lo que existe es bueno y digno, y que el mundo y el tiempo son tareas y oportunidades para construir el mejor mundo posible.

No hay que abandonar estas raíces de nuestra identidad colectiva para construir un futuro ilusionante. Al revés: el abandono de estas raíces es el gran peligro de nuestros días. Toca hoy aprender de los riesgos de los totalitarismos ideológicos y políticos del siglo XX para no recaer en los mismos errores; pero no al precio de rechazar las claves humanistas de nuestra civilización, pues el riesgo es sumergirse en un escepticismo general que impida compartir valores y construir comunidades.

DIAGNÓSTICO INTELECTUAL DE NUESTRA ÉPOCA

Nuestra época vive de los restos de los grandes sistemas filosóficos de los siglos XVII, XVIII y XIX; es decir, los restos del racionalismo cartesiano, el idealismo, el liberalismo, el marxismo, el nihilismo de Nietzsche; y también de los intentos bientencionados pero fallidos de superar las experiencias totalitarias del siglo XX mediante el rechazo a la posibilidad de verdades fuertes y sólidas: vive condicionada por la destrucción del concepto de naturaleza humana realizada por el estructuralismo, el existencialismo, el deconstruccionismo y tantos otros ismos que han marcado el tono intelectual de las universidades francesas y americanas (y de forma refleja, de otras muchas de todo Occidente) en la segunda mitad del siglo XX.

En ese humus cultural han surgido algunas de las tendencias o modas de pensamiento dominantes hoy, como la ideología de género, la doctrina o cultura woke, el animalismo y el transhumanismo. Todas ellas tienen en común la renuncia apriorística a observar e intentar comprender la singularidad del ser humano y la renuncia –también apriorística– al esfuerzo racional de entender la naturaleza humana y su valor como fuente de seguridades éticas, algo que había sido admitido desde Sócrates y Aristóteles como evidente, y ratificado por el cristianismo como coherente con la visión de un mundo preñado de sentido.


Es un reto de nuestra época repensar Occidente para intentar entender cómo hemos construido una civilización humanista, cómo la llevamos casi al colapso en el siglo XX y cómo hoy podríamos reiniciar un camino ascendente en vez de enfangarnos en la autodestrucción de lo mejor de que hemos sido capaces.

LOS ANTECEDENTES

La cultura occidental se ha caracterizado desde el siglo V a.C. por una clara apuesta por fiarse de la razón. Occidente se funda en la idea de que el hombre, razonando, se puede aclarar; de que mirando la realidad, puede discernir, con razonable certeza, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo. Este fue el planteamiento de Sócrates, Platón y Aristóteles. Cuando Roma se deja conquistar por la cultura griega, la razón se aplica también al uso del poder y así surge el sentido romano de la justicia: dar a cada uno lo suyo, reconociendo que hay algo suyo de cada cual que nos hace justos si lo respetamos. El cristianismo reforzó y justificó esas intuiciones: podemos fiarnos de la razón porque el mundo es razonable dado que fue pensado por Alguien muy inteligente; lo existente es bueno y digno de respeto porque fue querido por el Amor creador; nosotros podemos conocer el bien porque somos racionales y todo lo que existe es razonable.


Estos presupuestos le han permitido a Occidente descubrir la dignidad de la persona humana y la radical igualdad entre hombre y mujer; teorizar los derechos humanos; construir el Estado de derecho, precisamente para defender la libertad; y someter los últimos poderes del Estado a criterios éticos, aboliendo la pena de muerte, regulando con detalle la posibilidad de hacer la guerra, etc. Por eso en Occidente ha surgido el humanismo y la ciencia. La ciencia moderna presupone la creencia en que el mundo es razonable, y por eso puede ser racionalizado. Solo en el seno de la cultura occidental nos hemos planteado que podíamos conocer con certeza cómo es el mundo y cómo funciona la realidad física.

