martes, 30 de junio de 2026

EL LECTOR DE KAFKA

 





Miralles Contijoch, Frances.



El lector de... Franz Kafka.

Barcelona, Océano Grupo Editorial, 2000


"El lector de Kafka" es un viaje guiado a los escenarios de "El proceso" y "El castillo", con sus sórdidas cancillerías y antes alas. Su lenguaje sencillo y clarificador, junto a los numerosos recuadros explicativos, tiene un único objetivo: acercar al lector la vida y la obra del escritor de Praga de manera concisa y dinámica. En este manual se incluye:


*) Un retrato íntimo del autor y su contexto.
*) Numerosas curiosidades biográficas.
*) La génesis de sus obras y su recepción.
*) Análisis detallado de sus principales narraciones.
*) Cronología de Kafka y su época.



Para (re)leer a Kafka
La Marabunta enero 30, 2017



Por A. Estián

En el terreno literario, los relatos de Kafka figuran entre los más negros, entre los más apegados a un desastre absoluto.


M. Blanchot

Kafka peca contra una vieja regla al producir arte tomando como material único la basura de la realidad.
T. W. Adorno

I

Partiré de una observación preliminar: Kafka no sólo se lee: Kafka se estudia. Pues sólo estudiándolo es posible ingresar, provistos con el fino hilo de Ariadna, al enredado laberinto; pues sólo estudiándolo podremos hallar, sin riesgo a extraviarnos, al fiero, al indomable Minotauro. Mas cuando por fin avizoramos en Kafka al Minotauro, cuando, con la espada de bronce en la mano, nos enfrentamos a la bestia solitaria, ésta no luce, oh desilusión, como la imaginábamos: sus belfos sangrientos no dibujan sino una afable sonrisa serena; el infierno centelleante de sus ojos no manifiesta la agitación de la cólera, sino la dulce pasividad del ensueño; su envergadura colosal no es sino la grácil figura de un sabio artesano de Creta. Sólo en ese momento comprendemos que estudiar, que releer a Kafka, no es sólo el requisito para entrar al intrincado laberinto, sino una de las condiciones para poder interrogar al Minotauro, para establecer un diálogo con él, para entenderlo…

Teseo
Preguntas vanamente. No sé nada de ti: eso da fuerza a mi mano.

Minotauro
¿Cómo podrías golpear? Sin saber a quién, a qué. (Cortázar)





Seré más claro: el Minotauro, es decir, el vasto corpus de la obra kafkiana, es tanto más revelador cuanto más se le somete a interrogatorio. Su naturaleza, en apariencia hostil, confusa o contradictoria, revela la fecundidad de un pensamiento que ha recorrido las madrigueras, las alcantarillas, los sótanos de la azarosa condición humana. Por eso mismo el arte de Franz Kafka requiere de un lector sagaz, de un lector que no se reduzca a la fácil canonización de un escritor que ha trastocado el rumbo no sólo de la literatura del siglo XX, sino de la literatura de todas las épocas, así como de todas las regiones: bástenos recordar el notable trabajo de Borges sobre los precursores de Kafka. El lector perfecto de Kafka —si se puede hablar de un lector perfecto— es aquel que, no conforme con las interpretaciones simplistas o “neuróticas” de su obra, vislumbra en cada frase, en cada párrafo, en cada libro, una transliteración (subjetiva) de un conflicto sociopolítico de la vida cotidiana.[1] ¿No revela el injusto proceso impuesto a Josef K. una circunstancia con la que tenemos que convivir todos los días, es decir, la arbitrariedad, la irracionalidad del sistema de justicia penal en la era del capitalismo empresarial, vale decir, en la era de las terribles sociedades de encierro? ¿No augura el hormiguero burocrático de El Castillo el advenimiento de una burocratización —mecanización— ontológica del individuo en favor de los intereses exclusivamente económicos del Estado (fascista) neoliberal? [2] En uno de sus admirables estudios sobre literatura moderna, Georg Lukács indica que Kafka “desgarra la unidad real del mundo” para presentar su visión subjetiva como la “esencia de la realidad objetiva” (66). En la misma línea de análisis, Elias Canetti señala: “Si reflexionamos con un poco de valor, reconoceremos que nuestro mundo está dominado por el miedo y la indiferencia. Así pues, al expresarse sin miramientos, Kafka ha sido el primero en retratar a este mundo” (87). Desde este punto de vista, resulta necesario, casi imprescindible, desechar toda suerte de hermenéutica que intente mixtificar, teologizar o hipostasiar al conjunto de las narraciones kafkianas. Digámoslo abiertamente: Kafka es un escritor realista; tal vez uno de los escritores más realistas de todos los tiempos.






II

Theodor Adorno propone una regla para comenzar a leer a Kafka: “tomarlo todo literalmente, sin recubrirlo desde arriba con conceptos” (263). Gregor Samsa no se ha convertido metafórica, imaginariamente, en insecto; se ha convertido literal, objetivamente, en insecto. La metamorfosis no es el signo de una enfermedad; es la objetivación de una situación corriente. Si el ser humano es tratado como insecto por la sociedad, por el Estado, por la familia o por la empresa, ¿por qué no habría de convertirse en uno? El hombre, que ha sido explotado, coaccionado o reprimido por las distintas instituciones culturales de la humanidad, aparece en la obra de Kafka bajo la apariencia de su significante zoológico: ora un escarabajo, ora un ratón, ora un simio. Cuando se refiere a las técnicas de composición kafkianas, Roland Barthes hace hincapié en la íntima relación que un hombre singular (Kafka) mantiene con un lenguaje común (el alemán); así pues, la técnica de Kafka es una técnica de significación: “basta con hacer del término metafórico el objeto pleno del relato, remitiendo la subjetividad al dominio alusivo, para que el hombre insultado sea verdaderamente un perro: el hombre tratado como un perro es un perro. 



La técnica de Kafka implica pues, en primer lugar un acuerdo con el mundo, una sumisión al lenguaje usual, pero inmediatamente después una reserva, una duda, un temor ante la letra de los signos propuestos por el mundo” (191). Según Barthes, el arte de Kafka consiste, en esencia, en una subrogación de significantes; Samsa, el significante humano, es trocado (literalmente) por el escarabajo, el significante animal. De este modo, es absurdo hablar de una alegoría, de una metáfora, de una licencia poética. O bien, según Deleuze-Guattari: “Kafka elimina deliberadamente cualquier metáfora, cualquier simbolismo, cualquier significación, así como elimina cualquier designación. La metamorfosis es lo contrario de la metáfora” (37). Posiblemente una observación (aunque un tanto descontextualizada) de Jean-Luc Godard nos facilite la aprehensión del universo del discurso kafkiano: “La imagen de la realidad es la realidad de la imagen”. La imagen, que es el mapeo de un campo determinado de la realidad efectiva, representa al mismo tiempo la realidad efectiva de esa imagen. Kafka —como indica Lukács más arriba— impone su visión subjetiva del mundo como “esencia de la realidad objetiva”. Gregor Samsa (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Pedro el Rojo (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real; Josefina (como imagen subjetiva de un campo determinado de la realidad objetiva) es real. En consecuencia, es necesario abandonar, en cualquier exégesis de Kafka, la noción insostenible de un “subjetivismo fantástico” tan simple como inconsecuente.[3]





III

No me propongo, con lo anterior, establecer un método de lectura definitivo de la obra kafkiana. Después de todo, Kafka es Kafka en su multiplicidad, en su flujo inagotable de contradicciones. ¿Será Kafka —lector de Kierkegaard— un escritor piadoso o será Kafka —lector de Nietzsche— un escritor político? ¿Será lícito trazar una línea de demarcación entre ambas posibilidades? ¿O acaso todas las interpretaciones —existencialistas, materialistas o psicoanalíticas— poseen, como afirma Blanchot, la misma validez, que es la validez del vacío? ¿Acaso no existe una luz, por tenue, por desesperanzada que sea, que señale la línea de escape de la húmeda e insondable madriguera? Probablemente exista, sin embargo. Al abordar los componentes de la expresión kafkiana, Deleuze y Guattari sitúan —no sin justificación— las cartas por encima de las narraciones, pues las epístolas de Kafka, al igual que las páginas de los diarios, configuran la arcilla espiritual de su profusa e inquietante labor literaria. En ellas se encuentra, dolorosa, brutalmente esparcido, el rastro sangriento de las escaramuzas interiores que el autor de Praga, a lo largo de los últimos doce años de su vida, libró contra sí mismo. El proceso, novela en primera estancia inaprehensible gracias a su tratamiento técnico-dramático, se vuelve más clara, más asequible, menos confusa, cuando se verifica el infierno —latente en el epistolario— de la relación que Franz Kafka sostuvo con Felice Bauer a partir de su encuentro en la casa de los Brod el 13 de agosto de 1912. 



Elias Canetti ha recuperado admirablemente la conexión prevaleciente entre la intriga de El proceso y el otro “enjuiciamiento”, es decir, el compromiso nupcial con Felice Bauer, en el que tanto la berlinesa como los parientes más cercanos de su familia fungieron como los miembros del aciago “tribunal”. Se sabe que la relación con Felice culminó de manera desastrosa; no sorprende, por tanto, que el Tribunal dictamine a Josef K. una sentencia asaz desfavorable. A través del análisis de Canetti es posible darse cuenta, no obstante, de un hecho cardinal: que la literatura de Kafka está casi siempre referida, consciente o inconscientemente, a una determinada realidad sociopolítica, a un determinado entorno familiar. En este sentido, la pugna contra el padre se traduce, en la maravillosa pluma de Kafka, en narraciones como La condena, Un fogonero o La metamorfosis; su condición de artista (que por lo demás Kafka siempre contempló con reticencia) remite a relatos como “Un artista del hambre“ o “Un artista del trapecio“; El Castillo —¿hace falta acentuarlo?— está directamente emparentado con su empleo burocrático en la compañía de seguros aunque, no está de más decirlo, Maurice Blanchot ha querido entrever en el argumento de la novela rasgos de su breve pero vertiginoso amorío con Milena Jesenska (202-222). 



¿Leer a Kafka desde Kafka o leer a Kafka desde otras disciplinas? No es sencillo decantarse por un solo camino. Lo que debe quedar claro, sin embargo, es nuestra inquina hacia las lecturas piadosas, hacia las interpretaciones que quieran, a fuerza de arbitrariedad, hacer de Kafka un profeta de la ilusoria Divinidad supraterrena. ¿No era Kafka, después de todo, admirador de Gustave Flaubert, suspicaz preceptor suspicaz de los naturalistas?[4]



IV

¿Por qué no admitir el supuesto carácter mítico, el supuesto carácter religioso de la literatura kafkiana? Porque hacerlo sería negar a Kafka; sería colocarlo junto a los escritores dogmáticos, situarlo en el escaparate de los escritores burgueses. Sería admitir que la literatura de Kafka es un refugio, una evasión, una ruta de escape. Sería entregar una de las obras más sensibles (pero al mismo tiempo más brutales) de la literatura universal al “más allá” del mito hebraico: al mundo de las entidades etéreas, al paraíso de las ilusiones estériles. Sería recusar, transgredir, devastar la concepción foucaultiana de la literatura: “Más que cualquier otra forma de lenguaje, la literatura sigue siendo el discurso de la «infamia», a ella le corresponde decir lo más indecible, lo peor, lo más secreto, lo más intolerable, lo desvergonzado” (406). Kafka no es ningún poeta lírico; Kafka no acaricia, no seduce a la realidad. Aun por el contrario: la desgarra; la descompone en sus detalles más ínfimos para presentarla en su desnudez más vergonzosa, en su condición más vulnerable, en los delirios agonizantes de su enfermedad. «Por eso resulta tan burdo, tan grotesco, oponer la vida y la escritura en Kafka; suponer que se refugia en la literatura por carencia, por debilidad, impotencia frente al vida. Un rizoma, una madriguera, sí; pero no una torre de marfil. Una línea de fuga, sí, pero de ninguna manera un refugio” (Deleuze y Guattari 63). 



Como amanuense de la infame realidad, como antipoeta del desastre, Kafka quebranta cada una de las normas de la creación artística burguesa: el embellecimiento, el recubrimiento obstinado de las pestilentes inmundicias de la humanidad; la afirmación de un mundo que no corresponde a este mundo, de un mundo en el que tanto la felicidad como la libertad son asequibles por medio del trabajo asalariado, de la sumisión deliberada, de la alienación contumaz del individuo; la glorificación de l’art pour l’art, el desprendimiento del artista de la praxis política, el desinterés por los mecanismos de control que asedian la verdadera autonomía del ser humano. Ni decadente, ni depresivo, ni simbolista, ni fantasioso, Kafka pertenece a la nómina de los rebeldes que no soportan, que no toleran los estragos de la autoridad, los excesos del poder, la heteronomía que degrada a cada instante al individuo. ¿Un sollozo o una denuncia? ¿Un triste lamento en la oscuridad o un grito para desafiar al opresor, para despertar de nuestra negligente somnolencia? ¿Cómo leer, pues, a Kafka? Como un apóstata, como un inconforme, como un incendiario. En otras palabras, como un subversivo que se rebeló contra el sistema de dominación, contra los objetivos socialmente establecidos, haciendo, pese a cualquier circunstancia, lo que él más amaba: escribiendo.







Notas

[1] “Llamamos interpretación inferior, o neurótica, a toda lectura que convierta al genio en angustia, en trágico, en ‘problema individual’. Por ejemplo, Nietzsche, Kafka, Beckett, no importa quién: aquellos que no los lean con muchas risas involuntarias y con escalofríos políticos lo deforman todo” (Deleuze y Guattari 65).

[2] En el estudio que dedica al Mal en la literatura, George Bataille ha advertido el carácter profundamente escéptico de la narrativa kafkiana. Desde su perspectiva, Kafka no sólo pone en tela de juicio a la sociedad capitalista, sino a toda formación social que pretenda imponer su “razón” y su “justicia” como fuentes de “verdad” inobjetables.

[3] Dice Roger Garaudy: “Una idea, por más abstracta que sea, no tiene sentido ni valor sino por referencia a lo real: si no revela ningún vínculo interno de la realidad, si no tiene relación alguna con la realidad, no es propiamente una idea” (“Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista).


[4] “A la vida terrena no puede seguir un Más Allá, porque el Más Allá es eterno, de manera que no puede estar en contacto temporal con la vida terrena” (Cuadernos en octava). Borges ha señalado un hecho curioso al respecto: “[Kafka] Era judío, pero la palabra judío no figura, que yo recuerde, en su obra”.







Bibliografía

Adorno, T. W. “Apuntes sobre Kafka”. En Prismas. Ediciones Ariel: Barcelona, 1962.

Barthes, Roland. “La respuesta de Kafka”. En Ensayos críticos. Seix Barral: Buenos Aires, 2002.

Blanchot, Maurice. “El fracaso de Milena”. En De Kafka a Kafka. FCE: México, 1991.

Canetti, Elias. El otro proceso de Kafka. Muchnik Editores: Barcelona, 1981.

Cortázar, Julio. Los Reyes.

Deleuze, Gilles y Felix Guattari. Kafka. Por una literatura menor. Ediciones Era: México, 1978.

Foucault, Michel. “La vida de los hombres infames”. En Estrategias de poder. Paidós: Barcelona, 1999.

Garaudy, Roger. “Materialismo filosófico y realismo artístico”. Conferencia ofrecida en París en la Tercera Semana del Pensamiento Marxista, 1964.

Lukács, Georg. “¿Franz Kafka o Thomas Mann?”. En Significación actual del realismo crítico. Ediciones Era: México, 1984.








EL LECTOR DE KAFKA
Marco Antonio de la Parra
https://www.academia.edu/91070578/El_lector_de_Kafka


Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Ilumina- Leer a Kafka



Leer a Kafka por Enrique Lihn ( En la revsita del diario Granma, La Habana, 3 de junio de 1967) I Leer a Kafka es someterse a una de las experiencias más extraordinarias, por su intensidad y por su complejidad, que nos pueda proporcionar la literatura moderna; y no porque se trate de un autor que se haya propuesto envolver la realidad en el misterio, mistificándola, sino justamente porque penetra en ella tan profundamente, de tal modo que "hay pocos escritores -escribe Georg Luckács- que hayan podido plasmar con tanta fuerza como él, la originalidad y la elementabilidad de la concepción y representación de este mundo, y el asombro ante lo que jamás ha sido todavía". La sinceridad es de todas las cualidades kafkianas la que, paradójicamente, se relaciona más estrechamente con la dificultad que debe vencer el lector para familiarizarse con el carácter difícil, "anormal" del genial escritor, pero los especialistas de la misma tampoco se han distinguido siempre- como lo ha puesto de relieve Roger Garaudy en De un realismo sin riberas, colección Arte y Sociedad, UNEAC- por la corrección de sus interpretaciones de áquella, en general unilaterales. Un amigo personal de Kafka, Max Brodt, pudo equivocarse -Ernst Fischer insiste en ello-, al presentar erróneamente el mundo de Kafka "como una especie de cábala, un registro misterioso de experiencia e iluminación religiosas". Ha sido necesario comprender que el judaísmo de Kafka nada tiene que ver con la religión judía o con la fe en un sistema cualquiera de creencias, y que es justamente "la búsqueda de una verdad que no se encuentra en ninguna parte" -La de la ley en El proceso- la que movió a Kafka a asumir, como él mismo lo dice, la negatividad de su época a la que no se sentía con derecho a combatir pero a la que representó poniendo en evidencia su decrepitud. "Con el mundo, contra el mundo, por el mundo", así entendió su misión de escritor. "Kafka -explica Garaudy- se agota en una interminable lucha contra la alienación dentro de la alienación misma"; por la ley dentro de un mundo absurdo que en El proceso aparece regido por un tribunal que ignora la ley; por la humanidad dentro de un mundo deshumanizado como al que Kafka le tocó vivir, en que "el capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma". Un mundo en que "un solo verdugo puede reemplazar a todo el tribunal" como ocurrió en la Alemania nazi de la que, como se ha repetido, Kafka presentó una imagen anticipada en su obra. 



El lector cubano de El proceso dispone de varios de los textos esclarecedores con que la crítica literaria marxista ha situado, en estos últimos años, la obra de Kafka, rescatándola del "sociologismo y esquematismo vulgares" en que la hundieron los teóricos de un realismo -socialista mal entendido. Este público puede consultar las obras de Roger Garaudy, Ernst Fischer y del profesor alemán Helmut Richter, del que trae la edición cubana de El proceso un magnífico ensayo. Todos ellos participaron en el "Encuentro de Franz Kafka" celebrado en Liblice, una reunión de los especialistas de Kafka procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria (Fischer) y Francia (Garaudy) en 1963. La conclusión a que se llegó en esa oportunidad puede expresarse así: Kafka no fue ni un revolucionario ni un autor de vanguardia decadente, nihilista, tesis ésta que expuso en el encuentro el profesor Luckács, para el cual sólo cuenta "la conciencia de la totalidad de la sociedad en su dinamismo, en su orientación y en sus etapas más importantes" como aporte positivo de un escritor a la transformación del mundo. La actitud general fue en cambio no sólo la de celebrar la indisputable genialidad del autor de El proceso, sino la de presentar la obra de Kafka -como lo hace Richter- bajo la especie de "un testimonio desesperado de la absoluta deshumanización del mundo histórico que le tocó vivir". II ( En la revista Bohemia, La Habana, año 59, número 31, 1967) El Instituto del Libro, con la reciente publicación de El proceso, propone al lector cubano una tarea especial: la lectura de Kafka a través de una de sus obras más fascinantes y enigmáticas; o simplemente absurdas, desde el punto de vista de un lector desprevenido. 