«Cuando todos se ríen de quienes afirman “eso es cierto” o “eso es bueno”, solo queda quien dice “yo quiero”», señaló C. S. Lewis en su ensayo de 1943 titulado ‘La abolición del hombre’

Pero entramos en crisis. La característica más importante de los últimos siglos es la paulatina desconfianza en la razón. Descartes nos hizo dudar de que con ella pudiésemos conocer con certeza la realidad de las cosas; y Kant nos convenció de que con la razón no podemos conocer la realidad de las cosas, tan solo su apariencia fenoménica –pero no el ser en sí–.


CONSECUENCIAS DEL VOLUNTARISMO

En los siglos XX y XXI, al quedar la razón bajo sospecha, han ocupado su lugar bien las emociones y los sentimientos, bien la voluntad. ¿Qué nos queda, si no hay capacidad de hacer juicios ciertos sobre la realidad o sobre las personas? Solo queda el «yo quiero». C.S. Lewis escribía en su ensayo La abolición del hombre (1943): «Cuando todos se ríen de quienes afirman «eso es cierto» o «eso es bueno», solo queda quien dice «yo quiero»». Si nos reímos de la capacidad de definir lo bueno y lo malo, objetivamente, con seguridad y con carácter universal, solo queda una voluntad subjetiva que no se puede medir con ningún criterio objetivo o racional, trátese de la voluntad personal en las relaciones privadas; la del que encarna el poder en cada caso o la del grupo identitario en las relaciones sociales.

Ese voluntarismo se traduce, en la vida colectiva, en el positivismo de las leyes: lo bueno es lo que decide el Parlamento o el gobernante de turno; lo justo es lo que dicen las leyes, y lo injusto lo que prohíben. Y en la vida privada, en el deseo individual, como fuente última de la moral: es bueno lo que yo quiero; es malo lo que yo no quiero. Y si no hay un criterio objetivo y universal de lo bueno y lo malo, el diálogo deviene imposible.


Esto último representa una amenaza para la democracia, que se basa en el diálogo. Si solo queda el voluntarismo del poder y falta la capacidad de crear el sustrato dialogado y compartido, las democracias se vuelven más débiles. De ahí vienen las pulsiones totalitarias que se perciben ya en nuestra época en forma de populismos, políticas de identidad, pretensiones de exclusión de la libertad de pensamiento o de creencias en materia de sexualidad, ataques a la objeción de conciencia, etc.

DISTINGUIR ENTRE CIENCIA Y CIENTIFICISMO

Otra consecuencia de la desconfianza en la razón es el cientificismo, una corriente ideológica que no es de ahora pero que tiene gran vigencia como tendencia de pensamiento actual. Es importante distinguir entre ciencia y cientificismo. La ciencia es un conocimiento sobre la base de la experimentación y la matematización del estudio de la realidad; en tanto que el cientifismo es una ideología que presupone que solo lo que se conoce por el sistema del método experimental y matematizado es cierto y seguro; y que todo lo que no es susceptible de cuantificación es subjetivo y arbitrario. Fuera de las certezas que son cuantificables el cientificismo no reconoce ninguna verdad. De manera que todo lo que se refiere al mundo del espíritu, del alma, de la inteligencia, de Dios, de la filosofía, de los valores, carecería de objetividad y certeza.

Fuera de las certezas cuantificables, el cientificismo no reconoce ninguna verdad. De manera que todo lo que se refiere al mundo del espíritu, de la inteligencia, de Dios, de la filosofía, de los valores, carecería de objetividad y certeza


La dignidad humana, los derechos humanos, el valor de la libertad…, por ejemplo, no son cognoscibles por los métodos propios de las ciencias experimentales, como no lo son el bien y el mal, la justicia y la injusticia. Así el cientificismo, casi sin querer, degrada lo más valioso de nuestra civilización. La cultura en general y los medios de comunicación están profundamente imbuidos de cientificismo, de manera que, frecuentemente, se nos transmite como ciencia lo que no deja de ser una postura ideológica reduccionista.