Tarea que se le propone al pueblo -de ahí su novedad- pues si bien Kafka es, desde hace largo tiempo, uno de "los grandes soñadores de la literatura mundial", hubo un periódo en que la crítica seudomarxista lo consideró un autor decadente; y en Latinoamérica, contra ese prejuicio superado, Cuba es, obviamente, el primer país que intenta socializar su lectura. La edición de El proceso trae la ficha bibliográfica de Kafka y una reseña de los acontecimientos más importantes de la época que le tocó vivir; un prólogo de Adolfo Sánchez Vázquez y, en el anexo, un ensayo del profesor alemán Helmut Richter, uno de los teóricos de la literatura que más y mejor han contribuido a la valorización justa de Kafka desde el punto de vista marxista y -a su divulgación en los países socialistas-. Se recomienda a los lectores que se interesen más profundamente en el caso kafkiano dos libros editados en Cuba: De un realismo sin riberas, de Roger Garaudy -ediciones Arte y Sociedad- y en la misma colección La necesidad de arte de Ernst Fischer. Este, Richter y Garudy participaron como congresales u observadores en un coloquio consagrado a Kafka por los especialistas marxistas de este escritor, procedentes de los países socialistas y de los partidos comunistas de Austria y Francia, el año 1963 en Checoslovaquia. Para un primer contacto con la obra de Kafka, el siguiente dato es particularmente importante: Franz Kafka es un escritor judío de lengua alemana nacido en Praga en 1883, bajo la monarquía austro-húngara de los Hamburgo. Su situación de judío -explica Garaudy- de idioma alemán, viviendo en un país hecho bajo la dominación austro-húngara exasperó en él el sentimiento de soledad y de desarraigo. El antisemitismo se desencadenaría bestialmente poco después de la muerte de Kafka ocurrida en la Alemania nazi; pero el escritor pudo presentir su cabal desarrollo en el clima de exaltación chovinista y racista, pangermanista, que lo impregnaba todo en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y sentir el peligro que significaba para la comundad judía de Praga la decadencia del liberalismo. 




Pero el judaísmo kafkiano subjetivizado, llevado hasta su máxima complejidad, es una de las claves que permite explcarse en gran medida varias de las características de la vida y la obra del autor de El proceso. "¿Qué tengo de común con los judíos? -se preguntaba. Apenas tengo nada en común conmigo mismo; debería ocultarme, contento de poder respirar". Pero a la vez son reiteradas las referencias que hace a la necesidad de explicar sus rasgos individuales y su carácter literario por su condición judía, y la caracterización que hace de "la situación de inseguridad de los judíos, a los que sólo se les permite poseer lo que aferran en la mano o entre los dientes" es idéntica a la que hiciera de sí mismo, con el agravante de que es el suyo un caso de aislamiento dentro del aislamiento, pues se segregó espiritualemnte de su comunidad desde el punto de vista de la religión en la que no creía y desde el punto de vista de su antipatía por el capitalismo en cuya órbita giraba esa comunidad. La falta de relación con la vida y el anhelo de reconciliarse con ella integrándose a un mundo que imaginaba a semejanza de la vieja patria perdida del judaísmo y rechazo de la sociedad en una época en que "el capitalismo era un estado del mundo y un estado del alma", son motivaciones kafkianas que se encuentran en la base de su fantástica vida interior. Como Kafka, el señor K (K. de Kafka) busca una verdad -el Tribunal Supremo- que no se encuentra en parte alguna. Y si Kafka se sentía incapaz de combatir al mundo para cambiarlo, asumiendo, en cambio, "poderosamente la negatividad de mi tiempo" (Kafka inicia El proceso en 1914, en la atmósfera de crimen ritual -escribía Rosa de Luxemburgo- en el que el agente de policía, en la calle es el único representante de la dignidad humana) el señor K, por su parte, es la encarnación de la impotencia misma del individuo ante un tribunal cuyas leyes nadie conoce, ni los acusados ni los funcionaros de la "justicia", tribunal que lo condena a muerte por un delito igualmente miserioso o deconocido. El proceso puede parecer absurdo, pero es que se trata justamente de presentar lo absurdo y de un mundo desprovisto de leyes y a la vez centrado en un tribunal abominable que puede ser reemplazado -como observa K- por un solo verdugo. ¿No ocurriría otro tanto con las víctimas de la "legalidad imperialista?". "En un mundo en que la ley ha dejado de ser algo viviente -explica Richter-, el tribunal sólo puede aparecer terriblemente deformado". 



En ese mundo -y son numerosas las ocasiones en que el escritor judío que no parece haber sido afectado, en lo inmediato, por la guerra, prefigura el carácter perverso, irracional del "nuevo orden germánico" y la suerte que correrían ulteriormente sus hermanos de raza -"los inocentes -observa K- se ven deshonrados ante asambleas enteras en vez de ser interrogados normalmente. Sus pertenencias les son arrancadas y conservadas en depósitos en los cuales se coloca lo que pertenece a los acusados" y "donde la propiedad penosamente amasada se pudre sin fruto mientras espera a que la roben funcionarios criminales". Las correspondencias entre el mundo subjetivo, irreal, fantástico de Kafka y la realidad histórica objetiva de su época son tantas que bien puede decir Garaudy: "El mundo de Kafka, el mundo que lo rodea y su mundo interior son el origen de las cosas sino en una situación social determinada. En este sentido, El proceso es, por ejemlo, un cuadro expresionista, minuciosamente objetivo, de la alienación burocrática". "A fuerza de pasar día y noche -así presenta K a los funcionarios de la justicia- sumidos en sus reflexiones, terminaban por perder el sentido exacto de las relaciones humanas y se notaba la falta de esos sentidos en los casos a que nos referimos". Pasajes como éste han sido empleados correctamente para ilustrar la antipatía de Kafka por el capitalismo y la teoría marxista de la deshumanización y cosificación del hombre en un mundo en que, para decirlo con palabras que Kafka emplea para describir, en su diario, una empresa capitalista. "Sólo el odio mutuo logra el equilibrio, y concede perfección a la empresa". 



Pero el esencialismo kafkiano (análogo al intento paralelo que hacía el objetivismo abstracto en pintura) supone lo que llama Richter "la errónea tesis de que el esfuerzo humano es totalmente inútil". "Kafka -explica Fischer- no creía fundamentalmente en el progreso sino en la eterna repetición de las mismas cosas". Una concepción estática de la historia, ahistoricismo o suprahistoricismo, más bien, antidialécticos. Distanciamiento del individuo respecto de la sociedad, del que Kafka era consciente como un médico puede serlo de su enfermedad, "... mi miedo, por otra parte, aumenta constantemente, porque significa un alejarse del mundo, por lo tanto un recrudecimiento de su presión, y por lo tanto un recrudecimiento del miedo". Palabras como éstas son las que parece tener inmediatamente presente el profesor Georg Luckács cuando afirma que Kafka "es la figura clásica de esta actitud inerte de miedo pánico y ciego a la realidad". Sólo que el proceso que le sigue Luckács a Kafka no tuvo éxito en el encuentro de Praga cuyo espíritu fue -así se lo definió en la sesión inaugural- el de honrar en Kafka al hombre que en el caos luchaba por la grandeza del hombre, por la ley verdadera de la vida. Kafka asumió el caos en la nostalgia indecible de un orden humano, nunca demasiado humano. en El circo en llamas: una crítica de la vida. Enrique Lihn edición de Germán Marín. Santiago. Lom, 1997.







 BIBLIOGRAFÍA 

Benjamín, Walter. “Dos Iluminaciones sobre Kafka”. En Imaginación y Sociedad (Iluminaciones (I). Traducción de Jesús Aguirre. Madrid. Taurus Humanidades. 1991. 


Brod, Max. Kafka. Traducción de Carlos F. Grieben. Buenos Aires: Emecé Editores S.A., 1951. 


Canetti, Elías. El Otro Proceso de Kafka. Traducción de Michael Faber-Kaiser y Mario Muchnik. Barcelona: Muchnik Editores de Idiomas Vivientes S.A., 1976. 


De la Parra, Marco Antonio. “El Cuerpo de Kafka”. Revista Informativa, Biblioteca Nacional, Santiago de Chile, marzo de 1984.

 

Kafka, Franz. Obras Completas. Dos tomos. Edición de Carlos Pujol. Barcelona: Editorial Planeta, 1972 y 1976. ––––––– 


Obras Completas. Volumen I: Novelas. Traducción de Miguel Sáenz. Edición dirigida por Jordi Llovet. Barcelona: Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores, 1999. 


Millot, Catherine. La Vocación del Escritor. Traducción de Juan Carlos Martelli y Luz Freire. Buenos Aires: Ed. Ariel, 1993. 


Steiner, George. “K” (1963). Incluido en Lenguaje y Silencio. Traducción de Miguel Ultorio. Barcelona: Editorial Gedisa, 1994.


 ––––––– “Notas sobre ‘El Proceso’ de Kafka”. Incluido en Pasión Intacta (Ensayos 1978- 1995) Traducción de Menchu Gutiérrez y Encarna Castejón. Madrid: Ed. Siruela, 1997. 