IDEOLOGÍA EVOLUCIONISTA

La ideología evolucionista (que es algo distinto del hecho de la evolución y añadido a este dato de hecho) ha introducido en nuestras mentes una minusvaloración del hombre: si todo procede de una evolución material, desde la química a la vida, hasta llegar a la especie humana, el ser humano no tiene más valor que el resto de las formas de vida que existen en el planeta, ni hay en él nada singular digno de aprecio particular. Esa fue la interpretación popular de la obra de Darwin El origen de las especies (1859). Conviene precisar que Darwin no fue un ideólogo evolucionista, sino un científico que teorizó la evolución, que no es lo mismo. Fue después de Darwin, y sobre todo con Herbert Spencer y Julian Huxley cuando, sobre la base de esa teoría, surge la ideología evolucionista como intento de explicación de la vida y del hombre como mera consecuencia de fuerzas materiales comunes a todo el ecosistema, algo ni evidente ni demostrado.

El cientificismo y la ideología evolucionista han dado una apariencia de solvencia científica al ateísmo contemporáneo, cuando lo cierto es que la cosmología que se deriva de las ciencias empíricas actuales es absolutamente compatible con un mundo en que la hipótesis de Dios es más que plausible. Los mitos ateístas de una deficiente ciencia decimonónica siguen pesando mucho hoy en la conciencia colectiva, aunque han sido arrumbados ya por la ciencia contemporánea, que nos da una imagen del mundo y la vida claramente abierta a la hipótesis teísta.


Consecuencia de todo ello es lo que el mencionado C.S. Lewis llamó la abolición del hombre. Durante el siglo XX muchas corrientes de pensamiento han pretendido suprimir a Dios y abolir la singularidad humana; numerosas teorías científicas y filosóficas han querido presentar al ser humano como un conjunto de estructuras, fruto del devenir de la evolución, que no tienen más contenido ni más valor que el resto de cosas materiales de la Tierra. Con el evolucionismo materialista se da por supuesto que no hay nada específico, espiritual en la persona –una evidencia para toda la civilización antes del siglo XX–.

Como no hay un sexo que defina a la persona, la sexualidad se convierte en algo fluido: todos podemos tener hoy una identidad y mañana otra distinta… construyendo continuamente la identidad sexual y la forma de expresarla en la sociedad

Esto lo llegan a teorizar filosóficamente los estructuralismos y los posmodernismos de los años 60, 70 y 80, con autores como Foucault, Derrida, Lacan, Vattimo, etc. Cuestionan la consistencia de todo lo real y también al hombre. Como apunta García Gibert en su ensayo Sobre el viejo humanismo: «El deconstruccionismo busca socavar todo cimiento y toda metafísica que permitan sostener, por abajo o por arriba, cualquier relato legitimador de sentido». El resultado es que el hombre no existe… es una palabra que decimos pero no expresa nada cierto ni consistente, es un significante sin significado.


LOS ANTIHUMANISMOS ACTUALES

Así se explican los antihumanismos actuales, como la teoría o ideología de género surgida en las décadas finales del siglo XX, a partir del momento en que el sexo se separa de la reproducción gracias a la píldora anticonceptiva y el aborto, y pasa a ser sin más un hecho cultural manipulable y moldeable ideológicamente.

El siguiente paso, relacionado con el anterior, es la teoría queer, muy presente en la cultura actual. Como no hay un sexo que defina a la persona, la sexualidad se convierte en algo fluido: todos podemos tener hoy una identidad y mañana otra distinta… construyendo continuamente la identidad sexual y la forma de expresarla en la sociedad. Esta teoría inspira hoy las leyes de los llamados derechos LGTBI, tan contestados desde el humanismo tradicional y desde el feminismo reivindicativo de los derechos de la mujer, pues la ideología queer niega al hombre… y a la mujer, dejando así al feminismo sin objeto.

LA CULTURA WOKE

Algunas de estas corrientes antihumanistas han cristalizado en un movimiento social, la llamada cultura woke, de fuerte implantación en Estados Unidos, pero cuya influencia se deja notar en todo Occidente. Se trata de una amalgama de planteamientos ideológicos modernos convertidos en activismo político. El detonante fueron el #MeToo de las feministas y el Black Lives Matter de los negros ante agresiones sexuales contra mujeres y de la policía contra personas de color, respectivamente, en EE.UU. Pero no se trata solo de una reacción puntual –y no sin justificación– ante hechos luctuosos, sino que ha llegado a englobar un movimiento más amplio y de más calado: el de los discriminados por razón de sexo (mujeres), género (LGTBI), raza (negros, latinos) que despiertan (de ahí viene el término inglés woke, del verbo to wake) y exigen a la sociedad que se reconozca su carácter identitario particular y su condición de víctimas, que los culpables sean castigados y que se reparen injusticias estructurales e históricas.