Wagenbach, Klaus. Kafka. Traducción de Federico Latorre. Madrid: Alianza Editorial, 1981. 1951. 

“Todos los viejos y malos alimentos picantes”

Franz Kafka es amado por las jóvenes literarias tristes que prefieren los libros a los misóginos y los compañeros de gimnasio. Si tan solo supieran.

Para un hombre muerto de 6'1", y 125 libras, Franz Kafka conserva un estrangulamiento romántico indeleble sobre cierto tipo de persona. En noviembre de 2022, por ejemplo, una usuaria de TikTok de 25 años con 20.000 seguidores llamada Margarita, que también es objeto de una matizada 2024 New York Times pedazo por Amanda Hess (y un uno un poco menos matizado desde Correo diario) — publicado un corto memes de vídeo de su hermoso rostro con una superposición de texto, como es común en nuestra mayor forma de arte contemporáneo.1 leyó:

Estás aquí emocionado porque un hombre apestoso, feo y sin educación te envió un mensaje de texto cuando Kafka le escribió a Milena: "No puedo tener suficiente de ti en mis manos".[.]2

El hombre de la vida real detrás de romances épicos como “El Juicio” y El juicio— el primero, donde un joven salta de un puente, posiblemente para evitar casarse; el segundo, que contiene un episodio en el que el atractivo de un amante reside en un fetiche sindactilia — parece haberse unido a las filas de Pedro Pascal, Idris Elba u Oscar Isaac, como lo que los terminales en línea llaman un “novio de internet.” Esta presunción aparentemente está pasando de moda, pero antes de la sentencia de muerte del novio de Internet, algunos académicos muy inteligentes nos hicieron el trabajo de publicar investigaciones sobre él: por ejemplo, la teórica de los medios Francesca Sobande lo define como un hombre de “alto perfil” que es “una fuente de deseo—ampliamente definido—que se expresa ampliamente en línea, incluso en las redes sociales y plataformas de intercambio de contenidos [...] así como en artículos y productos producidos por organizaciones de medios” (4).3

Tener en mente, novio de internet no es lo mismo que novio en linea, que es una pareja romántica, real o fraudulenta, a quien alguien ha “conocido” y luego se ha enamorado exclusivamente en el ciberespacio; un romance epistolar para la actualidad, que evoca lo que el estudioso Hito Steyerl ha llamado “la combinación de comunicación (casi) en tiempo real y ausencia física”, que “crea algo que podríamos llamar ausencia.” Sentido aquí evoca sensual en lugar de tener sentido, es decir:

el aspecto sensual de una ausencia, que se presenta en tiempo (casi) real. Una ausencia viva y vivaz, para la que la falta de cuerpo físico no es una casualidad desafortunada, sino necesaria..4

Entonces, si bien la relación con un en línea (o epistolar) el novio es ostensiblemente bidireccional (el tema de Steyerl, la pesca con gato, es un tema para otro día), un novio de internet es una figura pública con seguidores fervientes pero estrictamente parasociales. La “persona” de la que este fandom se ha “enamorado” es una persona, deliberadamente incompleta para proteger un mínimo de su vida privada..

Sin embargo, encuentro que en Kafka los dos tipos de “novio” están tan estrechamente relacionados que son indistinguibles. Persona Franz Kafka el novio de internet, una aparición de su fandom en línea y los romances epistolares que constituyeron la mayoría de las asociaciones de la vida real del hombre real Franz Kafka, tienen sorprendentes similitudes. Lo más revelador es que comparten la unilateralidad nacida de una interpretación deliberadamente incompleta, algo que se espera en el entorno de las celebridades o del fandom, pero que entre dos seres humanos que, por ejemplo, están comprometidos para casarse, lo es mucho menos. Además, esta unilateralidad oscurece los rasgos menos atractivos de Kafka en la vida real, muchos de los cuales lo ubicarían sólidamente en las filas de los misóginos en línea contemporáneos de la “manosfera” y sus equivalentes en la vida real, para cuyas travesuras las mujeres jóvenes de hoy (o al menos en el intelectual libresco TikTok) tienen poca paciencia..

El 24 de junio de 1920, al solicitar más de su trabajo, Kafka incluyó la siguiente frase en una de las cientos de cartas a Milena Jesenská Pollack, una célebre traductora del alemán al checo que también estaba casada con uno de sus conocidos.:

Por favor envíame la traducción, no puedo tener suficiente de ti en mis manos..5

Otro favorito del fandom online también proviene de una carta a Jesenská, esta vez del 15 de junio de 1920, una vez más. presentado en un texto superpuesto otra cara joven, bella y estudiosa, la usuaria Lisle von Rhoman (30.000 seguidores) en 2023:

Cuando envía un mensaje de texto con “xx”, pero Kafka literalmente firma sus cartas con

“Tuyo, ahora incluso estoy perdiendo mi nombre; cada vez se hacía más corto y ahora es: Tuyo.”6

Estos pasajes son aparentemente una prueba positiva de la supuesta superioridad romántica de Kafka sobre la falange actual de “hijos varones” y “polvorientos”, alucinantes, con píldoras rojas y aturdidos por la testosterona. “looksmaxxers” y sin camisa “hermanos de gimnasio” que presumen de comidas deliberadamente blandas (las llaman “disciplinadas”) de pollo cocido fláccido y arroz blanco coagulado. Sin embargo, más experimentado (bien, más viejo) Los lectores de Kafka como yo nos sentimos tentados a recordarle a la generación TikTok que, en primer lugar, las mujeres con las que Kafka estuvo involucrado mantuvieron su letras para siempre, y se deshizo de los suyos, lo cual en sí mismo no es sólo un movimiento “polvoriento”, sino también un poderoso recordatorio de que el novio perfecto es el imaginario. Esto es doblemente cierto si se supone que el novio imaginario es real: solo pregúntale. Felice Bauer.

Y no sin relación con ello, Kafka también mantuvo una dieta deliberadamente blanda y un régimen de ejercicios que moldeaba su identidad, de acuerdo con las modas de salud de su época. No, no deambulaba entre pectorales semidesnudos y sobredesarrollados que temblaban al viento mientras se volvía analfabeto sobre gordo personas y hembras, pero sí completó religiosamente “10 minutos de calistenia desnudo junto a la ventana abierta,”7 antes de masticar un bocado de su tortilla simple y sin condimentos, una porción muy grande número de veces, regado, por supuesto, con—suspiro—agrio leche sin pasteurizar.

Como muchas personas con trastornos alimentarios, Kafka también abrigaba fantasías escabrosas sobre las implicaciones morales de disfrutar de la propia comida, pintando, por ejemplo, este cuadro orgiástico en una entrada de su diario de octubre de 1911:

Este anhelo que casi siempre tengo, una vez que siento que mi estómago está sano, es acumular en mí fantasías de correr riesgos terribles con la comida. Este anhelo lo satisfago especialmente frente a los ahumaderos. Si veo una salchicha etiquetada como Hauswurst vieja y dura, la muerdo en mi imaginación con todos los dientes y la trago rápida, regularmente y sin prestar atención, como una máquina. La desesperación que este acto incluso en la imaginación tiene como resultado inmediato aumenta mi prisa. Me meto en la boca las largas cortezas de la carne de costilla sin morder y luego las saco de nuevo por detrás, desgarrando mi estómago y mis intestinos. Como tiendas de comestibles sucias y completamente vacías. Llenarme de arenques, encurtidos y todos esos viejos y malos alimentos picantes. Me vierten caramelos como granizo desde sus tarros de hojalata. De esta manera disfruto no sólo de mi condición de salud, sino también de un sufrimiento que es sin dolor y puede pasar inmediatamente..8

Aquí comer por placer es “malo” y “terrible”, insalubre y sucio, inhumano, animal y maquinal. El consumo imaginado aquí, también plagado del tipo de autocastigo que Kafka dice disfrutar, es brutalmente sensual, corporalmente desquiciado, vergonzosamente poco cerebral y, por lo tanto, indisciplinado y moralmente inferior. También está más que un poco sexualizado. (Tenga en cuenta todo eso de empujar hacia adentro y hacia afuera.)

Éstas sólo pueden ser las tentaciones internas más profundas de Kafka, dado lo mucho que traicionan los ideales ascéticos de un hombre que, al final, además de ser incapaz de comer por placer para no sucumbir a una bacanal a medio digerir, tampoco puede completar el acto matrimonial porque implicaría un verdadero banquete del tipo preciso de abandono físico hasta ahora reservado para las trabajadoras sexuales degradadas. (En ficción, ver: la niña “arruinada” en el edificio del pintor de El juicio o Olga de El Castillo; véanse también las muchas damas reales de la noche que proporcionaron a Kafka la liberación sexual que parecía necesitar a pesar de sí mismo.) Hay un argumento, con mérito, de que la singular habilidad literaria de Kafka compensa con qué precisión su subtexto se hace eco de los desvaríos exactos de los abiertamente misóginos compañeros de gimnasio de hoy. O simplemente debe cambiar su perspectiva: su habilidad literaria simplemente muestra el tipo preciso de vulnerabilidad armada que le permitió a Kafka salirse con la suya en gran parte de lo que hizo..