El instrumento de su guerra política es la llamada cultura de la cancelación. Hay que cancelar –sostienen– y suprimir del lenguaje, de las redes sociales, de la escenografía de las ciudades –calles, estatuas, etc.– todas aquellas circunstancias, personas, expresiones que identifican como agresivas para su identidad. Eso explica la censura a autores, el castigo a docentes, el derribo de estatuas, o las campañas en las redes sociales contra quienes no consideran políticamente correctos. Y todo ello con carácter retroactivo, revisando la historia. En esto se demuestra cómo no solo estamos ante movimientos que reivindican una causa política o social, sino también ante una revolución cultural que no se para ante el ataque a derechos fundamentales como la libertad de pensamiento y expresión.

ANIMALISMO

Otra expresión ideológica del antihumanismo actual es el animalismo, reflejado en la obra de autores como Peter Singer y en iniciativas legislativas como el Proyecto Gran Simio y con tentáculos políticos cada vez más presentes aunque aún minoritarios. Sus defensores señalan que como el ser humano es solo una especie más de la escala evolutiva, hay que reconocer a los animales parte de los derechos hasta ahora considerados como humanos. Es una ideología de moda en el mundo anglosajón, pero ya con ecos legislativos en Francia e incluso en España. Es significativo de lo absurdo de estos planteamientos que a los que quieren otorgar derechos a los animales no se les ocurre exigirles a los animales obligaciones como las que se exigen al ser humano, porque son conscientes de que al hombre podemos exigirle obligaciones porque es libre y responsable mientras que al resto de los animales no podemos exigirles lo mismo.


EL RETO TRANSHUMANISTA

Y finalmente, el transhumanismo. Es una propuesta ideológica basada en los avances de las ciencias y la nanotecnología en los campos de la genética, la cibernética, la inteligencia artificial y las neurociencias, que propugna una «mejora» del ser humano. Llega a proponer la promoción programada de un nuevo salto en la evolución del hombre que nos llevaría a crear una nueva especie, los posthumanos, que incluso podrían liberarse –dicen algunos autores– del soporte biológico de nuestra personalidad para integrarse en una red cibernética que, supuestamente, nos daría la inmortalidad. No se trata de curar –como hacía la medicina–, sino de transformar la naturaleza humana para mejorar la especie. Según el pensamiento transhumanista, nuestra especie es fruto de una evolución ciega guiada por el azar –postulado propio de la ideología evolucionista, como hemos visto antes–; pero los humanos estamos ya en condiciones de hacernos cargo de nuestra propia evolución como especie; y programar y diseñar el siguiente paso evolutivo.

Ya existen programas de investigación, con cuantiosos recursos económicos, que piensan en los nuevos mercados que se pueden abrir al socaire de las nuevas tecnologías y servicios a ofrecer


Las nuevas tecnologías permitirían este programa de mejora del hombre y de creación del nuevo posthumano. Las técnicas de reprogramación genética, la producción de órganos de sustitución en un medio animal o totalmente artificial y las posibilidades de hibridación entre hombre y máquina abren horizontes deseables, según esta ideología, para mejorar o sustituir a la actual especie humana por una nueva especie posthumana.

Algunas de estas propuestas pueden parecer de ciencia ficción y otras pueden ser razonables avances en la lucha noble contra la enfermedad y el dolor, pero lo cierto es que ya existen programas de investigación, con cuantiosos recursos económicos, que piensan en los nuevos mercados que se pueden abrir al socaire de las nuevas tecnologías y servicios a ofrecer. Estamos, por tanto, ante una ideología al servicio de un negocio; o quizá de un negocio que se viste de ideología presuntamente humanitaria.