Para el Kafka con el que parece obsesionado cierto nicho de TikTok es el que le escribe a Milena: “el amor es que tú eres el cuchillo con el que excavo dentro de mí”, ¡lo cual ya no es gran cosa! Sin embargo, el Kafka interior es peor, porque es el Kafka que, en el apogeo de su romance con Milena en 1921, confía en su diario.:

No envidio a un matrimonio concreto, sólo envidio a todos los matrimonios, aunque envidio sólo a un matrimonio, en realidad envidio la felicidad conyugal en su conjunto en su infinita variedad[;] en la felicidad de un solo matrimonio, incluso en el caso más favorable, probablemente me desesperaría.9

El primero de ellos es el amor como destrucción en un sentido sexy e imaginario; el otro es el amor como destrucción en el sentido banal y de la vida real. Como el Kafka medio imaginario que él mismo creó mediante lo que Wolf Kittler llama relaciones textuales (o correspondencia), que su yo físico nunca pudo igualar, el novio de Internet Kafka mantiene su atractivo precisamente porque de su incompletitud.10 Si bien esta es ciertamente una situación apropiada para el autor de “Sobre parábolas”: en la página, gana la idea de un romance condenado al fracaso; en la vida real, todos perdemos, en cualquier cosa que constituya la “vida real” reconstruida por primera vez por Koch et al. y luego (para los anglófonos) en la luminosa traducción de 2023 de Ross Benjamin, encontramos un boceto decididamente más complejo y menos romántico..11 Es un captador de palabras a partes iguales cuyas oraciones crean una cortina de humo tan efectiva que ya se ha ido cuando nos damos cuenta de que en realidad no han dicho nada y, sí, el "hermano de gimnasio polvoriento y varón" del siglo XX, que equipara disfrutar de la comida con degeneración moral, no muy diferente a los dingdongs sin camisa que las autoproclamadas novias de TikTok de Kafka aborrecen..

Pero no le digas esto a la ya mencionada TikToker Margarita, quien superpuso el extracto “en mis manos” de las cartas a Jesenská, y subtituló ese video de la siguiente manera: “Si el chico que te gusta no te ADORA, entonces no pierdas el tiempo [emoji de llanto]” (@aquariuscat444, 10/2022). Uno podría discutir si esa misiva cuenta como adoración en términos generales, pero estaríamos echando de menos al proverbial gato detrás del escenario, el propio Kafka, que escribió en su pequeño y tosco diario unos meses más tarde, en diciembre de 2015. 1921:

Después de cuatro visitas M. se fue, mañana se marcha. 4 días más tranquilos dentro de los atormentados. Un largo camino desde no estar triste por su partida, no estar realmente triste, hasta estar infinitamente triste por su partida. Es cierto que la tristeza no es lo peor12

O, apenas un mes después, en enero de 1922:

¿Qué has hecho con el don del sexo? Ha fracasado, se dirá finalmente, eso será todo..13

O aquí, del diario de Kafka de 1922, cuando su romance con Milena comenzó a cuajarse.:

La única mujer adecuada para él es la sucia, vieja y completa desconocida con los muslos arrugados, que en un instante extrae su semen, se guarda el dinero en el bolsillo y se apresura a ir a la habitación contigua, donde ya la espera otro huésped..14

O aquí (de la misma época), sólo para explicarlo de la forma más sutil posible.:

Cuando era niño yo era (y habría seguido siéndolo durante mucho tiempo si no me hubieran obligado a dedicarme a cosas sexuales) tan inocente y desinteresado con respecto a las cuestiones sexuales como lo soy hoy con respecto a, digamos, la teoría de la relatividad. Sólo me llamaron la atención detalles insignificantes (pero sólo después de instrucciones precisas), como el hecho de que las mismas mujeres que en la calle me parecían las más bellas y mejor vestidas, se suponía que eran malas..15

Nuevamente vemos un regreso a Kafka luchando contra un desinterés físico autoidentificado, también conocido como disciplina, junto con la deshumanización de las mujeres abiertamente sexuales. Si los jóvenes en el fin de siglo había conocido el término recuento de cuerpos, aludiendo a asesinato pero refiriéndose a parejas sexuales anteriores, no me sorprendería encontrar ese término en las páginas de estos diarios. De hecho, ya está ahí, justo debajo de las palabras, donde residen todas las mejores (y con esto quiero decir las peores) cosas de Kafka. Kafka estaba lejos de ser célibe y, por lo tanto, tampoco era un "incel" per se, pero como la mayoría de sus compañeros, sus puntos de vista sobre lo que convertía y no convertía a una mujer en material de esposa no eran nada que superponerse a un sexy TikTok del rostro de una hermosa joven..

Estas jóvenes, por supuesto, saben que el Kafka que realmente escribió las cartas que tienen en sus manos no es “real”: ya no está vivo; no los reconocería si lo fuera; sería insufrible si fuera un hombre real que buscara su favor; de hecho, los haría fantasmas en favor de sus saltos desnudos y su repollo sin condimentar; y, al final, contenía multitud de dudas egocéntricas que volvían todas al mismo lugar: su total incompatibilidad con el matrimonio. Esto es, por supuesto, una característica y no un error del novio de Internet. y el epistolar, que en el caso de Kafka son un diagrama de Venn en forma de círculo: enamorarse de las palabras de la página, o más bien de la emoción que esas palabras evocan, es el punto. El seguimiento en el mundo físico no es parte de nada de esto.!

La idea de amar a una amante inventada o intencionalmente incompleta es más antigua que la palabra escrita, así que eso no es lo que me preocupa de Kafka como novio en Internet. Es profundamente improbable que la revelación del Kafka “real”, sea quien sea, cambie de opinión en este medio, y el atractivo sexual de Kafka como persona (así como las cargas sexuales en sus escritos) ha sido bien documentado en la teoría literaria, posiblemente de manera más memorable cuando Stanley Corngold escribió en 2007 que “para Kafka, cuando las cosas iban bien, escribir era jodidamente bueno”..”16 La idea aquí es que, si bien Kafka era posiblemente heteroromántico y evidentemente heterosexual, la escritura era su única consumación real, lo que en gran medida “excluía y regulaba el sexo heterosexual” y le impedía ser un cónyuge adecuado, ya que impediría su “trabajo nocturno”..”17

“No toda la sexualidad de Kafka fue sublimada en la literatura”, sostiene Corngold, “pero gran parte sí lo fue”. Escribir, para Kafka, era “una sublimación de segundo orden de la pulsión sexual que sustituye el cuerpo del otro por la palabra, la letra, el cuerpo de la letra”..”18 Pero ¿qué pasa con el audiencia de esta relación? Por muy famoso que sea Kafka por exigir que su ficción sea destruida después de su muerte, la mayor parte de su corpus escrito tiene la forma de epístola: escribir (“follar”) con un compañero, por así decirlo. Incluso me atrevería a afirmar que no es coincidencia que, si bien las cartas de Kafka a las mujeres suelen recibir la mayor atención, la gran mayoría de su correspondencia más ferviente fue con otros hombres. ver por ejemplo, esta carta expresando celos porque Max Brod tuvo una experiencia importante con otro hombre sin él (sAlerta de poiler: era Stefan George!); o esto uno a Oskar Pollak donde describe un acto de correspondencia que de otro modo sería banal utilizando el lenguaje ponderado de “pecado”, y estos son solo dos de los ejemplos más recientes que componen el vasto proyecto de traducción para el cual Ross Benjamin y Seth Rogoff han creado la misma publicación que estás leyendo ahora mismo. Hay cientos de ejemplos como este. No muy diferente de los muy jóvenes entusiastas de las tablas de cortar que se refieren a cualquier cosa que no sea pollo o bistec suave como "veneno", también conocido como el normalizado ortoréxicos a quien la última generación de admiradoras de Kafka comprensiblemente rechaza, Kafka en realidad presenta no sólo como un colega ortoréxico, sino también (¡y no sin relación!) lo que el discurso denomina “heterosexual pero homoromántico”. Así como las travesuras de los compañeros de gimnasio y de los looksmaxxers, a pesar de la heterosexualidad profesada, están enteramente al servicio de ganarse la admiración y la aprobación de otros hombres, así lo estaban tanto la sustancia como la audiencia del arte de Kafka, ¡a pesar de las cartas a las mujeres! Seguramente Kafka no llegaría tan lejos como para calificar el disfrutar de una conversación con el cónyuge como para ser “homosexuales,” a la manera de recientemente reencarcelado La celebridad de Manosphere, Andrew Tate, pero sin embargo prefería con diferencia el correspondencia de sus compatriotas varones.

A primera vista, ver a Franz Kafka como el hombre ideal “confiable, pero pícaro” en el universo TikTok de mediados de la década de 2020 parece “seguro” porque está a) muerto, b) deliberadamente incompleto y c) un chico malo chic muy sensible, inquietante y angustiado a la manera de un Cillian Murphy o un Robert Pattinson. Y, sin embargo, bajo esta superficie se esconde alguien que no creo que ninguna de estas encantadoras mujeres en Internet quisiera realmente como novio, no sólo porque Kafka era una pareja certificablemente monstruosa, que causó a sus compañeras incontables años de dolor que él disculpó como daño colateral de sus dotes de escritor, sino también porque la “muy en línea más allá” de Kafka.”19 connota, como lo expresa Sobande en su discusión sobre los novios en Internet:

Cuestiones relacionadas con la masculinidad idealizada, la fama, la cultura digital y el mercado de contenido humorístico que satisface los deseos románticos, sexuales e íntimos de personas que se sienten atraídas por los hombres..20

Sin duda, innumerables teóricos literarios palidecerían al ver a Franz Kafka, precisamente, como un ejemplo de masculinidad occidental “idealizada”, pero los TikToks llevan la cuenta; esto es, Usuario de TikTok Selly tarde 2024:

Cuando me envía el mensaje de texto "te extraño", pero F. Kafka dijo una vez: "Estoy cansado, no puedo pensar en nada y solo quiero recostar mi cara en tu regazo, sentir tu mano en mi cabeza y permanecer así por toda la eternidad". (Subtítulo: Franz Kafka es la cabra… [dos emojis llenos de lágrimas])21

Como todo lo que está en línea (y, hoy en día, en todas partes), el novio de Internet es una designación efímera. Un día es Oscar Isaac y la semana siguiente es un joven del que nunca he oído hablar porque soy polvo sensible, y luego, poco después, un concepto obsoleto reservado para los Millennials (para los cuales, vale la pena repetirlo, esta Generación X es demasiado vieja de todos modos y, por lo tanto, inofensable). Y, sin embargo, aquí está Kafka, con 143 años de edad y que todavía los hace desmayar con su capacidad de convertir en un arma una narrativa vulnerable, parece revelar las profundidades de su alma y supuestamente penetrar las profundidades de la de su pareja, al mismo tiempo que romantiza deliberadamente aspectos cruciales de su personalidad, como su relación profundamente extraña con la comida, la sexualidad y su cuerpo en general, y su trato imperdonable hacia las mujeres. Los fanáticos de un novio en Internet se enamoran de lo incompleto; Los fans (y también los compañeros de la vida real) de Kafka también han hecho esto durante más de un siglo..