NIHILISMO, APUESTA POR NADA

El fruto final de todos estos ismos es el nihilismo. La desconfianza en la razón ha supuesto un retorno al viejo nihilismo. Es la afirmación de que nada tiene sentido y de que las verdades no son objetivables, la idea de que el hombre es un ser abocado a un mundo caótico y sin propósito. Fue teorizado en el siglo XIX por Nietzsche, al que se puede considerar el pensador decimonónico más moderno hoy en día; de hecho, se sigue editando y leyendo. Su literatura es metafórica, apela al corazón y a los sentimientos, lo cual encandila a muchos. Esta apuesta por la nada como sentido y objetivo de la vida, este quitar valor a todo lo que existe, este rechazo a la razón clásica, a la ética, a las raíces cristianas de Occidente, va convirtiéndose en el humus cultural que impregna las tendencias de pensamiento del siglo XXI.

Lo que está en juego es lo mejor de la civilización humanista. Por ello conviene pensar en todo esto y no dejarse arrastrar sin más por la moda intelectual.


El clérigo malvado
por

H. P. Lovecraft

Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:

—Sí, aquí vivió él…, pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.

—Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.

Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que se trataba de un pequeño puerto de mar.

El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica —o algo que parecía una linterna— del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.


Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación… y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.

Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a través de una neblina… Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.



El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento —acababa de encender una lámpara de aceite— parecía nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.



El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.

Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista.

Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma atronadora:

—¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?



Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:

—¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos.

—No debe volver a tocar ese… objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer —o invocar— cualquier cosa no serviría sino para empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir…, pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.

—Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en… su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte impresión…, aunque no será nada repulsivo.



Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:

Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, olivácea, anormalmente alta.

Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros.

Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.



(1)Mi canal forma un ecosistema cultural, que como Curador de Contenidos, creo y dinamizo los temas que expongo, usando la transversalidad. En un mundo rodeado de imágenes y efectos, el criterio estético tiene la máxima importancia, siempre acompañado de la documentación estrictamente especializada sobre el tema. La música es tan importante como  todo lo demás, siempre comteporaneizando la temática. 




La extracción de la piedra de la locura

Durante el verano de 1926, el escritor Howard Phillips Lovecraft percibió la sombra de un nuevo tipo de horror.

Aunque apenas fue capaz de hallar las palabras para describirlo, pudo cristalizar algunas de sus visiones en un cuento que tituló «La llamada de Cthulhu», una historia que alerta a nuestra especie sobre el regreso de un antiguo terror y el peligro de traspasar nuestros límites, al mostrarnos lo que puede estar allí, dormido, esperándonos. «Creo que el hecho más misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para relacionar todos sus contenidos», escribió Lovecraft. «Vivimos en una isla de plácida ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estamos destinados a viajar muy lejos. Las ciencias, cada una avanzando en su propia dirección, nos han perjudicado poco hasta el momento; pero algún día la suma de todo ese saber disgregado abrirá una perspectiva tan aterradora sobre la realidad, y sobre el espantoso lugar que ocupamos en ella, que nos volveremos locos producto de esa revelación, o huiremos de la luz hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura.» En el cuento, un hombre va tras los pasos de una secta que intenta despertar a un dios antediluviano sumido en un sueño eterno. Durante su búsqueda, el protagonista se topa con reportajes y noticias sobre extraños brotes de histeria colectiva, pánico, locura grupal y arrebatos de manía, todos relacionados con tres pequeñas estatuas de un ídolo cuya forma, completamente antinatural, parecía estar dotada de una malignidad intrínseca.

 

Una de esas efigies fue modelada en arcilla por un escultor de Rhode Island, quien vio la silueta del ídolo durante una pesadilla particularmente vívida; otra fue confiscada por un policía que participó en una redada durante la celebración de un rito vudú en los pantanos de Nueva Orleans, mientras que la tercera cayó en manos de un marinero noruego, quien la encontró en los farellones de una isla ciclópea que surgió de golpe en medio de las olas del Pacífico Sur, una tierra maldita cuyos colosales paisajes violentaban las leyes de la perspectiva, creando un entorno tan anómalo que uno de los compañeros de barco del noruego perdió la cabeza luego de contemplar algo demasiado horroroso como para poder ser comprendido: un ser descomunal e incrustado de tantas capas de tiempo que hacía que no solo la humanidad sino el mundo entero pareciera joven y fugaz en comparación.


«La llamada de Cthulhu» fue inspirado por un sueño del propio Lovecraft. Lo describió en una carta que envió a su amigo, Reinhardt Kleiner: durante su ensoñación, Lovecraft intentaba vender un espeluznante bajorrelieve, que había esculpido con sus propias manos, a un museo de antigüedades de Providence, su ciudad natal. Cuando el anciano curador del establecimiento se burló del escritor por tratar de hacer pasar una obra de arte recién manufacturada por una verdadera antigüedad, Lovecraft le respondió: «¿Por qué dices que este objeto es nuevo? Los sueños del hombre son más antiguos que Egipto, más arcaicos que el misterio de la Esfinge o que los jardines de la eterna Babilonia. Y esto fue creado en mis sueños.»


Dos años después de la publicación del cuento de Lovecraft, David Hilbert, sumo sacerdote de las matemáticas del siglo XX, finalmente se jubiló.



Fue el matemático más importante de su época, y ejerció una gigantesca influencia desde la Universidad de Gotinga, la institución matemática más ilustre del mundo durante las primeras décadas del siglo pasado. Hilbert estableció un programa espantosamente ambicioso para determinar si toda la riqueza de las matemáticas podía construirse sobre un puñado de axiomas lógicos incuestionables. Fue un intento desesperado por rescatar a su querida disciplina de la crisis mortal en la que había caído, causada por nuevas ideas que habían ampliado el universo matemático de forma descomunal, dejando al descubierto paradojas irresolubles y contradicciones lógicas que amenazaban con echar abajo todo su edificio teórico. El programa de Hilbert buscó desenterrar los cimientos últimos de las matemáticas; históricamente, coincidió con el abrupto surgimiento de ideologías fascistas a lo largo de Europa, y también fue –aunque quizás solo de forma inconsciente– un intento por hallar tierra firme y contener el avance de una extraña sinrazón que parecía estar extendiendo sus garras no solamente sobre el paisaje político, sino por debajo de la piel de la ciencia humana más racional de todas, como si estuviese brotando de la herida abierta por pioneros como George Cantor, quien había transformado radicalmente las matemáticas al expandir nuestra noción del infinito. Las extravagancias del infinito y las delirantes formas del espacio no euclidiano fueron solo dos de las fuerzas que comenzaron a horadar nuestra firme confianza en que los fenómenos naturales pudiesen ser capturados con un cepo hecho de números, y la atroz complejidad del mundo fuese domada con prístinas ecuaciones y teorías inequívocas. Hilbert y sus seguidores tuvieron que luchar contra una marea creciente a medida que descubrían reinos matemáticos casi imposibles de entender. Múltiples escuelas, con puntos de vista muy distintos –como el «logicismo», el «formalismo» y el «intuicionismo»– intentaron atrapar el corazón de las matemáticas, fuera para incrustarlo de vuelta en un orden clásico o para liberarlo de los grilletes de un modo de pensar anacrónico y anticuado.



Después de jubilarse, en el otoño de 1930, Hilbert dio una clase magistral en Köningsberg, la ciudad donde había nacido poco más de setenta años antes. Se presentó ante la Sociedad de Científicos y Médicos Alemanes y habló extensamente sobre las ciencias naturales, la importancia de las matemáticas en la ciencia y la preponderancia de la lógica en las matemáticas. Afirmó, enfáticamente, que nunca debemos aceptar lo incognoscible, que para la ciencia no hay problemas insolubles, que no existe ningún límite ontológico a nuestro conocimiento, y que nada debería ser considerado, a priori, más allá de nuestro alcance. Lleno de orgullo germánico, Hilbert culminó su sermón a punto de reventar, proclamando a viva voz: «Wir müssen wissen! Wir werden wissen!» «¡Tenemos que saber! ¡Lo sabremos!»


Casi medio siglo después, en 1977, el escritor de ciencia ficción Philip Kindred Dick dio una charla en Metz, una ciudad en el noroeste de Francia.