En última instancia, es importante recordarme a mí mismo que mi trabajo aquí es... bueno, nada. Mi opinión significa aún menos para estos usuarios de las redes sociales que la inocencia o culpabilidad de Josef K. para la ley; en lugar de concederme la cortesía de ofrecer este tipo de comentario Hola cuando llega y dice adiós cuando se va (como le dice el sacerdote a Josef K. poco antes de su brusca muerte en un callejón oscuro), la actual generación de desmayados de Kafka simplemente existe en un plano espaciotemporal diferente al mío y debería dejarles seguir con sus asuntos, aunque equivocados.22 No, esta exploración aquí no es para intervenir ni burlarse de nadie; Simplemente deseo volver a centrar el estatus de objeto de deseo “muy en línea” de Kafka para que pensemos en los factores que crean ese estatus: la misoginia internalizada; o la elevación de jóvenes literatos tristes incompletamente representados que convierten su angustia en un arma con tanto éxito que no les creemos cuando dicen que nos harán daño y, en cambio, siguen pidiendo su aprobación, como el hombre del campo en “Ante la ley”, creyendo, con todo nuestro corazón, que esta vez será diferente..

Como ocurre con tantas cosas en el modernismo, la parte “más importante” del canon filosófico de Ludwig Wittgenstein fue la parte inefable que no escribió (no pudo) escribir; El significado más importante de las historias de Kafka no está en lo que dicen sino en lo que no dicen.23 — La relación textual de Kafka con las mujeres, en su época y en la nuestra, tiene que ver, por supuesto, tanto con su efecto estructural como con su contenido. Sin embargo, vale la pena considerar cómo esa estructura particular tiene un conjunto de inquietantes suposiciones heteropatriarcales europeas en su núcleo, una comprensión que, de hecho, podría manifestarse a su nueva generación de fanáticos como un resultado natural de su atractivo, lo que resultará en que lo conozcan más, tal vez lean esos diarios e incluso algunos comentarios críticos si se involucran lo suficiente..

Como resultado, aquellos de nosotros con más experiencia en el medio (¡tanto de la obra de Kafka como de la de fuccboi! soy multitalento!) Podríamos sentirnos tentados a decir que el nuevo fandom de Kafka está equivocado y que Franz Kafka, en realidad, no comprende sus partes más importantes, profundas e inefables. Pero, por desgracia, esto es una vez más una mala dirección en el laberinto. El gato con dientes afilados del asunto es: Kafka hace En realidad, los entiende, pero lo que él “entiende” es el paradigma en última instancia inquietante y profundamente retrógrado del “hermano de gimnasio polvoriento” en el que la naturaleza unilateral de su correspondencia romántica los coloca..

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1

Una versión anterior de este artículo fue presentada en la conferencia PAMLA de 2024.

2

Usuario de TikTok @aquariuscat444, noviembre 2022.

3

Francesca Sobande, "El novio 'transnacional' de Internet: (re)presentaciones digitales de hombres famosos," Estudios de medios feministas, vol. 21, no. 4, 2021, pp. 539-55, p. 541.

4

Hito Steyerl, “Estafas de afecto epistolar y romance: carta de una mujer desconocida,” Octubre, vol. 138, octubre de 2011, págs.. 57–69, https://doi.org/10.1162/OCTO_a_00066, pag. 58.

5

Franz Kafka, Cartas a Milena, 24 Junio 1920.

6

Usuario de TikTok @lislevonrohman, junio 21, 2023.

7

Carta a Felice Bauer, 1 de noviembre de 1912, mi traducción. Observe cómo obsequia a su novia con su régimen de ejercicios..

8

Franz Kafka, Diarios, traducido por Ross Benjamin, Schocken Books, Nueva York, 2023.

9

Benjamín, 460.

10

Véase Wolf Kittler y Gerhard Neumann, Franz Kafka, correspondencia, 1ed., Rombach, 1990.

11

“Sobre parábolas” ahora es de dominio público y prometo haberlo leído..

12

Benjamín, 465.

13

Ibídem., 468; NB: esta entrada está entre comillas, por lo que es posible que esté informando del discurso, pero claramente resonó lo suficiente como para registrarla como su única entrada ese día..

14

Benjamín, 489.

15

Benjamín, 488.

16

Stanley Corngold, “Kafka y el sexo,” Dédalo, vol. 136, no. 2, 2007, pp. 79–87. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/20028112. Consultado el 1 de noviembre de 2024., pág.. 79.

17

Ibídem., 79, 82, 83.

18

Ibídem., 81, 83.

19

Hess, “El más allá extremadamente online de Franz Kafka,” Los New York Times, Junio 1 2024.

20

Sobande, 541.

21

Usuario de TikTok @sellytok, 10 de octubre de 2024; esto se refiere a bam 21 Julio 1920.

22

kafka, el proceso.

23

Ver Schuman, Kafka y Wittgenstein (Northwestern U Press 2015) si odias la diversión.

 


Desconfiad de Kafka - Geoffroy de Lagasnerie

https://www.antupload.com/file/bd7nNyCx/

Una novia para Kafka

Liliana Blum

Tristeza de los cítricos (2019)


«Una novia para Kafka» es un cuento de la escritora mexicana Liliana Blum, publicado en 2019 en el libro Tristeza de los cítricos. Norma Portugal, una joven empresaria obsesionada con encontrar al marido perfecto, descubre que un extraño vestido como si perteneciera a principios del siglo XX la sigue por las calles. El desconocido parece resultarle vagamente familiar y, antes de desaparecer, la llama «Milena». Norma intenta restarle importancia al encuentro, pero cuando vuelve a verlo días después en su spa, empieza a temer que no se trate de una simple coincidencia.



 Una novia para Kafka



La luz entra por la ventana como una resbaladilla por la que bajan miles de partículas de polvo hasta mi cama. Traspasan mi piel, se meten en mi cuerpo, viajan por mis venas. Los olores se transforman, van de la tierra mojada a carne descompuesta. Ellos me enseñan los prejuicios de los sentidos: un olor es un olor. Mi cerebro se abre a todo: soy un receptáculo. Cierro los ojos y ya están allí. Rojos, retorcidos, sangrantes, mostrando los colmillos. Me amenazan y palpitan detrás de mis párpados dictándome órdenes. Son ellos. Hoy me piden que la encuentre.


II

La tarde del 26 de marzo del 2016, una joven mujer caminaba por la banqueta, rumbo a su automóvil, cuando notó que alguien la seguía a unos diez metros de distancia. Se volvió hacia él y le dedicó una mirada despectiva para desalentarlo, si es que su intención era hablarle. Vio que se trataba de un hombre muy joven con orejas prominentes y despegadas del cráneo, como pequeñas alas, que vestía como anciano, una persona de principios del siglo XX. Llevaba una gabardina negra que le cubría las rodillas, pantalón también negro y un sombrero Borsalino de fieltro gris oscuro con una cinta de color vino anudada al lado izquierdo. ¡Las ridiculeces que pueden verse en esta ciudad! Era delgado y caminaba con las manos en los bolsillos. Sus zapatos se veían viejos y gastados: los zapatos siempre desenmascaran a la gente. El hombre que caminaba tras ella no era más que un pobre excéntrico.


Lamentablemente muy pocas personas tenían sentido de la moda y del buen vestir. Buscar una pareja atractiva en lo físico y en lo intelectual, pero a la vez de un nivel social y educativo similar al propio, que no estuviera divorciado o fuera muy viejo era ya bastante difícil; eso sin agregar que habría de vestir bien, según la ocasión, el clima, y con atuendos de buena calidad. ¿Qué pasaba con los hombres? Conocía a varios de buena clase que no le daban importancia a su imagen, a otros que eran interesantes, pero vestían como pordioseros, y a locos ridículos como el que caminaba detrás de ella, que solo querían llamar la atención. Patético. En realidad aquel le resultaba familiar, como si lo hubiera visto antes en alguna otra parte, pero no recordaba en dónde.


La mujer se llamaba Norma Portugal, tenía treinta años, era soltera y deseaba dejar de serlo con toda su alma. Era de las pocas dentro de su círculo de amigas que no empujaban carriolas con un bebé casi siempre rubio y varias bolsas de tiendas de marcas exclusivas colgando de las agarraderas, antes de subirse a sus camionetas de lujo. Algunas conocidas que se casaron por un embarazo adolescente, ya habían pasado por el divorcio e incluso ya planeaban los quince años de sus hijas al tiempo que cobraban generosos cheques de sus exmaridos. Todos los días antes de irse a la cama, Norma Portugal seguía planeando la que sería su boda. Una ceremonia fastuosa, pero de buen gusto, refinada. Una boda planeada con rigor y sin escatimar en ningún gasto, pues el dinero no sería un problema para el que fuera su esposo. Algo digno de las revistas de alta sociedad, con personajes de la farándula, de la política nacional y de las mejores familias de la ciudad donde vivía. La boda de Norma Portugal sería la envidia secreta de todas sus amigas, que no podrían sino compararla con las propias y sentirse superadas.