Todavía se puede encontrar el video en internet: la calidad del audio es terrible, y hay que esforzarse para entender lo que dice, aunque, en realidad, lo que dice apenas tiene sentido alguno. El texto que lee se titula «Si te parece que este mundo es malo, tendrías que ver algunos de los otros», y sus desvaríos nos dan un atroz presagio del extraño futuro que, allá por los años setenta, parecía estar galopando hacia nosotros, uno que hoy habitamos por entero. Dick habla de la tensión entre la alucinación y la realidad que caracteriza toda su obra; considera la posibilidad de que existan líneas de tiempo ortogonales, mundos paralelos que intersectan el flujo lineal del acontecer en noventa grados y que luego se separan y ramifican hasta el infinito; medita sobre el eternalismo y el concepto de «bloque de tiempo» que propuso Einstein, donde todos los instantes son actuales, y donde no hay un pasado en el cual apoyarse ni un futuro que conquistar, solo un presente sin fin, extendido hacia la infinidad; habla de una deidad inmanente, con «mil cuerpos de Dios colgados como si fueran trajes en un closet gigantesco», y nos ruega que consideremos, aunque sea por un instante, todo el cosmos como si fuese una sola entidad consciente. Cuando parece que Dick no puede viajar más lejos en el paisaje paranoico, postula una idea que hoy está a punto de volverse de sentido común, a medida que la realidad muta y toma formas que desafían nuestra credulidad: a saber, que nuestro mundo, esta sólida masa de roca que habitamos, no es verdaderamente real, sino que deberíamos pensar en él como en un simulacro, o una simulación.


Lo que aterra de aquel discurso de Dick no es la idea en sí misma; después de todo, esa noción del mundo como simulacro ha sido popularizada desde entonces por múltiples películas de Hollywood, y muchos de nosotros desperdiciamos una buena parte de nuestros días jugando en mundos sintéticos, haciendo realidad nuestras fantasías más perversas. Lo que nos hace estremecernos al escuchar al mejor escritor de ciencia ficción de finales del siglo XX sentado allí, en lo alto del podio del Festival Internacional de Ciencia Ficción de Metz, es que habla en serio: Dick no bromea (y se lo recuerda varias veces al público, con una expresión levemente malévola en su rostro) cuando dice que nuestro mundo no es real. «La temática de este discurso es algo que ha sido descubierto recientemente, y que puede que no exista en absoluto. Puede que yo esté hablando sobre algo que no existe. Por ende, tengo absoluta libertad para decir todo y nada. (...) En mis historias y novelas suelo escribir sobre mundos falsos. Mundos semirreales, y otros mundos privados, retorcidos y trastornados, habitados por solo una persona. En ningún momento tuve una explicación teórica o consciente para mi fascinación con esta pluralidad de seudomundos, pero ahora creo entender. Lo que yo estaba sintiendo era el abanico de realidades parcialmente materializadas que intersectan la que es, evidentemente, la más actualizada de todas: aquella sobre la cual la mayoría de nosotros está de acuerdo, según consensus gentium.»


Dick se había tropezado con estas y otras ideas luego de sufrir una experiencia que alteró su mente por completo: el 2 de marzo de 1974, abrió la puerta de su casa para recibir un paquete, vio a una mujer que llevaba un collar en forma de pez y en ese momento un destello de luz neón le atravesó el cráneo y le dijo que el Imperio romano no había acabado nunca, que los soldados seguían cazando a los fieles en las calles de la eterna Galilea y que su pequeño hijo sufría de una enfermedad mortal no diagnosticada, lo que luego fue confirmado por un médico. Ese golpe de luz desencadenó una tormenta de información que rugió dentro de su cerebro y lo acompañó hasta el día de su muerte, inspirando sus libros más radicales. Dick pasó ocho años considerando la realidad de una manera que ninguna persona sana podría hacerlo, tratando de entender una experiencia que era claramente incomprensible, porque no podía ajustarse a ningún esquema de pensamiento moderno. Sin embargo, en sus sueños locos, en su maravilloso delirio, él sintió la resaca y el tirón de corrientes subterráneas que han comenzado a despedazar nuestro mundo.



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