¿Por qué no había llegado el hombre que la convertiría en una mujer casada, el que justificaría su existencia? Ni Norma Portugal ni su hermana ni su madre ni sus amigas más allegadas podían explicárselo. Era un tema frecuente de sus conversaciones. Si era joven y linda, de piel apiñonada, un tono claro que no era de un origen indígena, sino de sus antepasados europeos en Portugal, ¿cómo podía concebirse aquella soltería? Contaba además con una caballera negra y lustrosa poco abajo de los hombros, cejas delineadas a la perfección, ojos oscuros y nadie la sorprendería jamás sin maquillaje. Varias veces le habían referido que tenía un aire de Julia Roberts, la actriz. La suya era una belleza elegante y con clase, no como la de otras mujeres que podrían pertenecer a un burdel o a un club de reguetón. A diario vestía como si fuera el día en que conocería al hombre de su vida y adornaba sus orejas y cuello con la joyería Swarovski, su favorita. Prueba de ello era la extensa colección de figurines de animales que tenía en una vitrina mandada a hacer ex profeso para contener su frágil y valioso zoológico. Además tenía una figura bastante aceptable, y a pesar de que sufría de una propensión a engordar (la traicionaban sus brazos gruesos y sus caderas anchas de campesina europea), se mantenía en su peso ideal gracias a una dieta rigurosa, efectiva gracias a su gran fuerza de voluntad, y a los tratamientos de reducción que ella misma ofrecía en su spa. Era también una empresaria exitosa, dueña de un lugar que prometía eliminar celulitis, estrías, arrugas y kilos de más a través del uso de aparatos de radio frecuencia y un método llamado «cavitecnología» que aseguraba un abdomen plano al culminar una serie de sesiones. «El cuerpo que siempre quisiste tener, el cuerpo que te mereces tener» era el eslogan del negocio. Ella lo había inventado sin ayuda de nadie. Obvio, era también una mujer brillante.


¿Dónde estaban los hombres guapos y exitosos que necesitan mujeres a su altura? ¿Qué estoy haciendo mal? se preguntó al escuchar el ruido de pasos mucho más cerca. Volteó hacia atrás y el tipo del sombrero antiguo le sonrió. Tenía los dientes incisivos superiores muy separados y los dientes de la quijada amontonados.


—Milena… —comenzó a decir, pero Norma Portugal no iba a escucharlo: ya estaba corriendo con todas las fuerzas que sus piernas gruesas le permitieron. Al llegar a la esquina se atrevió a voltear para ver si el hombre aún la seguía, pero no había nadie sobre la banqueta. De todas formas siguió corriendo hasta que encontró su automóvil, un BMW compacto con apenas un par de años. Se subió y arrancó tan rápido como pudo, golpeando con la parte derecha de la defensa del coche que estaba estacionado delante, y no se detuvo hasta llegar a su casa.


III
Kafka está acostado sobre el pequeño escritorio a escala que construí para él. Le gusta más que la cama, que cuenta con una colcha diminuta que hice con un vestido viejo de mamá. Finge dormir, pero si meto mi mano envuelta en un guante de látex en la pecera, Kafka mueve sus antenas apenas. Sé que puede olfatear su comida, pero también creo que puede reconocer la hora del día y por eso sabe que es la hora de comer. Deposito la mierda sobre el piso de periódico y aserrín y observo cómo Kafka realiza su ritual de moldear el excremento en una esfera antes de manejarla con las patas traseras, siempre apoyándose en las delanteras. Como no tiene un nido, dirige la bola hasta una palapa de mimbre apoyada en una de las paredes de la pecera. Una vez allí, comienza a comer con una precisión casi militar, siguiendo un patrón que aún no logro descifrar del todo. Kafka prefiere el excremento de un omnívoro al de un herbívoro; supongo que necesita las proteínas. Es un alivio para mí, por supuesto. No necesito salir al campo con un costal cada semana. La pecera de Kafka está sobre una mesa en una habitación pequeña acondicionada para ser un estudio. El reloj indica que ya es hora. Salgo, cierro con llave, y me dirijo a mi propio cuarto.

A los pocos minutos, siempre puntual, mi madre entra a mi cuarto sin tocar la puerta como siempre ha sido su costumbre. Viene con un vaso de jugo de naranja natural y las pastillas que me tocan a esta hora. La familia no confía en que yo siga mi tratamiento y por eso ella está a cargo. Me forzaron a dejar la maestría, el trabajo, mi estatus de persona normal. No regresé a vivir con mis padres: no sé si porque en el fondo les produzco miedo o asco, o bien, porque prefieren cubrir las apariencias con mi supuesta independencia. Sigo viviendo en mi departamento de hombre soltero, pero mi madre viene tres veces al día a darme mis medicinas, a limpiar, a traerme comidas preparadas que solo tengo que meter al horno de microondas y a llevarse mi ropa sucia para lavarla en su casa y volverla a traer ya limpia y doblada a la mañana siguiente. Estoy seguro de que se arrepiente de haberme dado vida: soy una máquina de ensuciar que no le da tregua en su vejez, soy el hijo raro que hace que sus amigas murmuren a sus espaldas. No le doy nietos ni satisfacciones, solo vergüenzas. Como aquella vez en que mi «incidente» se publicó en el periódico local. Creo que en el fondo a ella le mortifica más que mi departamento esté desarreglado, que haya trastes sin lavar o que el brillo del piso esté violentado por huellas de zapatos o tierra, que mi «problema», siempre y cuando se mantenga fuera de los medios. Pero está bien: con sus cuidados, el mundo piensa que todo está bajo control.

Me tomo las pastillas de un sorbo y mi madre comienza a decirme algo sobre mis caminatas en las tardes, sobre los peligros del mundo, los automóviles, los delincuentes, y me cuenta una historia de una conocida de un vecino que fue violada cerca de allí y de otros residentes de la colonia que fueron asaltados. Me proporciona los detalles, pero yo solo veo su boca moverse como un pez boqueando; en mis oídos, su voz se vuelve un murmullo distante. Mi cerebro se vierte en mis propios planes y en todo lo que sucede dentro de mí; caigo en cuenta de que mis ojos no están sobre ella: necesita pensar que la escucho, así que me concentro en verla a los ojos y asentir. Al cabo de un rato se calla y se va, satisfecha al parecer. En cuanto cierra la puerta puedo relajarme: nunca entra al estudio, pero nunca se sabe con ella. A veces creo que es como si intuyera la presencia de Kafka, pero lo más seguro es que alguna vez se haya asomado por curiosidad, se haya horrorizado, y jamás me haya dicho nada al respecto para no admitir que husmeaba en mi casa.

Voy al baño, meto los dedos a mi garganta y vomito en el escusado. Entre el líquido anaranjado flotan intactas todas las pastillas como pequeños insectos acuáticos.

IV
Habían pasado dos semanas desde que Norma Portugal se sintió perseguida por aquel hombre extraño con ropa anticuada. Desde entonces ha asistido a varias fiestas de sociedad: sus amigas le mostraron los periódicos de sociales en los que se ve hermosa. Su madre le recuerda siempre que esos eventos son aparadores en los que ella es el producto más fino y, por tanto, debe siempre lucir perfecta. Los hombres ricos y casaderos suelen encontrar a sus futuras esposas dentro de su mismo círculo social, afirma su madre. El primer y mejor lugar para conocer marido es la universidad, pero como su hija ya tiene unos años de haberse graduado, sin haber tenido suerte en su momento, su única otra opción son las fiestas de la gente indicada. Por eso Norma Portugal no le prestó demasiada atención al incidente con el hombre del sombrero; se había asustado, sí, pero vivía en la ciudad más grande del mundo y eso era parte de la vida urbana. Se hubiera olvidado de todo ello de no ser porque al llegar al spa, había visto al mismo individuo en la sala de espera, hojeando una revista de chismes de la farándula. Su sombrero estaba junto a él, como un animal de compañía.

Apuró el paso, su cabeza erguida y resuelta como si no pasara nada, y entró hasta la parte del salón reservada solo para empleados. Allí le dijo a una de las chicas que llamara a la policía, que ese hombre en la sala de espera la había estado siguiendo. Karen, la empleada de más antigüedad, una solterona de cuarenta y tantos, amante de los gatos y anoréxica en periodo de negación, obedeció de inmediato. A ella tampoco le gustaba el aspecto de aquel tipejo, le dijo a su jefa, marcando el número de emergencias policíacas. Nadie contestó. Las dos esperaron largos minutos, agazapadas tras el mostrador, mordiéndose los labios y conteniendo las ganas de orinar y gritar, hasta que escucharon la campanita electrónica que indica que la puerta ha sido abierta. Casi al mismo tiempo las dos se asomaron por encima del mostrador y vieron que la sala de espera estaba ahora vacía. Ambas dejaron escapar un suspiro de alivio. En la pantalla plana de la sala de espera varias mujeres sobre sillones de colores discutían el capítulo anterior de la telenovela en boga. Karen dijo que tenía que atender a una clienta que venía a un tratamiento de estrías y llevaba esperando ya un rato considerable. La presencia de aquel hombre no la había alterado en lo más mínimo. Dejó a su jefa allí y entró en un cuarto especial donde las señoras podían desnudarse sin temor a que nadie las observara. Norma Portugal se sentó frente a su computadora, todavía nerviosa; escuchó a Karen recitarle a la mujer obesa cómo un aparato maravilloso iba a borrar para siempre las cicatrices de su piel. Tal vez el hombre venía a preguntar por algún tratamiento para su esposa o su novia. ¿Estaría exagerando sus miedos?

Decidió perderse unos minutos en las redes sociales para coquetear con diversos prospectos de novio, amigo, amante, amigo con derechos, lo que fuera. Su soltería y celibato comenzaban a desesperarla: ¿qué le pasaba al mundo? Si en verdad tenía todas las cualidades, ¿en dónde estaba entonces su media naranja? Hasta Karen tenía una especie de noviecito, macilento, y francamente mal parecido, que pasaba por ella a la salida de su turno, mientras que ella no tenía a nadie. Aquello era el colmo. Pasó más de una hora; supuso que los inútiles de la policía no atenderían su llamado de emergencia, así que ordenó a su empleada que se encargara de las citas de la tarde y cerrara al terminar. En realidad, no se sentía bien. La empleada le regaló la sonrisa más forzada del mundo a su patrona, mostrando los colmillos, la maldijo por dentro, y le dijo que no se preocupara por nada.

—Yo me encargo de todo, señorita Norma.

Se dirigió a su carro estacionado a un par de cuadras del spa. ¿Y si le llamara a alguna amiga para salir a un antro, beber algo, probar suerte con alguien? Pensó en todas sus amigas, descartando a las casadas o con hijos, y se quedó con solo un par de opciones: una que tenía una voz estruendosa y aguda que monopolizaba la conversación provocándole dolor de cabeza y la otra que era demasiado bonita y muy zorra, por lo que terminaba acaparando la atención de cualquier hombre que se les acercara y, por lo general, la dejaba sola por irse con su conquista. ¿Tendría que beber en casa y llamarle a algún conocido? ¿Una expareja? ¿Podría su desesperación llevarla a caer tan bajo?

Norma Portugal quitó los seguros de su carro desde un par de metros antes de llegar a él: abrió la puerta y subió al asiento del chofer. Absorta en leer un mensaje instantáneo en su teléfono nuevo, tardó unos segundos en darse cuenta de que el hombre del sombrero Borsalino abordó casi al mismo tiempo en el asiento trasero. Las puertas se cerraron al unísono: ella movía las uñas largas sobre el teclado digital cuando sintió la punta del cuchillo rozando su cuello. Lanzó un grito ahogado y no hizo nada más, porque el metal se clavó en su piel, unos cuantos milímetros, suficiente para liberar un hilito de sangre que escurrió por su piel hasta anidar en medio de sus pechos. Por el espejo retrovisor vio al dueño de esa voz, ahora temblorosa e iracunda, como dislocada por la emoción, que tenía que obedecerlo o iba a tener que matarla. Le ordenó guardar silencio y entregarle su teléfono celular y su bolsa. Ella obedeció y, aunque intentó ser fuerte, se soltó a llorar. La histeria se apoderó de ella: temblaba sin control. El cuchillo se clavó un poco más en su piel.

—Si gritas, te mueres.

Se mordió los labios, se puso el cinturón y manejó hacia donde el hombre del sombrero le ordenó.

V
Los demonios de mis párpados están emocionados porque Milena está aquí. Me ordenaron que la amarrara de las manos y los pies, y la llevara a la habitación donde guardo a Kafka para que mi madre no pueda verla si viene en un rato a traerme comida y a darme las pastillas. Como no dejaba de gritar tuve que cubrirle la boca con cinta y advertirle que si intenta algo voy a tener que degollarla.

Mi madre llega a la misma hora de siempre, me deja comida, saca la basura, me da el medicamento y con el cesto de la ropa sucia recargado en su cadera me pregunta cómo he estado. Cierro los ojos por unos segundos para consultarlos y ellos me ordenan tener calma, darle a la vieja lo que quiere escuchar para que se vaya pronto. Le contesto entonces que salí a caminar al centro, que tomé un café y me senté un rato en el parque en donde hablé con un señor que alimentaba a las palomas. Ella, ingenua y estúpida, se emociona al escucharme, pero me sugiere que no abuse de la cafeína, que me pone nervioso y eso nunca es bueno. Le ayudo a llevar el cesto de la ropa hasta su carro. Se despide de mí con un beso en la frente y se va contenta.

En mi reloj son las tres de la tarde con quince minutos. Tengo casi seis horas antes de que mamá regrese para traerme la cena y hacerme tomar las pastillas de la noche. Voy al estudio, tomo a Milena por el cabello y la arrastro para sacarla. Tiene los ojos enrojecidos y gimotea por debajo de la cinta. Se mueve como una oruga en el piso, intentando liberar sus manos. La pateo en el pecho, en el estómago, en la espalda, en el culo, en las piernas, en la cara. La hago rodar con mis zapatos, pero al ver sangre en el suelo, me detengo. No puedo arruinarlo. Jalándola del cabello la obligo a ponerse de pie, pero las piernas se le doblan y cae de rodillas; permanece así unos segundos y al final se desploma de lado, como si fuera un costal. Me agacho junto a ella y le golpeo el rostro con los puños. Su nariz truena como un trozo de madera. La vuelvo a poner de pie usando su propio cabello y le digo que si vuelve a caer, repetiremos la escena. Se mantiene erguida y no me quita los ojos de encima. ¿Miedo u odio? Es difícil interpretar unos ojos nada más. Nunca pensé que la boca y los labios fueran tan importantes para darse a entender.

Hago que camine junto a mí hasta la pecera de Kafka. Le muestro todos los muebles en miniatura que yo mismo hice.

—Soy casi un arquitecto —le digo sintiendo que mi pecho se llena de orgullo—. Son reproducciones a partir del cuento de «La metamorfosis». ¿Lo conoces?

Ella niega con la cabeza. Los demonios se arremolinan dentro de mí, llenos de ira como yo, y no deseo nada más que molerle la cara a golpes. ¿Cómo puede ser Milena y ser así de ignorante al mismo tiempo? Pero ellos me dicen que no lo haga, que aunque ella es Milena no sabe aún que lo es. Un ser maligno y poderoso la obliga a pensar que es otra persona: el mismo ser responsable por convertir a Kafka en un escarabajo. Gregorio Samsa es solo un alter ego, pero es Kafka el que mueve las antenas y empuja las bolas de mierda con las patas. No hay nada que pueda regresarlo a su estado original, pero sí hay un remedio para que ella recuerde que es Milena. Y si ella se asume como Milena podrá amarlo aunque su cuerpo sea el de un escarabajo y él será feliz. Los obedezco y respiro profundo para calmarme; luego le arranco la cinta de la boca de un tirón fuerte. Ella grita y comienza a llorar. Las lágrimas le deslavan el maquillaje y ríos negros le recorren la cara. Se ve horrible.

—Milena, cállate y escúchame —le digo levantando la mano como para golpearla y ella guarda silencio—. Aunque Kafka parece a primera vista un onthophagus taurus es en realidad un escritor. No cualquier escritor, sino tu amor. El amor de tu vida. ¿Lo recuerdas?

—No, no, no, no, no soy Milena, soy Norma. Me estás confundiendo…

Me mira con miedo y terror, pero también con esa expresión que indica que cree que estoy loco. El fuego baja por mi cuello y mis brazos y mis oídos retumban con los latidos de mi corazón que son como tambores y son todo lo que escucho. Es como estar abajo del agua y percibir ondas a través del agua, mis oídos embotados. Mis puños van hasta su cara y es mágico, a medida que el dolor sube por mis nudillos el rostro de Milena se vuelve un amasijo púrpura. Su cuerpo cae al suelo, de espaldas, y me monto sobre él, mi pene rozando su vientre. Me excito, pero sé que debo respetarla porque es la novia de Kafka y ellos no me perdonarían nunca si me atreviera. Tomo su cuello entre mis manos y lo aprieto hasta que Milena boquea como un pez y sus labios se ponen azules y sus ojos se vuelven saltones. Solo entonces mis dedos la sueltan, pero bajan hasta sus pechos y los aprietan tratando de introducir las uñas debajo de su piel: ella grita, grita como los demonios y no puedo soportarlo por más tiempo. Mi cabeza está a punto de explotar. Tiene qué callarse. Azoto su cráneo contra el piso hasta que se calla por fin. Ni siquiera puede escucharme cuando le grito que no estoy loco.

Me duelen los brazos y me tiro sobre la cama: quiero dormir, pero ellos me llaman. Me dicen que solo una operación muy especial repararía su cerebro y no solo la haría recordar quién es, sino que también la volvería obediente y dócil. En ese estado pasivo, Kafka podrá al fin consumar su amor con Milena. Les digo que yo no soy médico, pero no les importa: aseguran que puedo ser lo que sea. Ellos me guiarán. Sé que no me dejarán descansar hasta que los obedezca. Aunque estoy exhausto, me pongo de pie y vuelvo a amarrarla, le pongo cinta en la boca y la guardo otra vez. Me siento frente a la computadora y busco información sobre la lobotomía transorbital. Veo imágenes y leo durante más de una hora. Voy a necesitar un picahielos, o bien un cuchillo de hoja muy angosta y larga. Me acuesto bocarriba sobre el colchón: apenas mis ojos se cubren por los párpados, ellos vuelven a aparecer, conversan entre ellos y se vuelven hacia mí, entran en mi cerebro, caminan por mi interior y me felicitan. Se despiden diciendo que están orgullosos: si lo hago, podré dormir. Si Kafka se une con su novia, ellos me dejarán en paz.

FIN






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